Paseo por la amistad y el amor

El google maps en Galicia se lía; lo he comprobado. A mí me condujo a un maizal. “Dentro de cien metros, gira a la izquierda. Gira a la izquierda, gira a la izquierda…” Giré. Y allí estaba, en medio de una huerta, desorientado y perdido, después de haber estado dando vueltas, como si fuera un tiovivo, por caminos rurales más de media hora. Buscaba Arca, una aldea en la que nos habíamos citado un grupo de amigos para cultivar la amistad y darle alas a los sueños.

            No era una mala propuesta: celebrar la vida y el legado de aquellos a quiénes habíamos amado, que ya no están con nosotros. Cargar pilas y alentarnos unos a otros. Compartir los esfuerzos, siempre necesarios, que conlleva la experiencia de vivir. Cultivar los recuerdos. El encuentro sería, en definitiva, una estupenda disculpa para anunciarnos unos a otros tiempos nuevos, vencer soledades y ahogar ese miedo irracional que siempre acompaña cuando se declara el fin del mundo o  una pandemia.

            ¡Por fin descubrí la torre de la iglesia de San Miguel de Arca! Al contrario que en los pueblos de Castilla, que el templo es el núcleo que aglutina la urbe como si su torre fuera el faro guía o el mástil de una fortaleza, aquí, la iglesia, aparecía varada en la falda de un monte, sola, como si se le hubiese caído al Gigante de los Bosques del cesto en el que transporta los misterios del mundo. Allí estaba sola, insisto, clavada en el suelo, recordando tiempos pretéritos. Como si un vendaval o el oleaje un mar ya desaparecido la hubiese estampado entre una maraña de robles.

            La reunión para celebrar la amistad y los recuerdos sería al día siguiente, pero esa tarde ya me dio tiempo a empaparme de la hermosa Galicia rural, de su calma y su luz. Esa luz tamizada por el verdor de los bosques y la neblina que destila la bruma, siempre perenne. Paseamos, conversamos, sentimos, degustamos ¡cómo no! la empanada gallega y los mejillones al vapor en el Café Caminho da Geira y juntos, los más madrugadores en acudir al encuentro (Tereixa, Ana, Elba, Simón y este cronista) entretejimos una red de palabras y risas que duró hasta bien entrada la noche.

            Al día siguiente, el ritual del encuentro iba a comenzar con la reunión, en varios puntos, de una treintena de amigas y amigos, que concluiría al final con la subida al monte Cávado. Antes nos juntamos ¡ya todos, por fin! en la aldea de Montillón, delante de la Taberna Casa Verdura; taberna sobre la que leo en un ejemplar de La Voz de Galicia del año 2008 un reportaje en el que cuenta el periodista cómo su dueño, José Fontenla, era ya un avispado usuario de Internet, capaz de conectarse con el mismo Universo, más allá del mundo, a través de su móvil. Algo de magia tendría aquello, supongo, pues, como todo el mundo sabe, en los bosques y aldeas gallegas, la realidad, la ciencia, lo sobrenatural y la fantasía siempre entretejen extraños experimentos y misterios. Y si alguien no lo cree, que se acerque un día de estos al más allá y le consulte al escritor Wenceslao Fernández Flórez, que él le dará cumplida cuenta y amplias explicaciones al respecto. Que de magia, bandidos y ánimas Wenceslao sabe un rato, como ya demostrara en su libro El bosque animado.

            Por fin el grupo estuvo presto, aunque sin dar muestra alguna de que le acuciara la prisa por ponerse en marcha. A Antón le atacó el hambre y hubo que darle de comer con urgencia. Otros solo bebían. Los más conversaban. Nadie parecía tener en su ánimo la idea de que para llegar a lo alto del monte Cávado no había más alternativa que ponerse en pie y caminar. Menos mal que el sol era clemente y, no sé si por mi ruego a los dioses o por mis cualidades de brujo o por qué, el astro rey se dio el lujo de permitir que las nubes lo ocultasen. El cielo permanecía, pues, nublado y eso animaba a la concurrencia a no inmutarse ni a moverse de las sillas. ¡Todo eran risas!

            Partimos ¡por fin! pero antes, delante de la iglesia, nos hicimos la foto de rigor para dejar constancia del encuentro onomástico.

            Como la senda era franca y conocida, cada cual cogió a su ritmo el hilo del sendero y tiró hacia arriba en pos de la cumbre del Cávado. Se trataba de llegar en las mejores condiciones posibles, disfrutar de las vistas, compartir la palabra, destilar sudores, agrandar el ánimo… También de celebrar el solemne ejercicio de la caminata, chequear el estado del cuerpo… Compungirse por esos kilos de más o alegrarse por sentirse liviano, como si uno fuera una pluma. ¿Cómo me siento?, cabía preguntarse. ¿Cuanto estoy dispuesto a esforzarme para que el próximo año mis pulmones no se empeñen en asomarse a mi boca? No, no… No caben críticas. He de reconocer que todo el mundo mostró un gran nivel y cumplió con creces; el comportamiento, en general, fue de notable. Los infantes y adolescentes alcanzaron la cumbre primero. Lógico. Ellos son gacelas que vuelan. Los demás, cuándo y cómo pudimos pisamos la última roca… Y entonces nos hicimos otra foto para celebrar la efeméride. Unos minutos de descanso, degustación de algún piscolabis, selfis a gogó, estiramientos y refrescarse con agua… Y para abajo, que allí, en Cumbres, nos aguardaban la paella y otras viandas.

            Fue entonces –cuando se inicia el regreso– cuando mi espíritu ¿ácrata?, ¿aventurero?, o fiel a ese deseo permanente de llevar siempre la contraria, el que me pudo y fui y le propuse a Fermín, al que había conocido en plena subida –pero que luego, enseguida, en buen entendimiento comenzamos a intercambiar confidencias–, que me acompañase para descubrir otras rutas, dado que era la segunda vez, ya, que subía y bajaba del Cávado por el mismo camino. “Vamos”, le propuse, “a explorar, si te parece, el monte por su cara norte y regresaremos a la aldea atajando hacia el este”. Aunque no lo vi decidido, accedió ante mi insistencia. Él también tenía ganas, sospecho, de algo de aventura… “Creo que no tendremos problemas en encontrar otro sendero que nos lleve a los coches”, aseguré (se me ocurrió) para animarnos. Y nos pusimos en marcha.

            La impaciencia, una vez más, me jugó una mala pasada y en lugar de crestear en dirección este hasta alcanzar esa vertiente, emprendimos el descenso demasiado pronto hacia el norte y, lo que suponía que sin ningún contratiempo iba a permitirnos tomar un atajo que nos condujese a un sendero trasversal, nos llevó a transitar por un cortafuegos casi vertical, bastante impracticable a veces, para aparecer, al final, a casi una decena de kilómetros de la aldea de Montillón, lugar del inicio de la marcha.

            No hubo en nuestra “aventura”, en contra de lo que ya han pregonado por ahí las malas lenguas, desencuentro alguno ni discusión por ver quién tomaba el mando “de la expedición”; tampoco hubo disensiones cuando tocó decidir “hacia dónde avanzaríamos”, si de pronto confluían tres senderos delante de nosotros. Siempre consensuamos la que imaginábamos que sería la mejor solución. Tampoco nos encontramos con animales salvajes, del tipo jirafas, leones, ñús… Nada. Ni un alma nos acompañó en el solitario descenso. A lo máximo que llegamos fue a fantasear con Jane, la esposa de Tarzán y amiga inseparable de la mona Chita… Aquella novia –luego su esposa– que tenía el acróbata amigo de la selva, que amaba bañarse desnuda, pero que, por cuestiones obvias, le colocaron enseguida un taparrabos (¡Ahí la iban a dejar practicar el nudismo en la selva…! ¡Con todos los mirones que había por allí!) En fin, ni siquiera hubo pájaros que se apiadasen de nosotros con sus cantos para hacernos el descenso más dulce. Sólo las zarzas, los helechos y esos matorrales de toxos o aliagas que pinchan como diablos no se separaron ni un instante de nosotros.

            Fermín puso en marcha el google maps cuando la cosa se lió demasiado y entonces ya todo fue coser y cantar. Acudieron al rescate (en la carretera PO522) Tereixa y Carlos y en un santiamén estábamos celebrando con el grupo nuestro encuentro con las tribus aborígenes y describiendo con pelos y señales, ante una concurrencia todavía angustiada por la posibilidad de que se hubieran cebado con nosotros los caníbales, los muchos peligros que habíamos corrido y los misterios que nos habíamos encontrado en unas tierras aún por  descubrir.

            La reunión a la mesa del almuerzo se hacía esperar. Así que partimos gozosos al encuentro de esa anunciada paella, precedida por crujientes croquetas y empanadas recién hechas de variadas viandas y sabores. Bebidas espiritosas y vinos de la tierra acompañarían el yantar. De que hubiese muchas risas y abrazos nos encargaríamos nosotros. Y todo ello íbamos a celebrarlo en Cumbres, en ese “marco incomparable” que, en este caso, responde fielmente al tópico.

            La verdad es que disfrutamos del evento. El sol mantuvo su promesa de no achicharrarnos y permaneció toda la tarde oculto entre nubes. Dimos cuenta de las croquetas y empanadas, nos hartamos de comer paella… que sobró para dar y tomar. Y degustamos, como postre, un pastel delicioso de chocolate, frutos secos y nueces, que sabía a gloria, y que acompañamos de una suave infusión y café. Todo perfecto. No faltó ni sobró nadie. No hubo comportamientos estentóreos ni fuera de lugar. Celebramos la vida por encima de todo y recordamos a quienes ya no están con nosotros, pero sin perder la alegría. Porque ellos, “personas luminosas”, según resaltó la anfitriona y promotora de esta reunión de druidas, en las breves palabras que nos dirigió, nunca aceptarían que nos pusiéramos tristes, que nos encerrásemos o que escondiésemos la lámpara de nuestras vidas bajo un celemín.

            También gozamos de actuaciones musicales a cargo de Aldara y Antón que dieron pié a que soñásemos con verles algún día actuar en el Royal Albert Hall de Londres o en el Carnegie Hall de Nueva York. ¿Por qué no? Detrás del miedo está el mundo, nos decía siempre Mafalda. Y al final de un sueño que persiste, suele estar el éxito. En la vida casi todo es posible.

            Por lo demás, la tarde avanzaba melancólica entre corros, charlas y vino, recuerdos y la promesa de reunirse en el mismo lugar el año próximo. Para entonces Cumbres habrá subido ya otro escalón en el proceso de su rehabilitación; ya se vislumbra cómo empieza a superar la fase de “excavación y ruina” para entrar en la de “mansión en proyecto”. Todo llegará. Como llegará el curso del tiempo con sus regalos para los que allí estuvimos, que será un año de renacimiento también. ¿Acaso alguien lo duda?

            Poco a poco, con discreción, sin hacer ruido, el grupo se fue dispersando y cada cual volvió a sus cuitas y quehaceres. La amistad y el amor seguirían a salvo.

            La guinda a esta reunión de corazones y abrazos, la pusieron el domingo Manola y Roberto cuando casi sin querer –porque el destino es caprichoso– nos convocaron a unos cuantos a la Rapa das bestas, romería cultural y gastronómica en la que después de un breve entretenimiento y de hacer algunas fotos, antes de partir, pude degustar un excelso pulpo, costillas asadas y, de postre, queso con membrillo. Un extraordinario ágape (por el menú y la compañía) que me dio alas y fuerza para regresar a Castilla, cosa que hice a media tarde, cargado de pasión y afecto hacia una tierra a la que volveré muy pronto.

            Pero, ¡ay!, nada más salvar el escollo de La Canda, volvió a abrasarme el sol y a embobarme la luz velazqueña y sus nubes… ¡Qué hermoso es ser ciudadano del mundo!, pensé. Uno puede ser feliz en cualquier parte.

GALERÍA FOTOGRÁFICA

2 comentarios Añade el tuyo
  1. Gran relato, Joako. Gran celebración. No olvidamos a quienes se fueron pero tampoco hay que olvidar a quienes siguen con nosotros. Cuidarse, festejarse, quererse sin complejos -aquí, sí, sin complejos- es el mejor camino que podemos seguir en la vida.
    Y en caso de duda, como dices, aprendamos de Mafalda: detrás del miedo, está la vida.
    Añado otra del poeta Percy B. Shelley para quienes están ahora caminando sobre un despeñadero: «Si llega el invierno, ¿puede estar muy lejos la primavera?».

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