Por fin el nombre: ¡Rayuela!

La vida es como un bumerang que va y viene y, a veces, un juego.

Con frecuencia se vuelve al punto de partida antes de concluir el viaje; se juega otra vez, se sigue saltando y al final del esfuerzo, con constancia y con suerte, se llega a la casilla del “cielo”. ¡Rayuela!

Una mañana… El 14 de febrero de 1984, mi compañera de entonces llegó a casa llorando como una Magdalena. “¡Ha muerto Cortázar!”, alcanzó a balbucir entre hipos, mientras por su rostro resbalaban encendidos lagrimones. Por supuesto que no lo conocía de nada. ¡Pero le amaba! Entendí que lo amaba porque vivía acunada en sus libros. Le quería en la distancia tanto como se puede querer a alguien con el que pasas las horas soñando. Imaginando. Enredado siempre en esos laberintos de palabras que Julio Cortázar construye; saltando por el tobogán de una realidad disfrazada de mil fantasías que no tienen sentido, ni objeto, ni se antojan realizables, pero que son los cuadros más bellos pintados con palabras. Cortázar fue un prestidigitador sin quererlo; y un seductor, no cabe duda.

Obviamente, yo también quería al escritor; pero no tanto como ella. También leía sus cuentos y me bebía sus textos, sus digresiones literarias; y me compraba, en aquellas ediciones baratas que editaba Alianza, sus libros a pares en el puesto que tenía mi amigo Fernando en la Cuesta de Moyano, en Madrid, o en la librería Fuentetaja de la calle San Bernardo, en la que ejercía de mago su dueño, Jesús Ayuso.

Al igual que ella, perseguía los sueños que nos narraba el autor de 62 modelo para armar o de Todos los fuegos el fuego. Juntos, de la mano, buscábamos en los anaqueles de las librerías o en los puestos de viejo del Rastro aquellas portadas que tan solo con mirarlas te invitaban a echarte a volar.

 

Años después, como suele ocurrir casi siempre, la vida trazó su propio camino y con nosotros hizo una nueva pirueta. Y en mi corazón habitó otra persona.

Hablando y sintiendo la literatura con mi nueva compañera, supe que el día que Julio Cortázar se fue de este mundo… también ella lloró. También había derramado su particular mar de lágrimas. Era como si el destino exigiera que fuese Cortázar quién guiase mis pasos. Nuevos amores fraguaban encadenados al mito… Sí, tanto le quiso (y le quiere), asegura siempre ella mientras seguimos viajando por los libros y el mundo cogidos de la mano, que, “si hubiera tenido un hijo”, suele decir, le hubiese llamado Manuel… –¡Ay, Manuel!–. Manuel, como el protagonista de El Libro de Manuel; un libro por el que, siempre me cuenta, transitó conmovida e intensa durante los cursos de zozobra universitaria, a principios de los años 70, y también durante algunos veranos en París.

 

Mas no hay dos sin tres… Y Julio Cortázar volvió a resurgir en mi vida como un ave Fénix. En un arrebato muy propio de la inconsciencia juvenil, la llamada por sorpresa de un amigo que se iba a Suiza a “buscarse la vida”, me arrancó de mis dos trabajos de entonces –teclista en sendas industrias de Artes Gráficas–, para llegar en un visto y no visto, en un vuelo relámpago, al aeropuerto de Zurich. Con unas horas de por medio pasé del corazón de Madrid –vivía entonces en la calle del Almendro, en el barrio de los Austrias– a estar en Suiza, a las puertas de una multinacional papelera –la Papierfabrik- en el pueblecito de Cham. De darle al teclado, durante ocho horas diarias, pasé a desempeñar uno de los trabajos más singulares que he tenido en mi vida: destruir con un hacha las enormes bobinas de papel con arrugas o pliegues, que, lógicamente, no cumplían los estándares de calidad que se exigía en la fábrica.

Recuerdo con agrado aquella experiencia. El trabajo era muy irregular. Había días en los que ni mi compañero de turno, el turco Mehmet Yilmaz, ni yo, teníamos un respiro; cuántas más bobinas gigantes “desmochábamos”, más nos enviaban “con defecto” desde el departamento de control de calidad. El trabajo consistía en deshacer aquellas moles de papel defectuoso a base de hachazos para luego ir echándolo, a mano, en una tolva gigante donde, de nuevo, pasaba a ser pasta para su reciclado.

Había días, en cambio, que los pasábamos con los brazos cruzados. A veces, en las ocho horas de turno, no nos llegaba ni un rollo defectuoso. Mehmet, entonces, se salía a la orilla del río Reuss a fumar o a arrojar migas de pan a los peces; yo leía y  leía. Allí releí, o leí por primera vez, varios libros; algunos tan extraordinarios como Sobre héroes y tumbas, Bomarzo… Y, no recuerdo porqué, pero volví a releer Rayuela. Me entusiasmé de tal forma con la novela en aquel lugar escondido que comencé a tomar notas, a subrayar, a abrir llaves en las que apuntaba algunas reflexiones… Y empecé a pensar que a la vuelta a Madrid haría mi tesis sobre ese laberinto en el que nos introducía Cortazar. Su enrevesada estructura argumental, la genialidad de algunos párrafos… Rayuela me sedujo y transportó por completo a un mundo fantástico e irreal y, en aquella nave de la fábrica –la planta sótano estaba al mismo nivel que el curso del río–, envuelto en el ruido ensordecedor que emitían cientos de motores (todos los de la fábrica estaban allí), confundí la vida con la literatura y la vida no fue otra cosa, en aquel rincón de la nave –sobre todo cuando entraba a las cuatro de la mañana– que las dos hachas, la tolva, la manguera con la que vertíamos agua en ella para ablandar el papel, los rollos que aparecían por el montacargas del fondo –situado a más de cien metros frente a nosotros– como si fueran fantasmas rodando, y los jeroglíficos que pintábamos en mi cuaderno de notas o las señas o gestos que nos hacíamos como dos sordomudos para comunicarnos.

Pero aquella experiencia pasó y, al volver a Madrid, el proyecto de la tesis se diluyó poco a poco como un azucarillo en un vaso de agua, para pasar a ser mero deseo y sueño que cae en el olvido. Mi vida tomó nuevo rumbo y yo me desentendí de Rayuela.

Mientras, pasaban los años.

Pero Cortázar siempre ha estado ahí, muy cerca de nosotros. De una forma o de otra le hemos recordado con frecuencia, hemos releído sus textos. Sí, tan cerca lo hemos tenido y sentido que ahora vuelve con fuerza a la presente realidad y nos reclama que le hagamos un sitio.

¡Y va el cuarto hito con el autor de Bestiario! Acabamos de rehabilitar una casa en el mundo perdido de Perniculás y, lógicamente, esta nos pide que le pongamos un nombre. ¿Qué nombre?

Estamos en la España vacía, inmersos en el desolado paisaje; le damos vueltas a la idea. Los recuerdos afloran. Vuelve la infancia como el bumerang que regresa y una tormenta de ruidos, colores, sonidos… llama a la puerta de la realidad en el silencio de la noche, antes de coger el sueño. Llegan ufanas las imágenes como el agua de un manantial: confusas y a borbotones; cantarinas y nítidas. Renace la infancia y sus juegos… ¡Ay, los juegos! Un pensamiento que tira del hilo del recuerdo para revivir aquel tiempo en el que todavía el esparcimiento infantil era un mundo sin fronteras, lleno de nombres e inventos para entretenerse. A cada estación le correspondían unos juegos. Si en verano se jugaba al Escondite aprovechando la calidez del crepúsculo, en el otoño era el juego del Gua el que imperaba. Y en invierno, para combatir el frío (los niños) nos entregábamos al burdo ritual de Los mulos (saltar unos sobre otros donde al primero que cayese y tocase el suelo le correspondía hacer de mulo) o a Civiles y ladrones, que era la forma más práctica y barata para entrar en calor. Pero cuando escampaba, se retiraban las lluvias y volvía la primavera, y las calles se hacían transitables, nuevos juegos colmaban nuestro deseo de vivir. Había muchos. Se podía jugar a La chirumba, y las niñas a Las tabas, a La comba… ¡O a La rayuela!

Y es la rayuela, ¡cómo no!, cierra este juego del ir y venir del que hablaba al principio. Porque como ocurre en la vida, en la rayuela, arrancas en la casilla de salida, giras, y llegas al cielo.

Resulta que delante de la que hoy es nuestra casa (en mi infancia, todavía no se había construido), ¡justo delante de la puerta de entrada!, las niñas que iban entonces a la escuela pintaban en primavera su rayuela. Y allí quedaba trazada la raya del dibujo desde primeros de abril hasta el día en el que nos daban vacaciones, que entonces, con los nuevos quehaceres y obligaciones que teníamos las niñas y niños, ya no había tiempo para juegos.

Todavía soy capaz de ver la tierra aplanada, lisa del uso, luciendo las rayas trazadas con un palo como heridas abiertas en la calle. Todavía soy capaz de ver a Carmen, Mercedes, Cari, Fermina, Inmaculada, Dolores… lanzando la piedra a la primera casilla, tomando un impulso y saltando a “pata coja” para empujarla al lugar preciso que le permita llegar a ese sueño que era “el cielo”. ¡El triunfo! Y sí, a veces tenían éxito; pero entonces, como escribiera Cortazar, se acabó la infancia.

 

 

17 comentarios Añade el tuyo
  1. Es maravilloso leer tus relatos .
    Siempre logras que entre en la escena …
    Afortunado soy , cuando compartes tus experiencias.
    Gracias amigo .

  2. De nuevo un placer leerte. Aquí, viendo el mar desde el ordenador en que escribo este comentario, en la Recife que conociste, y guardando una cuarentena prudentemente necesaria, tu Rayuela es una alegría de lectura matinal. Disfrutad de vuestra casa. Cualquier día vuelvo ye me doy una vuelta

  3. Hay tantas cosas en tu emocionante texto, tanta vida vivida… Lo que fue, lo que somos y esos relatos ajenos que hacemos nuestros, esos escritores que adoptamos y adoramos, que aparecieron justo cuando los necesitábamos.
    ¡Y qué privilegio esa Rayuela con tantos significados!

  4. Mi querido Julio… enterrado en París..muy amado por mis amados ya perdidos…idos a su pesar. Gracias por esta dedicatoria a Rayuela. Por cierto , es el nombre de la plataforma de Extremadura para Edun abrazo Joaquín y besos a Ella

  5. Siempre nos regalas un viaje interesante en el espacio o en el tiempo que afortunadamente está al alcance de todos. Y el azar jugando un papel que humaniza tus relatos y que le aportan un mayor interés a tu gran capacidad descriptiva. Gracias por tu generosidad al compartir tus vivencias creativas. Nos vemos muy pronto.

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