Los bribones, una especie a extinguir

En aquel tiempo de miedos, cuando la televisión se veía en blanco y negro, los bribones campaban a sus anchas. Cada semana, el naturalista Félix Rodríguez de la Fuente nos transportaba con su voz engolada a aquel extraño mundo, que entonces era España, mientras los animales danzaban al compás de una melodía fantástica.

          Viajábamos con él por las tierras hispanas o a la selva. Valiéndose de trucos y mucha astucia, Félix convocaba a los espíritus para hipnotizarnos desde aquella caja tonta mientras nos hacía creer que la especie marsupial autóctona ibérica de los bribones tenía bula; bula para todo, incluso para depredar…

           Según el pionero naturalista, los bribones habían sido elegidos por los dioses de la Naturaleza para gobernar las tribus de esta parte de Europa. ¡Y, nosotros, embobados, le creíamos! Pero nada más lejos de la verdad, porque, como demostrara Charles Darwin en su libro, El origen de las especies, cualquier acontecimiento que haya tenido que ver con la vida en el planeta Tierra responde a una evolución natural que, en esencia, se gestiona bajo el argumento que se ampara en la ley del más fuerte.

            Así, pues, si la casta de bribones gobernaba y nos gobierna todavía, no es por arte de birlibirloque o por una conjunción de estrellas, como podría desprenderse de la palabrería del oráculo Félix, sino porque, en algún momento, un exaltado bribón, astuto y sanguinario, decidió que él era el rey y los suyos lo serían en el futuro. Y esto lo consiguió tras acabar con todos los que le hacían sombra, ya fueran amigos, enemigos e incluso miembros de su familia. En fin, la vida.

            Es decir, teatro. ¡Puro drama! Y si no, acaso no es un drama que los animalitos sin techo, los pobres de solemnidad, los currantes y los parias de la tierra, agricultores, ganaderos, oficinistas… Los aduladores o los que gozan de sagrados privilegios, todos, le rindan pleitesía a esa subespecie del reino de los mamíferos, a la que el cantarín naturalista Felixín catalogaba en sus diarios como La fauna familiar del bribón.

            ¿Cómo es que no nos sorprende que los herederos de aquel mundo sobre el que pontificaba el mago amigo de los lobos, aceptemos todavía, sin rechistar, los caprichos medievales que aún conserva esta especie abocada a la extinción?

            Porque la inexorable realidad así lo muestra: quienes ejercen profesiones liberales –profesiones que, en términos históricos, se les han negado hasta hace poco a las mujeres– como curas, charlatanes, buhoneros, abogados, médicos, curanderos, enseñantes, ayos, agentes de bolsa, arquitectos, ingenieros y hasta una gran mayoría de políticos y representantes de los medios de comunicación, todos, comulgan complacidos con un régimen caduco, impuesto por la casta de la subespecie bribónica; un régimen que es más propio de cuando los humanos caminaban todavía a cuatro patas mientras emitía sonidos raros, guturales, como si fueran rebuznos.

            Dentro de aquella casta o subgrupo de bribones, de la que nos hablaba el malogrado comunicador, surgieron, y se perpetuaron luego, los reyes. Primero se quedaron con el trono –nada tuvo esto que ver con que era cosa de los dioses– y luego, ya sí, lo conservaron por herencia. Y de este modo se llegó al tiempo oscuro que nos toca vivir hoy, en el que, confundidos, encajamos en nuestra democracia una cosa rara, la llamada “monarquía parlamentaria” (y hereditaria, por supuesto) que, como se está viendo a diario, reproduce los mismos vicios que practicara el primer depredador que dio origen a la citada subespecie.

            Y si es así, ¿a qué viene tanto alboroto y rasgarse las vestiduras estos días? ¿A santo de qué debe dar un rey explicaciones? ¡Si es el rey! ¿Qué sentido tiene pedírselas? Ah, pero es que es un rey parlamentario… ¿Parlamen… qué? ¡Ingenuos, más que ingenuos! ¿No somos sus súbditos? ¿No coge, va, viene, toma cuanto quiere, hace lo que le parece cuándo  y cómo le da la gana? ¿No le hemos exculpado siempre por ser genuino y bribón? ¿No hace la vista gorda la Justicia mientras busca suterfuigos para exculparle tropelías? Y eso que sabíamos -los distintos poderes lo sabían también-  de qué es capaz un rey bribón. No hay más que mirar a atrás, a siglos pasados, para ver el comportamiento de esta saga de mamíferos. ¡Pero son nuestro bribones, claro, y les queremos! ¡Al que le toca ser rey le adoramos! Y un bribón, diría hoy el embaucador naturalista si no se hubiese estrellado su helicóptero en 1980, ha sido ungido (“como muestran las imágenes”, añadiría luego, para reforzar su tesis) para gobernar este ecosistema paupérrimo de la maltratada y deprimida piel de toro.

            Se equivocan, pues, quienes parlotean juzgando el natural comportamiento del bribón. Él, estoy seguro, no comprende que a aquellos que más ama ¡sus amados súbditos! puedan estar descontentos con él. “¡Si gracias a mí lo tenéis todo!”, piensa. No, no tiene sentido perder el tiempo dándole vueltas a este asunto como si se tratara de desentrañar la vida que hace un burro mientras gira en una noria.

           No, dejen ustedes de marear la perdiz y dedíquense a lo importante. Porque, aunque le hayamos vestido con el ropaje de “rey constitucional”, él es el rey. Aunque sea un bribón, es rey. Por eso dijo lo que dijo. Y con razón. Sí, tenía razón. “Explicaciones… ¿De qué?”. Luego aquella risa de dragón que fue amenza y fogonazo… El fogonazo de quien pensa que, si quisiera, podría seguir devorándonos.

           Lógico.

            Porque a un bribón, aunque sea rey (y constitucional), o se le acepta como es…

            ¡O se le echa!

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