El castillo en el que pernoctan las cabras

Toda excursión a la montaña conlleva misterios a los que la imaginación podría darle alas. Cuando el viajero sube hasta las ruinas del castillo medieval de Cote (Montellano, Sevilla), a poco que lo intente, quizá pueda imaginar aquel tiempo convulso de razias y guerras. Basta con encaramarse a ese torreón restaurado, anclado en las huellas del tiempo, para imaginar batallas y asedios.

            Dentro de la torre ya, de estructura abovedada, que, gracias a los Fondos FEDER permanece aún en pie, se respiran tristeza y desidia. Y un aderezo de cagarrutas de cabra y excrementos de rata que, ante el abandono, han hecho de la estancia su lar dormitorio.

            ¡Oh pueblo de Montellano, cómo puedes soportar tal vergüenza!­ Porque los aires que soplan en este lugar nos hablan de un glorioso pasado. Una fortaleza que sufrió todo tipo de asaltos mientras crecía su fama de inexpugnable vigía de frontera.

            Que hoy sirva solo para majada del ganado caprino… ¡Qué pena!

            Y, para que sea el sonrojo completo, justo al comienzo del sendero que conduce al torreón-fortaleza, hay un cartel en el que la Administración ha resumido su historia. Sobre él, un estúpido tonto ha dejado su huella: “Menuda mariconada”, ha escrito el imbécil. Supongo que tan ingeniosa frase le costó un gran esfuerzo. Y hasta es probable que se creyera un genio; incluso, puede que los que le acompañaban le aplaudieran.

Al fondo el castillo de Cote, en Montellano (Sevilla, Andalucía)/ Foto JM
Al fondo el castillo de Cote, en Montellano (Sevilla, Andalucía)/ Foto JM

            Pero volvamos al singular monumento que se asienta sobre la punta de un cono escarpado de roca, a 561,8 metros de altura sobre el nivel del mar, ubicado en la Sierra de San Pablo, a menos de 4 kilómetros de Montellano. Es tan estrecho el final del montículo que, aparte de la cimentación de los muros, apenas queda espacio para otras edificaciones. Se trata de una torre-capilla de uso militar, datada en el siglo XIII, aunque ya desde el siglo X (se piensa) se levantaron allí, al ser territorio de frontera, otras construcciones.

            Por su forma y estructura, el torreón hoy en pié resulta ser único en la Península Ibérica. El espacio central está cubierto por una bóveda de crucería de aristas ocultas y arcos cruceros. Sí, merece la pena subir hasta allí. Y observar como se agranda ese horizonte, casi infinito, que es la Campiña. Por el norte y el oeste se extienden los campos de trigo y olivares. Por el sur y el sureste se dibujan los perfiles de las primeras estribaciones y montes de la Sierra de Grazalema.

            Aunque, como he apuntado, es lamentable que el esfuerzo humano y económico que se hizo en su día para la restauración de esta singularidad medieval se vea ahora derrotado por la desidia y abandono general propiciando la reconversión del lugar en una majada para el descanso nocturno del ganado.

            No obstante, sentarse allí arriba y ponerse a soñar o imaginar el pasado compensa de cualquier agravio. Ver, entre brumas, como avanzan las mesnadas, se reducen o alargan los frentes de batalla, descubrir cómo refulgen lanzas y armaduras… Cómo los corceles cabalgan para abrazar la muerte mientras caen cercenados por el filo de las espadas. Se dice que por aquí se libró la famosa batalla del río Guadalete en julio del año 711, entre el rey godo don Rodrigo y el árabe invasor Táriq.

            Sea o no cierto que la batalla del río Guadalete se libarse en estos pagos, ya os cuento que puede pasarse un buen rato recreando aquel mundo de razias y hostigamientos continuos a uno y otro lado de la frontera. Y ya desde dentro, sintiéndose uno sitiado en el propio castillo de Cote, dedicarse a lanzar, con la imaginación desbordada, y ante el avance irreductible del invasor, lo que se tuviese más a mano: desde teas encendidas, empapadas en aceite hirviendo, a piedras de gran tamaño volteadas por catapultas y trabucos. Claro que también el enemigo avanza desde abajo, gatea… Grupos de violentos guerreros, conjurados, lanzan cadáveres en descomposición e infectados por la peste para que los que resisten sitiados se contagien de enfermedades. ¡Es la guerra! Sí, la guerra.

            La imaginación y el ensueño sobre el asedio están en su momento más álgido… Justo, en ese momento,  el grueso más amplio de correkas alcanza la cumbre.

            Tras la foto para el recuerdo, nos disponemos a partir. Porque la excursión debe seguir y aquí nadie espera. Aún así, por un instante, como cuando pasa delante de tus ojos la culebrina de un relámpago, siento allí arriba las consecuencias del asedio y la sed. Y mientras descendemos veo como vuelan sobre mi cabeza oleadas de aceite hirviendo volcada desde enormes calderos. Pero la muralla –ese segundo recinto que hoy solo es un esbozo–, resiste. El enemigo trepa, escala… Pero los asediados les hieren y empujan al vacío desde la pared vertical que intentan vencer. Los gritos desgarrados de dolor y de muerte provocan escalofríos. Pero nosotros ya estamos abajo y nos hemos sentado en un corro a celebrar “nuestra hora de la fruta” y a criticar al ayuntamiento del pueblo por el abandono que sufre el castillo de Cote.

            Tras una pausa de media hora reemprendemos la marcha por senderos tranquilos que ascienden armoniosamente o llanean sobre la Sierra de Montellano. No da para mucho más esta pequeña aventura, pero este club, siempre empeñado en reinventarse, halla alternativas y senderos nuevos, que explora. Siempre buscando ese plus de exigencia; un esfuerzo extra necesario  para hacer nuevos descubrimientos.

            El resultado es que a la caída de la tarde hemos caminado más de 19 kilómetros y acumulado cerca de mil metros de desnivel. Convivencia y excursión, como siempre, fueron de la mano y espléndidas.

 

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