La mano y el sexo de los ángeles

Jugué y fui aficionado al fútbol como cualquier otro niño español nacido en la dictadura franquista, pero hace ya años que inicié mí desintoxicación y ahora solo sigo este deporte (o lo que sea) de lejos: me entero de los resultados y poco más.

            Son los restos de aquella aventura emocional en la que la camiseta de tu equipo la reconocías a la legua y uno moría por los colores; no como ahora que, con tal de hacer caja, visten a los futbolistas de verde chillón con relámpagos fucsia e inodoros-violeta, o con faralaes de lagarterana.

            Aquellos…, en lo referente a la emoción futbolera, ¡si que eran buenos tiempos! Uno era capaz de enfermar o de no comer en una semana si “tu equipo” perdía.

            Pues bien, a pesar de mí huída voluntaria del mundo del peloto, es tal la colonización que ejerce sobre nosotros, que, aunque uno no quiera, si enciende la radio o lee la prensa (de la TV me he borrado), va a encontrarse –aunque no quiera, insisto– “una mano por aquí”, “una mano allá…”

            Sí, sí, la mano. La estrella del fútbol, este año, parece que ha sido la mano; no tal o cual jugador, no, no… ¡La mano! La mano, reitero, ha sido, en la Liga española que finaliza el próximo fin de semana, la Diosa Justicia.

            No sé si alguien ha cuantificado las horas y horas o los folios que se han escrito sobre la dichosa mano y el balón… Pero darían para meses de arduo trabajo recopilarlo. Da la impresión de que ponerse a discutir sobre el sexo de los ángeles –paradigmático asunto por antonomasia– sería más sencillo que encontrar una guía aclaratoria sobre el tema de la mano que toca el balón.

            ¡Qué agotamiento, señor mío!

            Ahora, con eso del VER (ver para creer… Cada día, menos, por supuesto), los gurús del peloto se han complicado tanto la vida que cualquier día de estos se enfrascan en una pelea callejera de macarras para arrancarse la razón a costa de… “¡Sí, sí, sí… Eso fue mano!” “¡No, no, no… Fue involuntaria!” “¡Sí, sí, sí….!” “ ¡No, no, no…!”

            Y venga a darle a la lengua y a la pluma; a hacer ruido y a perder el tiempo miserablemente… Porque, ya me dirán ustedes, si no es perder el tiempo dedicarle horas y horas a tan necio asunto.

            Los sesudos hombres de la radio, engolan la voz y… por un roce del dichoso peloto en un centímetro cuadrado del codo del pobre muchacho que no supo qué hacer cuando le llegó el balón rebotado, pueden tirarse una tarde entera debatiendo a sus anchas, encerrados en el cenobio del programa deportivo al que acuden como si fueran a un acto de fe.

            ¡Santo Cielo! ¡Adónde vamos a llegar! Como en el juego del casino: ¿Alguien da más? Rien ne va plus!

            Está claro, pues, que la vida es un carrusel o, si lo prefieren, un charco ambiguo de solemnes estupideces en el que chapoteamos con ganas.

            ¡Con todo lo que hay por hacer! ¿Por qué malgastamos la vida en estas tonterías? Yo mismo, ya lo ven, le estoy dedicando algunos minutos de mi preciada existencia a este tema.

            En fin, supongo que son las contradicciones que alumbran a esta especie gloriosa que solemos llamar “sabia”.

            Conclusión: Me parece a mí –es mi modesta opinión– que siempre se supo quién era el listillo que le daba al balón, voluntariamente, con la mano y quién, sin querer, recibía el pelotazo en la mano o el brazo. Quizá hubiese un 10% de aquellos contactos con los que se podía dudar… Y me parecen muchos. Pero del resto…

            Bueno, pues ahora, que tienen la posibilidad (VAR) de ver mil veces las imágenes desde todos los ángulos, los peloteros del peloto y toda su corte mediática celestial, están atrapados en un maremágnum de dudas y es tal el lío… que el “asunto de la mano” amenaza con acabar, como si de una termita se tratase, con el juego del fútbol.

            ¡Lo que hay qué ver! Mas…

            C’est la vie!

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