En el arcón de la España vacía

3. Los domingos,
baile con gramola

Jamás podré olvidar… la noche que te besé… Estas son cosas que pasan… cantaba Luís Aguilé, alegre como un mirlo posado en una viga, que era donde Aquilino Parra había colocado el altavoz de la gramola.

La canción se diluía retumbando en las paredes de la sala vestidas de abandono. Mientras, la tarde se moría; el reloj no daba tregua. Parra encendía entonces las luces y una nube turbia envolvía al viejo local. El humo que llegaba de la barra alimentaba la tristeza…  Y por los tragaluces de la noche descendía a la pista de baile un mar de soledad.

A la hora del crepúsculo, la juventud perniculasina apuraba las últimas gotas del domingo. Quién más quién menos soñaba con algún roce amoroso, tal vez con un beso…, una caricia suave envolviendo la cintura o un apretón con los muslos. En un baile agarrao podía ocurrir de todo. Que germinasen los amores más secretos –sobre los que ni ella ni él, todavía, se habían dicho una palabra– o que, en mitad de la refriega de acercarse y separarse, la avispada Bonifacia, por ejemplo, dejase, en un arrebato, plantado a su pretendiente.

Llegan ya los mozos en ruidosa algarabía… Pero, en vez de dirigirse a donde aguardan las mozas, y sacarlas a bailar, se amontonan en la barra donde el Parra, en camisa y remangado, displicente –siempre con el trompo de gruesa picadura entre los labios– les agasaja con más jarras de vino, cubalibres, copas de Soberano… Ellos cantan, se hacen bromas o imitan al jilguero Aguilé, al que nadie le hace caso. Algunos vocean letras de su cosecha, aprendidas en la mili: Estaba de guardia un día… en la garita la muerte… yo le bum cata bum yole bum…  La mili… ¡Ay la mili…! Esa jaula mágica por la que han pasado todos y ahora añoran.

La noche avanza… El miedo que atenaza a los galanes se disuelve poco a poco en el alcohol. Y entonces sí, valientes, se acercan ya a las mozas que están bailando solas, aburridas o cuchicheando en pequeños corros…

–¿Bailas? –pregunta Teodomiro a la escurridiza Dorotea, con fama de arisca.

Ella le mira y remira; le inspecciona y, tras dudar unos segundos, alarga el brazo diestro y apoya en su hombro la mano. Teo, sorprendido, la toma por la cintura con fuerza, se aferra a ella y la zarandea sin querer.

–Ay, perdona, Dori. No quise hacerte daño… –le pide disculpas.

Teodomiro tiembla. Ella, decidida, le ha puesto en el otro hombro la mano izquierda. Él, aturdido, desconcertado por la resolución de la moza, la atenaza con más fuerza. Dorotea no se deja… Tensa como dos fórceps los brazos y se dispone a resistir. La canción es un barullo de ruido en la lejanía. Bastante tienen ambos con medir sus estrategias. Ni la oyen ni la sienten ni la escuchan. Para qué…

Y mis manos en tu cintura... Pero mírame con dulzor…, babosea Adamo ahora, suave, justo encima de sus cabezas. Ya no hay tregua. Ahí están bamboleando con sus cuerpos, atrapados en la hoguera del deseo, sin saber cómo dar con la chispa que encienda el fuego. Hasta que Adamo le sopla al oído a Dori: Por eso así, yo te lo cuento… Y te lo canto a media voz… Y Dorotea posa en el techo los ojos, suspira hondo y, milagrosamente, se rompe en ella algo por dentro que rasga su corazón. Teo aprieta, aprieta un poco más mientras ella se va ahogando y ya, cada vez menos, la mariposa pierde fuerza en su revoloteo para ceder aturdida; como el pájaro que ha caído en la red. Pero mírame con dulzor… Porque tendrás la aventura…

Luego, la diosa que ha conquistado a Teodomiro dibuja con sus brazos una uve y se deja arrastrar mansa, suavemente, hasta el pecho de él; su dios.

El amor firme que nace, la vida nueva que ambos desean, la pasión que por fin arde… Todo, todo lo que cada uno ha imaginado por su cuenta hasta ahora les transporta al galope en una nube.

–Te quiero, Dori… Te quiero. ¡Pero qué guapa estas hoy!

El mundo puede hundirse ahora o cantar en la gramola cualquiera genio o petimetre, tanto da, que a ellos lo que ocurra les tiene sin cuidado. Porque Teodomiro y Dorotea tienen desde esta noche su cielo.

*          *          *

Mas no siempre es así. El Baile del Domingo en Perniculás suele estar sembrado de decepciones. El pegajoso anuncio de Soberano es cosa de hombres, interrumpiendo cualquier romanticismo, es una espada de Damocles, siempre a punto de caerle encima a los que bailan cuando menos se lo esperan; cuando, al ritmo de la música, se hacen arrumacos.

Porque el soniquete del anuncio del coñac, adherido a la mayoría de los discos de propaganda que atesora Aquilino Parra, hace bajar a la tierra a cualquiera, incluso a esa pareja de tórtolos, encandilada con los Angelitos negros de Machín. La melodía del anuncio interrumpe las coplas más sabrosas; esas que cantan Lola Flores, Marifé de Triana, Juanita Reina y la Niña de la Puebla. Desajusta de repente los trinos populares de Juanito Valderrama y Antonio Molina o hace añicos los pasodobles más raciales como el de la España cañí o el Gato montés, que de todo hay en la despensa mohosa y  musical del Parra.

El mocerío se resigna a que la rubia de Soberano les interrumpa la fiesta. Porque, quién más quién menos, está intentando ligar. Pero la voz de la omnipresente rubia es un chorro de agua fría que les detiene en seco, al tiempo que la emoción del galanteo se rompe. Ahora es el momento de negociar.

–¿Bailamos otra?

–¡No!

–¿Y por qué no?

–Porque estoy cansada…

Romualdo no pegunta más, el pobre. Se aleja. Comprende que no es el tipo de ella; que si bailó con él fue por puro compromiso, porque tampoco le agradaba a Evangelina quedarse allí sentada, en la banqueta, sola.

Normalmente, el final de una canción es punto y aparte; cada cual vuelve a su sitio. Él, a la barra del bar. Ella, al grupo de amigas con las que repasa chismorreos y novedades acerca de él. También para pensar en ese amor que hoy, todavía, no le ha pedido un baile.

Pero hay asimismo parejas que se entienden y repiten baile. Por ahí sí, por ahí sí que se ven mariposas en dulce revoloteo. Y otras parejas se citan para el domingo siguiente.

–Porque se está haciendo muy tarde y es hora de irse… –le explica Isidra a Eustaquio, que se creía con posibilidades.

*          *          *

¡Por fin se ha creado un clímax! Las últimas gotas del elixir amoroso que los perniculasinos beben los domingos tienen atrapados a una docena de danzantes; pegados al cemento, se derriten en el gélido salón, fundidos por parejas en un solo cuerpo, conscientes de que el reloj viaja deprisa y no les queda tiempo. Mañana es lunes y hay que continuar la sementera.

Como le ocurriera al bueno de Bud Baxter y a la señora MacDougall la noche de Navidad, en la película El Apartamento, nadie, después de haber tomado 13 martinis (en este caso han sido innumerables cubalibres y vasos de vino) querrá abandonar el confortable abrazo del salón. No habrá fuerza humana, ni siquiera el Parra con su genio, capaz de arrancar a las parejas del goloseo de los besos y la osada exploración de los cuerpos.

Pero Aquilino juega al truco de las luces; las enciende y las apaga haciendo ráfagas. Se impacienta y empieza a quejarse.

–Venga, coño, venga, que nos vamos… ¡Que es la hora de irse, muchachos! Que mañana tenéis que trabajar… ¡Rediósss! –suelta por lo bajo, mientras tira de mecha y de mechero para encender el que será su penúltimo trompo.

El mago de la fiesta está cansado; demasiadas jarras de vino ha servido ya, demasiado humo en sus pulmones. Mas para algo es del oficio y sabe que es mejor mostrarse amable y conciliador; el tabernero apacigua y torea las protestas como puede.

–¡Es que la realidad se asoma al lunes… Y eso duele! –bisbisea para sí el mago, que conoce el percal.

Los que bailan, al fin, ceden; se desenganchan. Recogen las chaquetas, los abrigos y, entre risas, carcajadas, gestos de complicidad y complacencias, se besan con la mirada, pintan estrellas… La mayoría sale a la calle y se pierde entre murmullos camino de su casa.

Los más tercos merodean todavía un rato más alrededor del mostrador.

El silencio se apodera de la noche. Ladra un perro. Las bombillas que alumbran Perniculás son las que están bailando ahora, zarandeadas por el viento. Ráfagas de aire húmedo anuncian el otoño.

–Mañana llueve… ¡Ya lo creo que llueve…! –parlotea Sinforiano con su lengua de ternera, hinchada por el alcohol. Luego se pierde en las sombras.

Vuelven los sueños.

4 comentarios Añade el tuyo
  1. Yo recuerdo que una de las canciones que más poníamos era el Hey Jude de los Beatles porque duraba, creo, unos cinco minutos. Si ese baile agarrado era con la chica de tus sueños, ese tiempo se tornaba especial.
    Gracias Mayordomo por tus recuerdos, que también so los míos (lon nuestros para los sesenteros)

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