Cuando las ortigas florecen
para que la montaña se haga fantasía

La belleza existe per se; pero también puede crearse… Imaginarse. La gente va al monte de paseo, a hacer picnic o a caminar suavemente durante un par de horas. Los hay, también, que van a escalar roquedales; a colgarse en el aire. O a trepar por veredas agrestes hasta alcanzar esas cumbres que siempre se añoran, con las que los montañeros sueñan. En el club Correcaminos, sin embargo, cada sábado se inventa algo nuevo. Es otra forma de vivir la montaña; apenas hay reglas… y eso lleva a sus miembros a indagar y a asombrarse. Luego, ¡todo se celebra!

En el corazón del bosque./ Foto: Joaquín Mayordomo
Fabi, el afortunado./ Foto: Joaquín Mayordomo

Así, el pasado sábado, 4 de mayo de 2019, la excursión que se anunciaba como “de una dificultad media, con 17 kilómetros de distancia, 7 horas de marcha y un desnivel de 600 metros”, resultó ser una gozosa aventura de más de 20 kilómetros para los que empleamos 8 horas de continuo sube y baja. El desnivel acumulado superó los 1000 metros. La dificultad, sin embargo, resultó la anunciada… “Media”. Dicho… por decir algo y sin entrar en detalles.

El objetivo era subir al cerro Fantasía, en el Parque Natural de los Alcornocales, en Cádiz. Emprenderíamos la ruta desde la venta de La Víbora situada en el kilómetro 39 de la carretera regional A 373. Aparentemente, la propuesta era sencilla. Pero la aventura resultó laberíntica y, por momentos, difícil. Mas no hay mal que por bien no venga: desde el principio celebramos que una eclosión de belleza nos envolviese durante todo el trayecto. Mientras trepábamos o descendíamos sin parar por senderos inexistentes, un bosque milenario nos sorprendía a cada paso, acunándonos bajo su frondosidad.

Somos plantas de la tierra, que no se os olvide./ Foto: J.M.
Somos plantas de la tierra, que no se olvide./ Foto: J.M.

Cuando descubríamos un claro, el horizonte se pintaba de una nebulosa esmeralda y armónica; en medio, un mar de silencio roto solo por el vuelo o el trinar de los pájaros. Las últimas lluvias caídas habían ablandado y nutrido la tierra, cebado manantiales, avivado las raíces de los árboles… y ahora, en las copas de alcornoques y quejigos, coronas de brotes y hojas avarientas despuntaban verdor mientras se manifestaban tejiendo un manto chispeante, casi eléctrico.

Agradecimos que el día continuase nublado. La agobiante humedad dificultaba el avance y dilataba los poros de la piel hasta dejarnos exhaustos.

Cerro Fantasía, detalle./ Foto: J.M.
Cerro Fantasía, detalle./ Foto: J.M.

Después de un par de horas de marcha, a los 17 correkas que habíamos partido desde el aparcamiento de la venta La Víbora, ya nos daba igual el destino, pues, una vez acogidos y envueltos por el paisaje, no importaba cómo ni cuándo íbamos a llegar a aquel cerro con tan singular nombre. ¡Cerro Fantasía! ¿A santo de qué aquel topónimo?

Vivimos varias peripecias buscando el camino hacia el cerro; al fin lo descubrimos… Allá, no muy lejos, enfrente, se adivinaba un mojón, apenas destacando algunas decenas de metros por encima de la línea que trazaba la espesura del bosque. No parecía muy difícil llegar hasta él. Solo una roca, no muy alta, sobresalía entre el espeso entramado que configuraban los árboles.

Mas la cercanía, supimos enseguida, era puro espejismo, porque, en un visto y no visto, comenzamos a dar vueltas por un laberinto inexpugnable de maleza y ortigas gigantes que nos laceraban rodillas y muslos. Como inexpugnable era también el abigarramiento de los árboles que, bien arrastrando el ramaje por el suelo, bien entrelazándose unos con otros en perfecto desorden, nos imposibilitaban cualquier intento de avance. Y, a todo esto, la humedad persistente… ese aire “chorreando” que venía a dificultar la aventura; sudábamos como patos saliendo de un charco.

Por el camino de ortigas... hacia ninguna parte./ Foto: J.M.
Por el camino de ortigas… hacia ninguna parte./ Foto: J.M.

Puede que a estas alturas, un lector avezado piense que exagero; un poco sí, ¿verdad? Pero, si no cree lo que cuento, observe las fotos que ilustran la crónica y dígame luego si no resulta verosímil y posible que estas brañas, ortigas, lentiscos, acebuches, cañahejas hediondas, entretejidos bardales y otras malezas, no hubieran podido pertenecer a una isla salvaje, aún por descubrir, situada en los confines del mundo. Pues no, apenas estábamos a unos kilómetros del mítico Ubrique (Cádiz), mundialmente famoso por el im-presionante torero Jesulín y por esas manufacturas en cuero que exhiben, en los escaparates de las principales ciudades del mundo, las marcas de ropa y complementos consagradas en el top ten mundial.

El misterio de las ruinas en el cerro Fantasía. / Foto: J.M.
El misterio de las ruinas en el cerro Fantasía. / Foto: J.M.

Los pinchos de las aliagas, de los espinos, los cardos… Parecía por momentos que éramos un grupo de zombis danzando en medio de una selva de Borneo o de Java. Reptábamos o trepábamos según cuadrase, tratando de encontrar ese espacio minúsculo, un claro que nos permitiese avanzar y acercarnos un poco más a la meta… ¡La cumbre del Fantasía!

Y mientras tanto reíamos… Nos reíamos tanto que Victoria hubo de confesar que había tomado esa misma mañana la pastilla de la alegría y esta provocaba una risa contagiosa. Y debió de ser eso, porque a partir de aquel momento, y hasta que el sol nos dejó, justo cuando concluía la excursión, ya no pararíamos de reír. Reímos incluso cuando algunos temieron despeñarse ante el temor de no poder bajar por esa canal, casi en vertical, por la que el grupo propuso descender hasta el llano con el fin de ponerle la guinda a la hazaña del día.

Ya estamos tocando la cumbre. Se adivina ahí arriba. Se “huele”. Pero antes, ¡oh, sorpresa!, en una meseta minúscula, descubrimos unas ruinas que yo aseguré, en mi ignorancia, que eran las de un morabito; esa tumba que alberga al hombre de bien musulmán, casi santo, a la que los creyentes acuden en busca de protección y consuelo. Mas otros dijeron que eran las ruinas de una antigua ermita. ¡Y tan antigua! Tan antigua que de sus cuatro paredes, a dos las habían devorado los árboles. Desde luego, quien erigiera este templo, casa, mausoleo o lo que fuese… sí que tenía fantasía. De ahí provenga, quizá, el nombre del cerro. ¡Quién lo sabe! Sea lo que fuere el origen de estas ruinas o pertenezcan a quien pertenezcan, uno no puede dejar de pensar en esas civilizaciones desaparecidas, devoradas por las selvas en Asia o América.

La sonrisa de la felicidad después de haber tomado la pastilla de la alegría./ Foto: J.M.
La sonrisa de la felicidad./ Foto: J.M.

Por fin alcanzamos la cumbre mientras la pastilla de la alegría que había tomado Victoria seguía haciendo su efecto en nosotros. Hasta tal punto reinaba el contento que el almuerzo que celebramos en lo alto tuvo aires de gran festival con su risa. Y si no, fíjese el lector en el retrato de grupo que ilustra estas líneas.

Celebrando la risa en la cumbre del cerro Fantasía./ Foto J.M.
Celebrando la risa en la cumbre./ Foto J.M.

Teníamos arañazos por todas partes, hilillos de sangre en las manos y brazos; las piernas nos ardían por las caricias de las malvadas ortigas. Pero nos sentíamos felices de haber alcanzado el mojón (creo que puedo llamarlo así al “montecillo” sin faltarle al respeto) desde el que las vistas en cualquier dirección que uno mirase provocaban el asombro pues todo era verde. Por debajo, sorprendidos también, supongo, y expectantes, los buitres que habían habilitado su hogar en aquel roquedal volaban en círculo, sin atreverse a acercarse, tal era la algarabía que escuchaban…

La vuelta fue más suave que la ida, pero no más breve. Cruzamos por tierras pacíficas y en calma, descubrimos algún que otro cortijo, al cabrero con sus cabras que nos miraba como a una aparición; también a una hermosa boyada de vacas jardas, relimpias, como recién lavadas por la lluvia; fuentes y arroyos. Y más robles gigantes que, en algún caso, andaban ya renqueantes o descansaban recostados en la tierra, esperando su desaparición.

El roble ciervo soñando con una reencarnación./ Foto: J.M.
El roble ciervo soñando con una reencarnación./ Foto: J.M.

Sobre las 7,30 de la tarde estábamos de vuelta al lado de los coches. Lo hacíamos un tanto arrumbados por los varios kilómetros de la aburrida calcetinada que nos había exigido el regreso por la pista. Y es que lo nuestro es zambullirse entre brañas y broza, zascandilear por los bosques; eso es lo que menos nos cansa, parece ser.

Ya de vuelta a Sevilla, al pasar por Ubrique, descubrimos la fiesta del Día de los gamones. La curiosidad pudo más que el cansancio y aparcamos el coche. En cada barriada una hoguera. Los ubriqueños explican que este es un juego ancestral con dos posibles orígenes: el primero y más antiguo, el del ritual que algunos pastores emprendían calentando esta liliácea (el gamón) para hacerla estallar con el fin de ahuyentar a los lobos y proteger sus rebaños; el segundo y más reciente, la celebración del recuerdo de la victoria sobre los franceses. Durante la Guerra de la Independencia un destacamento del ejército francés llegó hasta estos pagos… Mas, observando que el pueblo estaba en llamas (las decenas de hogueras) y que había continuas explosiones, decidieron alejarse. Los ubriqueños celebran así aquella victoria. Cada año, en la fiesta de las Cruces de Mayo, recolectan haces de gamones, encienden hogueras y los hacen estallar mientras rememoran la hazaña. Y nosotros, convalecientes aún de la aventura en el cerro Fantasía, por unos minutos, lo vivimos.

 

GALERÍA FOTOGRÁFICA

 

3 comentarios Añade el tuyo
  1. Maravilloso relato como siempre. Si por algo recuerdo el cerro fantasía es por los pinchos y la dificultad de encontrar la cumbre siempre..y esta vez al parecer igual.

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