Cuando el mono se cayó del árbol

En el origen de los tiempos… Cuando una pareja de monos (mono y mona, en este caso) se pusieron a enredar en la rama de un árbol y, en medio de la fiesta y el jolgorio, dieron un traspiés cayendo al suelo –“¡Ay, ay, ay”– descubrieron tras el golpe, y una vez pasado el susto, que podían ponerse en pie y caminar erguidos. ¡Menudo hallazgo!

            Y caminaron sin descanso. Hasta hoy.

        Cogidos de la mano, huyeron de la jungla sabana adelante mientras no paraban de meterse mano en plan empalagoso.

            Obnubilados por el mal de amores que se había apoderado de ellos y ese deseo de procrear ya ¡ya, ya! decidieron complicarse la vida y no separarse jamás. Hasta que media hora después de llegar a este acuerdo surgió el machismo.  Veamos cómo…

         Iban tan contentos mona y mono, relajados, dando saltos de emoción por la pradera, dale que te pego al pico, entregados al deleite de gozar el uno del otro sin que ninguno se sintiese superior (un detalle muy importante) hasta que surgió un imprevisto y con él, el primer caso de machismo.

           ¡No os imagináis, sin embargo, la tontuna que llevaban minutos antes, después de descubrirse enamorados, y caminando de pie! Eran tan felices… Y felices fueron, como digo, hasta que se toparon con una tontería que al mono macho, ¡no sé bien por qué! le incomodó. La culpa la tuvo el riachuelo que tuvieron que franquear.

          Mientras buscaban la forma de pasar al otro lado, observaron una roca que se interponía en la corriente. Esta había provocado que varios troncos se quedasen atrapados, propiciando una especie de puente. La mona, que estaba en lo que estaba, es decir, pensando en lo más útil y en resolver lo antes posible la situación, además de tener algo más de chispa y de reflejos que el mono, que (todo hay que decirlo) solo pensaba en follar, se acercó hasta los troncos y empezó a caminar por ellos… Sí, sí, a caminar… ¡Como que el mono iba a consentir que ella cruzase primero! En cuanto vio la maniobra se le demudó la cara y empezó a hacerle reproches.

            –¿Pero tú quién te has creído que eres? ¿Acaso te crees más lista? ¡Quita de ahí que paso yo…! ¿Y si te caes, di, di, quién te ayudará? –le soltó el animalito al tiempo que iba hacia ella, amenazante.

            –Ya empezamos… –pensó la mona, que en ese momento se dio cuenta de que si el mono que tanto la quería le daba un manotazo, nada podría hacer pues él era más fuerte–. Y encima tiene la cara de decirme que lo hace por amor, para protegerme –concluyó la mona que comprendió en ese momento que el futuro no sería tan romántico como le había prometido su monito mientras se lamían las heridas, cuando cayeron del árbol.

            En un visto y no visto llegó el mono azorado, como he dicho; se acercó por detrás a la mona y, harto de lo que fuese (los celos no estaban todavía catalogados), la agarró del hombro -ese lugar donde se unía el cuerpo con la pata, que ya era ahora un brazo- y tiró con violencia de él.

            –¡Yo primero! –gritó el mono desencajado–. ¡Te he dicho que paso yo primero! ¿Qué es eso de que tú vayas delante? ¡Y si te caes, qué! -insistió, otra vez.

            Y al ver que la mona, confundida, no reaccionaba… le soltó un mamporro, olvidándose, de golpe, de todas las monerías que le había hecho, de los melindres y palabras que le estaba repitiendo hacían un instante, de todas las promesas de felicidad, del amor eterno que acababa de confesarle, e incluso se olvidó (así, de golpe, como suele pasarle habitualmente a los monos) de la cantidad de polvos que pensaba echar con ella aquella noche.

            Si hasta parecía que el mono se había vuelto loco.

            –¡Y entérate bien! –le gritó más fuerte aún–. A partir de ahora yo soy el que manda en esta casa (lo de “casa” me lo acabo de inventar, lógicamente, pues entonces tales cosas no existían). ¡Y tú detrás! –le gritó otra vez– ¿Me entiendes? Tú, a obedecer…

            La pobre mona no sabia dónde meterse ni qué hacer; físicamente era más débil y tenía las de perder. No entendía nada de lo que estaba pasando… “Pero si hace un momento me quería con locura”, se repetía en sus adentros.

            Entones se echó a un lado, desanduvo los tres pasos que había dado sobre el tronco y dejó que el mono ¡su mono! la guiase, ya, eternamente, por el camino de la felicidad. Eso sí, siempre riñendo.

            Y así empezó el machismo… Más o menos.

* * *

Viene esta historia a cuento, y la escena del tronco sobre el río (fidedigna, eh, no vayáis a pensar que la he inventado), a raíz de lo ocurrido con Sanna Marin, la primera ministra de Finlandia, a la que se ha acusado de todo, entre otras cosas de drogadicta y de un sin fin de majaderías, tales como la de desatender sus obligaciones políticas para irse de fiesta. Pero, cómo no van a acosarla si desde que se puso de pie aquel mono  llevan haciéndolo.

             Han pasado ya miles de años, como digo, desde que aquella primera pareja de simios rompió su relación de complicidad emocional porque el mono recurrió a la fuerza, antes que a la razón que explicaba los mismos derechos para él que para ella, para resolver una situación que era del todo inocua, porque, ¿qué más daba quién pasase primero? Sin embargo, el mono prefirió usar la fuerza como elemento principal de disuasión y ascendencia sobre la mona, y con ella, ¡con la fuerza! empezó a escribir El manual de la relación entre ambos sexos.

            Pues bien, desde entonces, cada minuto, cada hora, cada día transcurrido, el mono no ha hecho otra cosa que engordar SU Manual machista elevándolo a la categoría de Cultura; una Cultura que nada tiene de integradora ni de neutral. Una Cultura que se nutre de palabras, de costumbres, de oficios, de diversiones, de formas de gobierno pensadas y escritas por él y a su medida. En definitiva, un Manual hecho con todo lo que ha ido sucediendo, según la forma que tiene de ver la vida el primate antropoide macho. Y esto empezó el día en el que la enamorada parejita se cayó del árbol.

            ¿Cómo explicar, si no, la que le han montado a la primera ministra finlandesa?

 

3 comentarios Añade el tuyo
  1. Aunque sé que lo ocurrido a la ministra finlandesa es culpa de los políticos más que de los periodistas, me parece oportuno citar un aforismo que leí el mismo día en que se daba esa noticia:
    «La capacidad de ver escándalos donde hay problemas es la peor contribución de los medios de comunicación a la política moderna».
    Porque los politicos ya cuentan con que escandalosa será la información que el ciudadano reciba y actúan para fomentarla.

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