Subir y bajar, volver a subir. Bajar de nuevo hasta el río… Caminar y caminar…. ¡Caminar! Deslizarse por senderos tan pendientes que, en algunos tramos, cuesta mantener la verticalidad. Pero el esfuerzo compensa, porque caminamos sobre alfombras suaves de hojas amarillas, con trazos de ocres, marrones, doradas, rojizas; y algunas aún verdes. Hojas que el viento y la lluvia han arrancado estos días, tras el paso de la última borrasca. Al pisar, los pies se hunden en el mullido del suelo habitados por erizos, desprendidos, ya, de los árboles tras expulsar las castañas.
Hacer senderismo por el Valle del Genal es un acto poético, puro lirismo; también un empeño titánico porque, aunque nos “animamos” pensando que estamos cuidando la salud, el camino es exigente y no da tregua. No hay tramos llanos. O se sube o se baja. Las lomas pobladas de castaños se suceden unas a otras mientras, a lo lejos, un horizonte de crestas calizas nos devuelve a la realidad. El día es luminoso y el sol ribetea el entorno del valle con una orla azul. No se termina de bajar al fondo del barranco cuando la cuesta se empina otra vez, tanto, que el sendero se pierde trepando como una serpiente que repta por un mar de árboles dorados.
¡Castaños! Los hay centenarios, bicentenarios y de más de trescientos años. Algunos tienen nombre; otros son anónimos y permanecen ahí, impertérritos, contemplando el paso del tiempo y contando en sus arrugas la historia de la gente de estos pueblos que, aunque ahora son blancos, conservan ese aire de aldeas medievales.
La distancia que se recorra no importa; depende de las fuerzas y el ánimo que se tenga ese día. Uno puede hacer diez, doce, quince o veinte kilómetros como hicimos nosotros -una parte del grupo del club Correcaminos- cuando, el sábado pasado, elegimos el Valle del Genal para hacer senderismo. Por aquí los senderos se cruzan en todas las direcciones y se camina “a la carta”, como se suele decir.
Son muchos los que acuden estos días a visitar el Bosque del Cobre; la mayoría se conforma con dar un paseo por el Bosque Encantado, en Parauta, donde ingeniosos artistas han creado un hábitat mágico, aprovechando el envejecimiento y cansancio de los viejos castaños, sus oquedades y arrugas, sus grietas… Ahora es como la casa de un sueño, donde han cobrado vida elfos y duendes, princesas encantadas, faunos y toda clase de seres mitológicos, todos resistentes al paso del tiempo.
Parauta, Igualeja, Cartajima, Faraján, Alpandeire… son solo algunos de los 15 pueblos que hay en este valle. Por aquí abunda el arte. Se cultivan las tradiciones, la creatividad; se engordan los misterios y las leyendas… Perderse algunos días por este valle de la comarca de Ronda merece la pena, pero, si es en otoño, la luz y el color de sus bosques de castaños desprendiéndose de las hojas puede hacernos sentir algo así como cuando se asiste a un milagro.
Y para más información: https://www.youtube.com/watch?v=KXt8s9wSWe8&t=99s
GALERÍA FOTOGRÁFICA




















Tu texto, poético como siempre, pero esta vez me ha cautivado, sobre todo, las fotografías. Bellísimas, el perfecto matrimonio de otoño y naturaleza.
Que preciosidad Joaquín. No conozco ese valle pero lo guardo con esas fantásticas fotos. Yo tb llenándome los ojos y el alma de esos colores en la Serra da Estrela.