Sudáfrica, un país ‘blanco’ con población negra
10. Ciudad del Cabo, donde la vuelta el aire

Tras dormir a pata suelta, bajamos al restaurante del hotel para tomar un desayuno en toda regla: huevos fritos, café americano, tostadas con mermelada… Da gusto empezar el día así.

            Nos vamos al centro de la ciudad. La espectacular ubicación de esta ciudad me recuerda a Río de Janeiro. Pero, ¿qué me choca realmente de aquí? Aunque todo parece estar en orden y en su sitio, la impresión es la de que sus habitantes no se mezclan, como le ocurre al aceite con el agua. Es decir, blancos y negros viven juntos pero sin rozarse. Es lo que uno percibe al intentar comprender el ambiente de las calles.

            En el par de días que ya llevamos por aquí, en Ciudad del Cabo, no he observado ninguna cercanía entre los capetonians, el gentilicio por el que se les conoce. Ni en playas ni restaurantes o bares, ni siquiera haciendo senderismo en la montaña, se ven gestos empáticos o de proximidad; salvo en contadas excepciones, pienso que hay barras invisibles que separan todavía a los negros de los blancos. Por el contrario, a quien si se ve disfrutando de los placeres de Sudáfrica es a la población blanca.

            La impresión que tengo es que sólo los ciudadanos negros trabajan. Los policías son negros, lo son los empleados del comercio. Son negros los que barren, los que cuidan los jardines, los que trabajan en la construcción o los que labran los campos.

Casas de colores en el barrio de Bop Hope, Ciudad del Cabo. Al fondo La montaña de la Mesa./ Foto JM
Casas de colores en el barrio de Bo-Kaap, Ciudad del Cabo. Al fondo La montaña de la Mesa./ Foto JM

            Nos acercamos al “barrio malayo” de Bo-Kaap, llamado así porque en él se establecieron los primeros descendientes de aquellos esclavos traídos de Malasia en los siglos XV y XVI. Fue en 1834, cuentan las crónicas, cuando, ya libres, se establecieron es este puñado de calles. Lo que no se sabe bien es por qué pintaron las casas de colores cuando lo normal, en Ciudad del Cabo, siempre fue pintar los edificios de blanco. Hay quien asegura que fue por la “alegría” de la libertad adquirida y su condición de propietarios. Y hay quien explica que, como el barrio es musulmán, a alguien se le ocurrió engalanarlo pintando su casa de color para celebrar el fin del Ramadán. Una idea que cuajó entre los vecinos.

Detalle de un fachada en Bo-Kaap./ Foto JM
Detalle de un fachada en Bo-Kaap./ Foto JM

            No nos quedamos mucho tiempo en Bo-Kapp; no se aprecia en él mucha vida; más bien parece un rincón tranquilo y familiar, de gente trabajadora. Las calles con las casas pintadas no son tantas ni tampoco tan espectaculares… Pero el negocio del consumo ya hace tiempo que puso su maquinaria a trabajar para vender el barrio y, desde muy temprano, hay un goteo constante de autocares y turistas visitándolo; nosotros mismos, ¿no? En el escaso tiempo que permanecimos recorriendo un par de calles podemos comprobar la llegada de varios autobuses de turistas que lo fotografían todo.

            De Bo-Kapp nos marchamos al Company´s Garden, conocido como los Jardines de Ciudad del Cabo. Es un espacio frondoso, amplio y verde, en el que se concentran museos y edificios importantes de la administración. Desde un jardín japonés al peral más antiguo de Sudáfrica. También está el jardín de rosas, construido en 1929, que conserva el encanto de su origen. Y el jardín perfumado para ciegos… Todos estos jardines en uno están ubicados en el centro de la ciudad, al lado de edificios históricos como el Parlamento o la Casa de los Esclavos. En este entorno se halla también el Iziko South African Museum que alberga uno de los dos planetarios que hay en el país, el otro está en Johannesburgo.

Vendedor en el mercadillo de telas, Ciudad del Cabo./ Foto JM
Vendedor en el mercadillo de telas, Ciudad del Cabo./ Foto JM

            Muy cerca de allí están la catedral de San Jorge y algunas plazas con cierto sabor colonial, como la que acoge el Greenmarket, un mercadillo al aire libre en el que abundan las telas de colores, ¡tan africanas ellas!, las pinturas de autor o copias en serie de pintores conocidos, la artesanía más autóctona y la cerámica más original. Este es un buen lugar, sin duda, para adquirir recuerdos del país a precios razonables. El trato con los vendedores es cordial y no atosigan.

            Echamos un buen rato explorando los puestos callejeros para perdernos después por las calles colindantes y empaparnos del ambiente… En el cruce de St. Georges Mall con Wale St. nos topamos con un trozo del muro de Berlín colocado frente a la Fundación Mandela Rhodes, en su día un monumento y ahora casi un altar al que acuden los turistas a inspirarse. ¡Ay, la fuerza de los símbolos! ¡Viva el mito!

Detalle de las telas que pueden comprarse en Ciudad del Cabo./ Foto JM
Detalle de las telas que pueden comprarse en Ciudad del Cabo./ Foto JM

            Nadie duda que este trozo de hormigón berlinés, colocado aquí, en el corazón de Ciudad del Cabo, representa la lucha, no resuelta todavía, en la que sigue inmersa Sudáfrica, que no es otra que la de vencer el muro racial que aún oprime a la mayoría de este pueblo.

            No es este grupo montañero de mucho callejear, y menos de encerrarse entre paredes que rezuman el pasado por sus poros; enseguida anhelamos echarnos al monte o al menos huir de los barullos cuanto antes. De modo que nos vamos del centro y recalamos en el puerto con la idea de almorzar; un lugar más abierto, donde la rehabilitación de un antiguo muelle es hoy atracción comercial y turística. ¡Es Waterfront!

En el Company´s Gardenm, Ciudad del Cabo./ Foto JM
En el Company´s Gardenm, Ciudad del Cabo./ Foto JM

            En este antiguo muelle, reconvertido en un lugar de ocio, efectivamente, hay un gran ambiente. Es mediodía y en los centros comerciales o en las terrazas, dando cuenta del menú, abunda la población blanca, aunque se ve más mezcolanza. En honor a la verdad, cabe decir, que se ve “más convivencia” de la que hemos visto hasta ahora. Reconforta encontrar lugares así, en Sudáfrica, donde se constata esa aspiración a ser, de una vez por todas, mezcla de pueblos y un crisol cultural

Últimos pasos hacia la cumbre de la montaña del león, Ciudad del Cabo./ Foto JM
Últimos pasos hacia la cumbre de la montaña del león, Ciudad del Cabo./ Foto JM

            El que debió ser en su día una ruina y memoria de un pasado, hoy es referente arquitectónico, con amplios espacios comunes, impecables acerados, arboledas y césped impoluto. En este entorno, la vida es más cromática  y a la gente se le ve más sonriente. Porque puede que sea en Waterfront, y en lugares como este, dónde comience a escribirse el futuro de Sudáfrica.

            Tras el almuerzo nos fuimos al hotel a descansar. Una siesta breve es una garantía de que la tarde irá mejor; aunque sea al otro lado del mundo, como en este caso, en Ciudad del Cabo, la considero imprescindible por su valor reparador. Tener media hora de asueto, no más, es como atender un jardín para que las plantas no se enmustien.

            Cuando ya está bajo el sol, salimos a pasear por el paseo marítimo, cenamos y jugamos a las cartas en una de las habitaciones, sin alargar demasiado la partida porque mañana tenemos previsto subir al Cabeza de Leon, un pico no demasiado alto, pero que en sus tramos finales hay que escalar, aunque que esté bien preparado con agarres.

            Aunque el pico parece que se toca desde la misma habitación con la mano, llegar hasta la cumbre nos llevará su tiempo. Y en mi caso… más, pues lo afronto con la duda de no saber si la pájara de ayer vive todavía y, quizá, vuelva a visitarme.

Vista hacia el oeste de Ciudad del Cabo desde la cumbre de la cabeza de león./ Foto JM
Vista hacia el oeste de Ciudad del Cabo desde la cumbre de la cabeza de león./ Foto JM

Para no perder demasiado tiempo, desayunamos en la habitación; cada uno con lo que tiene en el frigorífico; nuestra organización, ya lo he contado, es de tipo individual. ¡Y nos funciona bien!

            Nos ponemos en marcha enseguida; a las seis, todos en ruta. Queremos evitar la solanera y el calor del mediodía. Salimos del hotel andando y equipados: con botas y bastones, la mochila, agua y el correspondiente refrigerio por si surgiese algún contratiempo. Cruzamos la Regent Rd y tiramos hacia el monte por calles muy pendiente, que se cruzan con otras horizontales. Las villas se suceden escalonadas, ostentosas, con piscinas y terrazas con vistas increíbles al Atlántico; como si cada una de ellas fuese un oasis único, una expresión de libertad…

Atasco para subir (o bajar) de la cumbre de la Cabeza de León./ Foto JM
Atasco para subir (o bajar) de la cumbre de la Cabeza de León./ Foto JM

            Pero no, si uno se fija, descubre que sus dueños tienen miedo. Las tienen protegidas con si fueran polvorines o prisiones. Hay cámaras de seguridad por todas pares y muros elevados coronados con media docena de hilos de alambrada electrificados. Lo cierto es que esta ha sido la constante visión en Sudáfrica; el miedo está siempre presente.

            Avanzamos hacia arriba. Hay un momento en el que las termitas humanas no han podido subir más; o la ley se lo prohíbe o a los constructores les ha entrado el miedo de que la montaña se les venga encima. Salimos a campo abierto por un bosque de pinos y tomamos un sendero a la derecha, bien señalizado, que faldea en diagonal hasta llegar a la colina de Signal Hill donde se halla el morabito de Kramat Of Sheikh, lugar en el que están enterrados dos santones musulmanes. Desde aquí hasta la cumbre, el que camino que tomamos (hay otros) discurre en zigzag hasta alcanzar la base de la roca por la que se gatea asiéndose a cuerdas y o a los anclajes que hay dispuestos para evitar caer al vacío. Hay un par de pasos verticales complicados… Aunque los miedosos o precavidos tienen una vía alternativa, más accesible, un poco más lejos, a la izquierda, que sube por el perfil oeste de la roca. Pero gatear es un placer y a este grupo es lo que le gusta.

            La Cabeza de León, de 669 metros sobre el nivel del mar, quizá no sea tan atractiva de subir como la Montaña de la Mesa pero, desde luego, llegar a lo alto de la misma y sentarse a contemplar la ciudad desde la sugerente “cabeza” merece la pena. Es como llegar a un balcón colgado del aire… ¡Y tener a tus pies la ciudad!

            El espacio de la cumbre es reducido; es fácil imaginarse que se halla uno sobre una cabeza… Una cabeza gigante, eso sí, pero en la que si coinciden varios grupos, apenas caben. Y dado la fama que tiene esta montaña, los excursionistas se amontonan con frecuencia en los tramos más complicados de subir.

Detalle de telas africanas./ Foto JM
Detalle de telas africanas./ Foto JM

            La ciudad es un mar de edificios con un oleaje periférico de chabolas que se extienden al interior por la planicie de marismas. Hacia el norte, en la bahía en la que en 1652 se fundar la Ciudad del Cabo, a 11 kilómetros de la costa, destaca la isla de Robben, famoso presidio en el que pasó 18 años Nelson Mandela. Y en el centro de la vista panorámica, el corazón de la ciudad, el puerto y el estadio de fútbol construido para los Mundiales de Fútbol de 2010 celebrados en Sudáfrica, donde España jugó los octavos de final contra Portugal (1-0) antes de proclamarse contra Holanda campeón del Mundial 2010.

            Todos subimos en un pispás y sin el menor contratiempo. La ruta nos resultó muy fácil; apenas echamos poco más de un par de horas desde el hotel. Y, en mi caso, fue todo perfecto; ninguna noticia de la pájara que me había asaltado dos días antes en la montaña de la Mesa.

                                                                                                                   (Continuará)

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Nota.- Al final del último capítulo se publicará una amplia selección fotográfica.

 

2 comentarios Añade el tuyo
  1. Hola Joaquin:
    Gracias por narrarnos vuestras aventuras … me ha encantado lo de organización del tipo “individual” (ja ja ja)
    Saludos desde Asturias!!
    Marta

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