En el arcón de la España vacía
13. Tardes de luz y membrillos

Tengo en la memoria la imagen de una niña camino de la escuela con un membrillo en la mano al que mordisquea despreocupada mientras de sus ojos almendrados se escapan varias lágrimas. Hace alguna mueca. Suspira. Luego, como una mariposa que liba y revolotea, se deja embriagar por la acidez del zumo que extrae de la pulpa al presionarla con su lengua sobre el cielo de la boca.

            En un gesto mecánico ralentiza la marcha, se para; deglute el resultado, siente un escalofrío de placer y reanuda el paso.

            Se detiene. Repite el mecanismo del mordisco. Y otra vez los gestos y aspavientos, el gozo de saborear el zumo ácido…

            El membrillo es el recuerdo. Ese fruto tosco, reluciente y amarillo, que gira entre las manos de la niña como una perinola, mientras el sol enciende el aire y forma luminarias a su paso para alumbrar el barrizal que hay en la calle Los Barreros, después de una semana otoñal de mucha lluvia. Tengo esa imagen de la niña remarcada en mi cerebro; una escultura luminosa que camina con un membrillo.

Membrillos de Perniculás./ Foto JM
Membrillos de Perniculás./ Foto JM

Pero este es un recuerdo de antaño; hoy, muchos años después, vuelvo a Perniculás y todo es más prosaico. Abro la ventana y veo los arbustos cargados de membrillos, con las ramas vencidas por el peso del fruto, extraordinariamente abundante este año. Llegan, como si regresaran del pasado cabalgando sobre el amarillo que deslumbra, los recuerdos dando saltos, alborozados, se asoman… Brota un carrusel de imágenes alegres de cuando íbamos a la escuela por la tarde y cada uno de nosotros llevábamos en la mano ese membrillo que nos daban como postre o para merendar.

            La imagen salta como el agua cuando nace del manantial; a borbotones. Como si la experiencia de aquellos días felices jamás se hubiese ido. Aquellos días de otoño…

             Si hacía un sol de verano, paseábamos desganados la galbana y el membrillo. Agrio. Duro como el pedernal. Difícil de morder y peor aún de roer. Pero le hincábamos el diente como el ratón que ha descubierto en el arcón un trozo de queso; con voluntad y desconfianza al mismo tiempo, no fuéramos a perder un incisivo.

            A base de chupar y de esforzarnos, dando dentelladas, lográbamos menguarlo; lo hacíamos girar en nuestra mano mientras succionábamos la pulpa, que siempre se masticaba mejor y era más dulcen (es un decir) que la carne próxima al corazón, donde anidaban las pepitas.

Foto J.M.
Foto J.M.

            Mas de una vez, aburridos de chupar y de morder mandamos el membrillo a freír espárragos por encima de la tapia que teníamos más a mano en ese momento. Suponía una liberación. Ya teníamos las dos manos libres y podíamos correr cuanto quisiésemos o jugar a lo que fuese… A Civiles y a ladrones, a Los mulos, al Escondite, a La chirumba, al Guá… Al fútbol, no, que todavía no le había regalado su madre a Argimiro el balón de reglamento que le trajo de Madrid unas Navidades.

            El membrillo era también un amuleto del que, si estaba rico (no todos eran tan agrios) costaba desprenderse. Para algunos, además, representaba el bocadillo con el que mataban el hambre durante horas, mordisqueándolo. Como les duraba tanto, lo metían a escondidas en la escuela; lo guardaban en la cartera o debajo la tapa del pupitre y ya veremos… De vez en cuando, furtivamente, le dabas un mordisco y succionaban el jugo con el arte de un áspid mientras dejaban caer los párpados, henchidos de gozo. Si el maestro dormía el sueño del galgo, atropado entre el ventanal y su escritorio, cabía la posibilidad de que, amparados por el ruido y el barullo que montábamos mientras el ayo dormitaba, se celebrase un festival de degustación de membrillos. Pero si rebullía algo escocido porque el sol que le caía sobre la espalda le achicharraba el cogote, se estiraba cual lagarto y abría un ojo…  ¡Ayayay, la que se armaba! ¡Virgen Santa, del amor hermoso!

Foto J.M.
Foto J.M.

            Los chispazos amarillos le arrancaban de la hipnosis y espabilaba en un pispás. Entonces se erguía parsimonioso, se estiraba tan largo como era y avanzaba hacia nosotros entre los pupitres mientras el cielo se abría en canal y una nube espesa caía sobre la clase. Tal era el silencio generado que hasta el respirar de las moscas se oía perfectamente.

            Don Gaspar iba acercándose con la vara de mimbre en la mano.

            –A ver, Marcial, háblanos de los membrillos…

            –…

            –¿Cómo, no dices nada? No querrás, ahora, hacernos creer que no te gustan?

            Y ya estaba llegando el gigante hasta su altura y cubriéndolo con su sombra. Se colocaba junto a  él en el pasillo, alargaba la zarpa, y con los dedos índice y pulgar hacía una pinza para apuñarle unos pelillos en la zona occipital, justo por detrás de la oreja. Don Gaspar (se le veía que gozaba) tiraba de su presa sosteniéndola hacia arriba. Marcial no se movía al principio, tampoco se quejaba, pero lo mejor era colaborar. Así que como si le hubiese salido un muelle en el culo, subía y subía, se alargaba y alargaba… hasta ponerse de pie. Varias bocanadas de aire perfumado por los aromas que desprendían los membrillos penetraban en los pulmones infantiles de Marcial haciendo hipos, mientras unos hilillos de cristal, dulces, de lágrimas, resbalaban por sus mejillas, que él absorbía con suspiros como si fueran de miel.

            Don Gaspar le soltaba de golpe, retrocedía entre los pupitres y oteaba en derredor como un perro de caza, como si estuviese buscando otra presa para seguir con el juego. Mas –lo teníamos comprobado– si el sueño del que le habíamos arrancado con nuestro barullo era dulce, se daba media vuelta y se volvía a degustarlo, parapetándose en su santuario otra vez, entre el ventanal y el escritorio. Pero, si en el momento en el que había abierto los ojos y visto el relámpago amarillo, el sueño le estaba atormentando con alguna pesadilla de la Guerra, entonces ya podíamos prepararnos para la escabechina que se disponía a hacer esa tarde: desde requisarnos los membrillos, distraerse arrancándole a media docena los pelillos del cogote, arrearnos con la vara en las yemas de los dedos por “un quítame de ahí esas pajas” o, en el mejor de los casos, ponernos a explicar el mapa mudo que tenía colgado en la pared, para atizarnos con la vara si confundíamos –un suponer–  Orense con  Zamora.

            Y así transcurría el tiempo en aquellos días de luz y aroma de membrillos, dulces de otoño, con juegos y escuela, con gozos a pares, con algún que otro castigo, con niñas luminosas saltando a la comba… Y un gran barullo en la plaza, donde jugábamos a vivir, tocarse y correr, perseguirse… A hacerse trampas, intercambiar canicas y cromos. ¡Ay, los niños! Tardes de luz y membrillos, sí.

Foto JM
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2 comentarios Añade el tuyo
  1. Que buenas imágenes y recuerdos del membrillo o gamboa, que debe ser una subespecie más dulce, pero siempre tenía el riesgo de que estuviera demasiado ácido. Ese primer mordisco era arriesgado, pero una vez que llegaba el dulzor continuaba con ansia aunque aparecía otro riesgo, el de engolliparse, no sé si esa palabra es un localismo. A Eva le ha encantado el relato y las fotos, y me ha dicho que los membrillos son veceros, un año fructifican más y otro menos. No conocía esa expresión.
    Todo esto lo disfrutamos pegados al gran canal veneciano, en una mañana nublosa pero siempre atractiva en La Serenisima. Arrivederci Joaquín. Saluti da Eva

  2. Creo que nunca he llegado a morder un membrillo y me ha dado la curiosidad. Lo he tenido en mis manos y notado su aspereza, pero hasta ahí.
    Prometo que la próxima vez le hinco el diente, para poder experimentar un poco, lo que sentían estos pequeños peniculeros.
    Lo del tirón de las patillas prefiero no volver a revivirlo.
    Muchas gracias Joaquín. Como siempre, por un ratito nos has trasladado a otro pueblo y otro tiempo.
    Un abrazo.

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