La España vacía vista por una vaca

Cuando yo era chica, es decir, una ternera de meses, me pasaba el verano esperando a mi madre la Pinta –yo me llamo Jarda– para que me diera de mamar. La pobre vaca, o sea, mi madre, no tenía tiempo para nada; trabajaba de sol a sol como si fuera una esclava. Recordad que entonces se hacía todo a mano o con la ayuda de animales. Con nosotras, las vacas –o con bueyes, si el labrador era rico– se araba, sembraba, acarreaba la leña, se transportaba el estiércol a las huertas…

            Me emociono con tanto recuerdo.

            Nada más concluida la siega, mi madre y su compañera de yunta se pasaban quince días uncidas al carro, hubiese o no una ola de calor (hoy tan de moda), una tormenta, o truenos y rayos cayendo de punta. Recuerdo a mi madre y a su compañera llegando a la era con el belfo a dos palmos del suelo y la lengua fuera, tal era el agobio y la fatiga que traían. Aquellos carambillos de una docena de vueltas de bálago sobre el carro que apenas podían arrastrar, les mataban.

             El año del que me surgen las imágenes, la acarrea se hacía de la hoja sembrada en Valcurtos, Carboneras y Raya de Ituero. ¡Estaba tan lejos…! Y el camino no era nada cómodo; había que salvar reventones y cuestas; regatos. Además, el trayecto era todo él una nube de polvo; una polvareda que no les libraba, sin embargo, de otra nube aún peor: la de las moscas y tabarros que caían sobre ellas como conjurados kamikazes buscando sus ojos, la boca, su nariz.

            Los tabarros se ensañaban con ellas; contumaces, intentaban horadarles las partes más blandas hasta conseguir chuparles la sangre. Se lanzaban voraces sobre la humedad rezumada del belfo y  el lagrimeo de los párpados mientras mi madre y su compañera combatían la agresión cabeceando con fuerza, cerrando los ojos y repartiendo hostias con el rabo. ¡Ay, qué tortura, Señor!

            Cuando concluía la acarrea llegaba la trilla. El dueño uncía a la pareja de vacas con gruesas coyundas al yugo, las enganchaban al trillo y, ¡hale!, a dar vueltas a la parva hasta que se hiciese de noche. Y así varios días, semanas. Horas y horas girando como un burro tonto en la noria en tanto llegaban visitas y curiosos para montar en el trillo. ¡Se celebraba la vida, eran tiempos de cosecha!

            La tía Felisa, soltera –siempre había una tía soltera en cada casa–, gobernaba la yunta con maestría y mano izquierda. Repantigada en el tajo, y alternando palabras melosas con el uso de la ijada, ponía orden y ritmo. Mi madre y su pareja giraban y giraban hasta casi perder el sentido… Tanto que, embobadas, se apoderaba de ellas la modorra, ralentizando la marcha, hasta parecer que se quedaban dormidas. Entonces Felisa, ¡avizora! tomaba la ijada acerada y les acariciaba la piel de las ancas, con dulzura o con rabia según estuviese de humor ese día, hasta que las vacas volvían a coger ritmo.

            –¿Hale, hale, hale, alegría, alegría! –arengaba a las reses mientras seguía cantando a su aire sin levantarse del tajo.

            Entonces mi madre soltaba un bramido, avisándome de que no se olvidaba de mí.

            –¡Hale, hale, hale! Vamos Pinta, Rubia vamos, vamos, que la Feria  y la Ofrenda nos esperan! –y les pinchaba una vez más en las inmediaciones del rabo. Eso sí, sin pasarse. Luego entornaba los ojos y se ponía a pensar en los bailes revueltos que se echaría en la plaza durante las fiestas de Villavieja y del pueblo, a finales de agosto y primeros de septiembre.

            A los niños les gustaba subir con la tía en el trillo. Todo era jolgorio y pura diversión mientras yo, a la sombra de los álamos, a unos centenares de metros, esperaba a mi madre, hambrienta y desvanecida, en la confianza de que le concediesen unos minutos de descanso y viniese a darme de mamar.

            Con la alegría de los niños y el enredo que se traía con ellos, Felisa olvidaba que estaba gobernando una yunta de vacas y un trillo; se olvidaba que eran animales y podían armársela: salirse de la parva, mear a destiempo o cagarse en la mies.

            –¡Ay, ay, ay… el orinal, alcánzame el orinal, Felixín! –Gritaba, de pronto–. ¡Vamos, vamos… Trae, trae para acá…, que se caga la vaca!

            Y el niño que estaba más cerca cogía por el asa aquel artilugio herrumbroso y se lo pasaba a Felisa mientras esta ordenaba a la yunta pararse y cuando, ya detenidas las vacas y la Pinta ahuecaba su rabo, Felisa le metía el orinal por debajo y recogía el abundante mondongo sin que apenas cayese un mojón sobre el trigo ni tan siquiera unos restos del abundante excremento. Pero, si les daba por mear, era otra cosa; ahí no había orinal que sirviese. Las vacas regaban generosas la parva tiñendo de un rubio-dorado la masa de bálago… Y ya se encargarían el aire y el sol de secarlo.

            Obviamente, cagarse en la mies era como un sacrilegio; mas si el pan, por entonces, era el cuerpo de Cristo, según predicaba en la misa el cura del pueblo, don Juan Andrés.

            Cuando el orinal no llegaba a tiempo, Felisa se enfadaba soltando culebras y sapos por la boca y mi madre y su compañera de yunta sufrían de inmediato las terribles consecuencias de toda su iracundia. ¡Y esto tan solo por no avisar de que iban a cagarse! El castigo era simple: azote de vara y carrusel de pinchazos con la ijada hasta que a la tía se le pasase la ira. ¡Y dale que te pego a trillar!

            Así discurrían, recuerdo, aquellos veranos de ensueño y, en mi caso, de orfandad y modorra; la vida, sin duda, era por entonces muy rica e intensa en Perniculás. Aunque yo estaba muerta de hambre a todas horas. Menos mal que tenía la sombra de los álamos. Y siempre pendiente de que llegara mi madre… Y ella aparecía cansada, agotada, pero contenta de estar haciendo bien los oficios que le encomendaba el amo; unas tareas que nunca tenían fin.

            Cuando concluía la faena de trillar, comenzaba la limpia. Aventar el grano nos procuraba a las vacas algunos días de respiro. Pero enseguida empezaba la recogida de la mies y la paja y ya estaban mi madre y su compañera uncidas al carro otra vez.  ¡Y yo huérfana de nuevo! También aquel trabajo era duro. Con todo el rachisol restallando en lo alto, el polvo y la muña le abrían las heridas que les habían provocado los tábanos. El sudor hacía el resto; el escozor les resultaba insoportable.

            Menos mal que esta era la última faena del verano y luego, con la llegada del otoño, se suavizaba la vida y venían días más calmos. Aunque se adelantase la sementera, siempre había unas semanas de paz y sosiego y, para mí, un tiempo dulce para el reencuentro con mi madre.

            El tiempo de la corta de las leñas, aricar, la labranza de las huertas, mondar los corrales de estiercol… siempre resultó ser más llevadero que las faenas del verano.

            Y así, sin darme cuenta, crecí, me hice grande (o sea, mayor) y mi madre parió otra ternera. Y luego otra, y otra…

*          *          *

Ahora soy vieja. Al tiempo que los recuerdos se agolpan, mi mente se embarulla y confunde. La verdad es que no sé qué he hecho con mi vida, salvo que vivir sea parir cada año. Sin oficios que hacer, mi existencia se ha reducido a pasar las horas muertas en el campo. Y es que el pueblo cambió de repente. Llegaron los tractores y toda clase artilugios mecánicos y, poco después, en Perniculás, no se aró más. ¡No sé para qué, entonces, compraron tanto chisme! Ya no había sementera, ni hoja que segar, ni acarrea. Desaparecieron las parvas y con ellas las eras. Las huertas, abandonadas, pasaron a ser campos baldíos sembrados de ponzoña. A nosotras, las vacas, se nos expulsó de los corrales y se nos abandonó en fincas y dehesas. Desapareció el trato personal. “¡Jarda, pero que buena moza estás hecha…!” “Pronto te tocará parir, ¿no?…”, jamás volvió a oírse. Los niños se sabían de memoria nuestros nombres, a quién pertenecíamos. En las casas se hablaba de las cualidades que teníamos… Si dábamos más o menos leche; si una era arisca, altanera o de armas tomar; si saltaba las cercas, era noble o si criaba bien. ¡Todo esto murió!

            El campo, de pronto, se llenó de corralones y alambradas; se levantaron hangares y chamizos para almacenar pacas de paja o sacos de pienso. No volvimos al pueblo jamás, ni a probar una brizna de millo fresco en verano, ni a degustar la golosina de la alfalfa recién cortada en la huerta. Perdimos el nombre, las caricias del amo, la identidad y el sentido de pertenencia. No volvimos, insisto, a ver, prácticamente, a los seres humanos. Nos mezclaron con reses extrañas que venían de otros mundos con pelajes desconocidos para nosotras, con formas de comer y vivir diferentes. Aumentó la boyada hasta estorbarnos unas a otras en el pasto y, donde antes convivíamos y comíamos una docena, ahora éramos cincuenta apretadas. Nos volvimos agresivas e envidiosas unas de otras. Ariscas. Empezamos a desconfiar de los hombres y envestíamos a los perros; nos alarmaba todo lo que se movía a nuestro alrededor.

            Desaparecieron las lluvias. Se secaron las charcas. El río apenas corría ya. Tuvimos que aprender a dormir a la intemperie o al abrigo de una encina. Ateridas o muertas de calor, daba lo mismo, nadie nos hacía caso ni se nos brindaba cobijo. A los dueños dejó de importarles nuestra vida. Solo contábamos como un número más. Nada que ver con la infancia que he recordado al principio, cuando dormía con mi madre en la tenada en invierno, bien calentita, sobre una cama de paja. Ahora, la tierra baldía es nuestro lecho y las estrellas el techo. A veces la cama es una capa de hielo; otras, de barro o un charco de agua. Pero da lo mismo cómo nos sintamos porque el amo… muchos días ni se baja del coche; nos visita de lejos. Haga el tiempo que haga, nadie se ocupa de nosotras ni nos manifiesta el menor afecto. Solo nos arrean hasta el potro para llenarnos las orejas de etiquetas o para pincharnos cada dos por tres y sacarnos la sangre; o para inyectarnos medicinas o vete tú a saber qué. Y si alguna muere, a veces el amo ni se entera… o tarda días. Suele ocurrir.

            Es evidente que la España vacía ha cambiado. Es obvio que sí. Ya ni muertas les servimos; ni siquiera para darle de comer a los buitres. Un camión nos recoge al morir y nos lleva al crematorio. ¡Desaparecemos! Mientras tanto, ¡qué paradoja!, las aves carroñeras, si observan que tenemos problemas con el parto, nos atacan y, a veces, matan las crías… Sí, todo en la España vaciada es un puro disparate.

            Hoy observo a mí alrededor y veo solo polvo y desolación; campos sobre explotados y manadas de ganado triste por todas partes, mirando a las nubes; grupos de reses con costillas descarnadas por la escasez de alimento. Pasamos hambre… o al menos no comemos lo que necesitamos ni como antes. ¡Cómo echamos de menos las hortalizas y la alfalfa, las berzas, el maíz fresco…! Ahora, cada mañana, llega el amo con la tolva que arrastra el tractor y vierte a la intemperie un reguero de pienso indiscriminadamente sobre el suelo polvoriento y allá te las veas. ¡Ay, cuanto añoro aquel tiempo de pesebres limpios de cemento y los puñados de algarrobas molidas mezcladas con paja…! ¡Cómo olían! ¡Y qué ricas estaban! La tranquilidad que teníamos entonces para comer…

            Ahora todo son urgencias, peleas y empujones; choque de cuernos. Sí, ya sé que el mundo va muy deprisa y no es fácil alimentarnos cuando nuestra carne vale tan poco. Los amos se quejan de que no somos rentables pero, aún así, no reducen el cupo que la Unión Europea les otorga, y por el que reciben una subvención por cada una de nosotras. Está claro que prima el negocio, no la vida. Y en él nosotras no contamos.

            Los ganaderos piensan, sospecho, que la supervivencia del campo, de la España vaciada, depende del número de vacas que tengan; cuantas más, mejor. Pero no estoy tan segura de que eso deba ser así. Porque la realidad es que viven atrapados en una espiral de consumo que les obliga a gestionar cada vez más recursos (naves, maquinaria, burocracia) mientras les devora la insatisfacción y la angustia. Lo que tengo claro es que, por ahora, nosotras somos las víctimas.

            En fin, es lo que hay. Os cuento mis cuitas desde el caozo que cruza por debajo del puente del río Huebra yendo a Pozos de Hinojo. Aquí nos hemos refugiado unas cuantas vacas para enfangarnos de lodo hasta las orejas y refrescarnos. ¡Parecemos hipopótamos! Se nos ocurrió el otro día la idea… Ya sabéis, la ola de calor. Antes nos conformábamos con mojarnos las patas, pero hemos descubierto que el mundo se ve de otra forma con el agua hasta el pescuezo…

            Y a falta de algo fresco que llevarnos a la boca ¿qué podemos hacer? Mirar al cielo y esperar el Apocalipsis. Porque me da a mí que la España vacía no tiene arreglo.

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