A la busca de los rododendros en flor

Como le ocurriera con las magdalenas a Proust cuando se sumergía En la busca del tiempo perdido, también a los correkas, cada año, un día de primavera, los rododendros del Parque Natural de los Alcornocales (Cádiz) les convocan y traen recuerdos de excursiones gozosas, amores y días felices. Así que allá nos fuimos el pasado sábado a descubrirlos. Y una vez más los encontramos en todo su esplendor.

            Acudimos a la cita 29. ¡Todo un récord en el club! Una troupe variopinta e inclasificable que partió entusiasmada desde el área recreativa de La Sauceda. Desde allí remontamos, unos por la garganta de la Pasadallana y casas de Domajos y las Huesas con el deseo de un viaje más tranquilo, y otros girando a la derecha, alargando el camino hacia la laguna del Moral, para luego, campo a través, entre helechos y flores, alcanzar la cumbre del pico del Aljibe, de 1.091 metros. El descenso lo hicimos a modo de círculo, rodeando por la cara suroeste, tras bajar hacia el canuto del Montero, cruzar el río del mismo nombre, almorzar a su vera en la umbría, echarse una buena siesta y después remontar como nuevos hasta el lugar de partida, no sin antes detenernos a beber agua fresca o refrescarnos a la vera de la fuente del Perro.

            Como ya he mencionado, nada más iniciarse la marcha se creo un minigrupo de cinco que optó por tomase la aventura con calma y gozar de las mieles del día de otra manera; es decir, caminar más pausado y detenerse a solazarse de vez en cuando, siempre huyendo de esas prisas que suele tener este club para alcanzar las cumbres. A esos disidentes no volvimos a verles hasta la caída de la tarde. También en la cumbre del Aljibe “perdimos” (o nos abandonaron, que aún no está claro) otros tres miembros. Todo parece indicar que se debió a un azaroso incidente: “¡Ay, ay… que el viento se lleva mi gorra!”, protestó Rosi. Y fue en ese instante, justamente cuando Rosi perseguía a la preciada prenda protectora del sol, cuando el grueso de correkas inició el descenso campo a través, cual cabras souvages, entre un mar de jaras, brezos, aliagas y otras “malas” hierbas silvestres que nos cubrían hasta la cintura. Cuando la desafortunada compañera levantó la cabeza, tras atrapar la gorra volandera…, el grupo ya había desaparecido y solo quedaban por allí, además de las rocas y el punto geodésico, otros dos “despistados” que se volvieron con ella.

Olga e Irina./ Foto Antonio Barros.
Olga e Irina./ Foto Antonio Barros.

            Fue entonces cuando me fijé en la valkiria que caminaba delante. La miré con ternura y, ¡por qué no decirlo!, con alarma y  conmiseración, al tiempo que le dedicaba una sonrisa malévola. “¡Pobrecita!”, pensé. “Pero, ¡alma de cántaro!”, exclamé, “¿cómo se te ocurre venir a la montaña de tal guisa? Además, con este grupo de impresentables desalmados… ¿Acaso no leíste en la Web el ideario que se gasta?” Pero ella descendía sin problema, como ausente, cual paloma que vuela. Flotaba sobre el potro de tortura que era el brezal con sus sandalias de tiras y su pantalón corto rojo, mientras le ofrecía a los pinchos un océano de piel delicada, pálida, pantorrillas de garza y sus muslos de cigüeña. Toda una tentación para las aviesas aliagas y las zarzas, que, ya se sabe, en cuanto te despistas te clavan sus uñas o te rodean para ahogarte con su malquerer.

            Mas ella bajaba liviana, segura; como si el mal no existiese; sin pronunciar una queja. Tranquila. Olga, que así se llama esta rusa que nos acompañó por primera vez, debe tener cincelado su cuerpo por el hielo siberiano y sangre de pez. O vete tú a saber… ¡Porque nos contó que es guía de montaña! Quizá sea una valquiria de acero… Y junto a ella su amiga boliviana, Irina, también con sandalias de monja mendicante y, eso sí, más abierta y sonriente. En cualquier caso, ambas cumplieron con creces con las exigencias que les planteo la excursión.

            En fin, salvo los citados incidentes y otros de menor importancia, además de varias anécdotas –como la acción promovida por un perverso malandrín y duende del bosque, en la que, haciendo gala de su infinita maldad, le colocó en la mochila al ínclito Aurelio una piedra de más de un kilo de peso que terminaría transportando, sin saberlo, a su casa–, salvo estas situaciones que no hacen más que engordar la leyenda del grupo, por lo demás, la excursión resultó absolutamente gozosa y concluyó con todo el mundo contento y feliz, incluido el bueno de Aurelio que aún no era sabedor de que  en su hato transportaba una roca ígnea e inútil.

            Como se observará por las fotos que se incluyen en la galería que acompañan al pergeño de esta crónica, la experiencia… –¡la intensa inmersión que vivimos el sábado en la naturaleza!– fue tal, que bien podría decirse que a la puesta del sol, cuando regresamos a los coches, todos volvíamos con renovados anhelos. Era tal el baño de bosque y de luz que habíamos recibido, sumado a más de seis horas de esfuerzo, que la percepción que teníamos era la de haber hecho un viaje extrasensorial; como si hubiésemos penetrado en el corazón de la tierra o en un bosque de otra era geológica… ¡Un renacer! Nos sentíamos seres nuevos. Y así acordamos, sin decirlo, que el próximo año volveríamos para ver cómo florece el rododendro.

GALERÍA FOTOGRÁFICA

 

3 comentarios Añade el tuyo
  1. Abrazos desde Extremadura Joaquín. Cuando algún Sábado que otro, últimamente más a menudo, salimos a caminar un grupo de amig@s, siempre me viene a la mente esa banda de andarines y exploradores de la belleza y el misterio de la Naturaleza que formáis l@s correkas.

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