Chile, buscando el sur
13. Del Esquel turístico al mítico Bariloche pasando por El Bolsón

El camino hasta Esquel resulta monótono; ni vida ni coches. Muy de tarde en tarde aparece alguna casita o algún automóvil. ¿El paisaje? Agostado por el inevitable final del verano. Las llanuras y colinas circundantes se suceden sin dar muestra de vida; nada. Ni vida animal ni humana. Algunos asentamientos aquí y allá; apenas un puñado de casas entre calles polvorientas. Así ocurre en el pueblo de Gobernador Costa donde paramos para echar combustible. A media tarde llegamos a Esquel. Nos sorprende. Aparte de estar rodeado de bosques muy verdes, se ve que es un pueblo muy activo. ¡Hay gente!

              Después de tantos días de viaje por espacios abiertos, envueltos en mil soledades y sin ver casi a nadie, llegar a Esquel es como caer de repente en Manhattan. Gran actividad en las calles. Señoras de compras, mucha gente joven… Sí, mucho veraneante.

Lejos de todo, la inmensidad. Y en el horizonte las cumbres, la nieve./ Foto JM

             Aunque el día es caluroso fluye la vida. Esquel es una ciudad muy turística. “Todo lo que se pueda imaginar, lo tiene usted aquí”, parece rezar en esos carteles que, colocados en lugares estratégicos de calles y plazas, venden un Esquel entregado al turismo.

             Pero no, el reclamo del anterior párrafo es falso. En los paneles publicitarios las ofertas son más prosaicas, aunque prometen, igualmente, la felicidad eterna si uno se atreve a hacer lo que ofrece la ciudad. Abundan los mensajes y propuestas para que el turista no pierda el tiempo ni se aburra. En los escaparates y en los paneles luminosos se exhiben rutas únicas por parques nacionales; excursiones de todo tipo, incluso con acompañante para ancianos o personas minusválidas; paseos a caballo o en bicicleta; chapuzones en cascadas y lagos o deslizarse por pistas de esquí… Lo de esquiar se supone que es para practicarlo en invierno, obviamente, porque ahora, hoy, 25 de febrero, las montañas están más peladas y secas que una ración de mojama. No hay rastro de nieve por ninguna parte, ni siquiera en las cumbres que se ven a lo lejos entre manchas de nubes. Sí, en cambio, hay huellas de incendios forestales recientes; esa gran lacra que poco a poco intenta acabar con la naturaleza.

La belleza del hielo./ Foto AL

              Además de la sorpresa de encontrarnos de pronto en medio del barullo –Esquel cuenta con 37.000 habitantes; una mega ciudad si se compara con los lugares de dónde venimos–, la llegada al hotel Sol del Sur, en una céntrica calle, nos abduce, en cierto modo, como si a extraterrestres. Llegamos tan “llenos de paz” del transitar por espacios abiertos que la contaminación, el aire sucio y el ruido nos agreden. También los barullos y y los coches, y ver tanta gente ocupando las aceras. Todo nos marea, por decirlo de algún modo. Y el calor… ¡Cuánto calor! ¡Ay, el calor nos aplana! Acabamos de llegar y tengo la impresión de que a más de uno de nosotros le entraron ya ganas de irse. Y, para más inri, un problema: uno de los coches, el que conducen el Impasible y el Ausente sufre un incidente importante, se les revienta una rueda. Afortunadamente la avería se ha producido llegando a la ciudad, con lo que el problema se ha resuelto fácilmente.

Decisión y destino./ Foto PT

              Una vez instalados, salimos a cenar con la idea de respirar el aroma del ambiente turístico de Esquel. De la cena y el restaurante al que vamos no quiero acordarme; sí de la música, que la tienen muy alta, casi estridente, y de la decoración de las paredes. El dueño debe ser un futbolero de tomo y lomo –más que forofo– pues tiene cada rincón decorado con la indumentaria de distintos equipos de fútbol del mundo. Por todas partes cuelgan camisetas y bufandas, otros recuerdos y abalorios.

              En cuanto a los manjares, aún saboreo el plato de pasta excelente mientras reniego del tiramisú que no me gustó nada, y al que tuve toda la noche reclamando atención en mi estómago.

              Nuestro único día completo en Esquel lo dedicamos, ¡cómo no!, a lo que más nos gusta, además de hacernos sentir bien, que no es otra cosa que caminar en medio de la naturaleza. Visitamos el Parque Nacional los Alerces e intentamos conocer el máximo del entorno natural de esta reserva. Así, durante algunas horas transitamos por distintos senderos, limpios y acondicionados, eso sí, pero con muy poca gracia, la verdad. Almorzamos, en plan picnic, al borde del lago Futalaufquen para después sestear bajo los árboles, al mismo borde del lago. Una siesta solo perturbada por una pareja local de enamorados, que, exhibiendo poses y palmito (sobre todo, ella) nos distraen con sus voces y requiebros, impidiéndonos escuchar y sentir ese otro canto espiritual que es el trino de los pájaros en la paz de la siesta.

               Tras el breve descanso, recogemos los bártulos y nos vamos a ver la presa y el complejo hidroeléctrico que lleva el nombre del lago, situada a medio centenar de kilómetros, en la vertiente sur de este singular macizo montañoso.

Pájaro en busca de un nombre./ Foto P de D

              Y el día no nos da para más. Cansados y pensando ya en la jornada siguiente, nos retiramos a nuestros aposentos, aunque algunos repiten una segunda celebración nocturna en el bullicioso Esquel; un pueblo-ciudad que, como ya ha quedado dicho, vive principalmente del turismo, aunque también es fuerte en el sector ganadero, la silvicultura y en la gestión del complejo hidroeléctrico de Futaleufú. Esquel es, asimismo, el centro de servicios más importante de la cordillera chabutense.

              Nada más desayunar, recogemos maletas y salimos camino de San Carlos de Bariloche, lugar vacacional en verano para los argentinos  y centro de esquí en invierno para un público selecto, la first class mundial. Por delante tenemos 284 kilómetros y todo el día de margen para llegar al hotel Eco Max, donde hemos reservado alojamiento para dos noches. Pero antes de salir ya empiezan los problemas: nueva avería en uno de los coches; en esta ocasión, la avería se produce en el que conduce el Conseguidor. Afortunadamente, el incidente nos retrasa apenas una hora.

Bosque, nubes, nieve y rocas, una constante./ Foto JM

              Retornamos a la A 40 y nos alejamos de los montes que rodean a Esquel por un valle, otra vez, bastante árido. Pero poco a poco vamos acercándonos al espinazo de los Andes y penetrando en un paisaje más accidentado, verde y boscoso.

              Pasamos por pueblos como Epuyén, El Hoyo y El Bolsón. En este último echamos combustible y hacemos una parada de descanso. Aquí, el turisteo de verano está todavía en pleno apogeo. El Bolsón, rodeado de montañas con nieves perpetuas, ofrece a viajeros, senderistas, montañeros o simples turistas cualquier actividad que uno pueda imaginarse, ya sea verano o invierno.

              Hoy, 26 de febrero, jueves, también hace calor; mucho calor. Pero el entorno es más verde que en Esquel y la masa forestal más tupida –lo cubre todo– aunque aquí y allá se ven ¡faltaría más! huellas de algún incendio reciente.

              En el centro de El Bolsón, en la plaza Pagano, al lado del estanque, hay un cuidado jardín con varios árboles secos en los que avispados artistas han esculpido extrañas esculturas representando a la Virgen, a una escena bíblica, o al pibe Maradona. Porque Maradona, para muchos argentinos, era y es un Dios al que, por supuesto, le perdonan sus adicciones, toda clase de vicios y sus desatinos.

Armadillo, ¿dónde va este? Sólo él pudo encontrarlo./ Foto P de D

              También, en el paseo que rodea a la plaza hay una Feria artesanal permanente; una de esas ferias que se montan en los centros turísticos durante la temporada estival. Son decenas los expositores que concurren para mostrar sus creaciones. En mi opinión, los artesanos argentinos, ya sean mujeres u hombres, son muy creativos y muy buenos; sus obras tienen calidad. Es fácil ver que dominan, cada uno en su especialidad, la técnica de las manualidades. Son buenos, insisto. Aunque, al menos aquí, no venden gangas. No, no son baratos. Por eso, mirando los precios, te das cuenta enseguida de que El Bolsón es un lugar de veraneo para la clase media hacia arriba.

              Es una pena que estas alturas de la vida, este grupo de viajeros no necesite nada o casi nada. En general, estamos más por la labor de desprendernos de las cosas, que de adquirir nuevos objetos. Esos “pongos” que a uno le atraen como un imán porque son un recuerdo de que estuviste por aquí, o esa filigrana de calidad. Pero no. Porque, aparte del chispazo de ilusión que te invade al comprarlos, sabes muy bien que poco o nada van a decirte dentro de unos días porque nada necesitas ya.

             Así que nos vamos aunque, obviamente, a más de una y de uno la tentación de llevarse un recuerdo o el placer de hacer a alguien feliz con un pequeño agasajo al volver a casa son razones suficientes para comprar algún «pongo» en El Bolsón.

Emulando a los Beatles en la calle Libertad, en Bariloche (Argentina)./ Foto P de D.

              Estamos a 120 kilómetros de Bariloche y no podemos descuidarnos si queremos llegar a la hora del almuerzo. Nos vamos. La carretera –la eterna A 40– discurre ahora entre bosques tupidos y barrancos; por el camino avistamos lagos, contemplamos cumbres y, siempre entre un verde arbolado, sentimos cierto alivio por librarnos del calor que está haciendo. Hay bastante tráfico. Por lo que se ve, en este rincón de Argentina la economía sí fluye. Hasta ahora, pensando en Bariloche, todo está siendo como lo había imaginado.

              Pero… ¡Oh, sorpresa! La entrada desde el sur por la A 40 a la ciudad –¡la casi ya mítica Bariloche!–  nos sumerge en el espanto. La loma sobre la que transita la ruta aparece envuelta en polvo bajo un arrabal de chabolas que se extienden a ambos lados. ¿Es esto Bariloche, ese lugar en el que los ricos europeos esquían cuando escapan del calor en los meses de julio y agosto? Por ahora no hay ni rastro de la ciudad señorial, limpia y elegante que se supone que existe. Descendemos haciendo zigzag en busca del hotel, que está junto al lago Nahuel Huapi. Allí sí, Bariloche ya parece otra cosa.

              En la recepción del hotel Eco Max, Rosaura, la chica que nos atiende, nos mira y pone cara de asombro; se le ve sorprendida. Quizá es porque le llama la atención nuestra energía… ¿O es esa alegría que siempre desprendemos? Dada la edad que ella nos supone, pienso, se imagina que deberíamos llegar derrengados y quejándonos; o algo así. Porque enseguida nos pregunta si hemos venido a pescar. ¿A pescar?, la miramos sorprendidos. “Sí, a pescar”, responde. Y añade: “Es a lo que suele venir por aquí la gente mayor como ustedes.” Nos reímos y le explicamos que lo nuestro es caminar como cabras y, si puede ser hacia arriba, mejor. “¡Aaahhh!”, exclama, como diciendo ya entiendo. De pronto ha comprendido porqué arrastra cada uno su equipaje sin perder la compostura.

El guanaco, bastante común en la Patagonia./ Foto P de D

              No estamos mal en este hotel (bastante básico; 28,5 $ por noche) aunque unos tienen más suerte que otros. Al Wiki y a mí nos toca una habitación interior, bastante minúscula, que para saber el tiempo que hace fuera tenemos que salir a la calle. Pero como venimos a lo que venimos, no nos importa. Si todo está limpio, nos vale.

              Aprovechamos la tarde para conocer la ciudad. ¡Ah, esto ya sí! Aunque tampoco parece que tenga demasiado que ver. San Carlos de Bariloche –135.000 habitantes–  apenas tiene un par de calles a las que podrían llamarse calles “de lujo”. Aquí sí, en la calle Mitre (peatonal) y en las calles de su entorno se concentran todas las marcas de mayor relumbrón que hay en el mundo; esas que, en exclusiva, emboban al personal y nutren de dividendos a los ricos.

              Bariloche está a 1.093 m.s.n.m. Sin embargo, sufre de temperaturas extremas. En verano puede superar los 35° grados y en invierno los –25°. Los datos y estadísticas dicen, también, que Bariloche, que fue no hace tanto tiempo considerada como la ciudad con mejor calidad de vida de Argentina, está empezando a sufrir los mismos problemas que otras urbes emblemáticas del mundo como París, Londres, Venecia, Barcelona o Sevilla, por citar solo a algunas. A saber: la llegada masiva de personas con más poder adquisitivo ha desplazado a grupos de población hacia la periferia (gentrifiación) con el consiguiente deterioro del tejido social, menor riqueza y menor calidad de vida. Lo mismo ocurre con la avalancha de turistas que recibe cada año esta ciudad, principalmente en invierno, que se cifra en más de dos millones ya. Y este fenómeno (turistificación) tiene una influencia directa en la calidad de vida de la ciudad y en su entorno. La consecuencia más directa es el encarecimiento en todos los órdenes; aumento de la inseguridad y problemas ambientales con la tala masiva de árboles y consiguiente deterioro de los hábitats naturales, y, por supuesto, un incremento exponencial de los problemas sociales.

Los lagos, siempre presentes durante los 5.000 km de este viaje./ Foto JM

              Pero nuestro viaje muy poco tiene que ver con la ciudad, que tan escasa pasión nos provoca, ni con su cotidianidad, que, por no vivir en ella, ignoramos, sino con ese entorno natural de montañas y parques andinos –el Parque Nacional Nahuel Huapi– a los que tenemos previsto acercarnos para llegar caminando al glaciar de Castaño Overa, una de las vertientes del Cerro Tronador, que hace de frontera entre Argentina y Chile. Porque en todas partes es lo mismo: aquí también te “venden” asombrosas excursiones por senderos que te llevan al cielo, cataratas que nacen en las nubes y, cuando las ves, el agua que vierte apenas llenaría una palangana, lagos espectaculares, exóticos, con su monstruo correspondiente. Como el lago Nahuel Huapi que tiene también su Nahuelito, un monstruito deforme que según la leyenda recorre a diario los 557 km2 del lago, además de subir y bajar sin descanso por sus 465 metros de profundidad.

              La excursión prevista al glaciar Castaño Overa y la correspondiente cascada, no nos decepciona. El sendero, de unos 15 km, está bien trazado y acondicionado; se nota que es ruta habitual de senderistas. Pero, para llegar hasta él, hemos tenido que hacer más de 90 kilómetros desde el hotel, de los que 46 han sido por camino de ripio por la A 82, bordeando el lago Mascardi.

              El bosque, por el que el sendero asciende, es como casi todos los bosques de las tierras patagónicas. Espectacular y grandioso. Los alerces alargándose hasta tocarse con las nubes, ¡impresionantes! La vegetación exuberante nos protege en todo momento del sol. Y, al final, un regalo para la vista y un premio al esfuerzo por haber alcanzado la meta. Ante nuestros ojos se muestra un circo de roca de más de cien metros de desnivel que se muta en abanico por el que resbalan los hilos del deshielo del glaciar, formando una cortina de agua. Sí, el sonido que nos llega amortiguado de las cataratas es una especie de “rezo” o de “gracias” por habernos acercado hasta este altar de la naturaleza; un espacio único, protegido, al que hay que cuidar.

Catedral Ntra. Sra. del Nahuel Huapi, en Bariloche./ Foto JM

              El tiempo empeora de repente, se nubla. Amenaza lluvia. El último tramo de vuelta lo hacemos deprisa. Llegamos a los coches que hemos aparcado en el camping Los Buriloches y nos planteamos la siguiente excursión mientras caen unas gotas: subir al Ventisquero Negro, en la base del Pico Tronador, por la Garganta del Diablo, es lo que hemos pensado. Pero la lluvia no cesa, no da tregua; entonces decidimos subir hasta el restaurante Los Ventisqueros en los coches. Y, una vez allí, si el tiempo lo permite, hacer la ruta señalada, que apenas es de 5 km. Pero la borrasca ya se instalado en el valle y parece decidida a quedarse. De modo que, igual que subimos, bajamos y retornamos al hotel.

              Como es temprano todavía, nos damos una vuelta por ese Bariloche “secreto”, que es el que se esconde entre colinas y entrantes de tierra en el lago Nahuel Huapi, meandros y pequeñas islas, cabos y golfos. Todo un entramado boscoso sobre suaves colinas, rodeando a ese mar interior que nosotros recorremos a ritmo de paseo contemplativo, sin bajarnos del coche, por una carretera perfecta, limpia y aseada –incluso han barrido el arcén– mientras observamos los muros con vallado de lujo y alambradas, las cámaras de vigilancia, la doble cerca electrificada. Porque detrás, imagino, más allá de los jardines, hay hogares, viviendas confortables y mansiones esperando a que lleguen las nieves para que los dueños, como aves migratorias, acudan en bandada, puntuales, en cuanto se anuncia la apertura de las pistas de esquí.

              Dedicamos un buen tiempo a disfrutar del envoltorio que adorna a esa otra Bariloche de mito. Pasamos por la colonia suiza y otros enclaves que también se citan en las guías.

            Por la mañana –no quisiera olvidarme– uno de los coches con el Azogue, la Crupier, la Riñona y Mamma-Guagua –que declinaron ir al glaciar con el resto– han explorado este mismo trayecto e incluso socializado con algunos vecinos que, para su sorpresa, eran personas de carne y hueso, no dioses ni alcurnias etéreas, de esas que viven instaladas tan arriba que ni siquiera se les ve. Imagino que con quien compartieron algunas palabras, según cuentan, era gentes sencillas, visitantes como nosotros o del servicio doméstico, por ejemplo, pendientes de que llegasen sus señores, y que antes de que la borrasca invernal se instalase definitivamente en la región y trajese las nieves y los aguzanieves, se estaban dando el gusto de pasear por alguno de los parques públicos a los que se puede acceder.

              Concluimos la excursión entre dos luces, volvemos al Bariloche real y nos vamos a cenar un asado a un restaurante typical-típico, con actuación en directo y el riesgo de quedarnos sordos. Aun así, está lleno; a rebosar. Quizá porque es viernes. No, no. Es que aquí es verano todavía y hay turistas. Cenamos muy bien; después de un día de tanto trajín teníamos hambre. Ah, también esa tarde uno de los coches había tenido una avería volviendo del glaciar… ¡Una más! ¿No será que las ruedas estaban ya gastadas cuando nos entregaron los coches? Menos mal que somos bastante apañados y ante lo imprevisto buscamos soluciones; y eso no quita en absoluto que no reclamamos; reclamamos hasta hartarnos a la compañía de alquiler y al seguro. A quien haga falta. Y con las reclamaciones conseguimos victorias.

       Y mañana más.

Autóctonos con sus perros, en el Chile infinito, vuelven a casa./ Foto PT

(Continuará)

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La foto de portada es de PT.

3 comentarios Añade el tuyo
  1. Por fin en Argentina, ahí si que he estado y me gusta cómo describes vuestro recorrido. Por cierto, las fotos bárbaras!!! Me ha gustado mucho la acuarela? del pájaro.

  2. Como este fin de semana no hay fútbol lo he dedicado a leer tus, pir ahora, 12 entregas de tu viaje pir Chile y Argentina. No puedo menos que decirte que me han fascinado. Tu capacidad para recordar todo lo que aconteció durante el recorrido por esa parte del planeta me alucina y tú talento literario aumenta con cada entrega. Tengo además la impresión que estos capítulos son más extensos que en viajes anteriores.
    Al finalizar la lectura me digo, que estos capítulos son la más bella descripción de esos parajes, amén de toda la retahíla de anécdotas del grupo ya sea en los apartamentos, hotel irlos o cabañas, sin olvidar los trazos que heces de personas y personajes con los que habéis topado.
    Que lástima que todo esto no se traslade a una guía sobre esas zonas de Chile y Argentina. Seguro que serían celebradas por los amantes del viaje, es decir, lis viajeros, no los turistas.
    Mención aparte, tus fotos, bellísimas como siempre, aunque hecho en falta, desde mi punto de observador, alguna más sobre pueblos y ciudades donde habéis estado. Quiero decir, del bullicio de ka gente por las calles, comercios…
    Perdón por ka extensión del comentario, pero he quedado subyigado

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