Chile, buscando el sur
14. De vuelta al país andino,
Villarrica y las yurtas en el lago

Volvemos a Chile. Desde Bariloche, siempre siguiendo la A 40, atravesamos paisajes extraordinariamente bellos. Bordeamos lagos y cruzamos ríos y siempre, en el horizonte, esas montañas y picos nevados que nunca perdemos de vista. Pasamos por pueblos de veraneo, como san Martín de los Andes o por otros menos concurridos, más andinos y austeros, ubicados en planicies peladas, como Juanín de los Andes. Es aquí donde dejamos la A 40 y tomamos el desvío por la A 23 para, a los pocos kilómetros, coger un ramal, todavía de ripio, que nos lleva al paso fronterizo. El cielo se está encapotando por momentos. Llueve. Desde la parte chilena llegan las nubes a oleadas; la borrasca nos envuelve e impide que el volcán Lanín aparezca. A los pies de este volcán teníamos revisto celebrar con un chamán aborigen un ritual de despedida en honor de la nación argentina. Pero el mal tiempo, tozudo inclemente, nos lo impide. El último gozo argentino, en ese puñado de kilómetros finales antes de pasar la frontera con Chile, es el bosque grandioso de araucarias por el que discurre la ruta; sin duda, un hermoso regalo de despedida para salir de Argentina.

               El paso Mamuil Malal no está concurrido. En este momento, apenas un par de coches en cada dirección. Salir como entrar a Argentina nos resulta muy fácil. Sellamos papeles (todo está en regla) y avanzamos hacia la aduana chilena. Aquí es diferente. Prohibido pasar productos perecederos o a granel. Control riguroso de los coches y maleteros, escaneo de maletas, declaración jurada de que no llevas nada prohibido, etcétera, etcétera. Tras varios intentos para cumplimentar con acierto papeles y los pasos exigidos… conseguimos que nos den el visto bueno, el sello y certificado de que hemos entrado y ¡otra vez en marcha! Eso sí, a los funcionarios chilenos perfectos. Ambles. Nada cabe reprocharles.

Vista general del lago Villarrica desde las yurtas de Magma Lodge./ Foto JM

            Ahora todo es bajar y bajar entre bosques y brumas por la CH 199.

            La carretera serpentea cual reptil en vertiginoso descenso hasta llegar a Pucón, junto al lago Villarrica, donde hemos alquilado tres cabañas en el paraje denominado Magma Lodge.

              Nada que ver esta región con la que acabamos de dejar en Argentina; aquí estamos en la vertiente oceánica, donde las lluvias y la humedad que les sigue es permanente. Las corrientes de agua surgen por todas partes entre una vegetación casi selvática. A medida que nos acercamos al lago Villarrica los centros de recreo, las colonias de vacaciones, los parques temáticos como reservas de animales, los centros comerciales, emergen entre el arbolado como las setas en otoño después de las lluvias. Se ve que esta región vive del y para el turismo.

Hasta que volvamos a vernos en otra aventura… La última juntos hoy, en Villarrica./ Foto PT

              La llegada a Magma Lodge nos sorprende. El paraje es idílico. En medio de un bosque casi impenetrable, a la orilla del lago, hemos reservado una especie de yurtas, elevadas medio metro del suelo sobre una plataforma de madera para aislarlas de la humedad.

              Mientras en la recepción nos atienden, la tarde se escurre sobre la superficie del lago dejando una estela brumosa; volvemos a vivir un atardecer de silencio y en paz. Dos empleadas, sonrientes y amables, nos explican pros y contras del funcionamiento de las cabañas para, a continuación, entregarnos las llaves. Subimos a los coches y aparcamos delante de las yurtas asignadas. Todo va bien.

              Pero, de pronto, surge el problema. Y, con una virulencia verbal inusitada, se plantea la más “grave” discusión habida hasta ahora en lo que llevamos de viaje. Cada cabaña, estructurada en dos niveles, es para cuatro personas: una cama doble en el espacio de arriba y dos camas individuales abajo, recogidas, en una especie de minúsculo salón. Los tres matrimonios del grupo –parece lo lógico– deberían ocupar esos tres dormitorios, uno por cada estancia superior. Pero nosotros, con el Wiki al frente, proponemos que los grupos se mantengan y ubiquen como hemos venido haciendo hasta ahora. Pues, alega nuestro líder espiritual, ¡el gran Wiki!, que hemos creado ya vínculos y complicidad suficiente, en este mes de rodar por las carreteras chilenas y argentinas, como para no apetecernos romper la confianza y rutinas que tenemos entre nosotros con la llegada de “extraños” inquilinos a “nuestra cabaña”. El argumento puede considerarse un tanto retórico, pero al Wiki no le falta algo de razón, ¿verdad?. Es más, los compañeros de cabaña asentimos y estamos de acuerdo con él, aunque ninguno va a poner pegas a lo que el grupo, por mayoría, decida.

Retrato de un guanaco sorprendido./ Foto P de D.

              En este debate andamos (anda, quiero decir, esa tortuga de 24 patas que lleva a cuestas el grupo desde que comenzara el viaje) cuando la Riñona explota, muy enfadada, exponiendo distintos alegatos –no recuerdo ahora qué razones da– para que la propuesta que parece la más lógica se imponga. La Inspectora le acompaña en sus argumentos. Y mientras nuestra gran especialista en logística (a la que queremos tanto, tanto, y reconocemos su afán porque todo salga bien) se enfada y hace gestos vehementes de guerra sin posibilidad de armisticio, el grupo libera tensiones mirando al horizonte que se pierde en el lago, precioso y sereno, en un un espectacular rosado atardecer. Nuestra querida intendente afirma  que “nunca más” va a ocuparse de los alojamientos en futuros viajes. Y así nos deja, mientras nos envuelve la noche, con el alma en un vilo.

             La verdad es que no le falta razón cuando dice que ella informa siempre, puntualmente, de los inconvenientes que pueden surgir a la hora de distribuir  habitaciones y camas, pero que “como nadie le hace caso ni lee lo que escribe, pasa lo que pasa», reitera. Y es verdad. Solo cuando llega el momento de tomar decisiones surge el conflicto. Y todo, está claro, porque nadie se ha preocupado de interesarse por su trabajo.

Alistes milenario siempre en la retina./ Foto JM

              Pero hoy, en mi opinión, el tema se agrava porque estamos cansados. Estamos bebiendo los últimos sorbos del elixir del viaje y llevamos ya acumulada una alta dosis de fatiga. Además, los finales siempre traen ansiedad; todos estamos más susceptibles de lo habitual, me temo. Se cumple el vigésimo séptimo día en el que desde que abrimos los ojos hasta que los cerramos todo hay que pactarlo e intentar decidirlo, si puede ser, por consenso. Y esto termina por agotar a cualquiera. Así que, al menor contratiempo, ¡zas!, “rociada al canto”, que diría mi abuela.

              Llevamos casi un mes dando tumbos y resolviendo situaciones continuamente por esos mundos australes y esto hace que la resistencia emocional se resquebraje más fácilmente. La Inspectora refunfuña por lo bajo, pone cara circunspecta y, aunque menos expresiva, se ve que le cuesta digerir lo que le contraría. Mas, afortunadamente, el nublado igual que viene se va.  Al fin habrá consenso y los grupos se mantienen como hasta ahora. Y todos contentos. Como grupo experimentado que somos, rebobinamos enseguida y volvemos al consenso y al plácido hogar de la amistad. Por eso la sangre nunca llega al río y, en pocos minutos, todo vuelve a estar en calma.

Las montañas que tanto queremos y que, a veces, nos resultan esquivas./ Foto AL

              Nos instalamos al fin en Magma Lodge y hacemos gestiones con la encargada del comedor que tiene la urbanización para que nos prepare la cena, pues estamos en medio del campo y no es cuestión de salir por ahí, después del largo día de viaje, a buscar un restaurante. Menú: consomé, trucha o pollo con agregado y postre. El lugar es idílico. Un espacio circular, con grandes ventanales abriéndose hacia el lago y rodeados de una arboleda en la que abundan los pinos gigantes. Disfrutamos de las vistas… Mientras tanto, el día toca a su fin.

              Amanecemos bajo un fuerte temporal, en medio de una borrasca que descarga agua a destajo. Durante el desayuno colectivo en el comedor de la urbanización, con las estufas encendidas pues estamos ateridos de frío por tanta humedad, discutimos qué hacer hoy. La mayoría nos inclinamos por esperar a que escampe… aunque el temporal, está previsto, que dure un par de días. Así que todos los planes: subida al volcán Villarrica, visitar un par de cascadas, hacer senderismo en torno a algunos lagos… se queda en nada de momento.

              Aprovecho la mañana para avanzar en la lectura del libro Náufragos, de Alvar Núñez Cabeza de Vaca, que, leído aquí, en tierras australes, que un día fueron de conquista, impresiona aún más. ¡Qué audaces eran! ¡Y qué inconscientes! No tengo noticia de que haya estadísticas en las que se den porcentajes de muertos en aquellos viajes de conquista y descubrimiento, pero es muy probable que de cada centenar de aventureros no sobrevivieran más de un par al reto de intentar saber “qué había” (siempre más allá) en el Nuevo Mundo.

              Mas no cabe extrañarse, pues, visto su comportamiento, eran unos iluminados e insensatos. Su obsesión de ir adelante, siempre adelante… ¡Adelante siempre! Ni siquiera se plantean proteger su retaguardia por si han de darse la vuelta; ignoran por completo qué van a encontrarse; desconocen, además, la geografía, el clima… Su afán es avanzar en la conquista para gloria de su rey, de Dios; obtener fama; y si hay posibilidad de otras riquezas, mejor.

              Seguir… “A ver qué hay más allá”, era su lema. Y, muy frecuentemente, quienes mandan estas expediciones son incompetentes y osados inconscientes. Tal ocurrió con Pánfilo de Narváez, en 1527 –expedición en la que viajaba Cabeza de Vaca en calidad de tesorero y alguacil mayor– que fue tildado de insensato tras perder naves y hombres y, por supuesto, la vida. Tan insensato e improvisador resultó ser el tal Pánfilo que para la posteridad ha quedado en el argot popular “eres un pánfilo”.

              En su crónica Náufragos, Cabeza de Vaca cuenta la odisea que vivieron, él y un puñado de compañeros supervivientes, durante cinco años, en tierras de la desembocadura del Mississippi y las que hoy circundan el Golfo de México, ignorantes absolutos de lo que allí había: ciénagas, ríos caudalosos, selva impenetrable, clima irreconocible, y tribus que, si caían en sus manos los mataban o, como ocurrió en su caso, los tomaban como esclavos.

              A tenor de lo que cuenta Cabeza de Vaca en su Náufragos, solo la suerte ilimitada que tuvo hizo que sobreviviese, volviese a España y fuese considerado como un héroe. Tanta importancia y fama adquirió que la Corona le envió a Paraguay como Adelantado del Río de la Plata en calidad de representante real. Pero por circunstancias no aclaradas, conspiraciones, envidias y otras vicisitudes, Cabeza de Vaca terminó preso y, al cabo de un año fue “devuelto” a España, encadenado. Aquí fue juzgado y condenado, permaneciendo prisionero 8 años en la Corte. Al final el rey el indultó y regresó a Sevilla –él había nacido en Jerez de la Frontera, se cree que entre los años 1492 y 1495– donde se piensa que falleció en 1557.

Recuerdo de aquel día en el que algunos fueron a descubrir el hielo./ Foto P de D

              También el mundo entonces, como ahora, andaba tan revuelto con los sueños de conquistas, fama y gloria que por azar o por un simple cambio del viento, los honores se tornaban en inimaginables pesadillas. Aquellos locos aventureros, conquistadores de tierras para su Señor y Rey, y fama, gloria y riqueza para ellos, podían pasar, de un día para otro, de héroes a villanos o al revés, al albor del azar.

              Así pasé la mañana, frente al lago Villarrica recogido en mi yurta, esperando a que el temporal escampase. Leyendo y consultando Náufragos y esa otra crónica que pone los pelos de punta, el relato de El Dorado, de Francisco Vázquez, quien formó parte de aquella alucinante expedición.

              Reflexiono sobre aquellos intrépidos y los viajes de otros más modestos, como el que hoy, 1 de marzo, este grupo está enfilando, ya en su final. Sobre el techo de madera golpe la lluvia con fuerza mientras el agua se entretiene pintando figuras absurdas al resbalar por las ventanas.

              Al fin, sobre mediodía, escampa y los inquietos viajeros reclaman su dosis de monte. Entre las opciones que tenemos, una excursión a ver la cascada Salto Claro no estaría mal. Nos montamos en los coches y el Wikiloc nos conduce tan ricamente, indicándonos con precisión el camino, aunque un par de coches se pierden porque el aparcamiento no está bien señalizado. Suele pasar.

              La verdad es que esta aventura no tiene mucho mérito. La cascada en cuestión es privada. Es decir, la gestiona la familia propietaria del terreno por donde cae el agua. Su dueña, Marcela, una señora entrada en años, ha montado un kiosco al comienzo del descenso hacia el salto de agua en el que vende de todo; refrescos, recuerdos, baratijas y golosinas, además de cobrar 3.000 pesos, por persona, por bajar a la poza. Ya de regreso, esperando que el grupo se reúna, me detengo en el quiosco y converso con Marcela, quien comenta que, para explotar este recurso natural, ha tenido que conseguir múltiples permisos, hacer un seguro y acondicionar el sendero, incluida la bajada al barranco, de algo más de 100 metros de desnivel.

              Como el día está lluvioso y la vegetación es exuberante y compacta, la bajada, aunque difícil por lo resbaladizo del terreno, es entretenida y agradable. Y la caída de agua –desde 35 metros–, no es más que un fidedigno reflejo del verano que agoniza. Se supone que en invierno tiene un importante caudal, pero, hoy, el chorro, “aunque lindo”, que dirían algunos, es más escaso que el que cae en la ducha de Psicosis. Aun así, Salto Claro es una cascada bonita porque el entorno lo es y la roca revestida de plantas, además de la forma en la que el agua se expande, componen un cuadro  atractivo.

              Concluimos la excursión, pasamos por el supermercado (¡ay, las empanadillas chilenas, cómo le gustan a algunos!), compramos fruta y agua y nos retiramos a descansar en nuestro hogar de la yurta, aunque no todo el mundo está por la labor de recogerse; a una buena parte del grupo les falta tiempo para ir a ver otros lagos, otras caídas de agua, otros reclamos “maravillosos”, vendidos como algo exclusivo, en las guías de turismo.

Manada de guanacos sorprendidos por el ojo del que todo lo ve./ Foto P de D

              El segundo día amanece también lloviendo y borrascoso. En el desayuno surge otra vez el debate: ¿Quién quiere ir a ver no sé qué sitio, si es que pude verse algo, porque… mira cómo está todo cubierto? ¿Quién se atreve a callejear por Picón, pueblo turístico por antonomasia? ¿Quién está dispuesto a mojarse y dejarse envolver por las nubes, no ver gran cosa y embarrarse en uno de la infinidad de senderos que hay en el Parque Nacional Villarrica? Con tanta interrogante y posibilidad de elegir, la discusión se enreda tanto que el reloj corre y corre hacia el mediodía. Esta tortuga que conformamos los doce, una vez más, se atasca. Y sigue sin parar de llover.

              Hasta que el grupo de los intrépidos se arma de valor y deciden perderse por alguno de los senderos del Parque Nacional y acercarse a los miradores de los volcanes, o a un vocal indeterminado, o a cualquier volcán con tal de disfrutar de los espacios abiertos. Al resto no nos importa mucho que se vayan (no verán gran cosa, pensamos) y nos quedamos tan panchos, agazapados en el comedor común del complejo de cabañas, con las estufas encendidas, leyendo o jugando a las cartas. Otros nos retiramos a los privados aposentos a mirar las musarañas, es un decir.

Como si la hubiese pintado… Impresionismo fotográfico./ Foto AC

              A mediodía empieza a clarear. El Conseguidor propone a los que aún permanecemos en casa ir a ver las cuevas volcánicas que se anuncian en las guías y no quedan muy lejos. Y allá que nos vamos. Según el mapa, llegaremos por la carretera S 933 y después por un carril de ripio hasta la misma entrada. Pero las lluvias en tromba de la última noche se han llevado el ripio por delante dejando socavones insalvables. Así las cosas, llegar a las cuevas en coche es casi imposible. Aparcamos en un ensanche del camino y continuamos a pie. El tiempo no mejora, sigue siendo desapacible; amaga con llover otra vez y el viento no remite. El entorno de la taquilla donde se adquiere la entrada presenta un aspecto desolador; no se ve un alma por allí. No hay nadie, pensamos. Pero sí, detrás de la ventanilla hay un joven mal encarado que, sin atisbo de empatía, nos anima a que nos demos la vuelta. En lugar de ponerle pasión y “vendernos” la belleza de las cuevas, nos suelta una retahíla de pegas como que “están inundadas” o que “no valen gran cosa y no merece la pena entrar”. Obviamente, entre las pocas ganas que tenemos y el “entusiasmo” que manifiesta el taquillero, nos damos la vuelta.

              Desde Magna Lodge a Villarrica apenas hay 20 kilómetros. La carretera bordea el lago y las urbanizaciones se suceden unas a otras a ambos lados. Resorts, hoteles, complejos de chalets, restaurantes, centros comerciales y de ocio… Decidimos acercarnos a la caída de la tarde y dar un paseo por la ciudad. Villarrica es la capital de la provincia de Cautin, en la región de la Araucanía, cuenta con 68.000 habitantes y entre sus actividades principales destacan la agricultura, la artesanía y el turismo, además de ser la ciudad donde se centralizan la mayoría de los servicios de la región.

Verde sobre verde./ Foto JM

              Llegamos a la puesta del sol al centro urbano, cuando todo el mundo se recoge generando esos atascos puntuales que en un visto y no visto se despejan para que las calles, otra vez, queden desiertas. En cada semáforo discutimos si girar a la derecha o a la izquierda o si nos conviene buscar un lavadero de coches pues nos preocupa entregar el nuestro, mañana, con lo sucio que está. No nos parece de recibo devolverlo con la basura que acumula después de casi un mes rodando por ahí, entre nubes de polvo, por esos caminos de ripio chilenos y argentinos.

              Que sí, que no… Continua la discusión.

              Y entre tanto el sol se pone, y la ciudad se va encogiendo poco a poco hasta quedar atrapada entre dos luces. Encontramos una gasolinera con sistema de lavado y allí que nos liamos a sacarle brillo al carro como si fuese nuestro. Lo dejamos más limpio y reluciente que un san Luís. Eso sí, pagando, por supuesto, por el uso del jabón y por el agua. Que aquí, en Chile, se paga por todo, no se olvide. Salimos de la gasolinera y aparcamos frente a un centro artesanal… Pero ya es un poco tarde. El 99% de las tiendas están cerradas o a punto de cerrar. Como si oliese que venimos de Sevilla, se nos acerca un guardacoches proponiéndonos cuidar el nuestro… ¡Reluciente! ¡Ay, la globalización! Gorrillas… Los hay por todas partes. Como tiendas de artesanía que, aunque solo entramos en unas cuantas o miramos sus escaparates, enseguida comprendemos que, en general, tienen lo mismo o parecido que en otras ciudades. Por supuesto que hay artesanía original, local, propia de la zona, pero tantas son las cosas, tanta es la producción por todo el mundo, que lo que va y viene de un lugar a otro impide ver lo autóctono. Una vez más la globalización nos hurta el arte y nos priva de la originalidad y la sorpresa.

              Nos acercamos a la avenida Costanera, el paseo más señorial de Villarrica, que se extiende siguiendo el borde del lago. Hay bancos de diseño para sentarse y esculturas y, por supuesto, un rótulo monumental con el nombre de la ciudad en letras gigantes, cada una de un color, para que los turistas se hagan la foto de recuerdo. Nosotros también nos la hacemos. No llevo la cuenta, pero tenemos ya unas cuantas. Pero esta tiene un significado especial, pues, además de ser la última de este viaje con un cartel así, tendrá que pasar tiempo para volvernos a reunir.

Gaviotas escuchando un discurso en el lago Villarrica./ Foto JM

              No hay mucho que ver, parece, en el casco urbano antiguo de Villarrica. La ciudad fue fundada en 1552, aunque fue destruida en distintas ocasiones por las guerras que libró el pueblo Mapuche contra los españoles. Sufrió asedios y sitios que acabaron con la resistencia de los colonizadores; también incendios que la convirtieron en cenizas. La última refundación data de 1882 y desde entonces la ciudad no ha dejado de cobrar importancia gracias a su estratégica ubicación.

              Durante el paseo, bajo los soportales que tanto recuerdan a esos viejos pueblos y ciudades españolas solariegas, algunos se detienen en esas joyerías que retrasan la hora de cierre aguardando al turista despistado que, al darse cuenta de que es su último día en Villarrica, corre para llevarse un recuerdo. La orfebrería y el lapislázuli son productos que trabajan bien aquí y comercializan a buen precio. Pero un servidor no entiendo de joyas ni sabe de precios, así que no puedo contar más al respecto.

              Cenamos en el restaurante Terralago lo mismo que casi siempre; unos, el consabido pescado y otros la celebrada carne patagónica, sea chilena o argentina, da lo mismo, ¡está muy buena! Y todos los platos adornados con patatas presentadas en infinidad de formas. Luego, un paseo corto y vuelta a Magma Lodge, a las jurtas misteriosas escondidas en ese bosque de árboles mágicos que, como setas centinelas, vigilan la orilla del lago.

(Continuará)

 

3 comentarios Añade el tuyo
  1. Las referencias a Cabeza de Vaca Y Francisco Vázquez denotan que tu eres un viajero que, previamente, te has interesado en conocer algo de lo que supuso la conquista. Sobre Chile lo mejor que he leído es Inés del alma mía. De Isabel Allende. Una novela historia ficcionada sobre la conquista de este país.
    Otra gran entrega, Joaquín. Grande escribiendo

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