Del amor y la muerte… O aprendiendo a vivir

Vista general del Guadalquivir, Torre Sevilla y Torre Schindler./ Foto Joaquín Mayordomo
Vista general del Guadalquivir, Torre Sevilla y Torre Schindler./ Foto Joaquín Mayordomo

De mis tiempos de cinéfilo conservo en el recuerdo algunos títulos que siempre que me alcanza la tristeza revolotean sobre mí. El sábado fue uno de esos días melancólicos. Quizá por eso revivieron en mi mente velados fotogramas de la película de John Huston A Walk with Love and Death, estrenada 1969. Me pasé el día caminando y cogido de la mano con el amor arrebatado y su recuerdo. Como si las ráfagas del viento que llegaban lo azuzasen. Anduve perdido a la intemperie todo el día. Y el duelo, que parecía dominado, me zarandeó otra vez.

            Por la mañana pasé por la tienda de un anticuario a recoger un par de sillas antiguas que mi compañera de vida, fallecida ahora hace un año, andaba buscando desde hacía tiempo. Como ella las quería, yo las quise también. Por eso, cuando el viernes por la tarde, vinieron a casa unos amigos y me hablaron de la existencia de esas sillas, me faltó tiempo para ir a comprarlas. Verlas, tocarlas… fue como volver a estar cerca de Charo. Cuando volví a casa con ellas sentí que la nube se agrandaba. De hecho, el cielo de Sevilla se nubló; e incluso cayó un chaparrón.

            Mi intención era salir por la tarde a caminar un par de horas, como suelo hacer con frecuencia. Pero mi mente, atrapada en el charco de la pena, se entregaba a la desgana. La negación y la tristeza se habían apoderado de mí. Mi cuerpo no quería moverse, ¿a qué iba a salir a la calle?

            Y eso que cuando la voluntad se me diluye como un azucarillo –pienso que me falta ese gen– he aprendido a recurrir al Manual de Charo, que ella tan bien utilizaba cuando tenía que tomar una decisión. Siempre admiré su estrategia para gestionar la realidad; esa voluntad indomable que tenía para superar cualquier obstáculo. Su “truco” consistía en obviar las telarañas que a todos nos paralizan al principio; no darle vueltas a las cosas cuando se trata de hacer algo… Lo que sea. Que puede ser ir a nadar, al cine, emprender un viaje al otro lado del mundo o preparar una oposición como ella hizo, con 60 años casi, para irse a trabajar al extranjero. Ella se quitaba de un plumazo las tentaciones y las dudas y todo lo que podía desmotivarla, e incluso, como si no existieran, obviaba las dificultades que ¡seguro! entrañaría la aventura. Con facilidad pasmosa imaginaba el resultado final y a él se asía. ¡Era su triunfo! ¡Su fuerza! Una fuerza que casi siempre la llevaba a conseguir lo que quería.

            Para ilustraros lo que cuento, recuerdo una experiencia que esclarece cómo era la mujer que más admiro. En uno de aquellos viajes por el mundo, navegábamos a la caída de la tarde en una humilde canoa por el Amazonas de la mano del indio peruano Gerineldono, cuando este nos propuso pasar la noche al raso. Era lo que figuraba en el contrato… Aunque después nos enteramos que viajábamos “secuestrados” pues, compinchado con un socio y un empelado del hotel, habían cnseguido que viajáramos solos en su barca alegando que el resto de viajeros «no se habían presentado» en el momento de embarcar.

            Ni Emilio ni yo atendimos a su propuesta. La situación en aquel momento, no sé bien por qué, no invitaba a meterse en  la selva a pernoctar. El crepúsculo caía amenazante con su manto de misterio sobre el agua, mientras las sombras alargadas de los árboles gigantes se clavaban como lanzas en el cristal opaco del río. La negrura nos envolvía, avanzaba y se filtraba por todas partes. El silencio podía cortarse con un cuchillo. Solo el rebullir amoroso de algunas aves o los últimos revoloteos de los pájaros antes de quedar dormidos, interrumpían la calma que habitaba aquel lugar, lejos de toda civilización. También alguna fiera o ser extraño, en la distancia, emitían de vez en cuando gruñidos para recordarnos donde estábamos. Gerineldo, distraído, como mudo, guiaba lentamente la canoa… De pronto abrió la boca:

            –Este es el último lugar si ustedes quieren dormir bajo techado –le oímos decir mientras señalaba unas barracas de madera que, a lo lejos, flotaban a la orilla de aquel mar, río o lago, por el que llevábamos varios días navegando sin rumbo fijo. ¡No teníamos ni idea de dónde estábamos! Porque, desde que nos adentramos en el Amazonas, a nuestro alrededor todo eran bosques, sombras y agua.

            Al oír a Gerineldo, Emilio y yo nos miramos. Y, sin decirlo, nos dijimos que de dormir bajo las estrellas, nada de nada. Bastante asustados íbamos ya como para someternos a la idea de pasar la noche al raso… Toda la noche en vela esperando a que una fiera o alimaña nos hiciese una visita. Mas…, andábamos enredados entre pensamientos tan sombríos cuando, desde el fondo de la barca, llegó una voz:

            –Pues… ya que estamos aquí, podíamos dormir en la selva! –propuso Charo.

            El silenció que siguió… ¡imaginaros!, tan pesado que pensé… “Aquí mismo nos hundíamos!” Pero no, Gerineldo hizo un giro suave y poco a poco fue adentrándose por un meandro mientras soltaba machetazos para poder avanzar entre la maleza. Emilio sostenía el timón y yo hacía fotos como un reportero de guerra… Charo  miraba.

            Lo que sucedió después, aquella noche y en días sucesivos, ya lo contaré otro día.

            Charo era así; un ser especial que “presumía” de haber subido medio Everest a base de voluntad, en contra de la opinión mayoritaria de los que la acompañábamos cuando ascendimos los 4.167 metros del Toubkal, la cumbre más alta de Marruecos.

Mas vuelvo a este presente… El sábado avanzaba un tanto turbio, la tarde moría lentamente y yo seguía sin decidirme a salir a caminar. Atrapado en mis enredos volitivos y desganas, leía para sentir que, por lo menos, estaba haciendo algo útil. Allí estaba tumbado en la butaca, sin poder reaccionar, mareando la perdiz; dándole vueltas de forma obsesiva a si debía o no obligarme a salir a la calle. Hasta que leí la frase aquella que me puso en pie: “La distancia entre la realidad y los sueños se llama disciplina”. Disciplina era lo que mi amada Sumurrú* practicaba con su irreductible carácter espartano para hacer realidad sus sueños. Tanto control tenía sobre sí misma y tan bien había puesto en práctica lo aprendido a lo largo de la vida, que cuando el médico le dio el diagnóstico del cáncer incurable que tenía, ella le dijo:

            –Muy bien. No me importa si me toca ya morirme. He sido una persona libre y razonablemente feliz. He realizado muchos de mis sueños. He viajado casi tanto como el que más. Me ha encantado mi profesión y he disfrutado con ella y con mi alumnado. E incluso la vida me ha regalado una hermosa historia de amor… Tengo 67 años y estoy dispuesta”. Sí, así fue el inicio de su despedida.

            Pero no deseaba hablar aquí, ahora, de la experiencia dolorosa del cáncer y el sufrimiento compartido durante el último año (tiempo habrá) sino contar que después de leer e imaginar lo que hubiera hecho mi princesa Sumurrú esa tarde de sábado a la que me vengo refiriendo, me puse la ropa apropiada, tomé un paraguas (que luego no necesité) y me eché a las calles de Sevilla. Siempre pensando en que “con media hora de ida y media de vuelta es más que suficiente”, que era ese el argumento que Charo empleaba para vencer la pereza o el desánimo que te invade cuando uno se impone metas difíciles, como caminar dos o tres horas diarias.

            Callejeé como un tiovivo dando vueltas, observé el bullicio y el ruido exagerado que había en torno los bares, me sorprendí con la música atronadora que salía de alguno de ellos, como si estuviesen avisándonos del miedo que se acerca ya, ya, cuando llegue (que llegará) la Nueva y Gran Depresión de 2029; una fantasía por ahora literaria, pero que parece inevitable que ocurra. Me encaminé finalmente hasta el río Guadalquivir donde reina cierta calma, salvo estos días de fiesta que, en la margen izquierda, en las inmediaciones del puerto, acaban de instalarse los feriantes con sus hermosos cachivaches de luces y colores: norias, pista de hielo para patinar, coches de choque, puestos de algodón de azúcar, chocolaterías, bares a gogó, perritos calientes, tómbolas y saltimbanquis; todo un carrusel de fantasías para endulzar la danza triste y el desasosiego en el que en estos tiempos de epidemia vivimos instalados.

            Yo seguía con las ganas de llorar. ¿Pero, por qué, si todo me está saliendo a pedir de boca? Había comprado dos sillas largamente deseadas, perfectas, y Sevilla era una fiesta. Además, el recuerdo de mi compañera me guiaba… Sin embargo, seguía con el ahogo. Me senté en un banco al lado del río y miré a la calle Betis. Por allí, al otro lado, también la vida se veía alegre.

             Encendí entonces el móvil para ver si me calmaba –más por inercia que otra cosa– y la noticia me abrasó los ojos: ¡Almudena Grandes acababa de morir! Un escalofrío me recorrió por todo el cuerpo. Entonces se me ocurrió pensar que también las intensas ganas de llorar eran por ella. Porque Almudena, aparte de una novelista reconocida, ha sido un faro-guía para muchos, en especial, para los perdedores de aquella Guerra, a los que ella ha rescatado del olvido.

            ¡No, no puede ser! ¿Por que los buenos se mueren siempre antes?

            Y sí, lloré ahora con ganas y dejé que las lágrimas corriesen libremente. Recordé a mi amiga Tereixa que tanto la quería y sentí que lo estaría pasando mal. Así que la llamé por teléfono y compartimos nuestros duelos. Nos desahogamos. Ella siguió avanzando en su crónica para el periódico El País sobre la autora madrileña y yo regresé a casa dejando atrás el ruido y los reclamos de los feriantes que vendían, a manos llenas, vida y bondades con el fin de distraernos mientras llega el fin del mundo. Aunque, llegue o no, lo importante es que gocemos el tiempo que andemos por aquí y, sobre todo, que procuremos no quejarnos ni hacer daño.

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(*) Zumurrud, princesa de Las mil y una noches, recreada en la película del mismo título por Pier Paolo Pasolini

27 comentarios Añade el tuyo
  1. Las buenas se nos van siempre demasiado pronto. Lloré por Almudena como he llorado muchas veces en este año por Charo. Cuando siento esa angustia que me paraliza pienso en la determinación de mi tita de latón y admiro su (y tu) capacidad para dar siempre pasos hacia delante. Ojalá llegue algún día a ser la mitad de valiente y generosa que ella. Gracias por un relato tan hermoso, y espero que nos cuentes qué pasó en la selva. 💚

  2. Una vez más amigo Joaquín llegas a lo más hondo. Ternura, amor y lealtad con la inolvidable Charo. Todo mi cariño y apoyo hoy, mañana y siempre, porque personas como tú hacen más llevadera esta vida

  3. Joako, todos esos que nos hacen llorar son los que también nos hacen mejores. Afortunados somos de recibir su legado, aunque sintamos mucho frío porque ya no están. Eres sabio, amigo. Y te queremos

  4. Te leo en uno de esos momentos que describes y como un modelo intento seguirlo con la esperanza de lograr lo que Charo. Os reconozco en los gestos y rastros de nuestro querido Tánger y te abrazo en el duelo.

  5. Me ha conmovido y he experimentado emociones distintas; por una parte me gusta el que Charo se nos haya acercado a través de tus palabras para saludarnos y que la recordemos con cariño y sin penas, porque ella era afortunada, y por otra la sensación de que, ojalá hubiese yo estado cerca de ti en esos momentos tristes, para darte un gran abrazo, acompañarte en tu paseo y escuchar en ese banco frente a la calle Betis algunas anécdotas sobre tu princesa Zumurrud que sin duda aliviarían esos momentos de lágrimas.
    Gracias por tu generosidad.
    Un abrazo para ti y el otro para Charo.

  6. He leído tus palabras completamente conmovido, porque nos acercan al sentimiento “que se escucha siempre mucho más fuerte que el viento”, tal y como lo aprendí, un día ya lejano, de Rafael Alberti. Gracias, porque nos trasladas a zonas amables de la vida, que necesitamos frecuentar. Un abrazo.

  7. Sí Joaquin: la memoria humana a veces es nuestro veneno y , a veces, nuestro antídoto. Muchas veces he lamentado no haberos conocido antes a Charo y a ti. Un abrazo

  8. Te encontré después de muchos años y me siento orgullosa de haberte conocido, como me hubiese gustado volar junto a ti y darte ese abrazo que necesitabas.
    Te quiero Joaquín

  9. Se nos van las mejores, que cierto es.
    Has revivido los recuerdos de tu princesa y de mi amiga, la valiente, la que siempre daba sabios consejos y a la que siempre admiré por su segurida y determinación.
    Gracias por este bonito y sentido relato, Joaquín. Un abrazo.

  10. Magnífico relato. Ha sido inevitable compartir lágrimas contigo y con mucha gente que seguimos estando orgullosos de haber compartido su amistad. Siempre estará con nosotros. Has tenido el privilegio de compartir la vida con ella.

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