Aventura en el laberinto de la Sierra de la Espuela

¡Míralos! ¡Míralos ahí…! Ahí están encaramados… Oteando como pájaros desde lo alto de las rocas, escudriñando el manto verde; esa impenetrable sombra arbórea… Son como las águilas: a ver si se abre un claro y se muestra la señal de un ser viviente, algo que les pueda orientar; algún camino para poder avanzar…

Oteando el laberinto, ¿por dónde hay que tirar?, antes de subir al Picacho / Foto Joaquín Mayordomo
Oteando el laberinto antes de subir al Picacho, ¿por dónde hay que tirar?/ Foto Joaquín Mayordomo

La mancha forestal desciende ante nosotros, inunda la vaguada y remonta la ladera hacia el cerro que hay enfrente, la cumbre del Picacho. ¡No se ve un solo agujero por el que poder adentrarse en ella y, menos, traspasarla! Aunque no es mucha la distancia, solo tenemos hora y media de luz por delante para alcanzar el objetivo; dudamos. Nos costará salir airosos del recién descubierto laberinto; pero es que nos atrae…; nos atrae como un imán.

El grupo baraja alternativas. La urgencia azuza. ¡Hay que ponerse en marcha ya! ¿Pero quién se atreverá a decirle no a la atracción de esa ladera impenetrable? Algunos dudan. Puede que lanzarse a explorar la abrupta selva, tupida de lentiscos, algarrobos y madroños, además del habitual mar de zarzas que la cose mientras forma una madeja embarullada de lazos-trampa, no sea la mejor idea. Las huellas abundantes de los dueños de estos pagos, los  jabalíes, visibles por todas partes, tampoco animan mucho.

A ver... ¡Ese explorador! Como ya nos contó Conrad, "el problema se supera atacándolo de frente"./ Foto JM
A ver… ¡Explorador! Recordábamos a Conrad: “el problema se supera atacándolo de frente”./ Foto JM

Pero hay pocas opciones. O nos volvemos por dónde habíamos venido y desandamos los más de 11 kilómetros que habíamos hecho ya, o nos lanzamos de cabeza a la aventura.

¡Triunfa la aventura! Aunque las ideas y opiones siguen danzando por encima de nosotros, revoloteando en el aire, cinco deciden volverse mientras los otros quince optamos por adentrarnos en la maleza. Se corrobora de buen grado el acuerdo entre las partes, entre los que se van y los que se quedan. Los cinco que desandarán lo recorrido son conscientes de que la noche va a morderle en los talones… Y se ponen en marcha al instante.

El resto nos lanzamos animosos hacia al bosque como si la batalla que teníamos por delante, en vez de  preocuparnos o agobiarnos, nos fuera a conducir a alguna fiesta. Los arañazos y los pinchos, tener que arrastrarse a veces, el quedarse literalmente empalado entre troncos y ramajos o, sencillamente, sentirse como un espantapájaro descoyuntado… disparó sin excepción las endorfinas en cada uno de nosotros, poniéndonos de buen humor. ¡Qué alegría, cuánta emoción se percibía en el avance, entregados al caos desconocido! ¡No se veía un burro a tres pasos! Pero daba igual. Solo había lentiscos y madroños apretados, alfombras del fruto rojo que parecían charcos de sangre, más zarzas y espinos… ¡Y un silencio sepulcral cuando callábamos! Avanzábamos, sí, pero muy lentamente…

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Habíamos venido los correkas a pasar el día en la Sierra de la Espuela. Un lugar sin grandes desniveles ni demasiada vegetación, caminos bien trazados y sendas amplias y transitables. Emprendimos la marcha desde donde se juntan los dos ríos (el Guadalporcún y el Guadalete) en un ambiente alegre y distendido, alumbrado por una mañana de sol. Pasamos por el área recreativa La Toleta y avanzamos por la pista que conduce a Algodonales. Cuando llevábamos poco más de dos kilómetros, el grupo se dividió. Doce decidimos subir, casi gatear, campo a través por un viejo cortafuegos hasta la cumbre del Cerro del Cincho y los ocho restantes, de los veinte correkas que ese día habíamos acudido a la cita con la montaña, continuaron su camino placentero por el carril. La subida, muy inclinada, fue una sencilla prueba de esfuerzo; los buitres, avisados, sobrevolaban los barrancos a la espera de alguna novedad. Sumergidos en las corrientes térmicas, planeaban en silencio, mientras Rosi, rezagada, los miraba de reojo. Menos mal que el Gran Barros se detuvo y fijó la vista en ellos. Las bestias, que lo vieron, se asustaron y huyeron…

Allá van los correkas... Como si la montaña ansiase verlos./ Foto JM
Allá van los correkas… Como si les aguardase la montaña./ Foto JM

Coronamos sin problemas y descendimos al encuentro del resto de correkas. Media hora más tarde ya estábamos otra vez todos juntos. Así nos dirigimos al oeste por praderas, campos de trigo y encinares, dejando a nuestra izquierda el Cerro de Cueva Morena y la derecha el Cerro de la Arena. Pasamos junto a las ruinas de La casa de los Rondales para encaminarnos a la Sierra de la Espuela, ahora a nuestra derecha.

Tiempo para conversar./ Foto JM
También hay tiempo para conversar./ Foto JM

El día seguía luminoso y el tiempo dulce; ni frío ni calor, “cero grados”, que suele decirse. Más praderas y sembrados, seis kilómetros más de marcha y allá vamos, hacia el cerro donde, agazapado, nos aguarda el laberinto. Una vez en lo alto buscamos acomodo y nos paramos a almorzar. Sesteamos, discutimos, reímos y le pusimos algún que otro parche al mundo…  Y, como eran ya las cuatro de la tarde, empezamos a escrutar el horizonte para no tener que volver para atrás…

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Pendientes unos de otros para que nadie se perdiese en la maraña, reclamando con la voz la presencia del que venía detrás, pasando lista, nombrando al que se quedaba lejos… alcanzamos una charca natural en la que el lodo-chocolate había sustituido al agua. ¡Era el reino de los jabalíes! Estábamos en el corazón de su guarida. Por allí se partía el barranco en dos. Y esto era señal inequívoca de que al menos habíamos superado la mitad del laberinto. Ahora “solo” cabía avanzar monte arriba a la espera de que rocas, jaras y palmitos hiciesen acto de presencia y nos mostrasen que la selva abigarrada daba paso a una vegetación menos intensa. Y así fue. Cien metros más trepando y ya veíamos el cielo. El sol, que huía a poniente a toda prisa, se detuvo y, rasgando caprichosamente las nubes, nos saludó con varios rayos.

En la cumbre del Picacho./ Foto JM
En la cumbre del Picacho./ Foto JM

Media hora después alcanzamos la cumbre del Picacho. Hicimos fotos, lamimos los arañazos, nos reímos y felicitamos por haber vencido los imprevistos, ¡ese extraño bosque a tan solo 80 kilómetros de Sevilla! y, rápido, emprendimos el descenso pues al día lo empujaba la noche. Teníamos todavía 6 kilómetros por delante hasta llegar a los coches. Y, entonces, el grupo se dividió otra vez.

Mientras diez seguían el curso del camino y luego la carretera, cinco optamos por el sendero que nos llevaría, por el rancho de Garbín, hasta el Puerto del Calvario y desde ahí, ahora sí, por unos centenares de metros de asfalto… a los coches. Este último sendero, a pesar de su belleza, apenas lo disfrutamos. Ya entre dos luces… deprisa, deprisa… Por el aire volaban los disparos. El bosque retumbaba en cada descarga y las palomas torcaces huían despavoridas de los agazapados cazadores… Hasta tres nos encontramos. El escenario, el mismo: un perro y un niño uniformado junto a un hombre-cazador con escopeta.

No hubo tiempo para más, la noche se echó encima y, poco a poco, los tres grupos en los que se había dividido la veintena de correkas, formó una piña otra vez. Se intercambiaron parabienes y enumeraron las anécdotas…  El día había resultado feliz.

Vista panorámica desde el Picacho./ Foto JM
Vista panorámica desde el Picacho./ Foto JM

 

GALERÍA FOTOGRÁFICA

7 comentarios Añade el tuyo
  1. Un placer haber compartido la ruta con ese maravilloso grupo. He vuelto a disfrutarla leyendo tu narrativa acompañado del reportaje fotográfico. Un placer…..

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