Sudáfrica, un país ‘blanco’ con población negra
9. Una pájara en la Mesa

El hotel está destartalado y es bastante viejo. Para llegar a recepción desde la calle hay que pasar por el bar-restaurante y bordear varias boutiques. En torno al mostrador de recepción zangolotea una colmena de chicas y chicos negros uniformados, que van y vienen sin saber muy bien qué hacer o a dónde ir; o al menos esa es la impresión que tengo.

            Tras confirmar la reserva y registrarnos, subimos a la primera planta y al entrar en las habitaciones descubrimos que las cuatro asignadas tienen cama doble, de matrimonio. Pero sólo habíamos reservado dos así; a ninguno de los singles nos gusta tanta intimidad, preferimos dormir a pata suelta, sobre todo si, como en este caso, vamos a pernoctar en este hotel cinco noches.

            Protestamos. Pero nos dicen que es difícil resolverlo. El hotel está completo y no pueden darnos otra habitación. Después de un largo tira y afloja y pérdida de tiempo, conseguimos que nos pongan camas supletorias para pasar la primera noche y en cuanto queden habitaciones libres nos cambiamos.

            Durante la espera a que el contencioso se resuelva, me fijo en la gran cantidad de empleados de ambos sexos que transitan por los pasillos, merodean por recepción o entran y salen de las zonas de servicio. Llama la atención. Como hemos visto en las gasolineras, que siempre hay un par de empleados al menos por surtidor. O en los restaurantes, que los camareros se arraciman a la puerta con los brazos cruzados. Quizá el Estado sudafricano prefiera –se me ocurre– fomentar el empleo a cambio de sueldos bajos. Quizá… Y así mantiene a la población ocupada.

            El salario mínimo interprofesional en Sudáfrica, en el año 2022, era de 224,7 € al mes. Y es muy cierto también que una persona que tiene empleo, aunque el salario sea mínimo, es un ser más integrado y, sin duda, más “social”.

Detalle del paseo marítimo de S..., Ciudad del Cabo./ Foto JM
Al atardecer, el paseo marítimo del barrio de Sea Point en Ciudad del Cabo, es una fiesta./ Foto JM

            Las habitaciones, tanto las de la primera noche como las que nos dan al día siguiente, son enormes. De cada una podrían salir dos. ¡Y amplias! Esto también tiene su explicación, imagino. Cando se hizo el hotel, mucho antes de que el apartheid acabase en abril de 1994, Sudáfrica era una especie de finca propiedad de los blancos. ¿Por qué iban a privarse de nada teniendo tanto espacio como tenían, si era todo suyo? Seguro que nuestro hotel tuvo un estatus importante y un alto nivel de confort. Cada habitación, entonces, fue concebida como un apartamento con su cocina. Pero hoy está viejo y gastado y pide a gritos reformas.

            Estamos en uno de los barrios en el que se respira aire de clase media y alta. Apenas queda espacio entre el mar y la montaña. En la parte más cercana a la costa se alinean los edificios de una decena de plantas, pero a medida que se escala hacia el monte, las villas suntuosas se escalonan en su falda, trepando hacia el pico Cabeza de León, una de las cumbres emblemáticas de Ciudad del Cabo, junto a la montaña de la Mesa.

            El barrio de Sea Point no está tan alejado del casco antiguo como pudiera pensarse. Tiene sus pequeñas playas, piscinas e instalaciones deportivas; y un paseo marítimo de varios kilómetros por el que a la caída de la tarde pasea o hace ejercicio todo tipo de fauna: gráciles gacelas, valkirias, gallardos nibelungos… Todo un muestrario de cuerpos exhibiendo talle esbelto; seres estilizados y atléticos luciendo piel de caramelo, bruñidos por el sol y los efectos del fitness.

A la caída de la tarde, el paseo parece un desfile de modelos./ Foto JM
Paseo, deporte, exhibición, desfile de modelos… en Sea Point./ Foto JM

            Chicos de cuerpos moldeados en largas horas de gimnasio, chicas con melena y glúteos prietos que exhiben palmito mientras trotan vaporosas bajo los últimos rayos de sol.

           Y por el césped de al lado renquean viejas damas de cabellos plateados que pasean a sus canes y dejan que estos jueguen con otros chuchos que llegan de la mano de hombres crepusculares con el recuerdo, en su piel, de haber disfrutado de la vida. Los animalitos se atreven a mordisquearse unos a otros las orejas o a acariciarse sensualmente con el rabo, mientras sus dueños (ellas y ellos) bromean al tiempo que sueñan con una penúltima cana al aire…

Vista general de Ciudad del Cabo desde la montaña de la Mesa./ Foto JM
Vista general de Ciudad del Cabo desde la montaña de la Mesa./ Foto JM

            El primer día en Ciudad del Cabo –no podemos resistirlo– subimos a la montaña de la Mesa (1.086 metros), una roca inmensa, guardián de la ciudad que, desde 2011, está catalogada como una de las 7 maravillas naturales del mundo.

            Puede que la altura, de casi mil cien metros, se antoje asequible para cualquier caminante que desee subirla a pie, pero este cronista da fe de que el reto es exigente y requiere una óptima preparación física.

            Aunque “el paseo” puede arrancar desde la misma orilla del Atlántico, nosotros preferimos acercamos con el coche hasta la estación del teleférico, a 302 metros sobre el nivel del mar.

Instantes antes de iniciar la subida a la montaña de la Mesa por la garganta.... Al fondo, la Cabeza de León./ Foto JM
Instantes antes de iniciar la subida a la Mesa por la garganta Platteklip Gorge. Al fondo, la Cabeza de León./ Foto JM

            La mayoría de los que suben lo hacen, cómodamente, en ese artilugio mecánico que tiene capacidad para 65 personas y la peculiaridad de que, tanto cuando sube como cuando baja, va rotando 360º para que el visitante pueda ver la asombrosa panorámica de la ciudad, trazada desde todos los ángulos.

            En nuestro caso, teníamos apuntado en la agenda subir a pie a la Mesa. Lo hacemos por una de las rutas más transitadas; un sendero que zigzaguea en vertical por la Platteklip Gorge, una garganta de casi 800 metros de desnivel que los mejor preparados salvan en 2 horas, o en dos horas y media,  pero que a quien escribe esta relato le costó tres horas largas ese día y un esfuerzo titánico, además de una sobredosis de voluntad.

A mitad de la subida por la garganta... / Foto JM
A mitad de la subida por Platteklip Gorge / Foto JM

            La Plateklip Gorge está situada en la cara noreste de la montaña. Cuando subes la ciudad queda a tu espalda y, si es por la mañana, el sol pega de lleno sobre ti. Nosotros iniciamos el ascenso sobre las nueve –es verano allí– y el que suscribe, gracias a una aguda y sonada “pájara”, casi se achicharra.

            Al principio, el recorrido discurre entre abundante vegetación. Pero a medida que vas cogiendo altura el camino es pura solanera. Avanzas encerrado por la garganta… Y, si miras hacia arriba, sólo ves una pared infinita por la que has de seguir trepando. Ves, asimismo, a los que te pasan que, poco a poco, se transforman en hormigas que zigzaguean; seres diminutos camino del cielo. Entonces empiezas a preocuparte porque sientes que te falta fuerza y no les sigues. Y no solo eso, sino que, para mayor angustia, ves volar a los que saltan de escalón en escalón como cervatillos, mientras tú apenas das media docena de pasos y te paras. ¡Te falta el aire! Comienzas a sudar… Pero deseas seguir… Seguir… Te puede la ansiedad y no mides el esfuerzo. Hasta que haces crac. ¡Crac! Y te quedas ahí varado como un barco encallado, sentado en una piedra, sin saber qué hacer, si debes seguir o bajar…

Una panorámica más desde la montaña de la Mesa de la Ciudad del Cabo./ Foto JM
Una panorámica más desde la Mesa, en Ciudad del Cabo./ Foto JM

            Miras hacia abajo y la ciudad está tan lejos… Hacia arriba, solo hay pared, pared y ese reguero de enanos trepando delante de ti que tanto te exaspera. Te ataca otra vez la angustia y temes vomitar; tienes un amago de mareo… Ahí estás… ¡Perdido, libre como un pájaro, sí, pero colgado del mundo, en un punto de Sudáfrica! El primer deseo es morir, el segundo darte la vuelta… ¡Pero sueñas con la cumbre! ¡Anhelas alcanzar esa meta que gozan ya tus compañeros! Además, no quieres perjudicar al grupo que andará preguntándose que “habrá sido de él”. Si no apareces, les obligarías a buscarte o pasar todo el día preocupados hasta que por la noche te encontrasen (o no) sano y salvo en el hotel.

El pico Cabeza de León, la isla de Robben y el estadio de futbol, tres elementos distintivos de Ciudad del Cabo./ Foto JM
El pico Cabeza de León, la isla de Robben y el estadio de futbol, Green Pint, tres iconos de Ciudad del Cabo./ Foto JM

            Así que decides tomarte un respiro. Respira, respira, respira. Tomártelo con calma, bebes agua, comes algo. Vuelves a beber y reflexionas. Poco a poco reemprendes la marcha otra vez; a paso ahora lento, muy despacio, poco a poco… Y entonces te sorprendes al ver cómo vuelven las fuerzas; todavía muy escasas, pero vuelven. Y subes, subes, subes… Hasta que ya está ahí, a punto de tocar la cumbre. La hueles, la acaricias con la vista… Miras para atrás y te asombras por la hazaña. La voluntad no tiene límites, piensas. El último tramo de esa subida infinita parece no acabarse nunca, pero sigues. ¡Ya no falta nada! Y allí está esperando tu amiga, Pipi Calzaslargas, que ha dejado al grupo para acudir a rescatarte. Todo un detalle.

            Lo curioso es que después de una crisis tan gorda, en cuanto llegas arriba, recuperas al instante y en diez minutos vuelves a sentirte en forma otra vez. Todo perfecto.

Isla de Robben, a 11 km de Ciudad del Cabo./ Foto JM
Isla de Robben, a 11 km de Ciudad del Cabo, presidio en el que Nelson Mandela estuvo 18 años./ Foto JM

            El grupo se reúne y almorzamos en lo alto de unas rocas, sesteamos un rato y luego paseamos por el borde de esta meseta increíble, espectacular, de 3 kilómetros de ancho, mientras oteamos y gozamos de ese horizonte que, mires donde mires, se abre en todas las direcciones.

            Después de darle vueltas, y ver cómo aprieta el calor, decidimos coger el teleférico para bajar. Lo que tanto sufrimiento me costó subirlo, bajarlo es un suspiro. En unos minutos estamos en los coches.

            Regresamos al hotel, nos aseamos y vamos al paseo marítimo para ver el paisanaje que a estas horas de la tarde se da cita por allí para ver la puesta del sol. A parte de atletas y exhibicionistas, hay gente mayor (sudafricanos de toda la vida), familias (blancas y negras), y mucho perro suelto o con correa. A lo lejos se ve la isla de Robben, famosa porque en ella estuvo 18 años preso, de los 27 que pasó en la cárcel, el insigne luchador contra el apartheid, Nelson Mandela, que llegó a ser presidente de su país cinco años, entre 1994 y 1999.

Estadio, aquí jugó España.... / Foto JM
Estadio Green Point, en el que España jugó contra Portugal (1-0) los octavos de final de la copa del Mundo 2010, que a la postre ganaría./ Foto JM

            También nos entretienen los barcos de turistas que a esa hora, bajo los últimos rayos de sol, salen a ver ballenas. No están lejos. De hecho, Pepe, el Azogue, con ojo avizor y de lince, localiza con el teleobjetivo de su cámara a alguna de estas reinas del mar, a las que, al menos, le fotografía la cola.

            A cenar nos acercamos al restaurante griego The Greek Fisherman. Tiene un amplio jardín de verano en el que sirven las cenas; un pequeño oasis con abundancia de plantas.

            No hemos terminado de sentarnos cuando se va la luz; es lo habitual y nadie se sorprende. Pero, cuando unos minutos después se encienden otra vez las lámparas, gracias al generador que tiene el restaurante, los comensales reciben la luz con un aplauso cerrado.

            Nuestras cenas son, generalmente, frugales; pescados a la plancha, ensaladas… ¡Y cerveza, claro!

            Antes de retirarnos a dormir damos un paseo por Regent Road, la calle de nuestro hotel, animada como pocas. Música estridente, bebedores en la acera, buscavidas, vagabundos… Y sobre todo, ruido. Mucho ruido. Tomamos una cerveza y nos retiramos a dormir, que el día montañero ha sido duro. Mañana, más. El plan es visitar la ciudad. Sin prisas, eh, sin prisas.

                                                                                                                   (Continuará)

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Nota.- Al final del último capítulo se publicará una amplia selección fotográfica.

3 comentarios Añade el tuyo
  1. Joaquín: quien se ha visto alguna vez en alguna situación similar a la que con tanto realismo describes no puede por menos que rememorar las sensaciones vividas. Las vistas disfrutadas lo compensa todo. Un fuerte abrazo.

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