En el arcón de la España vacía

1. El niño aguador

Si uno de esos días en los que mi tía Filo iba al regato, a lavar la muda de la semana, se hubiese dado de bruces, en la plaza, con una escultura de Botero, se habría caído de espaldas. ¡Anda, si soy yo! Y en ese par de segundos que dura un batacazo, Filomena hubiese sentido que se transfiguraba en ángel. Ella era así: etérea y terrenal al mismo tiempo. Pero, una vez repuesta, con los ojos en las nubes, no hubiese dudado de que la escultura era ella misma: una amalgama de volúmenes flotando en el universo. Luego, ya de pie, la hubiese rodeado veinte veces; palpado con asombro, acariciado cada forma de su voluptuosa anatomía… Para concluir, como hacia siempre, con su frase favorita: “Hijo, si es que somos plantas de la tierra”.

Mi tía Filo empleaba esta sentencia para todo; lo mismo le servía para un roto que para un descosido. Le parecía este pensamiento tan dulce y necesario como el plato azucarado de calostros que se metía entre pecho y espalda cada vez que paría una vaca. Porque, si se trataba de comer, podía descender hasta el infierno para rebañar la última cucharada, pero si lo que tocaba era hacer carantoñas, mi tía era tan intensa y emotiva como el paraíso que añoraba, siempre tratando de asirlo en cada gesto.

Volviendo a Filomena y a Botero, mi tía, no cabe duda, hubiera sido su modelo; la modelo ideal. Si el colombiano se hubiese tomado la molestia de venir a Perniculás, hubiese hecho con ella lo que Paris con Helena… Porque ella era tan redonda, armónica y hermosa como perfecta en su desproporción. Su rostro reluciente y sus lustrosas carnes le hacían parecerse a una virgen, una de esas esculturas rechonchas que, con arrebato, veneran en ciertos lugares de Latinoamérica. Corta de extremidades, como corresponde al ideal del escultor, resultaba sensual hasta arrancar suspiros. Tan locuaz como doliente; se quejaba mucho. Sus palabras, sin embargo, destilaban aire dulce; como si la saliva de su boca estuviese impregnada de miel.

Mi tía me quería con locura. Y, en su desmedido amor, siempre me llevaba a su terreno. De los albores de la vida recuerdo aquellas noches frías de hielos y ventiscas, en la oscuridad de la alcoba, cuando compartía con ella cama. Yo era –ahora lo entiendo– su “calefactor”. Mi tía me preparaba un “nido” a sus pies, y allí me acurrucaba de cara a la pared mientras ella, reinona con aires de odalisca, se repantigaba en la camota, mirando a la ventana que alumbraba el horizonte por el sur.

También me convenció, cuando apenas había cumplido seis años, para que le acarrease el agua y le llenase sus tinajas. Ella cosía en el portalillo de la casa, aprovechando el sol del otoño, mientras yo iba y venía a la fuente Anica, encaramado a la burra Valentina*,  aquellas tardes tristes de los jueves, ¡siempre interminables!, que era cuando “no había escuela”, y que don Gabriel, el maestro, aprovechaba para ir de caza.

El proceso de acarrear agua era trabajoso. Mi tía Filo enjaezaba con mimo a la burra: primero le colocaba una manta de tiras, portuguesa, para protegerle el espinazo; luego, la albarda; a continuación, la cinchaba bien; y encima ponía las aguaderas de madera, sujetas con un grueso cordel para, finalmente, ajustar las cuatro cántaras de barro, de unos doce litros cada una, perfectamente encajadas.

-¡Listo, todo listo, hijo! -proclamaba, cuando concluía la ceremonia de los preparativos- ¡Ala, sube!

Y yo me encaramaba al poyo, me agarraba al pescuezo de la sufrida Valentina y asía con mis manitas las crines de la burra mientras Filo, tomando mi pie derecho por la suela que remataba la sandalia, me impulsaba hacia lo alto hasta conseguir espatarrarme a horcajadas en la albarda. Me daba una vara de fresno para que “gobernara” al animal, la cantarilla de hojalata de tres litros y… ve-te-lo-iba-yo –eufórico al principio, desesperado después, pues no podía ir a jugar con mis amigos– camino de la Anica, que era como ir al fin del mundo en un viaje que siempre me llevaba a imaginar algún misterio y a superar más de un peligro…

Mis dos piernas de enclenque colgaban en el aire como varillas de arlequín mientras Valentina avanzaba por donde le daba la gana sin hacerme caso. Y eso que le atizaba con la vara con entrega y decisión, empleando todas mis fuerzas. Mas ni por esas; ella sabía bien de la fragilidad de aquel jinete y de su nula autoridad. A veces se acercaba a algún barranco en pos de una rama de fresno y yo temblaba; otras se paraba a mordisquear la hierba fresca que encontraba al paso. Yo la espoleaba…

-¡Ale, burra! Venga. Vamos, vamos… ¡Burra…! ¡Vamos, Valentina, vamos…!- Al tiempo que me ensañaba con ella, vareándole el pescuezo y las ancas con todas mis fuerzas. Pero ni se inmutaba; le daba igual, porque, para ella, mis varazos eran caricias. No había forma de ablandarle la mollera ni el pellejo.

Por eso cada ida y venida a la fuente implicaba una aventura; nunca se sabía cuanto tardaría, ni si el viaje tendría éxito. Ocurrió alguna vez que no volví con toda la carga; Valentina, atrochando por donde no debía, rozaba en una rama o en el saliente de algún muro y… ¡Una cántara hecha añicos! Entonces el viaje se complicaba más aún porque  el equilibrio se rompía y no me quedaba más remedio que ponerme yo de cántara. Metía las dos piernas en la aguadera e inclinado hacia esa parte volvíamos a casa trompeando, como podíamos; yo, con el miedo en el cuerpo. Miedo, encima, a que me regañasen; Valentina, como si el problema no fuese con ella: mordisqueando en los zarzales y bailando con las moscas con sus orejas.

Llenar las cántaras también tenía su aquel. Necesitaba cuatro o cinco cantarillas para completar cada una. Este era el proceso: descendía de la burra saltando sobre el borde del pilón que rodeaba la salida del agua de la fuente, llenaba la cantarilla, me subía al pilón de nuevo y tiraba del ramal de la cabezada para que Valentina se acercase. Le hablaba con cariño, animándola a hacerme caso… Y una vez que lograba colocarla en la posición ideal, vertía entonces, no sin dificultad, el agua en cada cántara.

Pero Valentina era una burra con poco conocimiento… Y a veces sucedía que cuando estaba concentrado, encajando el chorro de agua en la cántara, la malvada se movía y el agua se iba al suelo… o por encima de la albarda.

Cuando ¡por fin! conseguía llenar las cántaras, me sentía aliviado. Entonces me agarraba al pescuezo de la burra y gateaba hasta colocarme a horcajadas otra vez sobre la albarda.

-Ala, ala, vamos para casa…

Así toda la tarde. Siete, ocho, nueve viajes… Hasta que se hacía de noche.

Mi tía me miraba feliz y sonreía; las tinajas, ya las tenía llenas. Luego me achuchaba con amor y carantoñas, me daba una perronilla y yo me volvía a casa con mi madre, cenaba y a la cama. Así jueves tras jueves.

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(*) La burra se llamaba Valentina, tengo entendido, porque un hermano de mi abuela -el tío Próspero- decidió en su momento que el desengaño amoroso que sufriera en su juventud no quedaría impune. Lo que no supo aclarar nunca fue si el castigo era para él, para su amada o para la pobre burra, que podría haberse llamado Centella, por ejemplo.

9 comentarios Añade el tuyo
  1. Me ha encantado tu relato pues me ha transportado a mis años de escuela en mi pueblo aunque yo no tenía tía ni burra,.
    Consecuencias de ser el hijo del maestro pero lo que relatas era habitual en muchos de mis compañeros de escuela. (En aquella época no había “clase” sino simplemente Escuela.
    Un abrazo.

  2. Sólo puedo felicitarte. Tus relatos me retrotraen a mí propia infancia y después me atrevo a soñar que con tu voz y tus relatos eres aquel maravilloso abuelo sentado en su butaca, a la sombra, contando historias a sus nietos, mientras ellos colocados de cualquier manera y postura por el suelo, pero muy atentos. Y ya llegando a mi edad Actual siento la necesidad de ser como ese abuel@ ofreciendo esa cultura y ese amor tan inmenso a sus pequeños descendientes. Felicidades Joaquin

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