Emulando a la marmota en una ciudad romana

El día se abre, al fin. Un sol radiante nos envuelve mientras el bosque se bebe la niebla dando paso al cielo azul. Por el camino nos acompaña el campo verde; lienzos amarillos pintados con jaramagos y flores blancas jalonan aquí y allá los perfiles de los cerros y ensenadas. El encinar anda encendido en estos días; en las puntas de las ramas de los árboles se muestran los brotes, ansiosos de que llegue la primavera. Auque todavía es el albor de febrero, las lluvias que, abundantes, han regado los campos en las últimas semanas, han transformado a las dehesas en un voluptuoso jardín.

Ahí está Municipium Flavium Muniguens, Munigua, con su santuario derruido… Lo que queda de ella.

He aquí un grupo de romanos disfrazados de correkas./ Foto J.M.

Escalo hasta lo alto e imagino. La imaginación es poderosa y gusta de hacer juegos. En un abrir y cerrar de ojos recreo aquellos días de romanos y de imperios, de goces y opulencia, cuando hace dos mil años bullía una vida rica entre estos montes. Miro a los que llegan y los despojo de su indumentaria postmoderna; les envuelvo en una túnica y les pongo a curiosear. Los coches han perdido sus atributos metálicos y son ahora carruajes de los que tiran cuádrigas. También en fila india llega alguna basterna sostenida por dos mulas, y esclavos nubios portando varias literas. A la ciudad engalanada acuden en sus sillas, con su legión de criados, los ilustres potentados, los cónsules. Todos vienen a pasar un día feliz en esta Mulva de gran fama, a visitar su templo, a tomar baños termales, a rendirle pleitesía a las familias dueñas del monopolio que comercia con las minas de hiero y cobre, ricas y abundantes por aquí.

Vista panorámica de Munigua y alrededores desde el templo derruido./ Foto J.M.
Muros supervivientes a dos mil años de historia./ Foto J.M.

Contemplo, insisto, desde ese viaje al pasado que me he impuesto, a los que llegan y, como un mago escapista, hago que todo artilugio  moderno desaparezca, incluidos los móviles; les calzo con sandalias y les invito con dulzura a observar y recorrer la urbe. Vienen desde Híspalis, de Carmo, de Itálica… Suben hasta el templo a orar a Júpiter y se embelesan con el paisaje, paralizados por lo que ven. Luego se detienen en el foro a oír los chascarrillos, a cotillear; recorren las calles empedradas que trepan a lo alto, los jardines del entorno; admiran la canalización de aguas que tiene la ciudad; especulan y se asoman a los pórticos de las mansiones o al zaguán las casas más humildes. Hay también mercado por ser un día de fiesta… En el foro, a rebosar, los charlatanes y rapsodas improvisan sus discursos sobre la carestía de la vida, la escasez y el precio de la vivienda, critican o halagan a políticos, promocionan nuevas religiones como la de un tal Jesucristo o, simplemente, hacen ripios… Hay quien ha venido con su túnica de estreno, gris o blanca, con la toga ceñida con el cíngulo, el adorno de la fíbula. En fin, la vida…

Lo que nos cuentan las piedras…/ Foto J.M.

También hemos llegado hoy hasta aquí 28 correkas. Después de la cita en donde siempre y parar a desayunar en una venta, a las 11 horas en punto nos hemos puesto en marcha. Salimos del aparcamiento que hay debajo del puente del ferrocarril, en las inmediaciones del Rivera del Huesna, a las afueras de Villanueva del Río y Minas.

Sin prisas, un tanto perezosos, como jamás se nos había visto a los correkas, iniciamos la marcha que nos lleva, por el viejo Cordel del Pedroso, a Munigua. Son ocho kilómetros prácticamente llanos. El recorrido se presta a la distracción, a la tranquila convivencia y hermandad, a disfrutar del asueto y a contarse unos a otros las cuitas y quehaceres del día a día. La incomodidad la han traído los coches que pasaban con la música a todo trapo, las motos pilotadas por marcianos, los horteras con transistor… Chirriaba el ruido –nunca mejor dicho– y el paisaje con su calma se resquebrajaba como el hielo cuando se hiere a cuchillo. Menos mal que el ganado pacía ajeno al hormiguero de urbanitas que pasábamos por allí.

Vista general de la antigua ciudad romana de Munigua./ Foto J.M.

Y, casi sin darnos cuenta, caminando relajados, avistamos, en la cara oeste del cerro, el murallón que sostiene el tempo que corona Munigua. Estábamos dentro ya.

En el momento de yantar…, sobre las rocas desgastadas, la pregunta: ¿quién estuvo antes aquí?./ Foto J.M.

Tras tomar la consabida fruta, el grupo se dispersa como hormigas para esparcirse; cada uno por su cuenta otea el alimento espiritual que busca: unos leen los paneles que explican la ciudad y otros escrutan las piedras o gatean, ya, cerro arriba por el empedrado milenario. ¡Es la arqueología, la indagación en el pasado, lo que nos hace gozar! Es ese cosquilleo en el corazón al saber de hechos remotos…

Hacemos fotos e imaginamos –hay que imaginar, sin duda– sobre la importancia que debió tener Munigua en su momento pues los arqueólogos han hallado en ella restos íberos del siglo VII a. de C., es decir, de mucho antes de que llegasen los romanos.

El tiempo pasa y se acerca la hora del almuerzo. El juego que la imaginación nos ha propuesto ha concluido. Regresamos de ese sueño que nos ha transportado a aquellos días felices de hace dos mil años, a antes de que algún terremoto sin datar, una invasión sorpresa, una revuelta, un incendio… o lo que fuese, acabase con la belleza de este enclave.

A la hora de partir, la historia nos contempla./ Foto J.M.

Salimos del recinto arqueológico para solazarnos al lado del arroyo Tamuhoso sobre unas rocas viejas y gastadas junto al río, que bien podrían servir para que la marmota que, según la tradición de los agricultores norteamericanos, abandona el día dos de febrero la madriguera, se tumbe un año más al sol.

Nosotros, que nos hemos adelantado un día, aborrajados por el astro rey que aprieta al mediodía, y sin habernos desprendido aun de la galbana, nos tiramos cual lagartos rendidos al sol mientras degustamos bocadillos, golosinas y una larga siesta antes de emprender el regreso.

Volver hasta los coches fue más placentero que la ida a Munigua. Esta vez sí, explorando, como siempre, vías alternativas, pudimos deshacernos de los ruidos y solo el cielo azul, la brisa y el canto de los pájaros nos acompañaron por las dehesas alfombradas de verde intenso y amarillo…  Concluido el circuito, pudimos comprobar que habíamos hecho una circular de casi 18 kilómetros. No está mal para haber emulado, sin querer, a la marmota, ¿verdad?

Pasan valles, pasan ríos, suben montes… ¡Ay, las cumbres! Corre que te corre… ¡Correcaminos!./ Foto J.M.
7 comentarios Añade el tuyo
  1. Esta vez tu recorido ha sido antes mío. Lo hice hace un par de meses con el añadido de una visita al patrimonio industrial de Villanueva. Preciosa crónica culta y emocionada de quien se siente también piedra y tiempo.

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