Chile, buscando el sur
4. Por el parque nacional de Llanquihue y los alerces milenarios

Amanece nublado; puede que llueva hoy. Pero nos da igual, hay que caminar. Es viernes y tiempo de verano; la humedad nos envuelve con un manto fresco. Nos proponemos hacer una ruta por el parque nacional de Llanquihue en el que encontraremos cascadas, alerces milenarios y el volcán Cabuco al que en principio no tenemos intención de subir, pero sí acercarnos para verlo. Somos los primeros en llegar al aparcamiento coches; nos puede el deseo de pisar tierra. Nos sumergimos enseguida en el bosque. ¿Dónde estamos? Si buceamos en Google Maps aparecerá un punto azul con tu ubicación en la parte inferior de América del Sur apuntando a la Antártida. Un punto concreto en Chile, no lejos de la ciudad de Puerto Montt.

              Avanzamos deprisa, sin dificultad. Primera parada, la cascada… ¡La primera de las incontables que veremos en este viaje! Hacemos las fotos pertinentes y remontamos por una escalera interminable de tablas bien formada (aquí la madera les sobra) hacia el sendero del río Blanco. El cielo está cubierto por lo que va ser imposible que veamos el volcán. Después de pasar un canchal y cruzar al otro lado del río, avanzamos sobre una zona de rocas que nos llevan a un tramo de sendero cada vez más difícil: unas hoyas llenas de fango en las que, si no estás atento, puede hundirse uno tres cuartas; raíces descarnadas, húmedas, que si las pisas te resbalas y si tratas de evitarlas, tropiezas.

              Una parte del grupo renuncia a seguir avanzando y aprovecha, para almorzar, la protección de un promontorio de peñascos que se abren a un mirador; el resto caminamos unos kilómetros más, hacia el refugio del volcán, pero terminamos desistiendo y nos volvemos pues ni el bosque (impenetrable) ni el tiempo (cada vez más amenazador) nos acompañan y niegan cualquier perspectiva. Da vuelta, por el mismo camino por el que hemos ido, nos detenemos a hablar con el joven vigilante del parque, natural de la zona, aunque sus antepasados, nos dice, son de origen español e italiano. Al escucharle la mente se dispara y se pone a pensar en aquellos pioneros, descubridores para Europa, hace 500 años, de estos reinos de pueblos antiguos e ignotos.

¡La primera cascada del viaje! Luego vendrían decenas de ellas.../ Foto JM
¡La primera cascada del viaje! Luego vendrían decenas de ellas…/ Foto JM

              He traído a este viaje dos libros, que he leído a lo largo del mismo, por considerarlos apropiados para sumergirme mejor en la historia del descubrimiento de América. Desde que Colón avistara el 12 de octubre de 1492 la isla de Guanahaní, en las Bahamas, bautizada enseguida con el nombre de San Salvador, la experiencia del descubrimiento y conquista de estas tierras fue siempre acontecimiento de primer orden. Gestas inventadas o contados de aquella manera, noveladas, por los protagonistas que sobrevivieron y escribieron o hablaron, como se suele decir, de “la feria según les fue en ella” han sido motivo de continua controversia; bien por alabar la obra “fecunda” de “cristianización” de España en el proceso de conquista, bien por resaltar los muchos desmanes y villanías que cometieron los conquistadores.

Los regalos que nos hace la naturaleza cuando menos lo esperamos./ Foto JM
Los regalos que nos hace la naturaleza cuando menos lo esperamos./ Foto JM

              El Dorado, de Francisco Vázquez, y Naufragios, de Alvar Cabeza de Vaca, son dos esos relatos, en esta ocasión escritos con el aval de ser ellos partícipes de los hechos que narran, que muestran, se supone que fielmente, cómo se planificaban y vivían aquellos tiempos de aventura y descubrimientos, con episodios tan extremos como la práctica del canibalismo entre los propios aventureros al verse abocados a morir de hambre.

              Sobre estos dos textos volveré más adelante, pero ya adelanto aquí que, en general, quienes cruzaban entonces el océano eran unos “locos”, que nada tenían que perder, o unos avarientos, envenenados por la fe inquebrantable en un Dios cristiano que todo lo puede; envenenados así mismo por el ansia de fama y, envenenados también, ¡cómo no!, por la avaricia y el sueño de alcanzar la riqueza. Con estos tres elementos se ponían en camino hacia unos territorios de los que lo ignoraban todo y, sin darse tiempo ni mesura, avanzaban por donde podían, sin asegurar la retaguardia ni la posibilidad de volver atrás. Y entonces caían como ratones en sus propias ratoneras o a manos de los nativos a los que previamente habían engañado, maltratado o intentado esclavizar, con lo que, al pasar de vencedores a vencidos, eran ellos ahora los esclavos.

             Pero sigamos viajando por esa carretera austral, la R7, de 1.240 kilómetros, el hilo conductor de esta aventura; una carretera que el general Pinochet ideó para vertebrar un territorio que hasta entonces vivía aislado y aislaba, completamente, a sus habitantes de Santiago, la capital del país. De hecho, no podía salirse de alguna de estas regiones nada más que en barco o avión.

              La ruta, todavía con estructuras muy precarias, avanza a trompicones: ora es una cinta asfaltada, ora un camino de piedras y ripio; ora se interrumpe abruptamente en un acantilado, ora supera el fiordo de turno, por el que un trasbordador nos traslada, para emerger de nuevo como una serpiente surgida de la nada, en medio de un bosque, y seguir salvando barrancos, puertos y montañas, valles profundos, ríos caudalosos y bordeando lagos.

Por el parque nacional de Llanquihue./ Foto Pepe de Dios
Por el parque nacional de Llanquihue./ Foto Pepe de Dios

   Con la información que a diario nos aportan el Rastreador y el Conseguidor, decidimos qué visitar o qué senderos abordar según engullimos kilómetros. La caravana de los tres coches que somos se desplaza y detiene en aquellos “lugares de interés” que aparecen en los mapas y las guías, o que un cartel al borde del camino anuncia como “la experiencia más maravillosa” aunque luego sea una tontería. Cada parada el grupo lo celebra y un ¡Oooh! de emoción retumba por el valle. Somos agradecidos por estos regalos que nos da la naturaleza.

Lo que solo ve el Azogue./ Foto Pepe de D.
Lo que solo ve el Azogue./ Foto Pepe de D.

              La que es la primera excursión, el bautizo andarín de estos viajeros, concluye a la hora de comer con la vuelta a donde hemos dejado los coches; un lugar que, por cierto, está en este momento a rebosar de vehículos y excursionistas domingueros. A algunos del grupo le parecen pocos los 15 km que hemos caminado ya y se organizan para visitar un lago cercano y otras cascadas. Los demás regresamos al hogar de Los Farolitos dispuestos a relajarnos y hacernos la cena. El misterioso personaje y cuidador de las cabañas aparece de improviso para decirnos que si necesitamos algo, lo pidamos. Necesitar, necesitar… ¡Necesitamos tantas cosas! Para empezar, las cabañas necesitan una limpieza a fondo y más mantenimiento; ni siquiera hay jabón ni estropajo para lavar la vajilla. Ni una escoba para barrer… Tampoco, es verdad, nada que indique que el siniestro personaje sea un sacamantecas. Menos mal. El pulula sin hacerse notar demasiado por el entorno de las casas como un perro guardián, vagueando y ausente.

              Pero estamos pensando ya en mañana. Y mañana nos iremos. Por eso, aunque el lugar sea un tanto lúgubre, una noche en la cárcel se pasa, ¿o no es así? Tampoco es cosa ahora de ponerse a organizar un espacio confortable para el puñado de horas que nos quedan aquí.

              Mientras llegaba la hora de la cena, acompaño a el Azogue a dar un paseo por los alrededores; nos acercamos a un pequeño market, allí, al lado, ubicado entre un puñado cabañas al borde del bosque. Todo el entorno, hasta donde alcanza la vista, es una foresta verde, tupida, en la que, de vez en cuando, aparecen parcelas con grupos de cabañas para el veraneo. En el market nos atiende una señora rodeada de perros y bastante redondeada. La tienda es un cubículo que me recuerda a aquellos humildes comercios que había en algunos pueblos de mi tierra, en los años cincuenta, sesenta, del siglo pasado. “Coloniales y ultramarinos”, rezaba en un cartel todo pomposo. Los estantes están casi vacíos; apenas hay productos. Alguna que otra cosa para solventar una urgencia y atender un desavío. Le compramos miel de la zona y yogures. Además de los perros y la tienda, dispone, nos cuenta en confianza, de varias cabañas para alquilar al tiempo que nos dice que están todas vacías estos días, algo que nos sorprende pues todavía queda más de un mes por delante de verano.

              Regresamos andando a las cabañas guarrindongas, dispuestos a apañarnos con los comestibles que tenemos, al tiempo que celebrábamos la vida por poder estar aquí, y andar a estas alturas haciendo locuras por el mundo. Cenamos. Y luego, unos se adentran en la noche hablando con sus amores por teléfono; otros, leyendo; alguno, escribiendo. Y los jugadores… jugando a las cartas mientras el Rastreador estudia mapas y rutas posibles para el día siguiente.

              Amanecemos enterrados literalmente entre mantas, entre tantas que apenas podemos echarlas a un lado para salir de la hurera. Por lo que se ve, los edredones todavía no han llegado a aquí. Desayunamos, cargamos los bártulos en los coches y reemprendemos el camino. Por la ubicación que tiene el alojamiento nos es obligado retornar a Puerto Montt y desde aquí, ¡ya sí!, comenzar la gran aventura por la R7, la mítica carretera austral. Pero, en unos kilómetros, tenemos previsto desviarnos a la izquierda y visitar el parque Nacional Alerce y recorrer el sendero hasta el lago Triángulo. Por el camino “conoceremos” un ejemplar de alerce de más de tres mil años; uno de los más longevos ejemplares que se conservan en el país.

Detalle de un alerce de más de 3.000 años./ Foto JM
Alerce de más de 3.000 años./ Foto JM

              El alerce es un árbol de crecimiento muy lento; su altura puede alcanzar los 50 metros y su diámetro 4. En Chile hay ejemplares de más de 4.000 años y algunos de los que se pueden visitar en este parque superan los 3.000, según reza en un panel ubicado junto al ejemplar en cuestión. Su madera es muy apreciada para la construcción de viviendas por su resistencia a la pudrición.

              Entrar al parque nos cuesta 15 €, aunque en esta ocasión, debido a un fallo informático en el momento que llegamos (somos los primeros) nos dejan entrar sin pagar. Una excepción que nos obliga a tomar conciencia de que visitar los parques nacionales de Chile y Argentina o hacer senderismo por ellos va a costarnos un riñón. Aquí se paga por todo y en todas partes. Ha habido días en los que una visita de chichinabo e insulsa a un parque nacional nos ha costado, en comparación, más que una pepita de oro o una cena en un buen restaurante. Otros, en cambio, reconocemos que, aunque caros, ha merecido la pena pagar por entrar. Hoy, por ejemplo, el recorrido es espectacular, aunque exigente y trabajoso. Pero, como montañeros que somos, la dificultad nos estimula y compensa.

              A medida que subimos la senda se complica; se hace más técnica. En algunos tramos ya no caben más barro ni charcos, o es imposible que se acumulen más raíces retorcidas flotando; tantas hay que tejen entre ellas una malla tupida e insegura… como las que ponen los cazadores en la sabana para atraparlas vivas a las fieras.

              Durante tres horas remontamos, a veces salvando importantes desniveles, hasta alcanzar el lago del Triángulo. Pero, una vez allí, es como haber llegado al paraíso mientras te embelesas con el cielo y las cumbres que te rodean. Sí, ha merecido la pena subir. El lago es un remanso de paz y una joya de la naturaleza; un cuadro asombroso escondido entre paredes verticales de roca, revestidas de vegetación.

Río y espejo de la vida regalada de las plantas./ Foto JM
Río y espejo de la vida regalada de las plantas./ Foto JM

              El día es luminoso. Almorzamos los gustosos bocadillos que nos hemos preparado y, sin entretenernos, pues los vigilantes del parque ya están avisándonos que debemos iniciar el regreso (se les ve muy pendientes de que nadie se pierda y de evitar accidentes) volvimos a los coches para reemprender el camino a Hornopirén, final de esta etapa.

              El descenso, igual de complicado que subir, a algunos nos deja exhaustos. El trabajo de piernas y brazos es muy exigente; salvar cada escollo requiere atención máxima y un ejercicio permanente de equilibrio. Tan pronto te retuerces a la izquierda como caes a la derecha, planeas con los brazos, saltas; te agarras a una raíz o esquivas un haz de troncos y ramas retorcidas; te agachas, te encojes, das un salto de dos metros para abajo o gateas para enseguida descender y caer a una roca que resbala… Uno va como las fieras al acecho de las presas: con mil ojos abiertos, sorteando cada trampa.

              Concluimos la excursión sin un parte de secuelas reseñable. Tanto los que llegamos hasta el lago como los que se dieron la vuelta, nos encontramos otra vez en el aparcamiento de los coches. Abandonamos el parque y retornamos por la pista de ripio a la carreta austral (R7), justo en donde el mapa de Chile señala su comienzo.

              Desde Puerto Montt a Villa O’Higgins la R 7 tiene 1.247 km, de los que unos 800 están sin asfaltar. Algunos tramos han de hacerse en barco. Los transbordadores van y vienen, con pesada suavidad, entre montañas y fiordos llevando a los turistas, aventureros y viajeros hacia lo desconocido; siempre avanzando hacia el sur.

Es verdad que parece todo igual, pero nunca es lo mismo./ Foto JM
Es verdad que parece todo igual, pero nunca es lo mismo./ Foto P. de D.

              Ahora viajamos por una zona bastante poblada, sobre una cinta bien trazada y con buen firme, aunque escasa de señales –una constante en la red de carreteras de Chile–; una carretera que serpentea siguiendo el perfil de la costa.

              Llaman la atención las numerosas bateas para el cultivo del mejillón y otras factorías pesqueras. Pasamos por Quillaipe, Lenca y La Arena, donde la ruta austral desemboca, de golpe, en un muelle. Según van llegando los coches hacen cola y, en pocos minutos, suben al transbordador que se llena enseguida. ¡Por una vez no hay que pagar! Arranca el vapor para cruzar el Estero Reloncaví, un profundo fiordo que si hubiese que rodearlo supondría un centenar de kilómetros más de viaje.

              Navegamos bajo un cielo azul y un mar en calma rodeados de un entorno verde. En lo alto, donde el horizonte se confunde con las nubes, crestas coronadas de nieve circundan distintos volcanes, entre ellos el Yates. La travesía dura una hora apenas. Con la misma velocidad que hemos embarcado descendemos en Caleta Puelche. La ruta continúa… asfaltada, por ahora. Hasta llegar a Hornopirén nos faltan 55 kilómetros. La monotonía del paisaje se repite: bosques que nunca se acaban, orografía que se hunde de forma abrupta en el mar, ríos que se suceden unos a otros a cuál más alegre en la corriente, resbalando entre las rocas y cantos rodados. Cascadas, vegetación impenetrable. No se ven cultivos por ninguna parte. Tampoco hay casas; la soledad del paisaje nos envuelve.

(Continuará)

Y el viaje sigue. Puentes, ríos... y la carretera austral buscando el sur./ Foto Paco Trapero
Y el viaje sigue. Puentes, ríos… y la carretera austral buscando el sur./ Foto Paco Trapero

 

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