En el arcón de la España vacía
5. La palangana  

Aquel invierno fue especialmente duro; el frío arañaba la piel y en las mejillas de los niños el aire pintaba minúsculas grietas rojizas que dolían como si les clavaran alfileres. En la escuela unitaria de don Gabriel, cada mañana, los pies infantiles se transformaban en zoquetes de corcho y solo se sabía si estaban aún vivos cuando la abuela, al volver a mediodía a comer, descalzaba a su nieto al lado del fuego, arrancándole a tirones las botas de goma y los calcetines. Entonces aparecían unas figuras blanquecinas, tendiendo a violáceas, con unas lustrosas ampollas a punto de estallar.

¡Gran cosecha de sabañones! Sí, aquel año proliferaron como hongos entre la población infantil; prácticamente, nadie escapó en Perniculás de lucir estas pompas rosáceas, muy parecidas a las que las lluvias de otoño siembran por todas partes, cada año, en los bosques. Y también los catarros, pupas y mocos hicieron su agosto en aquel invierno negro, para olvidar.

A los sabañones se les veía cada día más gordos, gozando de buena salud, instalados en las manos y pies de los niños o colonizando sus orejas, enrojecidas como tomates. En cambio los dientes… ¡Ay, los dientes! Los dientes titilaban sin tregua y no había quien los controlase; castañeaban en las boquitas de fresa dibujando muecas extrañas y figuras de dolor. Aquellas perlas de nácar tintineaban entre la población infantil como esas esquilas que lucen algunas ovejas. Cuando esto ocurría en la escuela, un enjambre de moscas zumbonas flotaba en el aire; mientras, para contrarrestar el temblor, los infantes daban saltos y de paso combatían la congelación.

Perniculás al amanecer. Por el humo que escapa de las chimeneas, brujas y misterios buscan aire./ Foto JM
En Perniculás, enveltos en el humo, malhumoradas y misterios vuelan libres al aire./ Foto JM

También los domingos, en misa, se escuchaba esta música; los niños eran expertos en emular las carracas que por Semana Santa ellos mismos giraban cuando las campanas se ponían de luto; en aquel tiempo de congelación, los dientes conformaban, durante los oficios religiosos, una orquesta ruidosa y desafinada que rompía el silencio solemne que don Juan Andrés reclamaba desde el altar mayor; primero con miradas fugaces de admonición; después, gesticulando como si hubiese perdido la razón.

***

Cada noche, al irnos a la cama, mi hermano y yo, para dormir, nos enfundábamos hasta la altura del sobaco unos pantalones de colores, de una extraña lanilla, cálida y gruesa, que nos había traído mi tío Avelino, de Madrid. No sé de qué estaban hechos, pero nos metíamos en ellos y en menos de lo que dura un suspiro nos envolvía una ola de calor; para sentirnos a gusto, no necesitábamos más tiempo que el que tardábamos en acurrucarnos sumando dos cuatros. Los extraños pijamas habían llegado el verano anterior en un cargamento más amplio, con varios fardos de ropa. Recuerdo todavía su olor peculiar mientras siento en mi piel el roce suave del tejido trenzado en espigas.

Mi tío era el mensajero de las buenas nuevas. Cuando venía de vacaciones, siempre llegaba cargado de cajas a rebosar con sorpresas: ropa usada de hombre y mujer, para niños y niñas… Nos sorprendía con espectaculares juguetes –inimaginables hasta entonces en Perniculás– como aquel coche blanco, descapotable, sobre el que podía subirme de lo grande y resistente que era. Para mis primas, muñecas que hablaban… Y pistolas para nosotros con empuñadura plateada o de hueso, que parecían de verdad, con las que nos pasábamos todo el día apuntando a la abuela Delfina y a mi tía Felisa.

–¡Quita de ahí, deja de enredar! ¡No está bien amenazarle a la gente! –protestaba mi tía, un tanto malhumorada.

La belleza se halla en cualquier parte; basta con saber mirar./ Foto JM
La belleza se halla en cualquier parte, basta con saber mirar./ Foto JM

El mago Avelino ejercía de conserje en Madrid, en un elegante edificio de apartamentos situado en el paseo del Marqués de Monistrol. En él, además de oficinas, había algunos pisos de lujo habitados por familias norteamericanas. Era de ellos de quien mi tío obtenía los regalos. Los yankis, opulentos ya entonces y desinhibidos, consumían a destajo más de lo que podían disfrutar. Así que, apenas se cansaban de las cosas… se las daban a mi tío (ropa y juguetes, sobre todo) que las almacenaba en el chiscón que había al lado de la portería, justo detrás de la escalera principal. Luego, cuando llegaba el momento de coger vacaciones y venirse para pueblo, mi tío embalaba los tesoros y nos los traía. Nosotros recibíamos aquellos regalos como un verdadero maná. Así podría ser el principio del cuento…

***

 Pero no… No es mi intención que el relato discurra por derroteros de días de calor y galbana, con veranos felices y sombreros de ala ancha como los que exhibían los vaqueros del Oeste, pistolas, cartucheras de cuero historiadas y coches de juguete con claxon, sino que lo que deseo es regresar al invierno, ¡a aquel gélido invierno!, al que el confuso presente me transporta para revivir multitud de recuerdos.

La escarcha es tan intensa en Perniculás algunos días que parece que ha nevado./ Foto JM
La escarcha es tan intensa en Perniculás algunos días que parece que ha nevado./ Foto JM

De entonces, de aquel invierno en Perniculás, territorio secularmente olvidado e inhóspito, se recuerda que a un tal Prosperino se le congeló la chorra al mear y el arco que la micción pintó en el aire estuvo tres días suspendido, anclado en la tierra y sujeto a la nada como una escultura, al abrigo de aquel rincón solombrío de la Plaza Mayor. De otras hazañas menos prosaicas, pero más sabrosas, también se dan cuenta en los anales del pueblo, pero ninguna tan dulce como el beso de labio con labio que Florinda, La Amante del Anís, y un tal Ulpiano se dieron, quedando ipso facto sus labios y rostros pegados como dos soles encendidos. Al preguntar ahora sobre el hecho, la gente comenta que los benditos hubieron de recorrer un buen trecho, practicando giros extraños y escorzos (en “una postura que daba risa”, dicen los que les vieron) hasta llegar a la casa de la madre de Florinda, la señora Micaela, que, al abrigo de la lumbre, y tirando de un abanico de fabricación casera, estuvo un buen rato aventando el calor hacia ellos, hasta que consiguió despegarlos. Todavía hoy, una Florinda octogenaria y chistosa lo cuenta mientras enarbola una escoba, al tiempo que sonríe con gesto de pícara.

–¡Sinvergüenzas, que son unos sinvergüenzas! –proclama, entre tanto, con aires de loro perdido en el tiempo, la largamente centenaria Micaela, sin saber muy bien lo que dice ni a quién se refiere.

***

Mas volviendo a aquel invierno siberiano… Recuerdo que por las noches, cuando el hielo del aire se colaba entre las tejas del techo del cuarto en el que dormíamos mi hermano y yo, ambos sentíamos cómo la manta de escarcha caía inexorable sobre nosotros. Aún así, dormíamos. Dormíamos con dos, tres… cobertones y toda la ropa que mi madre encontraba por allí, y que, amorosa, extendía encima de la cama, una vez nos arropaba hasta cubrirnos las orejas. Así amanecíamos, como dos rebujones entre sábanas, mantas, pantalones-pijama de colores… y amenizados por las frases de ánimo que desde la cocina pronunciaba nuestra madre, invitándonos a levantarnos de una vez, al tiempo que anunciaba que la chimenea ya estaba encendida.

Entonces salíamos de la hurera, cogía cada uno su ropa y, corriendo, nos acercábamos al fuego, tiritando.

–¡No os arriméis tanto, que vais a quemaros! –nos avisaba, mientras acercaba a la lumbre el puchero con agua para hacer el café de achicoria que, cargado de azúcar y migado con abundancia de pan, sería el desayuno.

Nos vestíamos con aquellos estrafalarios calzoncillos que nos había hecho la abuela, la gruesa camiseta de algodón y la camisa de franela, el pantalón y la chaqueta de pana, los calcetines de lana gorda, y con aquellas botas katiuskas forradas por dentro con cotón, que habíamos estrenado en otoño, cuando llegaron las lluvias.

Mientras nos abrasábamos literalmente al fuego por la espalda o de frente, según la postura, mirábamos de reojo a la ventana que abría la cocina a la calle… ¡Congelada!

–¡Vaya manta que caído esta noche! –soltaba mi madre para sí, ensimismada con su cosas.

Lejos de la chimenea, imaginaba a todo el pueblo  tiritando, pintado sobre un lienzo blanco infinito; igual que si hubiese nevado. ¡Hielo y escarcha por todas partes! Y los pinganillos colgando de las tejas, testigos de la nieve caída hacía un par de días, lentamente derritiéndose con el sol. ¿Quién sería el valiente, el primero en atreverse a apartarse del fuego?, pensé. Qué dilema, verdad, abandonar el confortable refugio de la chimenea para ir a la escuela… ¡Uf, qué dolor! Y aún nos faltaba lavarnos la cara… ¡Que no se nos había olvidado, no! Pero… ¡Cómo estaría el agua de fría en la palangana!

Sí, antes de sentarnos a desayunar, teníamos que cruzar el desierto. Era la última prueba. Había que salir al portalillo y acercarse al casillo que había enfrente. Allí nos aguardaba un desvencijado palanganero con su palangana de porcelana, la toalla, el jabón, el peine y el espejo colgado de una punta clavada en la pared de pizarra, enfoscada con barro. Si conseguíamos llegar hasta allí sin congelarnos, nos lavaríamos… Quizá, solo, como hacen hábilmente los gatos; es decir, simulando un espolvoreo por encima. Pero  mi madre aguardaba y no quedaba más remedio que salir.

–No lo repito más veces, ¡venga, ya estáis a lavaros! –amenazaba–. El café estará en un periquete.

Salíamos. Con miedo y tiritando, pero salíamos. En la palangana había un bloque de hielo gris con la forma rebanada de una esfera; era la prueba fehaciente de que alguien, el día anterior, había dejado allí el agua después de su aseo. En la tinaja de al lado ocurría otro tanto… ¡El agua era puro hielo! ¡No había agua, pues! Entonces corríamos contentos para dentro, sonriendo animosos, para meter, literalmente y sin pensarlo, la nariz y las manos en el fuego.

–¡Hijos, que vais a quemaros! –reiteraba, enfadada, mi madre–. ¡¿Pero ya os habéis lavado?!

–¡Es que no hay agua…! ¡Está congelada!

–¡Cuánta guerra dais! Ahora caliento una poca…

Mi madre entraba en la despensa y, de las cántaras que teníamos para beber, llenaba tres cuartos de un perol, lo colocaba sobre la plancha de hierro en la que se asentaba la lumbre y, una vez templado… ¡A la calle otra vez! Vertía un chorro sobre el hielo y este comenzaba a girar como un iceberg hasta que lo arrojaba al muladar del corral. Luego volcaba el resto del perol en la palangana. Mi hermano, o yo, daba igual, emprendíamos entonces el ritual de lavarnos las legañas, la cara y los ojos, la nariz y la frente, las orejas, las manos… sin dejar de retorcernos, pues, como si tuviésemos el baile de san Vito, tiritábamos de frío mientras dábamos saltos para disimular.

No creo que empleásemos más de un minuto cada uno en el lavatorio. Y otra vez corríamos para dentro donde chisporroteaba la hojarasca de las ramas al arder, crepitaban las brasas y, las llamas, alegres como mariposas, remontaban chimenea arriba abrazadas a las llares, abrasándolas sin compasión.

Entre tanto, mi madre removía la achicoria en el agua humeante del puchero. La colaba con una manga en los tazones de barro, le añadía azúcar en abundancia, pan del que había amasado mi abuela hacía una semana… o reciente, según cuadrase, y, como dos angelitos hambrientos, sin decir palabra, ya aseados y peinados, nos poníamos a engullir el manjar.

–Venga que vais a llegar tarde… –nos apuraba, mi madre–. ¡Cómo corre el tiempo! Con todo lo que tiene una que hacer.

Era el la señal; la urgencia que  siempre trae el reloj, que no cesa en su tictac… Incluso en Perniculás, donde se vivía al ralentí, corría el tiempo. Había llegado el momento de salir a la calle, hiciera el frío o no.

Con frecuencia, en la literatura, nada es lo que parece y todo se confunden y así, en este caserón (palacio del Marqués de la Bastarda) los duendes campan a sus anchas mientras hacen realidad los sueños./ Foto JM
Con frecuencia, en la literatura, las cosas no son lo que parecen y así, en este caserón del siglo XVI (palacio del Marqués de la Bastarda) los duendes y los magos campan a sus anchas mientras atienden a los sueños de los vecinos del pueblo./ Foto JM

Soltábamos la cuchara, tomábamos la cartera que teníamos encima del escaño y vete-los-íbamos los dos a la escuela sin parar de correr hasta el mismo toral del palacio del Marqués de la Bastarda, nuestro patio de recreo. Correr era la mejor forma de combatir el frío. Cuando llegábamos faltaban todavía unos minutos para que don Gabriel se asomase a la puerta de casa, diese unas palmadas y, como un rebaño obediente, dejáramos todo lo que estábamos haciendo –fuera charla, juegos o peleas– para, sin ningún entusiasmo, entrar en clase.

Sin embargo, aquellos minutos que el reloj nos había regalado por llegar un poco antes de la hora, nos habían hecho bien. Pegados al muro del palacio, habíamos revivido saboreando a sorbos el sol. Y el sol es energía, ¿no? Así que, a pesar del frío, la escarcha y el viento que arreciaba, entrábamos en la escuela calentitos. Eso sí, con el miedo de siempre… Miedo a no saberse la lección o a que aquél fuera el día elegido por don Gabriel para “ajustar cuentas”. Aquellas cuentas que ni prescribían ni se olvidaban. Cualquier desliz, pillería, error… de nuestras vidas infantiles, don Gabriel lo medía a su antojo y, después, lo juzgaba con la vara.

 

 

8 comentarios Añade el tuyo
  1. Como siempre, nos transportas en el tiempo y nos haces participar de los sentimientos y vivencias de tus personajes .
    Muchas gracias. Este me ha gustado especialmente.
    Un abrazo amigo Joaquín

  2. Me ha encantado, aunque he tiritado un poco. Y preciosas las fotos, supongo que tuyas, especialmente la del reflejo de los árboles en el agua. De mi niñez sevillana no recuerdo sabañones pero mi madre nos hablaba de los suyos. Pasó parte de su infancia en un convento de clausura de Burgos en el que había que levantarse de madrugada a cantar ya no recuerdo si laudes o maitines.

  3. El año 2021 nos está dejando las estampas de antaño en Perniculás. Hace tiempo que no veíamos tanto hielo en el Yeltes, casi se canda y así poder pasar a la otra orilla sin saltar por los pontones.

  4. Haces volver a aquellos años, y son bonitos recuerdos, yo un poco mimada, pero os recuerdo a vostros, y veo vuestra casa, y las caritasde frio,asi como aquellas rosquillas, que me obsequiaba tu madre riquisimas, cuando las habia claro
    Ahora abrigate y disfruta de mi medio pueblo tan bonito. Un abrazo

  5. Estupendo! Un viaje en el tiempo a través de los entrañables hermanos Mayordomo, la calidez de su familia y sus circunstancias.
    Repito, estupendo!
    Gracias Joaquín.

  6. Me ha atrapado tu relato. Como ese olor que de golpe nos trae un recuerdo con el ramillete de sensaciones que volvemos a sentir. La Palangana me ha transportado a un lugar de la infancia parecido al tuyo en el que, en invierno, el frío era el protagonista que combatíamos como podíamos al calor de la lumbre y el amor enérgico de la madre.

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