Tras una noche larga de ensoñaciones y miedos,
rebullo, abro los ojos y miro.
En la ventana se anuncia lo que puede ser una vida;
un agujero de luz en la oscuridad
por el que se vislumbra a una tierra humillada, atrapada entre nieblas,
tiritando de frío
y muerta.
Sin perros
ni gallos que le canten.
Sin aves ni vacas en los corrales.
Sin burros, puercos ni ovejas.
Sin aquellos gorriones, mirlos, tordos, vencejos…
Todas las aves se fueron.
Solo creció el cementerio.
Observo a esta tierra mía que palpita a duras penas
mientras el amanecer me acerca
y los recuerdos se agolpan.
Cuando aquí, cada día, vivir era un renacimiento.
Una luminaria, de pronto, se cuela por la ventana.
Y en la alameda de enfrente, mil agujas se afilan al contactar con el sol.
Entre las hojas que quedan, una catarata de ocres y estrellas amarillas
anuncian el fin del otoño.
Son las reliquias que esperan al próximo vendaval
antes de irse al infierno.
Asomando por el este,
un arrebato de fuego, de colosales proporciones, se apodera del cielo.
Desperézate ya y corre a ver qué sucede.
¡Corre!
Vuela…
Porque ese rojo de nubes puede tener sus presagios.
Salgo a la calle, me apremio y, consciente del silencio absoluto
que reina en esta Tierra de Nadie,
me adentro
en el bosque milenario de encinas.
Encinas que son como tótems,
estatuas vivas,
representaciones de hechizos,
rituales perpetrados por magos y genios
para preservar la belleza
de este laberinto perdido.
Ahora el sol transforma las gotas de rocío en cascadas de perlas,
enciende las flores,
rebusca en el suelo y aviva la humedad
para darle un soplo a la vida, a la tierra…
¡A ver si despierta!
Pero nadie responde porque aquí solo hay muertos.
Palpo el silencio que me envuelve
mientras la brisa me acaricia,
afila su cuchillo, me araña, me abraza y se va.
¡Ay, cuanta luz y energía se nos pierde reviviendo el olvido!
El sol que va y viene, juega con las nubes,
se enreda otra vez con los álamos y vuelve a ocultarse.
La tormenta ahora es de sangre.
Un cielo rojizo hasta hacer daño en la vista se apodera del mundo.
Me quedo quieto. Siento. Pienso…
Y concluyo que estoy
encerrado en el vientre de un extraño juguete;
en un complejo laberinto
en el que, sin embargo, la sensación es de armonía y de paz.
Tanta belleza subyuga.
A mi alrededor, todo es perfecto.
Amanece en esta Tierra de Nadie, finalmente.
Una tierra dura y sin nombre,
a la que los dioses han colocado en el margen del olvido
después de cortarle las alas.
Una tierra exánime, casi muerta, habitada por fantasmas,
que late todavía…
Aunque exhausta.
Una tierra, al fin, que alberga esa extraña belleza
que enloquece
a quienes se enamoran de ella.





Que canto más sentido y hermoso a la tierra que te vio nacer y en la que ahora vives y la vives
Gracias por compartir estas palabras llenas de sentimientos y recuerdos. Elijo un mensaje esperanzador: “Tanta belleza subyuga.
A mi alrededor, todo es perfecto”, con un valor especial al transmitirlo desde una tierra de nadie. Reconforta recibirlo en tiempos tan convulsos. Un abrazo.
Amigo Joaquín, aunque de nadie, aunque muerta, hay mucha belleza y todo es perfecto en ese entorno de nuestra infancia, de nuestra “patria”.
Me viene a la mente un fragmento de un poema de William Worhswortd que dio lugar a la película “esplendor en la hierba” :
“Aunque ya nada pueda devolvernos la hora del esplendor en la hierba, de la gloria en las flores, no debemos afligirnos, porque la belleza subsiste siempre en el recuerdo”.
Un abrazo, amigo
Todo lo que escribes, me recuerda a mi tierra. La España vaciada se parece mucho.
Quienes la matan abiertos y emboscados conviven…tan solitaria que, el homicidio no tiene testigos..
Que no te cayen entonces o… que hablen sus finados, su arboleda…sus surcos erosionados…