Chile, buscando el sur
11. Caleta Tortel, donde
los sueños tienen futuro

Como cada día, amanecemos temprano. Apenas despunta la luz ya estamos en danza. El Wikipedia y el Rastreador tienen prisa. Hemos hablado los cuatro que compartimos cabaña sobre la posibilidad de detenernos en Cochrane y hacer una ruta por el Parque Nacional Patagonia. Y, si es así, no hay que demorarse; la jornada va a ser larga.

             Casi sin darle tiempo al resto del grupo a estar preparados, partimos nosotros, escopetados; apenas se ha asomado el sol…  ¡Allá vamos! ¡Los primeros!

              La austral R7, en esta región y en las fechas que estamos (finales de febrero), es una cinta de tierra molida bajo un túnel insufrible de polvo en cuanto pasan vehículos. Vamos deprisa, nerviosos, intentando ganar tiempo… Pero, apenas llevamos  30 kilómetros recorridos, alcanzamos a un camión de reparto que va a toda pastilla también, como nosotros, levantando un infierno de polvo. El remolino que se forma es tan espeso que anula cualquier posibilidad de adelantarle. La polvareda es ya una nube gigante. Y es tan incómodo seguir circulando que el Inquieto y yo, que vamos en los asientos de atrás, sugerimos al Wiki (en ese momento, él es quien conduce) que aminore la marcha, se relaje, y deje que el camión se aleje al menos medio kilómetro. Pero, ¡qué va! el Wiki va encelado y alerta como una rapaz, concentrado en hallar el resquicio por el que pasar. Algo que, en la más de media hora que llevamos ya detrás, atrapados en un torbellino irrespirable, ha sido imposible de conseguir hasta ahora.

La magia del bosque./ Foto P de D
La magia del bosque./ Foto P de D

              No se ve un burro a tres pasos y, además, no hay más que curvas. Y cuando, según Google maps, se acerca una recta, el caminero acelera como si quisiera fastidiarnos. Ponerse a pasarle con tales condiciones es comprar, se me antoja, un boleto con el premio (posible) de un viaje a la eternidad sin billete de vuelta. No, no pasaremos, aunque tengamos que ir así hasta Caleta Tortel.

Vista general de Caleta Tortel desde el Cerro./ Foto JM
Vista general de Caleta Tortel desde el Cerro./ Foto JM

              Pero el camión se detiene, ha llegado a una aldea. Supongo que lo hace para dejar o recoger mercancía. Acabamos de pasar por El Canal, un pequeño asentamiento en la ruta, y ahí dejamos atrás al camionero con su camión. Cruzamos por el puente Luis Soto sobre el canal que une el lago General Carrera con el lago Bertrand y seguimos avanzando hacia el sur. El paisaje sigue siendo subyugante e indescriptible. Si bien la tierra a pie de carretera aparece grisácea y agostada, casi sin vida, achicharrada por el calor del verano, en el horizonte refulgen las cumbres al sol con sus agujas de roca vestidas con galas de nieve.

A veces, al retratar la belleza el fotógrafo pinta un cuadro./ Foto Paco T.
A veces, al retratar la belleza el fotógrafo pinta un cuadro./ Foto Paco T.

              Pasado el pueblo de Puerto Bertrand, nos detenemos un instante junto al rio Baker para admirar el turquesa intenso de sus aguas; un fenómeno que se anuncia en las guías también. El Baker, con sus casi 900 m³ por segundo de caudal es el río más caudaloso de Chile.

              Siguiendo su curso, unos kilómetros más adelante, hay un cartel que anuncia una “vista panorámica única”, “donde se juntan el Baker y el Nef”. Le hacemos caso al eslogan y nos detenemos para acudir a admirar lo “maravilloso” que puede resultar ver dos ríos juntarse.

              Lo cierto es que resulta muy difícil no obedecer a los reclamos colocados al lado del camino. ¿Cómo no vas a pararte, si lo más probable es que nunca más vuelvas por aquí? ¿Cómo no vas a acercarte a admirar esa confluencia de dos ríos, aunque esté a más de un kilómetro?

El Rastreador siempre buscando caminos. Aquí, en la confluencia del Baker y el Flet./ Foto JM
El Rastreador siempre buscando caminos. Aquí, en la confluencia del Baker y el Nef./ Foto JM

              Y, como casi siempre, en cada parada de este tipo hay vendedores de sueños y recuerdos; gentes que derrochan amabilidad y te cuentan sus vidas si estás dispuesto a escucharles. Jairo Aragón, alias El puma andino, me cuenta que su “honradez ideológica” (así lo explica él) le impedía dormir por las noches pues no encajaba su forma de pensar con el trabajo que hacía como agente forestal. Así que abandonó esa tarea y ahora, intuyo, es un un funambulista de la vida, dedicando su tiempo a alimentar en Facebook la página Chile corazón verde y a publicitar propuestas y acciones en favor del medio ambiente; quehaceres, sin duda, con un menor rendimiento económico, pero con más satisfacción personal y más armonía emocional y más salud.

              Los cuatro disidentes –avanzadilla del grupo– llegamos a Cochrane, buscamos el centro de recepción del Parque Nacional Patagonia, pagamos la entrada de rigor, y nos ponemos en marcha hacia el camping (ya casi vacío en estas fechas) de donde sale el sendero que queremos reorrer. Y allá vamos. Aprieta el calor. Caminamos por una senda bien trazada sobre un suelo de roca y escaso de vegetación. El entorno me recuerda a Los Arribes del Duero, en la frontera entre España y Portugal. La ruta es muy bonita; un sube y baja constante durante algo más de una hora.

              Como es casi mediodía, la fauna salvaje que las guías prometen que el visitante verá, ha desaparecido. Llegamos al final del sendero, damos cuenta de alguna vianda en lo alto de una roca desde el que se observa la inmensidad del lago Cochrane (que comparten Chile y Argentina) y nos volvemos. El calor aprieta cada vez más.

 

Las calles pasarelas de Caleta Tortel en un sube y baja constante./ Foto JM
Las calles pasarelas de Caleta Tortel son un sube y baja constante./ Foto JM

              Contactamos con nuestros compañeros de viaje otra vez. Y nos cuentan que acaban de dejar atrás la trampa que las obras en la austral R 7 les ha puesto en las inmediaciones del río Baker. Debido a esas obras, los ingenieros programan cada día la voladura de rocas a una hora determinada; a ellos la voladura «les pilló de lleno». Pero ya están en ruta de nuevo, nos han dicho.

              Mientras tanto, nosotros nos damos un paseo por Cochrane, que, aparentemente, no tiene nada de especial. La mayoría de sus 3.500 habitantes se dedican, por lo que he podido saber, a cuestiones relacionadas con la administración estatal, regional o local. Su extensión es tan grande que apenas llegan a 2 hab./ km² en los 8.500 km² que gestionan.

              Entramos a un supermercado a comprar fruta y algo fresco para beber. Atendiendo amablemente a mis preguntas, la dueña me comenta que “aquí, en invierno, no hay quien viva. ¡Te mueres de frío!”, expresa muy seria, mientras pone cara de resignación. Un frío, le digo, que, por el calor que hace hoy, resulta difícil de imaginar. «Pues lo hace y resulta insoportable», concluye.

Nuestra casera Rogelia en su "Porvenir", sede y mansión de sus sueños./ Foto JM
Nuestra casera Rogelia en el porche de su «Porvenir», sede y mansión de sus tejemanejes./ Foto JM

              Reemprendemos la marcha hacia Caleta Tortel. A la salida de Cochrane gozamos, por unos minutos, de un puñado de kilómetros asfaltados. Pero enseguida vuelve el baile del ripio y el polvo. Y así va a ser hasta al destino. ¡Unos 126 km de roderones y tierra molida durante tres horas!  Poco a poco, siguiendo el curso del Baker, nos vamos adentrando en la soledad de lo desconocido, más y más. Avanzamos entre montañas nevadas y glaciares, aunque, paradójicamente, la carretera está más árida y seca que un bacalao en los secaderos de Soria.

              La llegada a Caleta Tortel nos sorprende. Ya en los kilómetros finales, el río Baker se ensancha caudaloso, tanto, que apenas deja paso a la carretera local que discurre, siguiendo su orilla, pegada a la montaña. Llegamos. La plaza del pueblo está rebosar de vehículos. ¿De dónde ha salido tanta gente? Luego te das cuenta de que es, prácticamente, el único lugar en el que se puede aparcar.

Recuerdo de la visita a un glaciar./ Foto P de D.
Recuerdo de la visita a un glaciar./ Foto P de D.

              Tortel es de lo más original que hasta ahora hemos visto; carece de calles convencionales. Fundado en 1955 para explotar la madera del ciprés de las Guaytecas, muy abundante en esta región, está conformado por una serie de islas –como la isla de los muertos, con su particular leyenda y programa de visita turística–  fiordos, canales y estuarios.

              El casco urbano se asienta sobre una ladera enfangada y boscosa, muy vertical. La solución que sus habitantes han encontrado para desplazarse y llegar a sus casas ha sido construir pasarelas horizontales de madera o escaleras para bajar a la bahía, cien metros más abajo donde se encuentran las playas y el puerto. La red es amplísima y te lleva a todas partes: A viviendas, restaurantes, oficinas, negocios o a las cabañas de alquiler.

              Nuestro hogar, hospedaje El Porvenir, para los siguientes tres días, está en donde Cristo perdió la rueda del mechero; es decir, lo más lejos posible. Más lejos no puede estar de dónde hemos aparcado los coches. En Google comprobamos también que tenemos dos kilómetros por delante para tirar de las maletas. ¿Cómo llevarlas hasta allí? Primero tenemos que bajarlas al puerto. Algo que parece sencillo (bajar), si no fuese porque hay que hacerlo por una interminable escalera, con decenas y decenas de escalones. Y luego, ya sí; hemos acordado con el hijo de la dueña del alojamiento que él nos recoge en su barca y nos lleva a la casa, la última que hay en el pueblo. Detrás de la casa solo está el monte y, delante, una pradera que muere en la playa en la que pacen media docena de vacas. Al fondo el perfil reverberante del agua al contacto con la luz del crepúsculo. El silencio es total. No se ve un alma.

El Porvenir, nuestro alojamiento en Caleta Tortel./ Foto PT
El Porvenir, nuestro alojamiento en Caleta Tortel./ Foto PT

              Hemos llegado… En el horizonte, más lejos todavía, mogotes, perfiles de cerros y las sombras de esas montañas que emergen del mar. Una visión que enseguida me provoca y me recuerdan la bahía de Ha Long, en Vietnam.

               Estos viajeros comprenden que no es fácil encontrar una casa con seis dormitorios para acoger a un grupo de doce personas. Y menos en los confines del mundo. Ni siquiera en Airbnb nos resulta fácil. Por eso no solemos quejarnos de los alojamientos que a veces nos tocan. Pero hoy estamos un tanto sorprendidos porque la casa parece el refugio de una secta o de una banda de piratas. La administra una anciana, Rogelia, aviesa y de mal genio, que dice tener más de 80 años, y que bien podría ser la sacerdotisa de la secta o la jefa de la banda. Ahora le trae los clientes el hijo… Que también es más raro que un perro verde. Y que asegura estar en casa de su madre de paso, pues trabaja en Punta Arenas. En el hospedaje El Porvenir todo es confuso, viejo, sucio y sumamente reducido. Los dormitorios son tan minúsculos que si metes la maleta, tú no entras. Así que, una vez encajado el equipaje, lo que procede es practicar el salto de la rana para caes despatarrado en la cama.

La madera lo es todo en Caleta Tortel. He aquí una escultura, muestra de su buen hacer./ Foto JM
La madera lo es todo en Caleta Tortel. He aquí una escultura, muestra de su buen hacer./ Foto JM

              Pero, esto, que a la mayoría de turistas les amargaría la estancia en una casa así, eso si no salen huyendo, a nosotros nos da risa y provoca chascarrillos. Sabemos que la experiencia forma parte del viaje y si entras en la ducha, abres el grifo y el agua salta por el lavabo, o si enciendes la luz en la habitación y se ilumina la de la escalera… pues te ríes. Te ríes incluso de la falta de un mínimo confort o de la escasez de utensilios para cocinar o de las toallas… tan gastadas que recuerdan el taparrabos de Tarzán.

              Lo importante es que tenemos salud, ganas de viajar y de vivir, y ¡un hogar para los próximos tres días! Y estamos dispuestos a conocer lo que encierra esta “caleta” escondida, a más de 100 km de lo que es el propiamente mar abierta, el océano Pacífico y a 2.531 kilómetros de Santiago, la capital.

            Sí, Caleta Tortel es un enclave espectacular, casi virgen todavía, aunque empieza a vivir en grado de ebullición importante, debido a la marabunta del turismo que ya se asoma por aquí. Sin duda el lugar reúne muchas posibilidades para su desarrollo. Dentro de unos años no será ya posible venir a Caleta Tortel sin formar parte de la masificación y los atascos, pues habrá que hacer cola para acercarse a los lugares más pintorescos que ofrece. Pero hoy, todavía, no; hoy casi, casi, se puede estar solo, y más si estamos al final del verano austral como es en este momento.

Armonía y paz mientras se mecen los juncos./ Foto JM
La armonía  es el aroma que desprenden los juncos al paso del viento./ Foto JM

             Prueba de esa paz que aún se respira en el lugar, es la estampa llamativa de esa fauna de perros sin dueño que deambula y sestea sobre las pasarelas de madera. Son tantos los canes que llaman la atención. Te miran, mueven el rabo y piden comida sacando la lengua y relamiéndose. Pero ni son agresivo, ni ladran; tampoco se acercan a lamerte. Son una especie de mendigos caninos esperando limosna, a la que, supongo, ya les han habituado los turistas. Lo peor es que cagan allá donde pillan; hacen sus necesidades sin ninguna discreción y, si no vas atento… ¡Plaf! Ya sabes… “¡Ojo, cristales!”, avisa a cada paso el Wikipedia.

             Mas todo este mundo bucólico de naturaleza casi virgen y vida de holganza perruna morirá, supongo, en cuanto la carretera austral quede asfaltada del todo. Entonces venir hasta aquí será como ir a una romería. Ahora, solo los precios, ¡prohibitivos para estar donde estamos! son comparables a los que rigen en los lugares más turísticos de Chile. Claro que traer los productos hasta aquí debe ser caro. Pero aún así… Sí, caro es comer en un restaurante. Baste un ejemplo: un filete con patatas fritas y una cerveza en el restaurante Calafate, ¡28 €!

Al atardecer en la bahía de Caleta Tortel./ Foto JM
Al atardecer en la bahía de Caleta Tortel./ Foto JM

              Nuestro primer día en Tortel lo dedicamos a explorar: descubrimos la red de pasarelas, así como algunos cafés, miradores y restaurantes a los que solo se accede siguiendo los consabidos caminos de madera de ciprés. Subimos al Mirador del Cerro, que está a espaldas del pueblo, desde el que se observa una bella panorámica de la desembocadura del rio Baker, así como otros entrantes de mar, calas diversas y la hermosa bahía. Abajo, junto a la desembocadura del río hay un pequeño aeropuerto con posibilidades de ampliación (?) en pro del prometedor desarrollo de este enclave.

              El segundo día el grupo contrató un viaje (170 € por persona) para ver uno de los muchos glaciares que hay en la región. Nos borramos del mismo los tres que ya habían estado en el glaciar del lago San Rafael, días atrás, y yo, que tenía otros planes. Los cuatro dedicamos la jornada a vaguear por el pueblo, como se suele decir, y a “sentir” esa calma que da “no hacer nada”; tener un día de asueto sin la obligación que encadena a los turistas a la agenda de hacer tropecientas visitas cada día.

              Cuentan los que fueron a ver el glaciar que no olvidarán nunca la experiencia. La excursión merece la pena, aseguran. Desde luego las fotos y videos que muestran son espectaculares.  No tuvieron la fortuna de escuchar cómo se rompía un iceberg, pero pudieron caminar por el hielo y disfrutar de la naturaleza más virgen. Comieron, bebieron y celebraron, en medio de esa inmensidad de blancos y azules irisados, la grandeza –un misterio más– de las muchas maravillas que ofrece el Planeta Azul.

              Regresaron a la caída de la tarde y no se habían bajado del barco de recreo cuando el Conseguidor, la Crupier, Mamma-Guagua y el Azogue, se echaron a cuesta las maletas y salieron pitando para pernoctar en Cochran, renunciando a una noche de alojamiento pagado en «la casa pirata». Supongo que les asustaba la guarida en la que estábamos viviendo, no fuera a ser que entre el hijo y la madre montasen su particular espectáculo a modo de Alfred Hitchcock en Psicosis. No, lo que ocurrió fue que al Conseguidor le dio un ataque de prisa y, para evitar males mayores, decidió irse a dormir a Cochrane y quitarse de en medio 126 km de ripio y polvo, y así pasar sin aprietos, a primera hora de la mañana, el tramo en obras que, en torno al río Baker, en las inmediaciones de El Manzano, tiene patas arriba a la austral R7 con esa continuas voladura de rocas. De este modo tendrían, además, un amanecer más tranquilo en Cochrane y un desayuno más plácido.

 

¡Adiós a este rincón, pequeño paraíso!/ Foto JM
Adiós a este rincón… ¡Un paraíso!/ Foto JM

              Pero el resto del grupo decidimos quedarnos y madrugar. Nos pareció más razonable, aun a riesgo de pasar una noche de miedo en la guarida de la meiga. Y así lo hicimos, ¡nos quedamos! Como solemos acostarnos temprano, madrugar no es problema. Por la tarde, antes de que anocheciese, llevamos con la ayuda del barquero hijo de la dueña el equipaje hasta el puerto, remontamos las malditas escaleras, cargamos los coches y dejamos todo preparado para partir al amanecer. Amanecimos, desayunamos de noche, y ayudados de linternas para evitar pisar los “cristales” que, como ya he comentado, van dejando los perros aquí y allá, llegamos a la plaza del pueblo donde habíamos aparcado y partimos. ¡Adiós Caleta Tortel!

(Continuará)

 

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