En el corazón de las Alpujarras,
un viaje en el tiempo

Vista general de la Alpujarra granadina en el barranco del río Trevélez./ Foto Joaquín Mayordomo

Mirábamos al cielo y este se encendía. A cada segundo que pasaba, cien estrellas más. Hasta que la noche desplegó sus alas y todo fue un campo de luz centelleante: millones de pequeñas luminarias nos mantenían hipnotizados, provocando nuestro asombro… Habíamos olvidado que en la ciudad, cuando anochece, se repite este mismo espectáculo aunque no se llegue a ver: un manto de estrellas se activa y el firmamento parece que arde.

En algún rincón del paraíso alpujarreño./ Foto Joaquín Mayordomo
En algún rincón del paraíso alpujarreño./ Foto J.M.

Estábamos en la terraza de la casa alpujarreña observándo la puesta de sol. Con el rudimentario telescopio –“es un telescopio modesto, solo sirve para observar pájaros”, había anunciado Ascen, nuestra anfitriona– estrujábamos el horizonte buscando una explicación para uno de esos misterios de la física que solo la ciencia nos explica. Porque, en ese instante, el sol, a punto de ponerse, nos permitía ver, doscientos kilómetros más lejos, el monte Jebel Musa flotando en el Estrecho de Gibraltar, como si se se hubiese subido a un altar de nubes…  ¿Cómo era esto posible? “Ocurre solo a veces; es por la refracción”, concluyó Ascen.

Nos habíamos citado en lo que podría ser el corazón de la Alpujarra granadina, en las inmediaciones del pueblo de Busquístar, al abrigo del saliente más famoso que por allí se reconoce: el cerro de La Mezquita; un lugar misterioso, me atrevería a decir que mágico, con huellas de asentamientos prehistóricos, con tumbas esculpidas en la roca, con un altar y un templo en los que se celebraron rituales, sacrificios humanos…

Cabras montesas en las inmediaciones del cerro Corona./ Foto J.M.
Cabras montesas en las inmediaciones del cerro Corona./ Foto J.M.

Abajo, en el abismo, rugía el río Trevélez horadando la garganta mientras, en su precipitada huída hacia el mar, dejaba espumarajos en las paredes cinceladas de ambas orillas. La vieja central eléctrica derruida, asentada en los cortados de la roca, recordaba aquel tiempo de gloria, cuando en la Alpujarra hervía la vida. Y sobre el cañón de agua, el puente. Un puente de piedra que prolonga la escarihuela que, como una serpiente sin fin, zigzaguea monte arriba.

Por el agujero de la noche, mientras contemplábamos extasiados las estrellas, viajaban nuestros sueños con el río. Fantaseando, o echándole imaginación, podíamos oír todavía el resople de los burros, el tintineo de las esquilas y el metal de las herraduras en su tropiezo con las piedras, la zancada de las mulas subiendo o bajando por las agrestes escarihuelas que, acá y allá, salvan barrancos, precipios de otros cortados y arroyos o del mismo río Trevélez, para adentrarse en territorios más livianos, menos hostiles, por la Sierra Contraviesa, hasta llegar al mar. Aquellos arrieros llevaban para allá toda clase de fruta en banastas y serones; aceite, seda, hielo… Para traer de regreso el milagro del pescado fresco.

Ruinas de la antigua fábrica de la luz y el barranco del río Trevélez./ Foto J.M.
Ruinas de la fábrica de la luz junto al río Trevélez./ Foto J.M.

Eran otros tiempos, tiempos heroicos. Pero aún pueden sentirse, quizá escucharse si se pone atención en ello, la llamada del muecín a la oración saltando de barranco en barranco o de tahá en tahá (distrito administrativo de la época musulmana).

Ahora, sin embargo, cuando el caminante se adentra en los posos de la historia o se deja llevar por los senderos enriscados, contempla los castaños centenarios, los balates derruidos, la fuente Agria de Pórtugos o los baños de Panjuila de los que solo la imaginación puede dar fe, pues apenas se conserva alguna muestra de las ruinas que pudiera acreditarlos, el impenitente caminante siente que revive a cada paso el dulce y placentero discurrir de aquellas vidas; gentes hacendosas llenando de alegría y de pasión sus soledades; vidas atrapadas en la profundidad del barrancal alpujarreño, en los que cultivaban hasta el último palmo de terreno. Vidas trayendo y llevando el agua de la sierra por indescifrables laberintos de acequias y una red de albercas que se cuentan por decenas, y que solo ellos, tenaces agricultores, serían capaces hoy de explicar su funcionamiento, de cómo era posible conseguir que el fruto de las nieves llegase a todas partes.

Fondales, Ferreirola y el barranco del Trevélez./ Foto J.M.
Fondales, Ferreirola y el barranco del Trevélez./ Foto J.M.

La Alpujarra granadina es todavía uno de esos rincones en los que uno puede atreverse a soñar. Por la noche las estrellas son reales; si te alejas de los pueblos, la sensación que se tiene es que aún pueden tocarse. Y por el día el aire fluye limpio y puro y el cielo no está sucio.

En las últimas décadas del siglo pasado y lo que llevamos de este, centenares de extranjeros se han desperdigado como setas por estos andurriales de forma espontánea, repoblando laderas y gargantas. Son amables, gozan de la vida y muchos cultivan aficiones relacionadas con la artesanía o el arte. Los hay que escriben, pintan, componen música, hacen dulces o guitarras, fabrican calzado. Otros, simplemente viven. Y junto a ellos, en perfecta armonía, campean los autóctonos o esa legión de viajeros y jipis que han detenido el reloj para medir el tiempo a ratos y a su antojo. No está mal, y es muy loable, que aún haya gente rebelde; gente que lucha contra el aborregamiento que la tiranía del consumo nos impone.

 

Viviendo mientras pasa la vida

En el pueblo de Atalbéitar, el sábado al mediodía, la plaza principal, minúscula, es un hervidero. Hay quien vende zumo extraído de las naranjas de su huerto, recién cogidas del árbol, a un euro y medio el vaso gigante, y quien regala, prácticamente, una ración de tarta de manzana o nueces, hecha esa misma mañana, a cambio “de la voluntad”. La médica y pintora castellana, Isabel, ofrece sus cuadros al óleo, ciertamente alegres, luminosos, a 20 €; un precio ridículo si se quiere, pero que a ella le permite seguir viviendo feliz en esta tierra de Jauja a la que llegó –no recuerda cuándo ya– desde Ávila. Otra mujer vende limones y otra más, ungüentos.

Una calle de Atalbéitar./ Foto J.M.
Una calle de Atalbéitar./ Foto J.M.

En el bar improvisado en una casa particular conviven, por unas horas, en tumulto desenfadado, varios grupos de figuras y retratos peculiares. Aquí no existe lista de precios y uno deja en la mesa lo que considera oportuno en pago por lo que consume. Cuatro amigos anuncian su concierto. Son las dos de la tarde y el sol alumbra fuerte; el aire que circula por las estrechas callejuelas de Atalbéitar es dulce y perfumado. La gente se muestra feliz y se saluda con sonrisas celebrando la vida.

Jacobo, el rehabilitador./ Foto J.M.
Jacobo, el rehabilitador./ Foto J.M.

Jacobo, natural de Órgiva –pueblo principal de la comarca–, viajero y ciudadano del mundo, según dice, pues ha viajado tanto que no recuerda ya en los países donde estuvo, es un hombre recio que desborda simpatía y fortaleza; de cada poro de su piel, curtida por el sol y el trabajo físico, brotan seguridad y energía. Se le ve apasionado… Todos dicen que es un albañil de primera y el gran restaurador de ruinas imposibles de rehacer. Él, él solo ha rescatado de la nada el viejo molino arrumbado en el abismo de un barranco de Atalbéitar. Durante décadas, el viejo ingenio, que fuera también aserradero, y sin duda una construcción singular (pues recibe agua de dos barrancos, algo poco frecuente en este tipo de instalaciones), ha permanecido hundido a las afueras del pueblo mientras las zarzas lo devoraban hasta convertirse en mausoleo. Sus poleas, ruedas, rodamientos y engranajes, las vigas y los muros, todo, fue poco a poco engullido por la maleza… Pero hoy es un lugar rehabilitado. Jacobo ha recuperado su entorno mágico, rehecho sus paredes con fina mampostería y habilitado los canales para el agua esculpidos en la roca, por los que la corriente salva el precipicio. Lo ha devuelto a la vida, aunque no como molino, sino como hogar para el descanso de aquellos que huyen del ruido.

Rodeados de belleza, hacer arte siempre es más fácil./ Foto J.M.
Rodeados de belleza, hacer arte siempre es más fácil. Isabel es un ejemplo./ Foto J.M.

Son las Alpujarras. Un territorio en otra hora perdido y olvidado y hoy tan deseado para vivir. Por aquí, un extraño día de tormenta, el cielo descargó un aguacero de ranas según cuenta Manuel Talens en su novela La parábola de Carmen la Reina. Y también hubo gusanos; gusanos de seda por millones pues, en el siglo XVI, antes de la expulsión de los moriscos, había más de 4.000 telares dedicados a esta industria, afirma el periodista y escritor Justo Navarro. Es decir, la Alpujarra granadina sigue siendo un pozo en el que la realidad y las leyendas se confunden. Una confusión que ahora, el capitalismo a ultranza quiere dilucidar a su favor apostando por la realidad a cualquier precio, ¡su realidad!, sin importarle si destruye o no la paz social a costa de corromper el paisaje y envenenar el medio ambiente. La línea de alta tensión que Red Eléctrica Española ha proyectado por el corazón de esta comarca está uniendo a sus pueblos en la lucha; los alpujarreños, no importa a qué estatus social pertenezcan o de que nacionalidad sean, no quieren torres mastodónticas ni cables afeando el territorio ni irradiando el aire; proponen que se entierren como se ha hecho en otros países. Están en pie de guerra. La plataforma Di No a las Torres de Alta Tensión en la Alpujarra ya se conoce en medio mundo; recientemente, un artículo en The Guardian daba fe de ello.

Contra la red de alta tensión./ Foto J.M.
Contra la red de alta tensión./ Foto J.M.

Mientras tanto, el tiempo se detiene en la contemplación de las estrellas. Pero la noche avanza. Y desde la azotea hecha de launa (esa arcilla magnésica y pizarrosa, impermeable, que cubre los tejados de la casa alpujarreña) se tiene la impresión de que la Vía Láctea se incendia y los planetas cobran vida una noche más. En el horizonte, sin embargo, las luces amarillas, centelleantes, de los pueblos de Fondales, Ferreirola, Atalbéitar, Mecina, Mecinilla, Pórtugos, Pitres, Capilerilla… avisan del peligro que corre, también, este territorio de ser engullido por el progreso.

Si el monstruo de las torres y los cables planta al fin sus reales por aquí, la vida y los misterios de las singulares Alpujarras habrá entrado en una nueva dimensión, puede que en una nueva era… Sí, quizá, en su último viaje: ¡el de la destrucción!

Apuntando a los sueños. A la Alpujarra se va por allí.../ Foto J.M.
En el valle de los sueños todo son misterios, espejismos, reflejos. ¿A la Alpujarra? Por allí…/ Foto J.M.

 

GALERÍA FOTOGRÁFICA

 

 

5 comentarios Añade el tuyo
  1. Joaquin, eres un hombre del Renacimiento, eres capaz de sacar belleza y conocimiento de cada uno de tus encantadores viajes a la vez que conoces personas singulares que hacen más atractivo el lugar. Me sigues dando envidia con tu apuesta vital que has elegido. Mi único consuelo es que siempre podré apuntarme como acompañante expectante para un futuro no muy lejano.

  2. Narrativa precisa,
    no falta de realismo,
    de la mano nos lleva, recreando parte de la vida actual y antaño, como si de un cuento se tratara.
    Me emociona la sensibilidad,
    el compromiso con el que trata a la Alpujarra.

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