La reina que fue a Sierra Nevada a lavar

Textos apócrifos cuentan que la reina Fabiola (de origen español como todo el mundo sabe) y el príncipe Balduino, a la sazón reyes de Bélgica, se daban un garbeo de vez en cuando por Las Covatillas, un circo glaciar, en las cumbres de Sierra Nevada, que, ciertamente, es un paraje hermoso y exclusivo. Y al hilo de estas cuitas y leyendas, también cuentan las gentes del lugar que la citada reina, cuando le dijeron que a las chorreras y regueros en cascada que surgen por allí con el deshielo los autóctonos las llaman “lavaderos”, Fabiola exclamó ufana, sonriendo y con gracejo: “Si una reina viniese a lavar aquí ganaría en nobleza”. Y se quedó tan pancha.

            Desde entonces al lugar se le conoce como Los lavaderos de la reina.

            Pues allá nos fuimos tres amigos. A ver las maravillas que pinta en el paisaje al acabar la primavera el ritual del deshielo. Y también con el deseo, ¿por qué no?, de hallar alguna huella o prenda regia (íntima, quizá) pues no nos cabe duda de que la hermosa Fabiola bien pudo perder la compostura en las alturas, dado la escasez de oxígeno y las alucinaciones que provoca el trepar por esas cumbres. Además, seguro que sufrió de encantamiento y no solo lavó la ropa, como dicen que dijo, sino que, perdida la cabeza, saltaría de piedra en piedra como Dios la trajo al mundo.

            Sí, ya sé que es mucho imaginar, pero, qué se le va a hacer. Hay que echarle sal a la vida.

             También nos movió el ánimo a emprender esta aventura, el hecho de que las últimas tormentas del desierto, acaecidas no hace mucho, hubieran dejado sobre el blanco manto virgen un poso ocre de polvo, convirtiendo a los neveros en cuadros exclusivos y originales.

En el centro, el Mulhacén de 3.479 metros sobre el nivel del mar./ Foto JM

            Mas vuelvo a aquellas excursiones regias.

            Le doy vueltas… ¿Cómo subiría la aguerrida Fabiola hasta estos pagos? ¿Andando? ¿Quizá a lomos de un mulo? ¿En palanquín? Porque no es asunto fácil llegar a esos horizontes, como ahora os cuento.

            Salimos de Sevilla a las siete en punto de la mañana. Dos horas y media de coche por la A92 hasta Granada y una hora más por carreteras locales después de bordear la ciudad y encaminarnos por la GR 3200 en dirección a Güejar, pueblo encajonado en la ladera del barranco del río Genil. Desde aquí, por una pista forestal, ahora asfaltada, salvando precipicios y barrancos hasta cruzar el río Maitena junto al molino del Coto, remontamos, nuevamente, hasta tomar a la derecha un carril de tierra que nos llevó a nuestro destino en el parking, habilitado para coches, de Los lavaderos, a 2.050 metros sobre el nivel del mar.

            Ya de marcha, cresteamos a buen paso la Loma de Papeles y por un sendero limpio y tendido, siempre picando hacia arriba, pasamos junto al refugio de Piedra Partida y, en línea recta, dejando al lado algún que otro nevero y un gran rebaño de cabras, llegamos a la meta: Los lavaderos de la reina.

            Por allí anduvimos dando vueltas varias horas, explorando cavidades y riachuelos; faldeamos y trepamos por el circo que escondía aún neveros en hoyas y solombrías. Fue un día esplendoroso. Ni una nube, el cielo azul. Sol. Nos arrullaba el agua. Buscamos un balcón para la vista y almorzamos, después dormimos la siesta. Hicimos fotos…

Rocas y musgo tras el deshielo./ Foto JM
Rocas y musgo tras el deshielo./ Foto JM

            Hasta que la tarde fue muriendo y emprendimos el camino de vuelta. Tras descender un buen trecho y alcanzar la charca de Covatillas, nos limitamos a seguir el cordel de la acequia de Papeles, un curso de agua con el que los agricultores hacen llegar el líquido elemento a sus cortijos. El sendero, fácil y monótono, se me antojó más largo que un día sin pan. Y así hasta los coches. En total fueron siete horas si sumamos las de danza por el circo y el puñado de la larga calcetinada de regreso. Pero mereció la pena.

            Caímos sobre Güejar con el sol casi escurrido. En un bar de la Plaza Mayor  tomamos unas cervezas. Cenamos. Él pidió una ración de choto. Expectación. “Es un plato típico de aquí”, dijo. Nada más dejarlo en la mesa el camarero, los tres escudriñamos el guiso… La luz llegaba turbia y algo escasa; unánimemente  observamos que había demasiado hueso y poca carne en la ración. “¡Está riquísimo!”, exclamó nuestro amigo, chupándose los dedos… y los huesos. Reímos. Opinamos luego. Entonces me enteré de que “un choto” es un cabrito tierno; exactamente, desde que nace hasta que deja de mamar. En cambio, en mi tierra, el choto es un ternero, el hijo de una vaca, un becerro. Algo normal pues por allí no quedan cabras; lo que abunda es el vacuno.

            Ahítos y contentos, relajados, nos pusimos a buscar alojamiento. Pasaba ya de las 10 de la noche. Encontramos enseguida un tranquilo apartamento. Limpio. 75 € la noche.

            Amanecimos descansados y con ganas de volver a practicar más aventuras. Pero, tras un buen desayuno a base de café, pan con aceite y tortas de fabricación local, emprendimos el viaje de vuelta.

            Llegamos a Sevilla al mediodía. Durante la siesta soñé con las montañas y me enredé en un sueño raro y confundido que no recuerdo bien a qué se refería. Las imágenes que tengo son borrosas, vagas. Entre la niebla que jugaba haciendo nudos con el viento que se había levantado de repente descubrí una etérea Fabiola en lo alto de los riscos. Sí, la reina bailaba envuelta en tules… Por lo visto, la bella había regresado a sus “amados” lavaderos para posar igual que Eva en el Edén; desnuda y sin el peso de la manzana, danzaba alegre. También vi a Balduino riendo como un loco mientras le hacía fotografías.

            Entonces desperté. Sin fuerzas, confundido y triste, caí en un letargo que me duró toda la tarde; así hasta el día siguiente, que superé el encantamiento que siempre me deja Sierra Nevada.

GALERÍA FOTOGRÁFICA

 

2 comentarios Añade el tuyo
  1. Tu relato me ha transportado a esa sierra magnífica. Gracias por compartirlo. Las fotos y sus pies de foto muy elocuentes también!!

  2. Maravillosa ruta, e inmejorable la compañía !!!
    Y qué buenos recuerdos, cuando también otros 3 amigos la hicimos hace ya muchos, muchos años.
    Como echo de menos esas tortas de azúcar de Gūejar. Por lo menos, antes nos sabían a gloria.
    Gracias por la crónica y las fotos, y a seguir disfrutando!

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.