Subida al pico de la Era… salta que te salta

Parafraseando a un tal Murphy, ya saben, aquel señor que nos dejó el aserto –y luego acabó siendo una de sus peculiares leyes–  “todo lo que es susceptible de salir mal, saldrá mal”. Así, pues, la excusión que el pasado sábado organizó el club de los Correkas prometía ser tranquila, fácil y asequible para casi todo el mundo, pero tuvo su “aquel”, cómo no, y su “saltavallas” como no podía ser de otro modo; esa guinda que siempre ponemos coronando el pastel  casi siempre, y que tanto nos gusta.

            Nos reunimos 25 fieles en Santa Justa y de ahí, en un día de sol y de paz, con ese buen ambiente que reina aquí siempre, partimos a la ruta por la sierra de Aracena que arranca en Los Marines, pasa por Fuenteheridos, se hace cumbre en el pico de la Era y concluye, cerrando el círculo, en el punto de partida. Apenas 14 km de recorrido y un desnivel moderado.

            Por supuesto, nadie podía imaginarse que en un momento dado, sin saber cómo ni por qué, los correkas íbamos a vernos encerrados junto a una piara de cerdos, entre altas alambradas, como si de un campo de concentración se tratase, teniendo que saltar vallas visiblemente reforzadas, se supone que para disuadir a los ladrones de castañas que tanto abundan por estos pagos en tiempos de cosecha.

            Así que allí estábamos plantados en medio del castañar, perdidos en el hermoso paisaje con un aire triste por la falta de lluvia, entre árboles desnudo de hojas, explorando en resecas vaguadas y riachuelos sin gota de agua. El grupo miraba hipnotizado al horizonte buscando una salida, siempre al sur, por donde se suponía que estaría el camino y la cumbre que buscábamos.

            Pero los correkas no se quejan y aceptan los retos. De modo que cuanto más se lía uno más grande es la fiesta, más bromas se hacen y todo es regocijo. Incluso el grupo de jóvenas (que diría aquella diputada) que nos acompañaban en esta ocasión aceptaron con agrado el despiste mientras aseguraban que les resultaba divertido aquel juego de no saber por dónde ir. Es lo que dijeron cuando les preguntamos si volverían con nosotros, los caóticos correkas.

            Por lo demás, salvado el inconveniente reseñado de los muros, y puesto el grupo en ruta otra vez, nos adentramos por caminos que luego supimos que eran prohibidos y que un tal Robin Hood, con su arco de flechas en ristre y la correspondiente munición, se encargó de hacérnoslo saber, anunciando, con su mirada de acero, que o enmendábamos la ruta o nos convertiría en pasto de lobos. Fue aquí, en este impasse y aturdimiento, creo, donde arreció la discusión seudo metafísica que veníamos manteniendo dos grupo a raíz del comentario que alguien hizo señalando la contradicción que se da, a su entender, en aquellos que niegan que la Tierra sea redonda o la validez de las vacunas. Estos, dije yo refiriéndome a los que ponen de chupa de dómine a los antivacunas, tragan, luego, sapos del tamaño de un tanque, como cuando aseguran creer en un Dios a pies juntillas. No aceptan “la fe” de los otros mientras le atribuyen a la suya cualidades tan extrañas como que su Dios forma parte de un “tres en uno” o que “un uno” de esos tres, en este caso una paloma, embauca a una adolescente inocente y… ¡mirar la que se arma!

            En fin, que ahí nos enzarzamos de lo lindo mientras trepábamos monte arriba entre impresionantes ejemplares de robles desnudos, pisando en la hojarasca sobre las huellas de la historia, riendo de buen grado, mientras aquel debate irreconciliable que traíamos encontraba eco en las cumbres, subiendo hacia el cielo por la fronda.

            Algunos nos dimos cuenta pronto de que ninguno de los bandos conseguiría hacerse comprender y, menos aún, convencer al otro para que aceptase la tesis del contrario. Así que… mientras transitábamos por una zona de zarzas y monte bajo, pudo verse enseguida que hay personas que tiran de la ciencia para resolver unas cosas y de la fe para enfrentarse otras. Con lo cual la impresión que se saca es que se adpatan y ganan.

            Entre tanto, llegamos a la cumbre sin otros contratiempos, cada uno a su ritmo y en varios grupos como suele suceder en este club acrático y siempre divertido. Allí celebramos, como no podía ser de otro modo, el maravilloso día sol, el exuberante paisaje que nos rodeaba y el horizonte que se abría ante nuestros ojos contemplando un círculo de 360º. Mientras practicamos el yantar aligerado con más risas y comentarios, más de uno sintió que estar allí arriba era un regalo de los dioses para que gozase de la vida.

            El pico de la Era, un punto geodésico de 899 m., conserva en su entorno ruinas que, supongo, corresponden a chozas familiares para cuando subían a trillar y a aventar las mieses. Sujetos a que hiciese no viento, debían permanecer guardándolas, quizá, algún tiempo. Entonces se alargaban las noches y el oficio hasta que por fin podían separar el grano de la paja. Es lo que deduzco en base a mis experiencias de infancia. No he encontrado documentación al respecto… Tampoco la he buscado demasiado. Pero si es dato erróneo esto que apunto, confío en que algún lector nos aclare porque se denomina el pico de la Era este enclave.

            La sobremesa, como siempre, trajo consigo la siesta para algunos. Para otros ese momento es tiempo de cotilleo y hacer gracias. Se reparten también dulces, chocolates y se tiran puyas… Todo, normal. También celebramos que las personas que habian venido por vez primera se mostransen contentas.  Tan contentas como James, el espigado negro haitiano, que parecía flotar en el aire y que, ante mi “inocente” pregunta de si había venido nadando, me respondió, muy serio, que no… “en avión”. Un buen tipo, James.

            Concluyó la sobremesa con el posado para la foto de familia y descendimos enseguida a Los Morales por un bello sendero el primer tramo, y entre castaños después, por un camino de tierra. Como aún sobraba día, ya de vuelta, hicimos un alto en Aracena, en Las Rejas, donde, en una soleada terraza, compartimos refrigerio y celebramos lo bien que nos lo habíamos pasado para acabar coligiendo que ir a la montaña cura las penas, trae la salud al alma y al cuerpo y provoca chispas de felicidad.

             Y así, apenas fatigados y limpios de impertinentes pensamientos, regresamos a Sevilla entre dos luces. Hasta otro día.

GALERÍA FOTOGRÁFICA

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