Semblanza de un hombre bueno

Momento de la intervención de Joaquín Mayordomo en el acto de homenaje a Eduardo Martín, maestro, arqueólogo, múscio y muchas cosas más, natural de Villares de Yeltes (Salamanca), que impartió su magiesterio en los pueblos salmantinos de Cerralbo y Lumbrales./ Foto Jaime Grandes
Momento de la intervención de Joaquín Mayordomo en el acto de homenaje, el pasado 23 de abril, a Eduardo Martín (1940-2015) maestro, arqueólogo, múscio y muchas cosas más, natural de Villares de Yeltes (Salamanca), que impartió su magiesterio en los pueblos salmantinos de Cerralbo y Lumbrales./ Foto Jaime Grandes.

 

Acaso no haya palabra más hermosa que la de “maestro” para nombrar a una persona. Pero si a esta le añadimos las de “pasión” y “generosidad” habremos acrisolado el perfil de un hombre bueno y singular: don Eduardo.

            Eduardo, el Maestro, como mi padre le nombraba y le recuerdo, fue un ser renacentista que escudriñó la tierra y las piedras de la historia de este rincón del oeste salmantino para arrancarle sus secretos y mostrarnos que tenemos un pasado.

            Le traté poco. Mis primeros recuerdos de él huelen a domingo, al comienzo del verano cuando mi padre volvía del bar y me encontraba leyendo aquellos tochos del Círculo de Lectores que me prestaba Mariángela. Mi padre me miraba displicente… y me decía, casi riñéndome:

            “He estado echando un parlao con Eduardo el Maestro y me ha preguntado por ti. Deberías ir a verle. Te aprecia”, y se daba media vuelta para ir cambiarse de ropa, antes de salir a atender el ganado.

            Pero yo no le hacía caso, no iba a verle; mi cabeza estaba entonces llena pájaros. Tenía 12, 13 años y vivía en otro mundo, en la “edad del pavo”. Una edad en la que, como todo el mundo sabe, las mariposas del amor nos atormentan, los granos se apoderan de la cara, el cuerpo se desvencija, el vello brota por todas partes, y uno no sabe qué hacer con su vida porque el mundo, piensa, se ha vuelto en su contra.

            Así que a Eduardo… solo le veía de lejos. Cuando pescaba en el río Yeltes… O cuando me cruzaba con él al ir o al volver de la huerta.

            Mis primeros recuerdos los asocio con los de un hombre atareado; atareado en el sentido de que no perdía el tiempo. Si iba a pescar, pescaba; si a cazar, andaba diligente para no dar tregua a la presa. Hasta en el bar, cuando hablaba, su conversación no era banal ni distraída; siempre tenía a mano una explicación o un buen consejo.

            Con el tiempo, cuando yo venía de vacaciones y los domingos nos encontrábamos a la hora del café en el bar de Pedro, conversábamos. Él había venido de Lumbrales a comer con su madre y yo desde Madrid. No recuerdo de qué hablábamos… Yo era un hippy entonces y él, supongo, intentaría convencerme para que no malgastase mi vida. No nos veíamos mucho porque yo paraba poco, pero nuestra relación se mantenía firme. Eduardo seguía preguntándole a mi padre por mí y yo le respetaba y le tenía aprecio.

            Cando ya fui periodista, y nos encontrábamos, se ampliaron los campos de charla. El me comunicaba su pasión por la arqueología (de la que yo no tenía ni idea) y yo le hablaba de periódicos y libros. Pero ya he dicho que no recuerdo mucho de aquellos encuentros… Mi paso por nuestra patria común, como las aves que emigran, siempre fue fugaz.

            Un día me dijo que le gustaban mis artículos, los que publicaba en La Tribuna de Salamanca. “Los tengo todos recortados y encuadernados”, precisó. Yo engordé tres kilos y le dí las gracias. Luego, andando el tiempo, se me ocurrió que algunos de aquellos textos bien podrían dar para un relato o un cuento. Así que contacté con él  de nuevo y me regaló tres tomos en los que había fotocopiado todas mis crónicas rurales salmantinas. Y como si la vida fuese un hilo, yo tiré de esas fotocopias que el había tejido con paciencia de arqueólogo, ¡como no! y, gracias a ello, a su gesto generoso, fue más fácil para mí empezar a trabajar dos de mis libros, primero Relatos del corazón de la tierra –de este hace ya años– y el más reciente Hijos del uranio.

            De aquel hecho recopilatorio del Maestro (siempre con mayúsculas) deduje entonces, cuando vi los tomos encuadernados, que la vocación verdadera de Eduardo, seguramente, era ordenar y cuidar recuerdos y reliquias. Sin duda lo suyo fue la arqueología. Cómo si no se había dedicado a recortar, fotocopiar, pegar sobre un folio en blanco, encuadernar… todo aquel material que, en mi humilde entender, tenía escaso valor y no mucho sentido.

            Pero a mí me hizo feliz, que es lo que hacía con todo el mundo. Por eso, aunque los recuerdos que tengo de él sean un tanto difusos, hay una imagen que conservo muy nítida: ahí está, en el bar, explicando con vehemencia, conciliador y positivo, su argumento. Es la imagen de un hombre tallado por un infancia dura, por los muchos sacrificio que tuvo que hacer para poder estudiar, por la necesidad de aquilatar continuamente esfuerzos y aprendizajes y por la obligación de no perder el tiempo que se impuso a sí mismo, si quería sobrevivir y desarrollar su inteligencia.

            Músico, director de coro; docente y ayo; arqueólogo y… en cierto modo explorador; jovial y afable siempre; gran conversador, extrovertido… Así era el Maestro, don  Eduardo.

 

 

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