Caminando por las montañas de Albania, Kosovo y Montenegro
3. Camino de Valbona, la subida interminable

El día amaneció limpio, despejado. Todo irá bien, me dije. No tenía agujetas y pensé que había superado la primera etapa de travesía con notable. Eva también había resistido el asedio de la fiebre durante la noche. De hecho, se acostó nada más llegar, a las cinco de la tarde, y hasta por la mañana no rebulló para ir a desayunar; de la cena había pasado. Solo fue una cena más, abundante y sabrosa como las de en días precedentes. Como ocurre en las economías de subsistencia, durante la travesía nos han servido, con escasas variaciones, lo mismo.

El juego de la luz, las nubes y el viento pintan los sueños que se esconden en las cumbres./ Foto JM
El juego de la luz, las nubes y el viento pintan los sueños que se esconden en las cumbres./ Foto JM

            Pero sobre el desayuno… sí os quiero contar. Aunque, puede que carezca de importancia, pero no dejó de chocarme. Quizá porque en el lugar en el que estábamos –un bucólico valle perdido entre montañas– la irrupción fue con un ruido tan tremendo -como una manada de elefantes en un cacharrería- que nos quedamos atónitos. Sucedió con el buffet. Cuando estábamos terminando ya el desayuno, un grupo de turistas egipcios entró en el comedor como una marabunta desbocada, abalanzándose como hambrientas arañas sobre los manjares que había en la mesa, atropellándose unos a otros. En un pispás arramblaron con todo en medio de un gran alboroto. La calma y la armonía de la mañana saltaron por los aires y nosotros huimos con el vello erizado, dispuestos y ansiosos por iniciar la segunda etapa de la travesía.

            Theth es parque nacional y lugar de vacaciones; hasta aquí se puede llegar en coche. Otra cosa es hacerlo por las montañas, desde Montenegro, como habíamos hecho el día anterior. Tampoco debe ser fácil ir a Valbone salvando la cordillera, que es lo previsto en la segunda etapa.

             No sabía entonces cuantos kilómetros haríamos ese día ni cómo sería de difícil la subida. Pero, con la información que ahora tengo mientras doy forma a esta crónica, la distancia que recorrimos cinco del grupo –los que preferimos caminar en el último tramo y no subirnos a una furgoneta hasta el guesthouse– fue de 19 kilómetros mientras el desnivel acumulado subiendo superó los 1.100 metros.

            La etapa arrancó a la puerta del hotel y el sendero, enseguida, comenzó a tirar para arriba; tanto, que en algunos momentos, solo cabía clavar la punta de la bota pues, si pretendías asentar todo el pié, corrías el riesgo de irte hacia atrás. Después de varias horas, siempre “gateando”, no se adivinaba siquiera –y menos se veía– el collado por el que habríamos de pasar para descender, luego, hacia el valle de Valbona, también parque nacional y turístico.

Por allí arriba, las pausas son para consultarle a los dioses cual es el mejor camino a seguir./ Foto JM
Por allí arriba, las pausas son para consultarle a los dioses cual es el mejor camino a seguir./ Foto JM

            El camino serpentea por un bosque interminable de hayas. Cerca ya del mediodía, los picachos empiezan a asomarse por encima de las copas de los árboles; también se divisa algún nevero semiocultos. Estábamos en el macizo más alto de los Alpes Dináricos, en Albania, con el pico Maja Jezerces de 2.685 metros muy cerca, escondido a nuestra izquierda.

            Ya he dicho que subiendo suelo ser el último, pero bajando, vuelo; no es fácil seguirme; aunque más vuela Pepe, El Azogue… ¡A él ni se le ve!

            En la subida, a ratos, me acompaña Antonio Berenguer, El Estoico. Apodo, a mi entender, que le pega como anillo al dedo, dada su espartana forma de ser. Antonio es comedido y discreto; y en la montaña, más. Inteligente. Y, a sus 74 años, camina como el primero. Por eso me dedico a observarle; quiero ver cómo ha de hacerse para llegar a su edad con salud y, encima, coronar las cumbres.

El las cumbres se esconden los misterios que el mantañero sueña con desentrañar./ Foto JM
El las cumbres se esconden los misterios que el mantañero sueña con desentrañar./ Foto JM

            El Estoico, normalmente, mantiene una actitud silenciosa frente al ruido y torbellino de palabras que, por ejemplo, exhibe El Meteorito Que Viene. Pero esto no le impide ser socarrón y sonreír. Siempre tiene a mano un pensamiento agudo o una frase ingeniosa para darte una respuesta. O si no la tiene, la busca y la encuentra en un chiste malo, de esos que repetidamente nos cuenta, que nosotros olvidamos, y que por ser rematadamente “bobones” y haberlos olvidado, nos hacen gracia otra vez al oírselos de nuevo. También cuenta alguno bueno, bueno…

            A medida que las cumbres se perciben más cerca (el collado debe estar ahí, ahí, ahí…) el tiempo parece detenerse. En los últimos tramos de subida cualquier movimiento, idea, sensación o pensamiento se ralentizan. ¡Que termine de una vez esta tortura! ¡Que los dioses empleen su poder, hagan magia, lo que sea, para que el collado aparezca ante mí!  ¡Qué ganas de empezar a bajar…! Pero el paso por el que entraremos en el valle de Valbona no acababa de llegar.

            Llevaba ya un tiempo olfateándolo… Pero en la montaña los últimos tramos siempre se estiran en lugar de encogerse. Las nubes, en el cielo, habían comenzado a pintar lunares de algodón sobre un mar azul; ¡Cómo había mejorado la climatología! Mas el bosque era tan espeso que apenas penetraban en él algunos chispazos de luz y reflejos.

La inmensidad, ¡ay, la inmensidad!, en la montaña el ser humano es tan pequeño, tan pequeño.../ Foto JM
La inmensidad, ¡ay, la inmensidad!, en la montaña el ser humano es tan pequeño, tan pequeño…/ Foto JM

            Por fin alcanzamos el paso a Valbona. Un fino perfil, desde el que podían gozarse vistas increíbles separaba ambos valles. Me sorprendió la cantidad de montañeros que había por allí; este sería uno de los escasos momentos durante la semana de travesía en el que nos cruzamos con gente. Prácticamente, caminamos siempre solos.

            El descenso, igual que el del día anterior, es pronunciado. Durante uno de los múltiples terremotos que, periódicamente, se repiten en Albania se habían producido corrimientos de tierra y derrumbes en esta región y el sendero estuvo borrado algún tiempo. Por instantes, el carril se asoma al abismo, pero es fácil… si no se tiene vértigo, claro. Bajamos rápido. Llegamos al fondo del valle y nos detenemos a almorzar en “un bar de verano”, al lado de un riachuelo. Luego, como he apuntado ya antes, cinco preferimos ir andando hasta la guesthouse en vez de tomar una camioneta como hizo el resto del grupo.

A la puesta del sol se obserfan fenómenos tan extraordinarios como que se eche a arder el cielo./ Foto JM
A la puesta del sol se observan fenómenos tan extraordinarios como que el cielo se eche a arder./ Foto JM

            Caminamos por el lecho de un río, en otra ora glaciar y ahora pedregal. El paisaje sobrecoge, la soledad es absoluta. No vemos ni un pájaro, tampoco aves rapaces ni ningún otro bicho. La sensación es que no hay vida animal en estas tierras. Y apenas se ve huella humana; de vez en cuando aparece una cabaña perdida en algún claro del bosque. Por el cielo solo surcan aviones. Nada. Ni un triste sonido que anuncie la presencia de un ser vivo.

            Los conflictos étnicos o entre familias, que con frecuencia se venían saldando con venganzas y homicidios, mientras el odio, el rencor y el deseo de vendetta se perpetuaba por siglos, o las guerras eternas, presentes en la zona desde tiempo inmemorial, han sido, supongo, algunas de las causas de que se haya arramblado con todo bicho viviente en estas tierras de difícil conquista. Los pastores –a alguno lo han visto estos ojos– tienen por costumbre manejar los viejos Kalashnikov. Pero, aún así, no deja de chocar que en los días que estuvimos dando vueltas por estas montañas, no hayamos visto ni un solo animal salvaje (las huella de un oso en el parque natural que atravesamos el penúltimo día fue todo); ni siquiera un jabalí o un zorro, una perdiz, paloma, liebre o un conejo… ¡Nada!

            El encuentro con el alojamiento no nos sorprende; resultó ser más de lo mismo. La cabaña no estaba del todo mal, cierto; pero los baños, aunque, por una vez, están al lado del dormitorio… –¡No tener que salir a la calle a orinar ya era un triunfo!– tenían también su intríngulis: la salida de la ducha, “siguiendo la tradición”, entiendo, estaba colocada en el lugar más inverosímil que uno pueda imaginarse: justo detrás de la puerta de acceso al baño, es decir, en el lugar donde lo normal es que hubiese una percha. Y al lado del lavabo, en la pared de enfrente, a medio metro del suelo, había una caja abierta de la que asomaba un cuadro eléctrico con todos los cables al aire. Con solo mirarla podrías electrocutarte, no digo ya si se mojaba (que era muy posible) y tú, sin querer, la rozabas. ¿Por qué el lavabo, entonces, estaba conectado a la salida del agua de la ducha con una manguera mediante una “T”? Difícil de explicar… ¡Misterio!

            Entre el aseo personal, que, como es obvio, siempre se complica más de la cuenta cuando todo es tan precario, hacer la colada y tomar esa cerveza que degustábamos para celebrar que, un día más, habíamos alcanzado el objetivo, pasó el tiempo hasta la hora de la cena. Cena que fue… como todas; igual de rica y opípara. Eso sí, cenamos en mejores condiciones que habíamos cenado en noches precedentes; estábamos en un bar restaurante. El ambiente, a pesar del frío, era confortable y el espacio suficiente.

Subimos para luego bajar, suelo decir. Llegas arriba y bajas para volver a subir... Como en la vida./ Foto JM
Subimos para luego bajar, suelo decir. Llegas arriba y bajas para volver a subir… Como en la vida./ Foto JM

            Compartí cuarto esa noche con Adolfo y Esperanza, La Mujer Que Manda Mucho. Cada día, a la hora de elegir compañeros de habitación, nadie ponía condiciones ni corría para pillar «su» rincón; de forma tranquila dejábamos que el azar resolviera hasta quedar cada uno ubicado a su gusto. Algo que, en mi opinión, es estupendo porque significa que no le damos ninguna importancia a dónde o con quién compartiremos las horas de sueño. Aunque hay que decir, en honor a la verdad, que no siempre ocurría así… Como sucede en toda regla, siempre hay alguna excepción. Y en nuestro caso, en el reparto de camas, también había una. ¿La excepción? La que protagonizaba Antonio, El Conseguidor, que nos pedía, normalmente, ceremonioso y sonriendo, eso sí, que “si no había inconveniente”, decía, le dejásemos pernoctar con “su Pepe”, pues, aseguraba, haber pasado tantas aventuras juntos y compartido tantas batallas durante las últimas décadas, que esto les “daba derecho” a elegir con quién compartían cada noche cabaña.

            En realidad lo decía en broma, pero como a todos nos daba igual, jamás nos opusimos, y menos nos preocupamos si lo conseguían o no. Al que más le tenía sin cuidado este asunto era al propio Pepe; a él le bastaba con llegar, pillar la cama libre que tuviese más a mano, y pasar a otra cosa. La “otra cosa” era liarse a organizar con todo la pasión del mundo lo que se le había desorganizado a lo largo del día. Pero, el hecho de que El Conseguidor le reservase en espacio en la cabaña que él ocupaba, era importante para El Azogue, pues así podía andar más relajado gestionando “sus cosas”, que siempre eran muchas. Porque Pepe ya sabéis que desborda humanidad, además de ser el más activo, generoso, nervioso y despistado de cuantos componemos el grupo. Por eso, aunque con frecuencia llega tarde, pues se entretiene fotografiándolo todo, tiene, de esta forma, el rincón para dormir asegurado.

                                                                                                             (Continuará)

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Nota del autor.- La crónica de este viaje consta de ocho capítulos que se publican dejando algunos días por medio, a partir de la primera entrega (25 del 11 de 2022). En cuanto a las fotografías, además de las que ilustren cada texto, publicaré, al final, pondré una “galería fotográfica” con una amplia recopilación de nuestras andanzas por los Alpes Dináricos.

2 comentarios Añade el tuyo
  1. Que contentos tienen que estar tus compañeros de viajes por tener un cronista de tu categoria. Entre tu prosa y sus recuerdos, estas travesías ya forman parte de su historia

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