Bailando por Grazalema

Caminar, subir, bajar, saltar de risco en risco… Para el montañero, marchar campo a través o por esas sendas intrincadas de las sierras de Grazalema, en las que no hay ni diez centímetros de suelo confortable para que encuentre el pie acomodo, es como practicar la danza. El viajero de las cumbres ha de ir siempre vigilante y con un ojo avizor para evitar los imprevistos: chinarros que ruedan como cojinetes y te hacen caer al suelo; guijos que sobresalen, puntiagudos, amenazándote a las piernas o a las rodillas; rocas que conforman cuchillos afilados sobre las que hay que saltar o practicar la filigrana del equilibrio, reptar como serpientes para librarse de ellas o simplemente planear y, en un malabarismo, transformarse en experto saltimbanqui que bate el aire con los brazos para alzar el vuelo… como si se tuviesen alas.

Caminar, subir, bajar… Montañeros danzando por Grazalema./ Foto Joaquín Mayordomo
El arco Gótico./ Foto J.M.

Con todo, la aventura se celebra, y perderse por esos pedregales es una fiesta. El sábado pasado, sin ir más lejos, los 22 correkas que acudimos a la cita gozamos del gran espectáculo que siempre nos ofrece la Naturaleza cuando visitamos estos pagos. Durante 8 horas intensas y más de 11,5 kilómetros de marcha en un continuo sube y baja, acumulamos un buen puñado de experiencias para alimento del espíritu. Cada vez que el grupo alcanzaba una cresta o vencía los perfiles de un collado, los intrépidos viajeros se sentían semidioses e inmortales.

Tunel de Coargazal./ Foto J.M.

En el arco Gótico tomamos el consabido refrigerio de la fruta. Es este un lugar a modo de pequeño refugio rematado por una curiosa ventana. ¿Qué ocurrió aquí, aquel día, cuando se formó este arco, para que la roca se petrificase de esta forma?

Evocando alguna leyenda e imaginando otras, nos dirigimos al túnel de Coargazal. Trepamos por un complejo laberinto y… la montaña reventó ¡de pronto! en un gran agujero que nos invitó a mirar al infinito. Abajo, a unos centenares de metros, el Salto del Cabrero y el Valle del Boyar en todo su esplendor; y más allá, en el horizonte: la Campiña; ese manantial de cereales en otra hora, y hoy campo de olivos, huertos solares, invernaderos y, más recientemente, también, tierra de almendros.

La sorpresa de la vaca./ Foto J.M.
La sorpresa de la vaca./ Foto J.M.

El día avanza y el viaje sigue su curso. Nosotros descendemos atravesando una hoya umbría en la que un pequeño bosque de pinos apretados nos da, por un tiempo, cobijo. También encontramos encinas, algunas asombrosamente longevas. Encinas centenarias vestidas todavía con una tupida capa de musgo a la espera del verano. Los vericuetos se suceden, las huellas humanas por aquí son evidentes: una pileta tallada en la piedra, rectangular, perfecta, para que abreven los animales al borde del camino; un crómlech oculto, según las fotos que ha hecho Fernando, del que apenas asoman las puntas de lo que se supone son los megalitos que lo forman. ¿Y por qué no puede ser así? Por aquí, seguro que trotaron los primitivos mortales que a finales del Neolítico y en la incipiente Edad del Bronce, hace 3.000 años, fundieron cobre con estaño.

La encina candelabro./ Foto J.M.
La encina candelabro./ Foto J.M.

Continuamos hacia el sur entre las piedras que no nos abandonan; subimos y bajamos varias veces para llegar a la pradera en la que almorzamos y celebramos la consabida siesta. Luego, al despertar, varias vacas en el prado nos contemplan. Hay también terneros y una madre que amamanta a su becerro sin quitarnos ojo. Los totémicos vacunos nos miran asombrados indagando en las causas de nuestra aparición.

Ahora el tiempo se consume detrás de cada paso. Llegamos a otro prado y una encina, que se ha resistido a morir después de que algún ciclón la abatiese, configura un candelabro, tomando de este el nombre. Al lado, el roquedal imponente del pico Jauletas en el que arcos y cien cuevas, complejos laberintos, hendiduras caprichosas y mil figuras más conforman un paisaje y un cuadro de tamaño formidable que invitan al asombro. Los correkas se entretienen escalando, saltando entre las grietas, asomándose a las rendijas mas profundas, haciendo fotos… Pero los minutos vuelan ya y el reloj anuncia la hora de vuelta. Aquí se cierra el círculo.

La seducción de los riscos./ Foto J.M.
La seducción de los riscos./ Foto J.M.

Retornamos salvando más collados, otros bosques; trepamos al lado de una cascada sin agua, atravesamos otro pedregal… La sed acucia a algunos y nos encaminamos a la fuente que hay en las inmediaciones del Cortijo del Dornajo, un complejo agrícola-ganadero, hoy en ruinas, que, como tantas otras veces, invita a soñar y a imaginar viejas leyendas de caminos transitados por arrieros… o bandidos, vete tú a saber. Dejad la imaginación que vuele…

La danza de los buitres./ Foto J.M.
La danza de los buitres./ Foto J.M.

El agua cristalina brota fresca y reconforta. Es vida y energía. Algunas compañeras juegan a mojarse. El grupo ríe y celebra la victoria que se intuye. Se siente ya muy cerca el final de la ruta… Aunque aún falte por subir hasta el puerto de las Presillas (1.230 m) y bajar hasta los coches. ¿Mas qué es esta distancia para unos caminantes que son capaces de hacer decenas de kilómetros, apenas sin descanso?

Llegamos al fin a lo alto del puerto y el cielo se dibuja como un cuadro de sombras en danza. Decenas de buitres leonados vuelan sobre nuestras cabezas en círculo; supongo que al acecho… ¿O esto es solo un juego? De pronto, sin más explicaciones, rompen la formación circular y, en fila india, se van…

Abajo, el pueblo de Grazalema empieza a adormecerse. Los últimos rayos solares rayan el azul con brochazos de naranja y tintes escarlata. Por una vez los correkas regresan todos juntos… Quizá estemos asistiendo al final de “otro Neolítico”; una nueva Edad del Bronce con su crómlech particular, real o imaginario, que tiene ahora presente, confuso entre sus sueños, el presi, don Fernando.

El regreso./ Foto J.M.
El regreso./ Foto J.M.

 

GALERÍA FOTOGRÁFICA

Un comentario Añade el tuyo
  1. Entretenido relato. Me evoca mis paseos por esos lugares que describes y con ello sentirme reconfortado con estos buenos recuerdos. Caigo en la cuenta, con tus palabras, que es la danza lo que te da alegría entre tanta piedra.

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