A la cumbre del ‘Coros’,
‘Monte Prieto’ y algunas ‘poladas’

Dícese, en el argot correka, que uno se ve inmerso en una polada cuando sigue a alguien que le da por dejar el sendero y rompe campo a través, monte arriba, sin importarle los pinchos de las aliagas, el enmarañamiento del brezo, los piornos y los lentiscos abigarrados, el tupido monte bajo… o enredarse en las telarañas tejidas con zarzas que laceran la piel al mínimo contacto, mientras te abrazan, ajenas siempre al esfuerzo que  se hace por evitarlas al atravesar sus dominios. Es decir, se practica una polada cuando, en un arranque de pasión y osadía, el montañero correka recuerda la frase que tanto repetía Antonio Polo, el inolvidable mentor de este grupo: “¡Ahí van los ansiosos de la gloria!”, exclamaba.

Por abismos y barrancos... más allá del horizonte./ Foto J.M.
Por abismos y barrancos… hasta el lejano horizonte./ Foto J.M.

Antonio Albert lo cuenta y lo comenta. Y, según el doctor montañero, el titán quijotesco repetía esta frase cuando, ya muy enfermo, no podía sumarse a los elegidos que rompían monte arriba mientras él les seguía con la vista en ese subir y subir hasta alcanzar la gloria.

¡Ay, la gloria! La gloria de llegar a la cumbre de un  monte para luego tener que bajar. ¿Solo eso… o hay más? Porque, quienes hacen montaña, son como esos hijos de la naturaleza (los zorros, las liebres, las fieras…) que siempre están con ojo avizor, alertados, para ver si una nueva trocha por la que avanzar posibilita algún encuentro gozoso.

Ese agujero que invita a adentrarse en lo desconocido… se manifiesta como un síntoma que activa las endorfinas. Y luego están los misterios y la necesidad de saber qué puede haber más allá de la hondonada que, oscura como boca de lobo, se divisa enfrente; el anhelo de hollar el cerro que interrumpe el perfil por poniente, o el ansia de gatear por la pared que, parece, estar besándose en el perfil de la arista con las mismas nubes…

Bailando en la cumbre./ Foto JM

No se trata, pues, de batir récords, sino de descifrar jeroglíficos y especular con misterios. Y en esto, en el juego de los descubrimientos, la montaña es un hermoso laberinto poblado de secretos. En fin, este es el elixir con el que aspira a embriagarse el montañero.

Durante el sábado, 15 de febrero, en cuanto a experiencias y aventuras se refiere, nadie entre los correkas que acudieron a la cita se sintió defraudado, porque, entre otras cosas, la libertad para hacer lo que a cada uno le place es el espíritu-guía que, en este club, motiva a sus miembros. La propuesta era partir del puerto de las Palomas, paso “suntuoso” que comunica el pueblo de Zahara con el de Grazalema, subir al monte Coros después (o rodearlo) para descender finalmente hasta el mirador de monte Prieto siguiendo el perfil de las lomas y volver a los coches por el trazado en zigzag que recorre los parajes de Los Espartales y Los Algarrobales, en la cara norte de ese pequeño macizo.

Correkas en la cumbre del Coros./ Foto JM

Esta era la propuesta, pero ya desde el principio hubo disensiones pues algunos pensaron, entre las dos docenas largas de correkas que nos habíamos dado cita, que alguien podría, en un momento de ofuscación o enajenamiento –siempre pensando en cubrirse de gloria, es cierto– proponer una polada y llevarse de paso al heterodoxo grupo de correkas por escarpados vericuetos de tupidas marañas. Así que una vez coronada la cumbre del Coros (en menos de una hora), surgió la primera división y cinco de sus miembros optaron por descender tranquilamente hasta el mirador de monte Prieto por el sendero marcado, mientras el resto nos descolgábamos por la cara sur, por un carril muy inclinado y zigzagueante, salvando un gran desnivel hasta alcanzar un pequeño pinar, mientras, en lo alto, los buitres planeaban, dejándose mecer por la brisa, a la espera de que alguno de los habitantes del reino animal que merodean por esta sierra,  flaquease.

Buscando caminos que conduzcan a la base de monte Prieto./ Foto JM

A mitad de la ladera, en el paraje topográfico de Los Olivares, el grupo enlazó con el sendero que venía del este; sendero que, supuestamente, nos llevaría al punto que buscábamos: un nuevo carril que nos condujese a la base del mirador del monte Prieto, muy cerca, ya, oteando al noreste, de la orilla del embalse de Zahara.

Miguel y su inseparable paraguas./ Foto Cristina.

Recorrimos así un par de kilómetros hasta que un grupo de nueve (¿quién fue el primero en salirse del redil?) optó por hacer más difícil la travesía y buscó alternativas atrochando. Fue así como practicamos una breve polada pues apenas un centenar de metros más adelante tuvimos que desistir del empeño y descender rapelando y planchando con nuestros cuerpos el forraje para volver al redil del camino, previamente abandonado. El espíritu indómito apenas duró en nosotros lo que dura una salva de aplausos.

Más adelante enlazamos con una parte del grupo que habíamos dejado atrás, pues este, también, se había dividido: seis miembros se habían despistado de los que tres, fatigado alguno y otros perjudicados en las rodillas, según contaron luego, optaron por abandonar la excursión y marcharse al pueblo de Zahara por la pista que bordea el pantano a gozar del asueto. El resto nos reunimos en el carril que sube al mirador, gozando de vistas increíbles; tan espectaculares como las que a media tarde ofrecían las Tetas de El Gastor.

Cerrando ya el círculo, la luz que refleja…/ Foto JM

Almorzamos al abrigo de unas encinas e hicimos recuento de aventuras. Todavía nos quedaban varias horas de marcha y media docena de kilómetros a recorrer antes de cerrar ese círculo que nos devolviese al punto de partida. Reímos, compartimos manjares y golosinas, nos contamos cuentos y alguno, incluso, intentó dormir la siesta, aunque varios moscardones se lo impidieron al montar un concierto de voces y de risas, del que era imposible abstraerse. Después nos hicimos fotos en el mirador y Miguel emuló al místico Polo exhibiendo su paraguas. Corre ya la leyenda que el espíritu del intrépido montañero, fallecido hace un par de años, se asimila y revive en aquellos correkas más osados. Y así ocurre que, en cuanto alguno de ellos se descuida,  actúa como un virus y lo coloniza.

Sea como fuere, para el regreso, hubo, cómo no, varias propuestas: o bien tomar atajos o bien caminar por el cordel más largo. Esto supuso que el grupo sufriese nuevas divisiones.

Ya llegando a los coches, cuando el sol se escondía bajo el pico San Cristóbal, alcé los ojos y tracé una panorámica, pudiendo constatar que todos regresábamos. ¡Todos! Hasta cuatro mesnadas de correkas llegábamos al mismo tiempo a la explanada del puerto, nuestro punto de partida. Y en Zahara aún esperaba un grupo más, los tres damnificados del día.

Cuando la tarde se muere, el paisaje se viste como si fuera a irse de fiesta./ Foto JM.

 

GALERÍA FOTOGRÁFICA

3 comentarios Añade el tuyo
  1. Magnífica crónica como nos tienes mal acostumbrados amigo Joaquín, ¿qué tendrán las montañas que a pesar de todo el esfuerzo que conlleva coronarlas nos hace superarnos a nosotros mismos, al dolor de nuestras piernas, por el mero hecho de llegar a su cima?

  2. Como lo echo de menos al Polo y esos descensos que nos metíamos corriendo montaña abajo. Cada vez que bajo una al trote, él viene conmigo…
    Grande entre los grandes.
    Buenisima crónica Joaquín, Antonio se sentiría muy bien, ó no, jejeje, con lo que escribes tanto tú como mi gran amigo Albert.
    Saludos.
    ¡ A mi la gloria!

  3. De que hiperbólica manera habría celebrado el amigo Polo tus sentidas y descriptivas crónicas! Me gustaría creer que de alguna manera su anárquico espíritu te las sugiere y orienta . Gracias Joaquín.

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