Intrusos en casa y el pájaro en la catarata

Hace algún tiempo descubrí que se vive mejor y más a gusto sin intrusos merodeando por casa. Pero las circunstancias me han llevado a firmar un contrato con una compañía telefónica en el que además de Internet, teléfono fijo, dos números de móvil, etcétera, la multinacional me “regala” –me ha dicho–  “un paquete” (yo diría que un paquetón) de contenidos audiovisuales. Tantos, que aunque viviera mil años, creo yo, no tendré tiempo para disfrutarlos todos.

­­­–¡Ya verá usted cómo le cambia la vida y cómo cambia de opinión en cuanto empiece a ver series  ­­­–me ha asegurado, sonriendo, un vendedor entusiasta, feliz de haber conseguido un nuevo cliente para su empresa.

Y así es como la zorra ha entrado en el gallinero.

La zozobra ha vuelto a casa, obviamente. Desde ese aciago día, tengo, en cuanto me descuido, un montón de gente en el salón a la que no conozco de nada, generando zozobra y desasosiego.

El contrato lo firmé hace cuatro semanas, un viernes; y el sábado, temprano, ya llamó al timbre un señor impaciente y dispuesto a hacerlo efectivo. En un pispás puso en marcha el artilugio.

Sorprendido y un tanto emocionado –lo reconozco– emprendí el jugueteo de apretar al azar los botones. Más contento que un niño con zapatos nuevos, puse en marcha el aparato y se iluminó la pantalla. ¡Y el silencio huyó de la casa como el gato que barrunta el peligro! Varias siluetas parlantes asomaron por aquí y por allá, fugazmente o quedándose un rato, mientras ventanas de distintos tamaños, ajenas a mi voluntad, se abrían o cerraban. Tan pronto unos ríos desbordados y campos anegados de lodo caían sobre la alfombra como se mostraba un plato humeante sobre el que daban ganas de, a pesar de la hora (las 9,30 de la mañana), hincar el diente.

El barro, los aromas culinarios y el perfume que desprendía el cuerpo de una mujer irreal… se mezclaron sin darme un respiro. Segundos después, toneladas de bombas comenzaron a caer sobre un secarral, desarbolando viviendas de adobe y a la gente que huía. ¡Y todo esto sucedía en instantes! Apenas daba tiempo a pensar en lo visto.

Pero un par de minutos después, el salón volvió a llenarse de gozo con el último “golazo” de Messi. Cuánto ajetreo y confusión, ¡madre mía!, en lo que se suponía que iba a ser una tranquila y deliciosa mañana de sábado.

Y entonces aparecieron los niños pidiendo su parte de tarta televisiva: dibujos animados, aventuras, no sé que concierto de moda… O un atrabiliario programa de islas desiertas y tentaciones. Y la esposa gritaba también: “¡Que se enfría el desayuno!”

Entre tanto, los rostros parlantes seguían a lo suyo, empeñados en captar la  atención de quien fuera; de cualquiera que se atreviera a mirarles.

El cuadro de la enorme pantalla tan pronto se mostraba normal como se dividía. Por cada una de estas ventanas emergían nuevas historias. Ahora, el torbellino del mundo estaba girando delante de toda la familia, sin tiempo para fijarnos en algo concreto.

Apreté otra vez el botón del “menú” y, ante el grupo escultórico en el que se habían convertido los míos, surgieron decenas de canales que, como si de un supermercado se tratase, ofertaban de todo. ¡De todo! Vidas reales o inventadas pasaban en segundos ante nosotros tocando la gloria o asomadas al abismo del fracaso, muriendo de risa o ahogándose en llanto.

El silencio… Solo el silencio había huido, todos los demás seguíamos allí. Estábamos paralizados; ponerse a medir el tiempo, en esa situación, carecía de sentido. Uno podía permanecer eternamente delante de aquella pantalla y justificar su existencia. ¡Había tanto qué ver!

Pero entonces el reloj que un día me dejara en herencia mi tía Felisa cantó las once. ¡Las 11 de la mañana! Y allí estaba absorto aquel cuadro espectral que componía mi familia… atrapado, mirando hacia el televisor mientra el sábado primaveral avanzaba en el día, consumiéndose. ¡Llevábamos casi dos horas en el epicentro del infernal torbellino!

Ahora eran “las noticias” las que caían sobre nosotros como esa lluvia fina que parece que no moja y, sin embargo, te cala. No había acabado el primer titular de asomarse al oído y ya estaba otro, otra noticia de signo contrario, empujándolo. Sin duda había intencionalidad en cómo se contaban los hechos, además de cierto rintintín del presentador… Todo esto, supongo, para intentar convencernos de que lo que nos estaba trasmitiendo era la verdad… ¡Y nada más que la verdad!

Ay, la verdad, qué habrá sido de ella.

A estas alturas, la familia había quedado reducida a un puro y gélido espectro. Todos mirábamos boquiabiertos al televisor, como si estuviésemos asistiendo a los juegos hipnóticos de un mago. Un cosquilleo en el cerebro me avisó del peligro que corríamos de quedarnos atrapados allí, para siempre. Nervioso, pulsaba las teclas del mando al azar, y la pantalla se descompuso otra vez para ordenarse de nuevo a su antojo. Estuvimos así no sé cuanto tiempo, sumidos en el limbo de no saber ya qué queríamos ver…

Me sorprendí preguntándome por qué había aceptado el supuesto “paquete televisivo”.

­­­–¡Ya verá cómo van a disfrutar de las series! ¿¡Pero, cómo, no conoce usted Netflix!? ­­­–me había repetido, con los ojos a cuadros, el agudo vendedor.

*          *          *

La suerte que tenemos en casa es que hace tiempo que nos hemos acostumbrado al silencio. El ruido nos pone nerviosos, nos exaspera. Por eso, en un momento dado, la familia comenzó a sentir la fatiga que aquella experiencia le estaba generando. En mi caso, tuve, además, un atisbo de pánico y reaccioné apagando, con un gesto brusco, el televisor. “¡Hala, a la calle todo el mundo!”, proclamé en voz alta.

Eran más de las 12 y la luz repintaba con intensidad el paisaje… Lucía un sol espléndido. La gente llenaba las calles, las terrazas de los bares, las plazas. Los que se detenían a charlar o se saludaban, se mostraban felices. El horizonte de la ciudad se ensanchaba y la vida real nos hizo olvidar enseguida la ficción de la tele.

*          *          *

El domingo amanecí pensando en el nuevo inquilino que teníamos en casa. Se suponía que el contrato que había firmado tenía que rentabilizarlo. Me acerqué al televisor  e intuí que me estaba mirando impaciente, animándome a que apretase el botón. Iba y venía un tanto nervioso… Cada vez que cruzaba por el salón y fijaba en él la mirada, me hacía gestos de apremio, aumentando en mí la desconfianza.

Pero, al mismo tiempo, aquella máquina que podía conectarme con el mundo me atraía, me atraía como un poderoso imán. Ahora el mando a distancia me estaba haciendo guiños. “Ven, ven, enciéndeme”, parecía insinuarme. Así que fui y lo encendí. ¡Y otra vez el universo se puso a dar vueltas dentro aquella ventana increíble, dónde cualquier milagro era posible!

Otra vez se llenó la pantalla de imágenes. ¡Decenas, cientos, de imágenes! 180 canales. Montañas de series… “Ni aunque llegue a vivir lo que Matusalén…”, pensé. Películas, documentales, experiencias de viajes extremos, recetas de cocina, cuidados para perros, gatos y plantas; inventos y bricolage… ¿Qué ver? ¿Qué ver? ¿Qué ver?, me martilleaba el deseo en el cerebro.

Al fin conseguí serenarme. Activé un canal en el que estaban dando noticias. ¡Otra vez las noticias!, pensé. Quizás los humanos tenemos tendencia a acercarnos a ellas porque pensamos que son las que nos conectan y explican la realidad y así nos es más fácil vivir; más fácil, se entiende, que si nos alimentamos solo de sueños. Porque la realidad nos avisa y previene, nos pone en alerta sobre lo que ocurre… Y esto nos ayuda, en principio, a mejorar y entender más fácilmente la vida.

Pero enseguida me di cuenta que la información no era imparcial; percibí la intencionalidad que albergaba. Así que, esta vez, no me costó mucho apagar el televisor… ¡Y hasta hoy!

Lo he pensado bien y he tomado la decisión de ‘clausurar’ el contrato y la TV. De hecho, acabo de cubrirla con un tapiz copia de El jardín de las delicias, del Bosco. Con ello regreso de nuevo al mundo del silencio y recuerdo, una vez más, esa foto que llevo grabada en mi mente; una de las instantáneas más bellas lograda en un largo viaje: un pajarillo del tamaño de un jilguero ha construido su nido en un breve arbusto asomado al vacío; el arbusto ha surgido espontáneo en la grieta vertical de una roca de más de cien metros. Y todo (la roca, el árbol y el cielo) está rodeado y vive inmerso en el estruendoso rugir de las trombas de agua que ruedan sin descanso, día y noche, por las cataratas de Iguazú.

Pues así me he propuesto vivir, en el silencio que habita en medio del ruido. Y volar desde aquí a cualquier parte desde el corazón de la cascada…

Porque la vida es tan corta que, entregársela al televisor, parece antojarse un gran desperdicio.

Desde la soledad y la quietud, el ave levantó el vuelo y partió a descubrir nuevos mundos, más allá del horizonte. Instantánea tomada desde el puente de Perniculás (Salamanca) al paso del río Yeltes./ Foto Joaquín Mayordomo.

Nota.- La foto que ilustra el comienzo de este cuento está hecha en las catarata es Iguazú, desde la parte brasileña, durante un viaje que hice en julio del año 2005.

5 comentarios Añade el tuyo
  1. Me ha encantado este concepto televidente que más de uno compartímos y que denota la realidad que se avecina.Por suerte la generación
    pensante de la que ambos brotamos podemos
    Llegar a pensar que siempre tenemos a mano el dedo índice para darle al botón de nuestra existencia. El poder otorgado por Dios para elegir tu mejor canal:
    Las cataratas de Iguazú.Estruendo sin igual y vivo. Sin duda maravilla en directo grata y peligrosamente disfrutada por los cámaras que las filmaron.
    Sigue en tu línea que cada vez me gusta más.
    Gracias te sean concedidas para contar verdades como…. Carnavales.

  2. Querido Joaquín, dichoso tu que has sido capaz de renunciar “al mundo”….
    Prefiero sinceramente leer tus historias y vivencias que ver la mejor de las series
    Un abrazo ..

  3. Joaquín has conseguido reactivarme el agobio que yo también sufrí cuando fui víctima de la misma suculenta oferta. Me ocuparon el salón con fibra óptica y más mandos y artilugios. No aguanté el bombardeo ni venticuatro horas. Me di de baja a los pocos días. A día de hoy sigo gozando del silencio, sin más ruido que el que me producen las emociones que me suscitan la lectura. Llevar la contraria a lo que parece que tiene que hacer cualquier humano moderno (disfrutar de tanto entretenimiento inabarcable), me produce un tremendo placer, como el que experimenta el niño travieso, plenamente consciente de la que va a liar con su perversa acción. Mi saludo matutino cuando entro en el salón donde mora el televisor arrumbado es un corte de manga. Después me dispongo a desayunar, si acaso acompañado de la radio.
    Gracias Joaquín. Me lo he pasado muy bien leyéndote. Como siempre.

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