He aquí cómo un grupo de viajeros recorrieron más de 4.500 Km por Chile y Argentina explorando caminos y naturaleza, desafiando tormentas, vientos y lluvia, hollando pistas de grava y cascajo, senderos intransitables hundidos en barro, lodazales o tramos polvorientos de tierra molida y desiertos… Siempre avanzando hacia el sur por esa carretera Austral, la R7, que, cincelada en la roca entre los Andes y el océano Pacífico, avanza salvando fiordos y bordeando lagos mientras se retuerce por pasos angostos para llegar a los confines del mundo, en Tierra de Fuego.
Este grupo de doce, tan peculiar a decir de las crónicas, es una especie de tortuga gigante con veinticuatro patas que, sin querer, se enreda en las telarañas del tiempo y, a veces, debido a la edad, se pierde en olvidos. Y, con demasiada frecuencia (lo sabemos) perdemos cosas, aunque las encontramos luego.
Juntos conformamos una tortuga compleja, peculiar, con problemas de oído, doce voces y una alegría desbordante, capaz de sobreponerse a toda adversidad que vaya surgiendo por el camino. Somos distintos, lo aseguro. Por ejemplo, podemos mantener, sin enloquecer, media docena de discusiones inútiles a la vez, pues nos encanta perder el tiempo argumentando lo absurdo. Pero, por encima de todo, conformamos un antediluviano quelonio, viajero por antonomasia, que siempre va hacia adelante y mantiene el talante jovial todo el tiempo; es amistoso, entusiasta y positivo, mientras se desplaza sin prisas, como practicaban aquellos viajeros del siglo XIX, menos airados que las marabuntas actuales que todo lo devoran.
Ya la partida fue un quebradero de cabeza. Volábamos de Madrid a Santiago de Chile el 2 de febrero a la hora de las brujas. Teníamos billetes del AVE para llegar ese día con tiempo suficiente desde Sevilla. Pero el accidente de Adamuz, el 18 de enero, nos puso sobre aviso y comenzamos a pensar en posibles alternativas de desplazamiento, aunque faltasen 14 días aún. Dudábamos. Aguantamos, no obstante, hasta última hora y cuando, dos días antes, se confirmó que viajar en el AVE iba a ser imposible, decidimos buscar soluciones de urgencia, cada uno según le convino como suele ocurrir en este anárquico grupo. Paco, el Inquieto, antes de que el gallo cantase al amanecer y sin pensárselo mucho, ya tenía un billete de avión en su mano; otros prefirieron coger un tren… Un tren de esos que, emulando a los del siglo pasado lleva a los viajeros de pueblo en pueblo, acumulando retraso y paciencia antes de depositarlos en Madrid.
Los demás alquilamos varios coches y, a la hora prevista, ¡todos estábamos en Bajaras, Madrid!
¿Había comenzado nuestro viaje con gafe? Si uno fuera supersticioso, diría que sí, pero yo soy de los que piensan que todo lo que ocurre forma parte del viaje y así hay que aceptarlo. Con normalidad. Cualquier hecho, incluidos los accidentes o las peores desgracias, siempre podrán gestionarse mejor si uno aborda la situación con talante viajero. Pues ha de saberse que cuando uno se pone en camino, se expone a experiencias que ni podrá imaginarse. ¡Cualquier acontecer es posible en la vida del errante!
Cuando quedamos para hacer estos viajes, el reencuentro es siempre alegre. Algunos solo nos vemos en circunstancias así; a veces pasan años. Mientras tiramos de la maleta en la cola de facturación nos damos las nuevas, nos contamos la vida y nos estimulamos unos a otros pues llegamos cargados de energía. Los trámites que para muchos resultan pesados e inabarcables, a nosotros se nos antojan livianos y los afrontamos tranquilos. Es lo que toca. De modo que el tiempo que echamos en la facturación y el paso de los distintos controles, o en recorrer las enormes distancias que hay hasta la zona de embarque, lo celebramos como parte del viaje. Por fin estamos en ruta, pensamos; aunque sigamos sin salir del aeropuerto.

Siempre, antes de partir y en ese tiempo que toca esperar antes del embarque, damos cuenta de las distintas viandas que todos aportamos. El Inquieto ha traído chorizo y el Ausente y su santa, la Inspectora, un hornazo de Ávila. Otros, empanadas, fruta, y, en mi caso, una tarta, gentileza de Paulette, que quiso así darle las gracias al grupo por la invitación que le hizo para sumarse al viaje, aunque a última hora declinó.
El aeropuerto es un teatro. Uno, si quiere, aquí no se aburre. Por sus corredores, salas y espacios infinitos, desfilan individuos extraños; algunos exhibiendo postura y palmito, y otros encogidos y apocados; cuerpos que se contonean desfilando como si caminasen por una pasarela; personajes atrabiliarios, a los que se le ve a la legua que traman alguna catástrofe; individuos oscuros, con el áurea tan negra que espanta y da miedo. Pero también hay seres con luz, personas que te atraen como un imán y te gustaría conocer.
¿Dónde va cada uno de estos individuos arrastrando esa maleta y el bolso que le cuelga del hombro? Hay seres atormentados también. Sí. O tipos que flotan, perdidos, como si se hubiesen caído de las nubes. Hay mucho viajero solitario que puede que no vaya a ninguna parte, aunque tenga billete para un lugar muy concreto. Enamorados que se quieren y quieren, sin dejar de quererse, pegados como un adhesivo hasta agotarse en la espera antes de subir al avión. Y luego están los que, aunque van juntos, no mezclan ni queriendo. A esos, si se fija uno bien, se les ve encadenados en su propia cárcel.
Tras este mareo, adivinanzas y juegos de la imaginación entreteniendo la espera, embarcamos en hora. La primera sorpresa es el aspecto de jaula que presenta el avión. Los asientos nos parecen tan minúsculos que pensamos que son para enanos. Lo comentamos. Nunca habíamos cruzado el océano en un avión con asientos tan justos. El pasillo es tan angosto que salvo que uno camine de perfil, le resulta difícil desplazarse. Iberia debería respetar más a quienes hacen viajes trasatlánticos. Algunos del grupo se enfadan y afirman que no viajarán nunca más con Iberia. Porque no es lo mismo un vuelo de un par de horas o tres, que uno de diez o doce. Bien está que en los viajes de bajo coste se aquilaten recursos, pero en vuelos transoceánicos se nos antoja cruel darle este trato al cliente.
Y no sé si fue por esta situación de encajonamiento o por lo incómodo que, imaginé, me iba a resulta desplazarme, pero solo salí una vez de mi hurera en todo el trayecto. Algo que tampoco es muy aconsejable, verdad, pues permanecer tantas horas sentado puede acarrear problemas de salud.
En estos viajes tan largos, si uno es capaz de relajarse y dejarse llevar, los motores del avión ayudan a diluir en el sueño la distancia. Aunque hay tiempo, también, para practicar la lectura o para volver otra vez al estado de vigilia dando dos o tres cabezadas. Tiempo para ver esa película que empiezas sin ganas pero que luego te atrapa; para escuchar música y para miras en la pantalla la distancia que ya llevas recorrida y la que falta, para fijarse e imaginar como son las ciudades que sobrevuelas, para especular con la velocidad a la que se desplaza el avión, la altura a la que vamos… Y cuando quieres darte cuenta estás ya sobrevolando los Andes.
Como he tenido la suerte de tocarme un asiento al lado de una ventana, por la izquierda, es decir, mirando hacia el sur, puedo ver, con toda nitidez, incluso fotografiar, la mole imponente del pico Aconcagua, el pico más alto de América, con sus 6.961 metros de altura.

Un amanecer luminoso, en un cielo limpio de nubes, me permite gozar, durante esos últimos kilómetros del trayecto antes de aterrizar en Santiago, de una cordillera infinita, jalonada de cumbres nevadas, que actúan como espejos devolviendo haces de luz hacia el avión.
Aterrizamos en Santiago a las 9,30 de la mañana dentro de una boina de humo y contaminación. Es aún verano y el paisaje, reseco, se extiende por el valle como una alfombra sin fin, sucia y raída, entre cauces de ríos sedientos y canchales que bajan de las cumbres; urbanizaciones cuadriculadas, sembradas de jardines y piscinas; abigarrados barrios de torres de viviendas; polígonos industriales; arrabales de chabolas, y esas autopistas que como un sistema de riego dinámico vertebran el cuerpo de la ciudad permitiéndole alimentarse de coches.
El control de pasaportes y aduanas es lento. Inquisitorias preguntas y la tranquilidad que te da el no llevar nada que pueda ser causa de conflicto. En términos generales, Chile no permite introducir productos frescos ni paquetes de alimentos que hayan sido abiertos previamente.
Recogida de maletas, nuevo control y reunión de los doce frente al “monumento” de “Bienvenidos a Chile” en el mismo hall de aeropuerto. Foto de rigor y a la calle. Al salir algunos se pierden buscando un urinario. El Azogue se nos despista. El Rastreador desaparece. El Wikipedia va en busca de los dos. Y entonces te das cuenta de que la tortuga que somos se agranda y ralentiza, y los treinta y seis bultos (tres por persona) que transportamos, son una carga demasiado grande para desplazarla con cierta armonía sobre su caparazón.
Salimos del aeropuerto ¡por fin! (son más de las once) y una nube de buscavidas, voceros y vendedores nos ofrecen en la misma puerta la isla de Jauja y mil maravillas. Pero como tenemos coches de alquiler reservados, nuestros oídos no escuchan mientras nos dirigimos a la oficina en cuestión. En la calle se respira un calor húmedo; el aire se adhiere a la cara como goma de mascar. Para alquilar los coches, los trámites son los que son: pasaportes, tarjetas de crédito, datos de los conductores, seguros, firma de contrato… Vamos a estar dos días en Santiago con visita prevista a Valparaíso y queremos movernos libremente, a nuestro aire. Necesitamos esos vehículos.
El sistema GPS nos va a permite llegar sin problemas al piso que hemos reservado en la calle Catedral, número 1233, de Santiago. Pero antes nos devanamos los sesos para ver cómo nos repartimos en los coches, cómo encajamos los bultos, dónde dejaremos aparcados los vehículos dado que hasta las dos de la tarde no nos entregan las llaves del apartamento. La tortuga que somos vuelve a enredarse en la tarea de llegar a algún acuerdo y las voces se multiplican sin que seamos capaces de consensuar nada. Salimos del aeropuerto escopetados, cada conductor con su grupo, en desbanda, después de poner en el móvil la dirección del parking que tenemos a una decena de metros del alojamiento y… ¡ya veremos! El garaje, frente al piso en cuestión, resulta que hay que pagarlo en contra de lo que habíamos acordado con la dueña del piso. Mas todo se arregla. Una vez más, la tortuga avanza.
Es mediodía y esta pandilla necesita, primero, tener cada uno en su móvil una tarjeta-prepago de teléfono para, en el caso de que alguien se pierda, poder contactar con el grupo mediante una llamada local y ahorrarse los recargos por roaming. Preguntamos, damos algunas vueltas, volvemos a preguntar y al fin hallamos una tienda en la que por 9 € conseguimos lo que buscamos de la compañía telefónica WOM, con 20 megas para datos, que nunca acabaremos de gastar, y no sé cuántas llamadas gratis. ¡Primer problema resuelto! Ahora toca almorzar, pero algunos ya se han perdido en este primer deambular por las calles de Santiago. Quedamos ocho en el grupo; al resto, que los busquen. No importa, ya aparecerán. Encontramos un restaurante modesto y al instante descubrimos que la vida en Santiago es muy cara; vamos, como en todas partes; por lo que se ve, en Chile también. Por una ración de merluza con patatas fritas y medio litro de cerveza, 26 €. Esta será la constante durante todo el viaje.
(Continuará)
Intrépidos!!. Que alegría leerte. Magnífico como siempre. Un abrazo.
Gracias por compartir este relato…. Así podré imaginar las aventuras del viaje que no hic, que fue espectacular, según opinión de Paco y las imágenes que me envió. Esperando las siguientes publicaciones 😘