Chile, buscando el sur
8. De Puyuhuapi al timo
del parque nacional del río Simpson

A principios del siglo XX, a Puyuhuapi solo se podía llegar por mar desde el océano Pacífico. Aquellos pioneros se adentraron por un intrincado brazo de mar más de 100 kilómetros entre  islas y fiordos hasta llegar a lo que hoy es la bahía de Puyuhuapi. Los libros de historia cuentan que fueron cuatro jóvenes alemanes, nacidos en los Sudetes (entonces Checoslovaquia) los que en 1935 se asentaron definitivamente en el lugar.

              Enseguida se repartieron las tareas. Como tenían estudios –al menos uno era ingeniero textil y otro químico– los cuatro aventureros no tuvieron demasiados problemas en crear una comunidad estable y próspera. El estallido de la II Guerra Mundial, en 1939, paralizó la llegada de nuevos colonos y con ello el desarrollo de la región, pero, una vez terminada la contienda, empiezan a llegar nuevas familias al reclamo del gobierno chileno, que seguía necesitando más pobladores para la región. El ingeniero textil montó en cuanto pudo una fábrica de alfombras en la que trabajaban, sobre todo, mujeres. Y no le fue mal; la fábrica resistió los avatares del tiempo y de la competencia en los distintos mercados hasta 2018, año en el que cerró definitivamente sus puertas.

El barco era la alternativa más viable para penetrar en el continente./ Foto JM
El barco era el mejor medio para llegar al corazón del continente./ Foto JM

             Obviamente, las huellas de aquellos primeros pobladores se descubren todavía en las construcciones que quedan en pie y en los extraños apellidos “chilenos” que aparecen en la lista de telefónico o en las lápidas del cementerio: Ludwig, Bächler, Hopperdietzel y Uebel son los de los cuatro alemanes que fundaron Puyuhuapi.

              Ahora lo que funciona es el turismo, sobre todo en verano, cuando la gran marabunta que busca aventuras en las tierras australes u hollar cumbres vírgenes y campos de hielo, pernocta en este lugar unos días, hace las consabidas excursiones, y sigue camino hacia el sur.

              Este curioso rincón, marcado con un insignificante puntito en el mapa de Chile, sólo tenía salida por mar o por aire hasta hace bien poco. Ahora la carretera austral permite a sus habitantes viajar a Santiago en coche, si así lo desean. Cierto es que para ello deberán disponer de mucho tiempo. Solo el viaje en les ocupará 21 horas, al menos, que es lo que, según Google maps se tarda en recorrer los 1.460 kilómetros que separan a los puyuhuapinos de la capital chilena.

Y la ruta sigue./ Foto JM
Y la ruta sigue./ Foto JM

              Después de dos días y tres noches durmiendo en las maravillosas cabañas de la Junta, remprendemos la marcha por la austral R7 con parada prevista en Coyhaique, 234 kilómetros todavía más al sur.

              Como viene sucediendo desde hace más de 500 kilómetros, la monotonía del paisaje se repite. Quizá, la novedad es que ahora nos adentramos entre montañas menos escarpadas y horizontes más abiertos. Se observan, también, más tierra de cultivo y zonas de pasto. Pero los bosques siguen apareciendo esquilmados por el fuego. Mires donde mires, en las laderas se descubren las huellas de viejos y recientes incendios. Centenares, miles de ejemplares necrosados se muestran enhiestos, retorcidos, como estatuas de un museo al aire libre, en un cementerio sin fin. Y, como suele ser habitual, también aquí, algunos de los incendios son provocados por mentes retorcidas y enfermas o por ganaderos que aspiran a ampliar los campos de pasto, ignorando los riesgos que, incluso para ellos, supone una radical deforestación. Aun así, tengo la impresión de que después de  haber atravesado esta especie de túnel de cientos de kilómetros hemos llegado a unas tierras más dulces y cálidas, donde vivir puede ser más fácil.

Los glaciares, una constante del viaje./ Foto JM
Los glaciares, una constante en el viaje./ Foto JM

              Estas tierras de la provincia de Aysén –del tamaño de la comunidad de Aragón– están bastante más pobladas –32.000 habitantes en total, ¡imagínense!– que las que acabamos de dejar atrás, en las tierras de Hornopirén y Chaiten. Los puertos de Aysén y Chacabuco son la salida natural para su riqueza de pescados e industria manufacturera, sector agropecuario y, últimamente, la industria del turismo. Nos sorprende, incluso, después de tantas horas de soledad y silencio avanzando por la austral R7, descubrir algún cruce de caminos (Oh, Cielos, ¡una rotonda!) u otra carretera como regional CH240, con un tráfico intenso de coches y camones pesados. También observamos asentamientos urbanos y granjas aquí y allá, en las que abunda el ganado vacuno pastando, caballos y algún que otro pequeño rebaño de ovejas.

Detalle de un alerce./ Foto JM
Detalle de un alerce./ Foto JM

              Como cada día, nuestro ritmo no entiende de agobios; no tenemos ya edad ni ganas de correr. Avanzamos tranquilos, parándonos a ver cualquier cosa o apunte que aparezca señalado en el mapa como algo significativo o simple curiosidad. Nos detenemos almorzar en un restaurante de carretera, el Restaurante 26, del que recuerdo sus mesas robustas de pino y el precio… bastante caro para estar donde está, en tierra de nadie, en medio de un páramo. También tengo imágenes de aquella sobremesa con parte del grupo comprando empanadas para la cena.

              Retomamos la ruta para detenemos en la Reserva Nacional del Río Simpson a fin de admirar la foresta y en especial, esos alerces que, en cierto modo, recuerdan las secuoyas. La experiencia no puede ser más decepcionante. Apenas damos un paseo sin gracia de cuatro kilómetros, por el que pagamos 13 € por Internet después de arduos intentos. ¡Qué manía de complicarnos la vida con las máquinas cuando no son imprescindibles! Somos los únicos visitantes, hay empleados mirándonos, taquillas… Pero tenemos que sacar, nos dicen, la entrada por Internet. ¡Santo Cielo! Pero la conexión es más que lenta lenta y escasa. Empleamos cerca de una hora bregando para, luego, recorrer un sendero sin gracia, siguiendo el cauce del río Simpson, que tampoco, al menos en el tramo que visitamos tiene nada de especial, aparte del agua corriendo y la imaginación que le echamos al pensar que el tal Simpson fue un explorador de renombre que remontó desde el mar en busca de fama, oro, nativos y todo lo que pillase.

              Pero no… Enrique Simpson es un comandante de la marina chilena que, entre 1870 y 1872, exploró el litoral de Aysén y remontó este río y advirtió del potencial de esta región a su gobierno, además de recomendar la cuenca de este río como ruta hacia la costa atlántica a través de las llanuras patagónicas de Alto Baguales, cosa que resultó ser efectiva pues hoy es uno de los puntos de conexión por carretera entre Chile y Argentina.

La exuberancia del paisaje nos ocoge./ Foto PdeD
La exuberancia del paisaje siempre nos acoge./ Foto PdeD

              Tras la frustración por el recorrido sin sustancia que hacemos, pero con el entusiasmo aún intacto, y dado que disponemos de tiempo antes de llegar a los alejamientos reservados en Coyhaique, nos entretenemos visitando cascadas, que son aliciente suficiente para que el turista no se aburra cuando no sabe qué hacer con su vida relajada y de asueto. Así que nos acercamos a la denominada “El velo de novia”, una cortina de agua no mayor que la que suelta una regadera de juguete, y a “La cascada de la Virgen”, que exhibe dos chorritos graciosos y poco más; eso sí, rodeada, ésta, de toda la parafernalia que creyentes y devotos son capaces de acumular, con leyendas y exvotos en torno a una Virgen acurrucada en una hornacina. Claro, hay tanto que ver que uno se puede estresar fácilmente. Y así andamos, de acá para allá, disfrutando de edulcoradas pildorillas que jalonan la R7 mientras avanzamos hacia el sur; siempre hacia el sur….

Lagos, ríos, mar, cielo... Camino del sur./ Foto JM
Lagos, ríos, mar, cielo… Camino del sur./ Foto JM

              Somos cumplidores, ya lo ven; educados. Siempre hacemos caso a las proposiciones que nos hacen las guías turísticas; sobre todo si se trata de caminar; mejor dicho, de subir. De modo que no nos saltamos ni un reclamo de los que aparecen en la ruta que seguimos por Google.

              Además, para eso está el Rastreador, que todo lo busca, lo encuentra y nos lo propone. Así –ya lo he contado– hacemos fotos a ríos que tiene menos gracia que el regato de la Bastarda de mi pueblo, o de una cascada que alberga menos agua que una palangana. Pero somos cumplidores y nos obligamos a empaparnos, cuanto más mejor, de lo que nos ofrece un país, incluso nos obligamos a leer y transcribir los carteles que vamos encontrándonos, aunque sean detestables, desagradables o escatológicos, como aquel que decía, colocado al lado de la Virgen, “Si caga, se lleva la mierda”. O este otro, más interesante y creativo, visto varias veces “No deje basura, pero no se lleve el cartel”. O el más filosófico: “Quién se apura en la Patagonia pierde el tiempo”.

Cumbres escarpadas por todas partes./ Foto JM
Cumbres escarpadas por todas partes./ Foto JM

            Llegamos a Coyhaique a la puesta del sol. Según Google maps (¿qué sería hoy del viajero si no existiese este invento?) debemos dejar la carretera asfaltada y seguir por la derecha después de pasar un puente endeble, tan frágil y estrecho que apenas cabe un vehículo en él. Luego continuamos por un camino polvoriento de tierra –el paisaje de pronto se ha vuelto árido y el campo está seco– y avanzamos 5 kilómetros más hasta el alojamiento que hemos alquilado en el paraje denominado Las Antenas. Las cabañas son nuevas y parecen aseadas; pero son tan minúsculas que a una pulga le costaría revolverse. Imagínense a cuatro personas viviendo en cada una de ellas.

              Los dueños las han ubicado al abrigo de una loma boscosa; por delante el paisaje se expande variado y bucólico. A Coyhaique no lo vemos, nos queda un poco lejos; nos lo tapa el cerro donde están las antenas.

              Justo, delante, a unos 100 metros tenemos la vivienda de nuestros caseros, que nos entregan las llaves y nos explican los cuatro argumentos para que todo funcione. Nos instalamos sin problemas, enseguida. La noche se acerca y nos envuelve; la temperatura es casi de verano, el cielo aparece cubierto de estrellas. Mañana, seguro, hará un buen día.

La naturaleza en plenitud./ Foto JM
La naturaleza en plenitud./ Foto JM

(Continuará)

___________

La foto de portada es de Pepe de Dios

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *