En el arcón de la España vacía
10. A las tórtolas no les gustan las visitas

Más allá del corral del Potro, solo existe el miedo. Y los nidos. Nidos, sobre todo, de tórtola y paloma torcaz, de alcotán, milano y águila, de abubilla, abejaruco. Nidos con los que sueño cada nueva primavera y que descubro en lo enmarañado de los espiernos y zarzales cuando exploro los regatos como si fueran desfiladeros en una selva virgen, cuando rastreo las quebradas de abruptos barrancales por los que a veces caigo rodando. Todos los nidos del mundo están ahí, no muy lejos de mi calle, en el encinar interminable que se ve más allá de la casa del médico. Un encinar que, dice mi abuela, está “sembrado de peligros”. Peligros como el de la amenaza (según ella, “muy cierta”) de que pueda presentarse el Hombre del Saco en cualquier momento, engatusarme con unos cuantos caramelos, y llevarme con él para sacarme las entrañas y vendérselas a un millonario con problemas de salud y la necesidad de que le pongan un corazón nuevo. “Y si es de niño, mejor”, añade mi abuela. “Y tu madre no volvería a verte nunca más… Jamás de los jamases, ¿me entiendes? ¡Piensa en el disgusto…! ¡Piénsalo bien, hijo, piénsalo antes de irte por ahí… a buscar nidos! ¡Dichosos nidos!”, concluye siempre, después de regañarme.

En aquel bosque infinito en el que estaban todos los nidos del mundo./ Foto Joaquín Mayordomo
En aquel bosque infinito en el que cabían todos los nidos del mundo./ Foto Joaquín Mayordomo

            Pero, yo, cuando llegan los meses de marzo y abril y contemplo, embelesado, cómo la pajarería se vuelve loca de amor –¡esos juegos y cortejos!–, cómo cantan los jilgueros y los mirlos en la higuera, en el membrillar o en la alameda, mientras los días vuelan raudos hacia el verano –hasta las sosas corujadas parecen estar contentas–, yo, yo no puedo resistir la tentación de escaparme a buscar nidos.

            Primero exploro las huertas, cortinas y prados más cercanos, los alrededores de Perniculás, y luego, cuando ya estamos en junio, libre de tener que ir a la escuela por las tardes, cuando más calor hace y en mil leguas a la redonda no hay ni un alma que no esté durmiendo la siesta, me voy a ver aquel mimbrero en el que cada año, normalmente, hace su nido una tórtola. “Solo iré hasta allí”, me digo para vencer el tembleque que me entra al alejarme del pueblo. Tengo siete años apenas, pero sé que no obro bien.

             Al principio camino despacio; miro para atrás todo el tiempo. Avanzo hasta el mimbreral escrutando cualquier cosa que se mueva a derecha e izquierda. Después… Bueno, después… “Ya que estoy aquí, iré hasta la charca de las Gavias que allí, sí, ¡con esos zarcerones tan grandes!, con las marañas de retamas, los espinos y los fresnos que la rodean… seguro que encuentro algún nido”.

            Continúo teniendo miedo, pero actúo con disimulo. Al menor sonido extraño, me paro. ¡Estoy tan asustado! Pero sigo. Sigo como un perro sabueso husmeando los alrededores de la charca. Nada. ¡Ni un mísero nido! “¡Ay, sí, allí…! Allí… En aquellas encinas tan tupidas… tiene pinta de haber uno”. Y me alejo. Mas, tampoco; tampoco en ellas han querido hacer este año su casa los pájaros.

            Ofuscado un tanto ya, obsesionado, mirando para arriba sin descanso, corro de árbol en árbol. Me entran las prisas. Cojo un puñado de rollos y apedreo cada encina a ver si entre el follaje rebulle alguna tórtola. “A ver si en ese roble de ahí…; no, en el siguiente… En el zarzal que hay allí abajo, en aquel viejo alcornoque, en el barranco, quizá allí, en la vaguada, detrás de aquellas peñas…”, me repito en un confuso bisbiseo, mientras corro de un lado a otro, alejándome siempre del pueblo.

             “Mejor me doy ya la vuelta”, me digo en un chispazo de lucidez. Pero sigo. Sigo como un zombi obstinado, escudriñando entre las ramas de todas las encinas, que ya me duele el cuello de tanto mirar para arriba. “Pero es que… ¿Es que no voy a encontrar ni un solo nido?”.

*          *          *

Un roble, un zarcerón, en cualquier lugar escondido.../Foto JM
Un roble, un zarcerón, cualquier lugar perdido podría esconder el tesoro…/Foto JM

Me siento aborrajado, con el rostro encendido y la boca ardiente por la sed. Finos hilos de sudor resbalan por mi frente. La cabeza va a estallarme. Me paro junto a un tronco y busco el amparo de la sombra. “Solo llegaré hasta allí y, sí, me doy la vuelta. ¡Ahora de verdad!”, juro y perjuro mientras recupero fuerzas. Pero luego… “Solo llegaré hasta allí”, “bueno, un poco más allá…”. Sigo rebuscando, buscando y buscando… Ansioso, correteo como si tirase una cuerda de mí, como si una fuerza oculta, un imán, me arrastrase. Voy de un lado a otro como un perro conejero, encandilado por el sueño de encontrar algún nido.

            No hay cielo en lo alto ni tierra a mis pies, ni hay Hombre del Saco que valga… ¡Solo encinas! ¡El bosque! Una vegetación que apedreo y ausculto obsesivamente. “A ver si aquí…”. Ausculto como el médico del pueblo, don Félix, cuando me dice, sonriendo: “A ver, Serafín, abre bien la boca. Enséñame la lengua”.

            Creo que he enloquecido. Vuelvo a detenerme. Sí, me doy por vencido. Recojo un puñado de chinarros y lanzo las piedras, al azar, sin ganas, contra el par de encinas que tengo más cerca. A ver si alguna tórtola que esté goreando se asusta y sale huyendo.

            Agotado, me dejo caer al suelo otra vez, apoyándome en un tronco. Miro en derredor. ¡La soledad más absoluta!  Por primera vez soy consciente de que, quizá, me he perdido. Sufro un ataque de pánico. Empiezo a temblar. El miedo… Ahora ya sí, ¡ya!, quiero volver a casa. ¡A casa! Pero no estoy tan seguro de que pueda encontrar el camino.

            Sumido en mis pensamientos, hundido en un pozo…, ¡qué negro lo veo todo! “¡Menuda tunda me aguarda! Mi madre, me encerrará en la panera… O en el cernidero. ¡Jo, ya la he armado otra vez!”. Pero, en ese momento… ¡Justo encima de mi cabeza! Un estallido de hojas, alas y viento estrumpe entre las ramas de la encina al tiempo que una tórtola huye. “¡Eureka! ¿Donde tiene esta su nido?”, me pregunto, poniéndome de pie de un salto. Alargo el cuello, miro… “Nada, no veo nada”. Hasta que, sobresaliendo de la orquilla que forman una rama horizontal y uno de los brazos más gordos de la encina, descubro el borde de un montón de gajos secos. “¡El nido! ¡Lo encontré!”. Aunque no lo veo, lo imagino. “Ya está. Ya lo tengo. Ya tengo mi nido”.

            El cansancio desaparece como por arte de magia. Me olvido de la angustia que trae el miedo y me invade una ola de euforia. Contengo, como puedo, la emoción mientras trato de fijar en mi mente algunas referencias que me sirvan para localizar el nido cuando vuelva a visitarlo: un peñasco a unos cincuenta metros… Ah, esa vigueta. La verruga de la encina en la mitad del tronco. Finalmente, coloco varias piedras formando un pequeño montículo al lado de otra encina, no lejos del nido. “Para disimular”, pienso, y sonrío.

El milano planea sobre el viento al acecho de la presa./ Foto JM
El milano se mece sobre el viento al acecho de la presa./ Foto JM

            De regreso atrocho entre las encinas, avanzo campo a través y me entran las dudas. ¿Por aquí voy al pueblo?, me pregunto, sin tenerlas todas conmigo. Pero entonces llegué hasta un teso, gateé a lo más alto, donde hay una peña, y, oteando el horizonte, descubro la torre de la iglesia. “¡Estoy salvado!”.

            Ya en el pueblo, me falta tiempo para buscar a mi amigo Camilo y contarle la aventura.

            –¡He encontrado un nido que solo yo sé donde está! ¿Quieres verlo? ¿Vamos mañana?

            Fuimos. Después de equivocarnos y dar varias vueltas, lo encontramos. No nos habíamos arrimado a la encina todavía y ya estaba la tórtola escapando. Nos miramos.

            –Sube tú primero, si te parece; lo encontraste tú… ¿Te ayudo? –me propuso Camilo.

            Colocamos una piedra, a modo de escalón, para reducir la distancia y, luego, convencido de que llegaría a arriba sin  problemas, me lancé a gatear. Camilo me empujaba como podía hasta que logré asirme a una rama. ¡Ya está! El nido lo tenía a un par de metros.

            –Sí, tiene dos huevos –anuncié.

             Casi a gatas, reptando como una serpiente sobre el brazo gordo de la encina logré acercarme hasta tocar los huevos.

            –¡Están calientes!

            –¡No los sobes, anda, que los aborrece! –me pidió Camilo–. Baja ya, hombre, que ahora me toca a mí. Yo también quiero verlos.

            Bajé rápido. Estaba contento.

            –Sí, seguro que está goreando –confirmó Camilo desde arriba. Él gatea mejor que yo y, además, es larguirucho– Venga, vámonos de aquí que como nos pille la tórtola, lo aborrece –sugirió mientras baja.

            –Cuando estén ya criados los tórtolos, uno para ti y otro para mí, ¿vale? –le propuse a Camilo en el camino de vuelta.

*          *          *

 Acordamos no volver por allí al menos en una semana. Pero la impaciencia pudo más y al tercer día estábamos gateando a la encina.  No nos costó tanto encontrarla esta vez, ya sabíamos el camino; como la tórtola, que enseguida nos barruntó y huyó antes de acercarnos.

            –Hum, lo mismo lo aborrece. Tenemos que aguantarnos y no venir en quince días por lo menos –dijo Camilo, que sabía más de nidos.

            Pero tampoco pudimos esperar ni siquiera cuatro días. Y la tórtola volvió a oírnos llegar y a escaparse. Regresamos una tercera vez una semana después. ¡Allí estaba la tórtola pegadita a su nido! La miramos, nos miró… ¡y se espantó!

            A la cuarta vez… ¡la tórtola no estaba! Nos miramos y, sin hablarnos, sentimos el peso del fracaso y el mayor desconsuelo. ¡La tórtola había aborrecido el nido! Estaba claro.

            Camilo gateó y en un pispás llegó hasta donde estaban los huevos. “¡Fríos como un témpano!”, me dijo. Los cogimos y escachamos. Aparecieron dos extraños pollos de un color marrón sucio, casi formados ya.  Nuestras jaulas seguirían vacías.

            Los días que siguieron al fracaso fueron de una intensa búsqueda de nidos en aquel bosque encantado e interminable en el que, cada tarde, ampliábamos dominio y horizontes. El vicio se había apoderado de nosotros. Después de comer, a la hora de la siesta, salíamos a explorar nuevas besanas. En una semana habíamos encontrado cuatro nidos más de tórtola, dos de abejaruco en un barranco y uno de águila en una vigueta. Decidimos que dos de los nidos de tórtola, los que estaban más ocultos, no los visitaríamos a menudo; bueno, cada 15 días… Porque sabíamos que desde que la tórtola empieza a gorear hasta que nace el pollo pasan dieciocho días. También que son tres semanas más las que hacen falta para que los tórtolos se echen a volar.

            Con los otros dos nidos de tórtola nos dedicaríamos a jugar y a hacer perrerías. Deseábamos cazar ambas tórtolas. Para ello nos acercábamos con sigilo y con un canto en la mano… y ¡zas!, ¡zas! Lo lanzábamos contra los nidos con todas nuestras fuerzas y mala intención con el deseo de herirlas. Jamás lo conseguimos. Nuestra intención era llevárnoslas a casa, meterlas en la jaula y cuidarlas. Practicamos este juego muchas veces durante años. Nunca alcanzamos el objetivo. Siempre acaban hartándose de nosotros y aborreciendo estos nidos.

            Tal como habíamos acordado, a los quince días vistiamos nuestros dos nidos secretos. En el primero no estaba la tórtola, pero, en vez de huevos, encontramos dos recién nacidos en borrefa, con esa pelusilla que les sale a los pocos días, después de haber nacido más mondos y lirondos que la piel de una manzana.

            En el otro sí que estaba la tórtola goreando, pero, al acercarnos, se asustó y huyó como todas. Acordamos esperar quince días más para volver.

            Cuando volvimos diez días después, los tórtolos estaban ya en cañones; tenían bastantes plumas y muy poca pelusa.

Una cuerda invisible, un imán tiraba de ti porque allí estaba escondida la magia de la vida./ Foto JM
Un imán tiraba de mí porque la magia de la vida se escondía en aquellos bosques./ Foto JM

            Esta vez sí. Esta vez nos esforzamos para que la crianza, en ambos nidos, se lograse. ¡Estábamos tan contentos! ¡Cada uno tendría un par de tórtolas! No podíamos con los nervios ni sabíamos qué hacer para que los días discurriesen más de prisa. A la espera se sumaba la angustia y el temor de que alguien descubriese nuestro secreto. O que un gato montés, una zorra, una alimaña o cualquier otro animal depredador se comiese nuestros deseados tortolitos. Los visitamos una vez más y decidimos que en tres o cuatro días iríamos a cogerlos. Mientras tanto, en el segundo de los nidos también acababan de nacer los dos polluelos. Teníamos aún tres semanas por delante de miedo y sufrimiento.

            No recuerdo qué ni por qué, pero varias trastadas de Camilo y mías (coincidieron) nos obligaron a retrasar la visita a coger los tortolitos del primer nido. Cuando por fin pudimos ir… ¡Ay!, ¿estarían? ¿Se habrían volado ya? ¡Qué emoción! Íbamos corriendo, aturullados y nerviosos, el corazón se nos salía del pecho. Llegamos. Camilo gateó. ¡Allí estaban los pájaros felices y contentos! ¡Tan grandes, ya, como sus padres! Camilo reptó sigiloso hacia el nido (no las tenía todas consigo) y cuando iba a echarle mano… ¡Ay, ay, ay…! Los tórtolos abrieron torpemente las alas, dieron un vuelo corto y se colocaron unos metros más allá, en el extremo de una rama. ¿Cómo hacer? ¿Cómo intentar cogerlos? Camilo descendió y empezamos a apedrearles, a hablarles con cariño, a proponerles un trato, a rogarles que bajaran. Pero no hubo manera. Luego les gritamos, les insultamos, les soltamos todas las letanías imaginables que a dos niños con nuestra edad pudieran ocurrírseles. Pero ellos no solo no hacían caso a nuestros ruegos, sino que iban saltando de encina en encina hasta que no nos quedó más remedio que aceptar la derrota.

*          *          *

Durante algunos días estuvimos cabizbajos y enfadados, tristes. ¡Pero nos quedaba otro nido! A los nuevos tortolitos los visitamos un par de veces más. Todo iba perfecto. Contábamos los días. Esta vez no esperaríamos las tres semanas de rigor. No, ni hablar. Los cogeríamos antes de que se nos echasen a volar. Así lo hicimos. Una tarde nos acercamos y, sin mayor dificultad, les metimos en un fardel y para casa. Cuando llegamos al pueblo, los sorteamos. Los machos son más grandes, tienen un plumaje más oscuro y en el pescuezo les adorna una corbata de plumas de un color distinto. Las tórtolas, en cambio, son gráciles y elegantes, tienen el plumaje más suave y el cuello estilizado, y son más vivarachas.

            El macho le tocó a Camilo y a mí la hembra. Ahora solo había que conseguir sacar los tortolitos adelante y que empezaran a cantar. A parte de la suerte, necesitaríamos paciencia y mucha dedicación. Y no sé yo…

            A mi tórtola le sentaría bien un nombre, pensé. Se me ocurrió el de Dorotea. Sonaba bien. Sí, el nombre me gustaba. Me gustaba casi tanto como ella. Quizá por aventuras como esta recuerde a aquel verano como un tiempo feliz.

4 comentarios Añade el tuyo
  1. Gracias Joaquín por este regalo.
    Me has transportado a esa gran aventura de infancia. Las emociones de la búsqueda de nidos siguen perviviendo en la memoria y con tu maravilloso relato me las has refrescado. Gracias. Abrazo grande.

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