Por el Tajo del Abanico, regreso al medievo

Ahí donde las ves, esas piedras clavadas en el suelo que aparecen en las fotos acumulan las pisadas de mil años. Y ahí está, hecho a retazos, destruido casi por completo el camino, que, como no podía ser de otro modo, amontona corrimientos de tierra y derrumbes, recuerdos de tormentas y riadas horadando la tierra durante siglos hasta esculpir el cauce del Arroyo de Sijuela. Ahí están escritas, en las pisadas y en las rocas, las leyendas que hablan de raptos y bandoleros, de huidas precipitadas en la noche, de invasiones y venganzas, de viajes hasta el mar para iniciar otras conquistas… Páginas que cuentan el gozoso día de vuelta, tras una peregrinación, a la añorada ciudad colgante de Ronda.

Por los caminos de antaño./ Foto JM
Por los caminos de antaño, mil años bajo sus pasos./ Foto JM

            Apenas quedan huellas en el sendero que seguimos, es verdad, pero tampoco es necesario saber mucho más de este camino para que la imaginación se eche a volar en el Tajo del Abanico, conformado hace cinco millones de años, que comunica la ciudad rondeña con el mar por la Vereda de Estepona.

            ¡Ay, qué tiempos! Qué tiempos aquellos en los que Ala –por hablar de una época solo– era el Dios verdadero que reinaba en estos pagos. De eso hace ya siglos, cierto, pero esa torre vieja, de la época musulmana, a la que escalan ahora algunos correkas, hasta alcanzar lo más alto, da fe de que los muslimes anduvieron por aquí, conquistando y compartiendo su tiempo con otros pueblos. Quizá la torre fuera una aduana-frontera para recaudar impuestos, quizá solo una avanzadilla para avisar de razias y la llegada de indeseables viajeros. Quizá el torreón de una mezquita al que subía el muecín para avisar que hora de rezos.

Torre medieval... Si las piedras hablaran./ Foto JM
Torre medieval… Si las piedras hablaran./ Foto JM

            Tiempos hubo luego en que sirvió de posada o de casa de labranza… Y tiempos en los que la maleza y la desidia lo cubrieron todo. Antes, tal vez, fuera convento o monasterio. ¿Quien sabe? Ahora solo es un monumento arruinado y sin sentido, dedicado a la soledad y al abandono, acicate para evocar el pasado. Ni la torre ni el camino tienen ya otro significado que el que los senderistas quieran darle.

            A medida que se avanza por el Tajo del Abanico, el valle se va abriendo como una flor, con laderas más suaves y bosques de encinas y algunos quejigos. En primavera abundan los gordolobos en flor, las amapolas, los rosales silvestres, las genistas… Una vez salvado el profundo barranco, la ruta continúa por el Arroyo de Chopillos dejando a la izquierda el de Sijuela. Hasta que de pronto nos topamos, en las inmediaciones del Cortijo de la Perdiguera, con la megalomanía de un insensato que ha construido un lago artificial y una especie de templete rematado con columnas y floripondios de estilo corintio. Su fracaso se retrata en los hierros herrumbrosos que sobresalen en lo alto. El proyecto, afortunadamente, no fue a más y lo que fuera un sueño de verano esplendoroso, es ahora la foto ajada de un fracaso. El horizonte que rodea a este atrevimiento es ya de alta montaña: crestas peladas y roquedal se burlan del invento.

            De ahí a cerrar el círculo e iniciar la vuelta, en la intersección de la A-389 con la Vereda de Estepona, hay poco más de un kilómetro, que culmina en el puerto de Encinas Borrachas. En la pradera que se extiende por el Navazo de los Conejos se hallan, entre otras huellas del pasado, un dolmen de la Edad del Cobre (6000 años de antigüedad) que, también, invita a imaginar sobre la vida y las andanzas de nuestros antepasados por aquí.

Celebrando el gozo aniversario de aquellos que desde hace 6.000 años (o más) descansan aquí. Foto JM
En el gozoso aniversario de aquellos que, desde hace 6.000 años, descansan aquí./ Foto JM

            Celebramos con regocijo –como puede observarse en la foto– el encuentro con el monumento funerario y emprendimos el camino de vuelta, ante la amenaza de la lluvia… que terminó por no llegar, pero que nos obligó a acelerar el paso.

            El regreso por el Carril de Ronda, Cerro del Cincho y descenso hasta el Arroyo de las Culebras fue sumamente placentero. El último tramo de los, aproximadamente, 18 kilómetros recorridos lo hicimos entre huertas y cortijos, urbanizaciones y viejos  olivos, trabajados y nudosos, que en todo momento nos recuerdan que por estas tierras viejas y labradas, la ciudad de extraños nombres (Acinipio, Arunda, Runda, Izn-Rand Onda, entre otros), además de haber sido cruce de caminos, fue también pozo de historias y crisol de culturas.

 

GALERÍA FOTOGRÁFICA

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