Italia, un viaje por las ruinas del olvido

Desde la terraza de Il Fordaliso, la casa rural que alquilamos en el pueblecito de Todiano, en el Parque Nacional Sibillini (Italia) se ve la cruz de hierro que corona el monte delle Rose (1.794 m.), el más alto de este valle. Es como el imán que te atrae; el testigo que el corredor de relevos agarra con fuerza y no soltará hasta que haya cruzado la meta. Hemos venido hasta aquí a practicar montañismo y estamos ansiosos por descubrir los caminos secretos que esconden estos parajes de escarpadas laderas y bosques de hayas.

            Llegamos por la tarde, en un vuelo procedente de Sevilla. Alquilamos dos coches en Roma para los 9 del grupo. Siempre con orientación de noreste, recorrimos los 190 kilómetros que nos separaban del destino. El último tercio del viaje lo hacemos de noche. La carretera discurre por cañones profundos  y está llena de curvas; a veces aparece la luna para alentarnos con su magia.

            Amanecemos temprano, a eso de las seis.

La quietud y el silencio campan en esta comarca de los Apeninos Centrales./ Foto JM
La quietud y el silencio campan en esta comarca de los Apeninos Centrales./ Foto JM

            Mientras desayunamos, inmersos en la naturaleza y el silencio, y arropados por los primeros rayos de sol, descubrimos que hemos llegado a un extraño paraíso en el que intuimos que las palabras “calma” y “olvido” sintetizan la extraña identidad del lugar.

            Desde la atalaya en la que se ubica la casa recorremos con la vista, sorprendidos, el ondulado horizonte y las manchas terrosas de las construcciones rurales. Dominan las cumbres vestidas de verde que coronan perfiles suaves; conos rompiendo hacia el cielo, desnudos de arbolado en las partes más altas. Pero si la mirada se dirige hacia los valles, la panorámica se traza sobre una tupida alfombra de verdor… Bosques que se proyectan en angostos barrancos a la vez que se espesan junto al curso de arroyos y ríos de aguas cristalinas en los que florece (lo sabríamos después) una industria boyante dedicada a la crianza de truchas.

Encerrados en los bosques, los viejos pueblos alcanzados por el seísmo, se hunden lentamente. Nadie va por allí./ Foto JM
Atrapados en los bosques, los pueblos que sufrieron el seísmo se hunden lentamente. Nadie va por allí./ Foto JM

            Y entre tanto verde intenso, sobre riscos de difícil acceso, permanecen, como perennes testigos, las herrumbadas aldeas, torres y castillos, abadías y monasterios. Son construcciones que, en la distancia, uno se imagina de juguete; perdidas y silentes, como si hubiesen brotado de las entrañas del monte. Los grupos de casas se ven a lo lejos envueltos en la bruma de la que no escapa ni un ¡ay! tan siquiera, ni una voz de reclamo, ni un ladrido o el pitido de un coche, ni una queja… ¡Nada!

            Llama la atención esa ausencia total de sonidos; tampoco hay atisbos de vida. Esto a pesar de que en la lejanía se intuyen nobles edificios con sus ventanas y balcones, campanarios y torres. Pero ¿qué ocurrió, entonces, para que estos parajes, otrora vivos, estén hoy tan muertos?

            ¡Un terremoto! El 24 de agosto de 2016 la tierra tembló por aquí hasta desmayarse. Un seísmo de 6,2 en la escala de Richter, al que siguieron varios cientos de réplicas a lo largo de tres meses, dejó exhausta y sin vida a esta hermosa región. Los Apeninos Centrales, una vez más, se retorcieron de dolor aquel día y los pueblos antiguos, medievales, se desmoronaron como castillos de naipes. El balance de daños humanos fue de 296 muertos y 459 heridos.

            Mas hay que volver al presente… La primera mañana de estancia en el Parque Nacional Sibillini programamos una marcha suave hasta la Cascata del Pisciatore. Pasamos por Preci, Saccovescio, Visso… Hasta ese momento solo intuíamos que estábamos en medio de algo extraño, ignorábamos que habíamos llegado al epicentro del seísmo. A cada mirada indagando, una sorpresa. El corazón se encoge. Se suceden los edificios caídos o en ruinas; muchos aparecen resquebrajados o enredados en matas de maleza. Tirar fotos es una tentación: retratar casas blasonadas que ahora, como si fueran de chicle, parecen de goma, con aleros y canalones colgando, muros reventados; igual que si hubiese habido una guerra.

Fachada de una casa víctima del terremoto en Visso./ Foto JM
Fachada de una casa víctima del terremoto, en Visso./ Foto JM

            Mientras camino por las calles de Visso trato de comprender el dolor que debieron sentir los vecinos al ver cómo se desmoronaban sus casas al primer temblor; cómo, de golpe, siglos de vida e historia, de belleza acumulada, saltaron por los aires. Me esfuerzo en percibir los ecos del grito del miedo, sentir el correr de la gente hacia ninguna parte en medio de un oleaje de polvo y rugidos. Hay tejados hundidos, boquetes en los muros como si estos hubiesen reventado tras el estallido de un obús. Las calles, vacías, aparecen cubiertas de hierbajos y los refuerzos y cinchos de hierro proliferan como hongos por todas partes sosteniendo paredes cansadas que anhelan caerse. El cuadro más común de estos pueblos lo pintan muñones de campanarios y derribos, arcos y torres contrahechas sostenidos por aparatosos andamiajes que sintetizan el vivo recuerdo de un pasado gloriosas de  campanarios espigados e iglesias.

            Nos topamos con un mercadillo en el que adquirimos las primeras viandas. En él descubrimos, también, que, aunque es una región muy turística, por ahora apenas viene gente por aquí. Todavía es la tristeza la que reina.

            En los días que siguieron, durante las excursiones que hacemos, poco a poco nos vamos acostumbrando a lo que será una constante: en la mayoría de los pueblos, el acceso al casco antiguo aparece interrumpido por vallas y sobre ellas hay carteles anunciando “peligro de derrumbe” o “se prohíbe el paso”. Solo extramuros o en las partes más llanas o bajas de los pueblos, los vecinos que han optado por quedarse, o los que no tuvieron a dónde ir, han levantado algunas viviendas y locales comerciales. Pero aún se nota, aunque han pasado seis años desde que se produjera el seísmo, que aquí se vive en precario; por contra, el hilo sutil de la esperanza parece anunciar un renacimiento.

            Ya en los senderos, cuando estos comienzan a picar hacia arriba, de pronto, en un recodo del bosque, sobre una plataforma o la vuelta de un risco, aparece un villorrio, un puñado de casas, una vieja iglesia, un campanario, un torreón… Las ruinas se apiñan entre cuatro calles. Todas desiertas. Todas ilustradas con rótulos escritos con arte junto a macetas muertas, con dinteles en los que hay dibujados dos números… En los jardines, ahora, habitan, entre la maleza, la vieja caravana o el coche cubiertos de herrumbre. Candados y gruesas cadenas protegen las verjas. Una mesa vieja con dos sillas tiradas al tuntún adornan la, en otra hora, concurrida terraza. Persianas heridas y rejas deformadas por la caída de marcos y puertas completan el cuadro de sueños inconclusos y seis años de olvido. En los huertos las zarzas se enseñorean y los árboles agonizan ante la falta de poda.

Ahí está la casa solariega muriendo lentamente porque los que en ella vivieron no pudieron soportar la tristeza y se fueron./ Foto JM
La casa solariega se resiste a morir. Los que en ella vivían no pudieron soportar la tristeza y se fueron./ Foto JM

            En nuestro transitar por los montes no hemos visto apenas ganado; ni vacas, ni cabras ni caballos; solo un rebaño de ovejas gobernado por un pastor etiope que “llevo danzando por estas montañas siete años”, me vino a decir. Tampoco encontramos fauna salvaje ni pájaros. Definitivamente, la vida por aquí ha abierto un paréntesis hasta que algún día se recupere del miedo. Durante una semana hemos transitado por huellas y recordatorios de tiempos mejores; ahora el anhelo es recuperarlos para volver a vivir.

 

Un viaje iniciático

Pero hablar de paisajes o ruinas, de pueblos, o de belleza arquitectónica maltrecha, no es hablar, a mi entender, del viaje completo que uno sueña siempre con hacer. Porque cada viaje, también, puede ser una aventura interior. Con frecuencia, pienso yo, es más interesante la introspección y el sentir compartido con el grupo con el que uno convive que cualquier aventura física individual. Desde esta perspectiva, la experiencia de este viaje al Parque Nacional de Sibillini ha sido perfecta, rica, única.

            Sin duda, sorprende que, a nuestra edad, cuando la mayoría de nosotros sobrepasa con creces los 60 años –algunos, incluso, han dejado atrás los 70–, sorprende, recalco, que mantengamos tan sólido y firme el espíritu aventurero. Si la vida es un viaje a Ítaca, como escribiera Constantino Kavafis, en la que lo que importa es hacer el camino y lo que en él nos suceda, en este tipo de viajes, nosotros, le rendimos con creces un sentido homenaje al poeta griego y a la Vida, con mayúsculas. Porque a parte de caminar por las cumbres, hollar valles, serpentear por laderas y barrancos o tener el prurito de subir a los montes más altos, lo que nos genera un placer superior son esos debates sin límite de tiempo a la puesta del sol cuando estamos de vuelta en la casa o las tertulias que en torno a la mesa se organizan durante la cena. Todo ello condimentado con pasión, en un ambiente festivo, con la armonía y convivencia suficientes, donde, por otra parte, nadie se escaquea de las obligaciones que, para el buen funcionamiento del grupo, deben ser compartidas… Porque tan pronto se aplica uno a barrer como a fregar los cacharros, a hacer la cena, o limpian el cuarto de baño.

Celebrando el viaje cuando aún no sabíamos cómo nos iría. Nosotros somos así./ Foto JM
Celebrando el viaje cuando aún no sabíamos cómo nos iría. Nosotros somos así./ Foto JM

            Sin embargo, en esas reuniones improvisadas, en las que se exponen las ideas o se cuenta el último chiste, cada espíritu aporta su matiz. El Emérito es un erudito que ama tanto la cebolla como el escudero Sancho o don Quijote adora a Dulcenea; pero, aparte de este inconveniente, siempre tiene un artículo a mano, recién leído, que le ayuda a tirar del hilo que más le conviene y abrir así la compuerta de la discusión para que el agua fluya hacia su molino. Y otro tanto le ocurre al Conseguidor; él, además de facilitarnos y guiarnos en los menesteres viajeros, no pierde nunca la oportunidad de reivindicar la Justicia; esa que él considera “la buena”, no la que aplican los ínclitos representantes de la judicatura que, ya se sabe, según sopla el viento que ellos mueven… así sentencian. El Estoico, en cambio, no habla mucho pero matiza oportuno o, como un pulcro y circunspecto Séneca, pone a cada cual en su sitio, siempre con una acertada aseveración condimentada con gracia. Y luego nos cuenta un chiste gracioso (o no) para que se diluya la tensión revolucionaria que estaba empezando a crecer como la espuma.

            Pero, quizá, el más entrañable de todos los viajeros con los que he compartido esta aventura italiana, y al que todos queremos sin ningún tipo de fisura, es El Azogue. ¡Él no puede parar! ¡Jamás se está quieto! Nada más abrir los ojos por la mañana comienza a perder cosas, que enseguida  encuentra para volver a perderlas al instante y encontrarlas minutos más tarde… Y así se pasa la vida: repartiendo cariño, amistad, ayuda para todo el mundo, la necesitemos o no. Porque en su afán de estar en todas partes (aunque no tenga el don de la ubicuidad como Dios) participa de la discusión política y a la vez sale corriendo para hacerle una foto a una mosca (¡es un maestro de la fotografía!) o para llegar a la cumbre antes que nadie, bajar al lago de turno, crestear para hacer tres picos más y, finalmente, volver junto al grupo y contarnos que “me duele todo y tengo no se cuantos problemas de columna y rodilla”. El Azogue tiene tiempo para vivir veinte vidas y a la vez le falta una más para resolver lo más perentorio. Siempre le quedará algo por hacer… Al Azogue nadie le niega el afecto. Si mi madre viviese le diría que está poseído o que vive atrapado en no se sabe qué.

            Durante un par de días nos acompañó Dante Alighieri, nuestro amigo italiano y poeta de las montañas. No camina por ellas… ¡Vuela! Y siempre está alegre. Se parece un poco, en cierto modo, a nuestro querido Azogue… ¡Al irse olvidó los bastones! Pero, por lo demás, encaja en el grupo como el sonido del mar en una caracola: no se le ve pero siempre está ahí.

            En cuanto a las viajeras de esta troupe, ¿qué decir? La Discreta siempre está lista, dispuesta a cumplir para hacer las cosas más fáciles. Es una buena compañera, no hace ruido y ya me he fijado que contribuye generosa, en silencio, a que el grupo funcione. Sé de sus muchas virtudes que no nos pregona, y sé del esfuerzo que ha estado haciendo durante años para fortalecer su yo independiente, además de para ser libre y feliz. Gran lectora y amante del cine… De ella desconozco, seguro, muchas más cosas.

            Y a su lado, la Libélula: grácil e inquieta, con un punto “duro” de enfado en el tono que emplea a veces, cuando habla, y que yo interpreto como “su arma de defensa”. La Libélula disfruta de todo y eso se percibe; y el grupo lo agradece. Le encantan que le cuenten chistes o historias alegres y goza subiendo como una gacela… Hacia arriba camina flotando como una mariposa. En cambio, cuando baja… “De las bajadas no disfruto”, nos dice. Ella es así, independiente, autosuficiente. Grácil y gentil. Viajera por antonomasia. Una persona que exprime cada instante de la vida como si no hubiese un mañana.

            Podría llamarse Pipi Calzaslargas si llevase dos trenzas. Ese perfil de ser espigado, aire de revoltosa traviesa y la apariencia de estar siempre dispuesta a armar alguna trastada, la definen. En la montaña es discreta, experimentada, buena compañera. Atenta. Sonríe siempre y te cuenta, si te atreves a escucharla, el complejo e interesante recorrido vital que ha tenido que hacer para quitarse de encima la caspa cultural de un mundo pacato y acomodaticio; para dominar los formalismos sociales y adaptarlos a su antojo; para vencer las creencias y las muchas estupideces a las que se aferra la sociedad. Pipi Calzaslargas te sonríe y te tiende la mano o te pregunta para saber cómo estás. Con ella, viajar, es muy fácil.

            Por último, la Abeja Escarlata. Un ser sensible que siempre se esfuerza por hacer la mejor miel. Es generosa, nos cuida. Y aunque trata de cuidarse también, pienso que es más “cuidadora de otros” que de sí misma. Refractaria a su mundo de joven y siempre rebelde, pero muy sensible; modesta, algo que es una virtud. Si no sabe una cosa, lo pregunta. Y eso está bien. Y si cree que se equivoca, pide disculpas. Disculpas que veces no son necesarias, pero… En el grupo, la Abeja Escarlata es feliz porque el grupo la arropa, la quiere, le enseña mil cosas que ella ansía aprender. Tiene la natural curiosidad de los amables y dulces himenópteros… Y eso le honra. La Abeja Escarlata siempre responde ante cualquier circunstancia esforzándose para que todo el mundo esté a gusto.

           Sí, ha sido una semana de gozo, risas y cuentos. Lo hemos pasado muy bien. Luego cada uno tiene sus cosas: uno come cebolla como si en ella se escondiese el elixir de la felicidad mientras gestiona comprimidos que, según dice, le prometen la eterna juventud. La otra se pirra por los dulces y reniega de la carne mientras le atribuye a los helados italianos valores que en bolsa cotizarían por encima del oro. También es frugal como un pájaro, pero sólida y firme como el acero; en realidad no se sabe qué come. Hay quien odia la mahonesa por algún trauma de infancia (supongo) mientras otros la adoran. Yo, como los vampiros, no soporto los ajos y huyo de la cebolla. Y también están los que lo mezclan todo mientras se lían con los huevos pasados por agua a la vez que se beben un zumo-brebaje que es imposible explicar a qué sabe. Los hay que se descuidan en el baño y echan la toalla a nadar en la bañera creyendo que es una plancha de surf. En el grupo hay quien cocina y disfruta, y quien prefiere comer un bocadillo de madera antes que hacerse un huevo frito. Los hay ordenados que desayunan siempre lo mismo, aunque estén en Katmandú o en lo alto de un pico, y están los que aprovechan el viaje para darse todos esos caprichos y comprarse las golosinas más exóticas para desayunar; productos que habitualmente no prueban.

            En fin, las manías que tiene cada uno son muchas. Pero no sé de nadie que imponga las suyas… Bueno sí, durante la gestación de la “famosa” ensalada con mahonesa –con patente registrada ya para ser exportada a los cinco continentes– el bienaventurado que se ofreció a elaborarla hubo de soportar durante un día entero las gracietas y acoso de varios desaprensivos que, abusando de su condición de veteranos, trataron de martirizar al novato proponiéndole, hasta volverle loco, añadir o quitar ingredientes a lo largo de más de doce horas. ¡Doce horas! Y aunque el cocinero claudicó en alguno de los productos que conformaban el exquisito manjar, quede aquí constancia de que esto jamás volverá a repetirse y el cocineró hará de comer lo que le dé la gana…

            Por lo demás, han sido días de alegre jaleo, de orden desordenado, de vida interior y congoja (para mí) cuando trepaba sin aire tratando de alcanzar lo más alto. Días de llegar a las cumbres o a la umbría y hacerse fotos sonriendo, días de darse achuchones y desearse lo mejor. Lo mejor, sí, de verdad, de corazón. Porque nos apreciamos y queremos.

 

GALERÍA FOTOGRÁFICA

 

 

2 comentarios Añade el tuyo
  1. Querido Joaquín, he tardado en leerlo y me ha entusiasmado. Se me han saltado las lágrimas y seguro que comprendes por qué. Amo Italia, mi verdadera patria y los recuerdos de mi vida allí son lo mejor de ella. Y amo la vida comunitaria y esa naturaleza que estamos matando. Y admiro tu capacidad de observar, de disfrutar, de comprender y tu manífica escritura. Gracias

  2. Te felicito por este precioso artículo. De esos admirables espacios naturales hablas como si paisaje fueses. De sus desgracias, como afectado. Y sabes sumergirte con delicado cariño en el aura de la compañía y la amistad.
    Un fuerte abrazo, querido Joaquín.
    Pepe Paraños.

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