Pánico en el arco gótico

Hete aquí que vas flotando sobre un roquedal de calizas, tan contenta aunque cansada, salvando cárcavas a derecha e izquierda, simas que se pierden en la memoria geológica, y de pronto te ves sola, miras a tu alrededor y no hay más que vacío. El grupo que seguías, con los que hablabas y reías hace un momento, ha desaparecido, ha volado sobre las aristas como las cabras montesas y ni siquiera queda de ellos el eco de sus pasos. ¡Nadie! No hay persona que te ofrezca una mirada o te alargue la mano para pegar ese salto que te aterra. Que no es difícil, y que lo darías tranquilamente si alguien, a tu lado, te mostrase una sonrisa y confianza, animándote. Pero tú ya no ves nada ni a nadie, ni sientes las piernas. No puedes dar el salto porque los pies no te obedecen, no atienden a las órdenes que, imperativamente, da tu mente. Solo hay horizonte, azul, cielo y vacío a tu alrededor. Un espacio negro colgado de las nubes y unos agujeros que conducen al infierno.

            Podrías flotar si fueras nube, volar si fueras pájaro, reptar si por azar mutaras en serpiente… Pero eres de una especie que camina y tiene manos, que no sabe volar ni transformarse en mariposa o niebla. Así que te dejas caer sobre la roca y te acoplas a ella como una medusa transparente. Cierras los ojos y respiras; que por ahora es lo único que puedes hacer. Sientes las turbulencias del terror zarandeándote mientras sopesas posibilidades. No lloras ni puedes gritar. Estas paralizada. Tratas de obligarte a alargar la pierna hasta encontrar esa presilla que te permita dar el salto… ¡Imposible! Ya no tienes fe en tus posibilidades ni una gota de fuerza. ¡Las malditas piernas no obedecen! Comienzas a sudar a goterones; perlados hilos dulces de agua tibia resbalan por tu rostro. El miedo ha anulado tu voluntad. Quieres dar un paso, ¡ese paso necesario! y ni el cuerpo ni las piernas te responden. Te dejas caer de culo, resbalas sobre la roca, te diluyes; intentas ser la forma transparente, esa especie de ventosa que se pega al lapiaz blanco y áspero, que absorbe toda su rugosidad. Y, entonces, empiezas a reptar… Reptas hacia abajo arañándote los muslos; resbalas aterrada, con esfuerzo, hacia el abismo que se abre ante tus pies… Pero nunca llegas a alcanzar ese saliente que te salve. Los pies no encuentran sitio ni acomodo, no responden, no rozan esa grieta que te dé seguridad y te permita dar el salto. Miras obsesionada para abajo y solo ves ojos brillantes… Los ojos de los monstruos que esconden los agujeros; monstruos que van a devorarte si caes entre sus garras. ¡Sí, vas a caer! ¡No saldré de aquí!, piensas ahora, rehén de la locura. Y asientes entregada, varias veces, cerrando con fuerza los ojos, completamente convencida de tú fin.

            Mas la mente es poderosa. En algún rincón de ella salta una chispa de luz. Recuerdas tus prácticas de yoga, la meditación, el estoicísmo. El yoga es una herramienta que podría, quizá, ayudarme, te planteas. Respiras profundamente; muy despacio, muy despacio. Inspiras. Expiras. Inspiras… Así hasta que el corazón vuelva a su sitio; hasta que la lucidez vuelva otra vez. Hasta que el pánico se agriete y claree la oscuridad. Así hasta que el miedo se espante y te sientas más tranquila; hasta que la roca sea moldeable, una masa de plastilina susceptible de manejarla a tu antojo.

            Todavía estás atrapada en la telaraña… Inspiras, expiras. inspiras… Improvisas tu particular sesión de yoga y meditación sobre la roca. Tienes que recuperar la confianza, el equilibrio; volver a tener fuerzas. Tratas de ser tú otra vez.

            Ay, parece que has vencido… Y así miras al Cielo. ¡Es tu perdición! Porque unos cuantos buitres planean por allí arriba. ¡Oh, están buscándome…!  ¡Seguro que vienen a por mí! ¡Me atacarán aunque continué viva! Seré su almuerzo y cena. Orgía de carne fresca… ¡Sí, sí, ya están aquí! ¡Claro que me han visto! ¿Lo ves? Están cercándome.

            La sombra de sus alas, como la de esas alfombras mágicas que se pasean por las mil y una noches, planea sobre tu cabeza cargada de malos agüeros. Sientes que desfalleces otra vez. Vuelve a faltarte el aire, no puedes pensar. Enjuagas nuevas lágrimas. Brota el sudor frío y la angustia te ahoga. El cielo se oscurece con las nubes que están pasando. ¡Hueles a las bestias! ¡Ya están aquí! Percibes su aleteo, llega el primer picotazo, brota la sangre… Sientes el pinchazo, el pico que se clava y te desgarra. Percibes –y te recorre un escalofrío– cómo atacan a tus ojos, cómo se acercan a tu boca peleándose entre ellos por el sabor de tus labios. Débil y aterrada, te retuerces, manoteas… Pierdes el sentido. ¡Adiós, se acabó!

Mas las reacciones en la mente, como los caminos que trazaron los escolásticos, son inescrutables; con frecuencia incomprensibles. Por eso, sin saber cómo, revives. Abres de nuevo los ojos y miras hacia el frente en busca de consuelo… Una sombra amiga parece que se acerca, te habla; te ofrece al fin su mano, guía tu pie hasta el saliente de la roca; te anima e infunde calma, te da seguridad… ¡Vuelves a vivir!

 

Hasta aquí el extraño cuento que sucedió el pasado sábado durante la excursión de los correkas por la sierra de Grazalema.

            Habíamos partido del puerto del Boyar, pasado por el puerto de las Presillas, subido al Arco Gótico con descenso obligado para remontar hasta el túnel de Coargazal. No alcanzamos el pico del mismo nombre, pues nos desviamos para descender de nuevo y recorrer campo a través… ora abriéndonos camino, ora por un sendero trazado por las cabras (más o menos) en una circular de, aproximadamente, 11 kilómetros que nos dejó a la puesta del sol en el punto de partida, después de un día de gozo y celebración.

            Sin duda, fue una jornada “pedregosa”, podría decirse. Demasiadas rocas, quizá. Pero la belleza del paisaje y el juego de la luz con las figuras caprichosas, blancas de cal, coranadas por penachos de mil formas compensaban el continuo sube y baja, incluso las caías y tropezones… Hasta hubo momentos para reptar.

              Sí, fue un día feliz.

 

GALERÍA FOTOGRÁFICA

 

3 comentarios Añade el tuyo
  1. Joaquín: esa descripción no es imaginada. Eso solo se puede describir cuando, en alguna ocasión, ha sido vivido, sufrido y, si sobrevives, disfrutado. ¡Magnífico, Joaquin!

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