En el arcón de la España vacía

2. El gallinero

En casa de mi abuela, los domingos, se comía arroz con bacalao; tanto arroz, que a medida que dábamos cuenta del manjar, este aparecía en el centro de la cazuela como un islote abrupto, con sus playas y acantilados muriendo en el hondón. Los trozos de pescado y el laurel sobresalían, descolgándose, hasta que caían… Entonces, mi abuela, que dirigía la operación del almuerzo como si previese una batalla, señalaba, ordenaba y repartía…

–Este trozo para Próspero. Y ese para ti, Filo… ¡No seas avariciosa, mujer, que vas a atragantarte! Ni que el arroz fuera a acabarse… Qué ansias, hija, qué ansias… Anda, dale al niño ese pedazo, que es más tierno.

Entre tanto, el arroz iba menguando… Y el silencio, como una nube espesa, envolvía la chimenea y la cocina, alumbradas por una claraboya que vertía luz desde el cielo. Eso sí, que cada comensal comiese lo que le pidiera el cuerpo; y si alguien tenía que reventar, que reventase.

En este ritual de los domingos las palabras brillaban por su ausencia. Normal, no todos los días podía disfrutarse de plato tan abundante y suculento.

–¡Pero qué falta tiene el gallinero de mondarse! –soltaba, sin venir a cuento, mi tía Filo, en una de esas pausas que se veía obligada a hacer mientras la abuela repartía los tropezones.

La idea la soltaba como si el asunto de limpiar el gallinero pudiera resolverse por sí mismo; como si de pronto alguien hubiese abierto la jaula del jilguero que vivía en el portalillo y este, liberado, en lugar de huir al monte se hubiera puesto a cantar.

No le respondía nadie, ni siquiera con la mirada. Y mi tía, impaciente, volvía a la carga:

–¿Querrás ayudarme tú, mi niño?

Y yo, que todavía era un renacuajo –apenas había empezado a ir al parvulario de Fidela–, emocionado, aceptaba la propuesta y, desde ese instante, soñaba, ya, con la aventura que, una vez dentro del cuchitril, me llevaría a descubrir algún nidal oculto de huevos. La imaginación volaba… Ya estaba husmeando por los rincones del gallinero al asalto del nido secreto que –“¡las putas las gallinas!”, según mi tía– habrían fabricado a escondidas; seguramente alguna clueca aviesa para comerse los huevos después.

El gallinero era un espacio abuhardillado no muy grande, de menos de un metro de alto. Ocupaba la parte de arriba de media cuadra en la que mi tío Próspero criaba los cerdos. A la izquierda de la entrada, estaba la pila-comedero; y a la derecha, la pocilga o cama dónde parían las marranas o dormitaban los gochos. Para que las gallinas no cayesen en algún imprevisto descuido y fueran pasto y manjar de los marranos, mi tío había colocado una malla de alambre que hacia el oficio de pared.

Filomena no encontraba hora de ir a limpiar el gallinero. Desde que lo anunciaba en la comida del domingo hasta que al fin se decidía podían pasar semanas. No era un plato de gusto, desde luego, limpiar los excrementos que las pitas liberaban por las noches. Cada tarde, cuando recogía los huevos del nidal, descubría las parvas de gallinaza formando una abrupta cordillera de picachos afilados que sobrepasaban ya los palos donde dormían las gallinas. Entonces, puesta en jarras, tomaba la firme decisión de no dejar pasar ni un día más sin resolver el asunto… Pero, indolente y de escasa voluntad, lenta de pensamiento y piernas, mi tía, en el trayecto de vuelta a casa, olvidaba por completo el compromiso.

Hasta que un día, sin saber cómo ni por qué, me tomaba de la mano, me hacía una carantoña y me anunciaba:

–Esta tarde vamos a limpiar el gallinero, ¿qué te parece? ¡Seguro que vas a encontrarte más de un huevo en el rincón de siempre! –trataba de engatusarme.

Y allá íbamos los dos con una herrada, el recogedor de hojalata, el escobón de espiorno y la badila para raspar las costras secas del suelo.

Mi tía abría la trampilla endeble de alambre, yo estiraba los dos brazos para asirme a los salientes de las tablas del suelo del gallinero y… ¡Zas, primera mierda que apuñaba!

Ella se agachaba entonces, me agarraba por los tobillos y, con mi esfuerzo y el impulso que me daba, me catapultaba para dentro. ¡Ya estaba en el gallinero…! Que es como decir sobre una alfombra de porquería; olía que apestaba.

–Ala, hijo, empieza por ahí… –señalaba a la derecha.

–¡Y raspa bien, eh, no dejes ni una gallinaza! –me acuciaba.

–¡Pero tía, si es que están muy duras…!

–¿Bueno, pues quita las que puedas –me animaba.

Y así, con cierta prevención al principio y enseguida dejándome llevar y aceptando de buen grado que estaba poniéndome hecho un Cristo, tiznado hasta las cejas, raspaba y barría a gatas, en cuclillas o como podía… buscando aquel rincón en el que la gallina disidente habría hecho su nido para hurtarle los huevos a mi tía.

A veces, encontraba hasta una docena de huevos ocultos, pero la mayoría de las veces… ¡ni uno! Bueno, sí, alguno entre la mierda acumulada debajo de los palos donde dormían que, en un descuido o en un apretón, se le había escapado a alguna polla primeriza, todavía poco ducha en poner huevos.

Pero lo normal era que no sacase provecho de mondar el gallinero. Durante cerca de una hora raspaba y barría mientras mi tía arrimaba la herrada al borde de la puerta y yo empujaba las gallinazas con el recogedor.

Al fin el gallinero quedaba reluciente, es un decir. Y yo saltaba hecho un cirineo a los brazos de mi tía que me achuchaba y prometía compensarme con dos perronillas y un trozo de jamón para merendar.

Luego me iba casa y mi madre me metía en un barreño a desaguarme. Las gallinazas si desaparecían, sí, pero el olor de mi nariz, no; allí permanecería varios días… ¡Y por las noches soñaba con gallinas comiéndose sus huevos! “¡Las putas las gallinas!”, que retolicaba mi tía.

8 comentarios Añade el tuyo
  1. Hace muchos años que abandoné mi Zamora natal, y en esta narración he vuelto a leer algunas palabras que por La SAGRA donde resido no había vuelto a leer ni escuchar: marrano, herrada, espiorno, cirineo, cuchitril, gachos ……. recuerdos y más recuerdos.

  2. Joaquín, cada vez que leo tus relatos, efectivamente, me transporto a las vivencias infantiles en el pequeño pueblo salmantino donde nací y crecí.
    Las situaciones, las palabras, los silencios, las descripciones, todo me lleva a aquella España rural y autárquica de lis cincuenta.
    Gracias

  3. Tu pueblo Joaquín dista del mío más de 300 kms, tu eres de tierras de dehesas, yo de la montaña del noreste de León, pero tus relatos sobre la vida, las costumbres, el habla… De hace 50 o más años nos unen como un cordón umbilical invisible. Cuando leo tus historias me identifico totalmente con ellas. Gracias

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