Dejamos, casi de noche, el apartamento en la calle Catedral pues tenemos a Temuco un vuelo, a las 9. Además, hemos de gestionar la devolución de los coches alquilados. En el coche que comparto nos pasamos un buen rato dando vueltas buscando una gasolinera abierta para entregarlo con el depósito lleno como reza en el contrato. Imposible. La media docena de gasolineras que localizamos están cerradas; supongo que para evitar los atracos. Al final, desistimos.
El viaje en avión dura una hora. De esta forma nos ahorrábamos 679 kilómetros, pues nuestro objetivo es recorrer la carretera austral y visitar los parques naturales que la jalonan a su paso, los glaciares, hacer senderismo…
El aeropuerto de Temuco parece recién hecho; coqueto y limpio. Tiene un aire familiar, no sé si por la escasez de viajeros que se ven. Al salir luce el mismo sol que nos abrasaba en Santiago, pero no hace tanto calor. El paisaje es de un verde brillante y el aire está limpio.
Nada más recoger el equipaje, nos dirigimos a la oficina de Econorent, donde hemos alquilado, vía online, los coches de la aventura. Como no hay cola ni barullo, nos atienden enseguida. Los trámites duran poco; estamos impacientes por ponernos en marcha. Ahora sí; el viaje empieza ya, de verdad. Por delante tenemos 2.300 kilómetros de carretera panamericana (R5) con su continuación en la austral (R7). Pero todavía no sabemos hasta dónde llegaremos. Ya iremos viendo.

Durante los primeros kilómetros el paisaje se repite y las vistas son monótonas; la circulación, por ahora, es intensa. Se suceden los bosques y las tierras cultivadas. Vacas en los prados, algunas ovejas. Luego van surgiendo las colinas, ríos, lagos. El viaje discurre tranquilo. El firme de la autovía está impecable.
A la hora de comer… ¿Cómo lo hacemos? El señor Google nos guía. Nos detenemos en una posada que tiene comentarios positivos. Los clientes que pasaron antes por ella nos orientan: “lugar de comida casera a buen precio y trato familiar”. Y allá vamos. No nos defrauda. Tomamos un plato de sopa excelente y pollo con arroz por 10 €, regado con medio litro de cerveza. El local es muy modesto y el trato amigable; como aseguran los clientes en las notas que han escrito «todo es muy familiar». La impresión que nos queda al partir es la de haber estado almorzando en algo que no existe, dentro de un sueño.

Seguimos devorando los kilómetros; de pronto, a la izquierda, en el horizonte, aparece un cono blanco; un cucurucho de nieve flotando sobre un cielo azul rodeado de inmensidad. Estamos llegando a Frutillar y al lago Llanquihue. Para conocer ambos enclaves nos desviamos de la ruta unos kilómetros hasta la orilla del lago.
Cae la tarde, pero aún podemos ver un pueblo en pleno veraneo y un “paseo marítimo” a rebosar de turistas. Nos choca. Venimos de las lluvias y del frío de España y aún no hemos asimilado que estamos en Chile, en pleno periodo estival. En los baños públicos te cobran 1€ (1000 pesos) y en las calles cuadriculadas aledañas no hay manera de aparcar. Damos un paseo de la playa, hacemos fotos y miramos al lejano horizonte. La vista del volcán Osorno, por encima de la superficie del lago, resulta tan atractiva que dan ganas de salir corriendo hacia esa cumbre que emerge del agua. Mientras tanto, ya con el sol escondido, algunos bañistas alargan el día y se entretienen jugando en la arena de la playa; pero la mayoría recoge ya sus cosas; la tarde comienza a encogerse. Refresca. Nosotros nos vamos.
Reemprendemos la marcha hacia el sur, por la Panamericana de la que nos habíamos desviado, al encuentro del lugar donde pasaremos la noche. Apenas nos quedan 76 kilómetros para llegar a las cabañas Los Farolitos, 20 kilómetros más allá de Puerto Montt. Por el camino buscamos un supermercado y hacemos la compra. Estos viajes nuestros, nos son posibles y asumibles económicamente, entre otras cosas, porque practicamos la austeridad y el ahorro. No nos duelen prendas en comer bocadillos ni prepararnos almuerzos y cenas en las cabañas o apartamentos dónde pernoctamos. Aunque esto no quita que un día –cuando toca– nos demos un homenaje gastronómico para gozar de los manjares locales. Somos un grupo heterodoxo, abiertos a todo, que según soplan los viento nos movemos.

Llegamos a Los Farolitos ya casi de noche. Se trata de dos casas endebles, de madera, bastante viejas y encerradas, literalmente, en medio del bosque. Nos recibe un señor mayor, muy serio, extraño y ausente aunque pretende ser cordial y atento. Podría ser ese misterioso depredador -pienso enseguida- responsable de las desapariciones que de tiempo en tiempo suceden en todos los bosques enigmáticos como es este. ¡Ay!, mejor no pensar en ello. Y menos verbalizarlo… Que puede que alguno o alguna salga huyendo y se niegue a pernoctar aquí.
El lugar se ve tan lúgubre… No, no, mejor no elucubrar.
Bajamos el equipaje de los coches y empieza el espectáculo. A ver, ¿cómo dormimos? En la cabaña primera hay dos dormitorios, dos camas de matrimonio y tres supletorias (7 plazas), cocina-salón y cuarto de baño. En la segunda: dos dormitorios, dos camas de matrimonio y una supletoria (5 plazas). Como siempre, el enredo se alarga lo justo y al final nos acoplamos sin más problemas.

Mamma-Guagua se pone a trajinar enseguida con la cena, la Crupier propone una partida de cartas mientras tanto, el Azogue se retira para hablar un rato con su amada por teléfono y darle las últimas nuevas; el Rastreador estudia las rutas que va a proponernos para hacer mañana. ¡Estamos locos por echarnos al monte y caminar! Nadie como él se ha estudiado tanto los mapas y senderos, hasta el punto de que siempre tiene un amplio menú disponible, alternativo y con varias rutas, por si la primera propuesta no nos agradase. El Wikipedia piensa ahora en su chica mientras se organiza para ir a buscar al damnificado que se quedó sin pasaporte por el robo sufrido en Valparaíso. El Inquieto tuvo que quedarse en Santiago hasta que la embajada le diese un pasaporte provisional. Al final lo ha conseguido y esta noche llega al aeropuerto de Puerto Montt, a las doce, en un vuelo de Sky Airline.
(Continuará)
Sigo envidiándote y viajando contigo. También con otros amigos de tu estirpre.
Así me conformo. En Sevilla me aso y me encierro. Tengo complejo de bicho de zoo. Hasta vuestrod bocadillos me gustan y no digamos el volcán Osorno. En Palencia hay un pueblo de ese nombre.
Evidia…. A pesar del robo. Que viaje!!!