Paisaje de otoño y
la España vacía en la encrucijada

A oscuras todavía, abro la ventana sin saber la hora que es y descubro, sorprendido, que después de tantos días de calor una capa blanca cubre el prado. El hielo titila sobre la hierba. Los árboles, eternos e impasibles, sueltan hojas a su ritmo; llevan días pintándolas para dejarlas caer ahora, lentamente, según dicta el reloj que mide el tiempo. La niebla, esta mañana, lo envuelve todo; es como una manta algodonosa de nubes que viene a arropar el frío. Amanece lentamente; el invierno se acerca.

            Dentro de la casa se está a gusto. El ambiente conseguido responde a la idea de confort que preconiza el desarrollo. Es uno de los logros que nos hacen sentir fuertes, superiores, frente a las demás especies. Hemos construido un mundo propio a cambio de romper con la armonía que se palpa a la intemperie. Fuera, es verdad, hace mucho frío; el termómetro marca dos grados bajo cero. Mas si uno se fija bien… ¡Todo está en su sitio! No hay nada ahí fuera que apunte sufrimiento.

            ¿Qué es lo que se ve por la ventana? Lo primero, armonía y orden. Nada que revele que ahí se vive mal: los pájaros juguetean en las puntas de las ramas, baten alegres las alas para quitarse el frío; incluso, algunos, cantan. Nada rompe el equilibrio del lugar; al contrario, la postal representa un remanso de paz… No se observa planta o animal al que la Naturaleza no atribuya un papel en el teatro de la vida.

Paaisaje de Perniculás./ Foto JM
Paisaje de Perniculás./ Foto JM

            Y, mientras reflexiono, escucho que se habla sin parar de la España vacía. Un lugar “remoto”, atrapado en el silencio y el olvido, ajeno a la cultura de la ciudad.

            Por este mundo ando indagando estos días al tiempo que me hago preguntas. ¿Cómo desde la ciudad con su “sabiduría” y prepotencia, con su manual de desarrollo incuestionable (según dicen), sus costumbres urbanitas o con su particular escala de valores, van a conseguir que estos lugares perdidos, ¡tan singulares!, no desaparezcan? ¿No tendrían que ser sus habitantes  –los que aún quedan con ganas de vivir y luchar en los pueblos– los que propusieran el modelo y método, la fórmula que necesitan para subsistir? “Desde la ciudad” -lamentan agricultores, ganaderos y demás superivientes de este vaciado territorio- “nos ahogan con reglas y burocracias, reglamentos, inspecciones, amenazas, formularios… Porque poco o nada tiene que ver lo que proponen con lo que necesitamos”.

            En estos días en los que todo el mundo mira al campo, la España vaciada vive cierta sensación de aturdimiento. ¡En todas partes se habla de ella! Los autóctonos leen y oyen, inquietos, esos mensajes interesados (a veces, globos sonda) de los buitres financieros que están siempre al acecho, dispuestos a sacar tajada de su inversión, allá dónde menos se les conozca. Y, claro, los nativos se ponen nerviosos. Tanto les prometen, tanto les ofrecen… que andan confundidos. Agobiados. Porque estas tierras víctimas del abandono y saqueo secular, gobernadas todavía por el natural estado de las cosas, son ahora obsesión de depredadores y multinacionales

            Por aquí o por allá han descubierto que tienen campo libre –nunca mejor dicho– para perpetrar sus megalomanías industriales, siempre en favor, claro, de lo que ellos consideran crecimiento y progreso. Así plantean “sembrar”, en medio de la paz de este mundo natural, granjas de cerdos, de ranas o de lo que sea con tal de obtener magros beneficios… ¿Qué les importa a ellos si el agua y la tierra se envenenan con los residuos?

            Hablan de cientos de miles de ejemplares enjaulados en medio del páramo, rodeados de la nada, sin que exista la posibilidad de que esos seres vivos puedan asomarse al paisaje, aunque sea solo un minuto, para respirar su aire.

            –Porque si no, las granjas no son rentables –aseguran los gurús de estos negocios que terminarán de hundir al mundo rural, mientras contemplan, esbozando una sonrisa sibilina, como los pocos habitantes que quedan por aquí se marcharán o les embaucarán para acabar con ellos.

            –¡Aquí no va a quedar ni Dios! –me dijo ayer un nativo.

            Mientras tanto, el sol cobra fuerza y desaparece la niebla. El campo rebulle otra vez, es la vida…

Paisaje después de la niebla./ Foto JM
Paisaje después de la niebla./ Foto JM
10 comentarios Añade el tuyo
  1. Sabes transportarnos hasta aquella zona tan desconocida para mí y tan rica de contenido. Gracias por hacerlo a través de la palabra, que aún nos queda. Aquello es parte del universo que se pretende sustituir por el metaverso. Una lección con el ruido mediático de fondo en la Conferencia de Glasgow. La gran verdad es que tus palabras no son el bla, bla, bla de Escocía. Un abrazo.

  2. Siempre sabes captar el ambiente, el medio en el que te encuentras. Exacta descripción además del sentir de los habitantes de ese medio. Estupenda crónica!!

  3. Disfrutémoslo mientras podamos porque estoy convencido de que este destructivo proceso es imparable. Cada uno en su rincón. Un abrazo

  4. Bonita y dura crónica, que nos lleva ha hacer algunas reflexiones.
    Muchas gracias Joaquín. Siempre consigues trasladarnos a tus lugares y sentimientos .
    Un abrazo

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