El pan torrado

Unas hojarascas, unas briznas de hierba seca extraídas del hueco de una encina vieja, un puñado de retama que mi madre saca de la alforja, una caja de cerillas bien envuelta en un rodillo de tela para protegerla de la humedad…

Llueve; temporal intermitente; frío, mucho frío.

Hemos caminado un buen trecho por la raya de la finca del señorito Luján y de la de Agustinillo. Ni rastro de los cerdos. Hoy le ha tocado a mi madre venir a vigilar que la piara no traspase los límites del Cuarto de Perniculás. No han llegado todavía los tiempos en los que a la tierra la dividan, llenándola de alambradas. Los animales pueden ir y venir a su antojo; carear hacia donde les dé la gana si no se les vigila. Así que, mi madre me toma de la mano y tira de mí. “Hala, hijo, vamos a dar otra vuelta hasta el Robledillo, no sea-a-cuanto los marranos entren en lo de Luján”, me dice, animándome.

El día está sombrío; cielo encapotado y nubes negras; unas gotas finas, de esas que parece que no mojan, caen sobre nosotros, persistentes.

Es otoño, quizá el mes de noviembre; la humedad penetra hondo, hasta los huesos. Mi madre tira de mí… Hasta que se cansa y me suelta. “Venga, hijo, venga, no te pares; que así entrarás en calor”. ¿Tengo cinco años? ¿Cuatro? Quizá seis.

Ni siquiera me consuela llevar esa chaqueta de pana que el señor Gencio me ha hecho con muchos bolsillos… Tantos como los que tienen las chaquetas que llevan los mayores; uno a cada lado, por dentro, y cuatro más por fuera. Tengo frío. Llueve. El cielo parece estar tan cerca de nosotros que creo que va a aplastarnos. La soledad es infinita… Ni un alma hemos visto por aquí en todo el día. ¿Dónde están los pájaros?

Caminamos un kilómetro raya arriba y regresamos.

Mi madre reúne algo de leña y me dice que va a hacer una lumbre. Estamos al lado de la encina donde hemos guarecido las alforjas y el fardel con la merienda, al borde del Camino Viejo por donde no transita nadie.

Toma una cerilla y la restalla. Se le apaga. Enciende otra y, con cuidado, haciendo un hueco con la mano, consigue que prendan las briznas de retama. Un hilo de humo tira hacia arriba como el genio que se escapa de la lámpara. Deposita los gajos ardiendo sobre un rollo, haciendo un puente con el suelo; echa encima las hierbas secas, el puñado de hojarascas… y, poco a poco, con paciencia, pone algunos palos diminutos hasta que el fuego se aviva y coge fuerza. La llama tira. Yo abro las manos y me acerco. Extiendo las palmas hacia ella… “Ten cuidado, hijo, no vayas a quemarte”, me avisa, con cariño.

Ha dejado de llover. El cielo se aclara poco a poco. Los troncos arden. Mi madre pergeña unos asientos con dos piedras al lado de la hoguera y saca la fiambrera en la que guarda la merienda. El pan… Busca una rama de tres cuartas de larga que termine en una horquilla; afila las dos puntas con su navaja, corta dos rebanadas de pan y pincha una. La acerca al fuego y, por turnos, la torramos…

¡Qué felicidad!

8 comentarios Añade el tuyo
  1. Bonitos recuerdos de una infancia qué fue maravillosa a pesar de los avatares, cualquier cosa nos producía felicidad a pesar de la falta de comodidades.

    Me encanta y me identifico.

  2. Una descripción llena de emotividad de una situación dura y normalizada del pasado, que todavía tiene su presente. Pero qué bien relatas Joaquín!!!!

  3. Me imagino los momentos y esa cercanía con la madre en medio de tanta soledad y frío. Me provocan ternura y hasta se siente el agradable calorcillo de la candela.
    Muchas gracias.
    Un abrazo

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