De alacranes y otras aventuras

Recuerdo aquel verano, de niño, cuando los amigos íbamos a cazar alacranes al teso de la Bastarda, una ladera orientada al oeste, cubierta de rocas y maleza, donde el sol achicharraba a todo lo que caía por allí.
Con sumo cuidado, levantábamos cada piedra y allí estaba él, ¡el alacrán! El ser más peligroso que un niño podía imaginarse después del Hombre del Saco, al que los que venían de la ciudad de vacaciones, más finolis ellos, llamaban Sacamantecas. Después de este hombre, al que nunca llegamos a ver aunque seguro que existía, los alacranes y las víboras eran los seres más peligros del pueblo.
A cada alacrán que encontrábamos lo ajoreábamos con un palo, provocando su ira. Él levantaba la cola y nos amenazaba con clavarnos el aguijón. ¡Y nos reíamos! Nos reíamos porque, aunque niños –no tendríamos más de 6 o 7 años– nos creíamos más fuertes. Temblábamos de miedo, sí, pero la aventura nos provocaba tal nerviosismo que, aunque sabíamos que su picadura podría causarnos la muerte, nos era imposible desistir de azuzarlo. Era como un imán… Hasta que nos cansábamos de él y lo matábamos. Entonces nos íbamos a descubrir avisperos para destruirlos también; en las soleadas paredes de las huertas había siempre dónde elegir. Pero las traidoras nos picaban; a veces dos o más a la vez. Entonces llorábamos y llorábamos de dolor mientras amasábamos un poco de barro y lo colocábamos sobre la picadura. Luego, cansados de tanto suplicio, exterminio y aborrajados por el calor, corríamos a bañarnos al pilón de Tomás y al acabar nos íbamos a jugar al balón.

Las aulagas florecidas, que se antojaban mimosas, cuando te acercas muerden como pirañas./ Foto J.M.
Las aulagas, que se antojan mimosas de lejos, muerden como pirañas cuando te acercas./ Foto J. Mayordomo

El sábado pasado, al volver a los coches, después de la marcha que los correkas hicimos en las inmediaciones de Coripe (Sevilla), alguien comentó que había descubierto un alacrán debajo de una piedra. Corrí a verlo, le hice la foto y, como esa ola que te azota en la cara cuando no te la esperas, me llegó aquel recuerdo de la infancia y los alacranes. También la película de Sam Peckinpah y su Grupo Salvaje me vino a la mente. El comienzo: unos niños han construido una empalizada en torno a una colonia de hormigas y dentro han soltado varios alacranes… Ensimismados, en cuclillas, observan como las hormigas atacan y devoran a los maléficos bichos mientras la banda de William Holden se dirige a atracar un banco; una secuencia que sintetiza en un puñado de planos el espíritu del filme. Al final los niños le prenden fuego al invento… Y empieza la película.

Cuando el camino se pierde... empieza la aventura/ Foto J.M.
Cuando el camino se pierde… empieza la aventura/ Foto J.M.

La nuestra, la película de la excursión a La Toleta / Puerto del Calvario / Cerro del Cincho, en las inmediaciones del río Guadalete y la sierra de la Espuela, no tiene tanta historia como el filme de Sam Peckinpah. Como es ya habitual nos reunimos una veintena –bastantes caras nuevas– y enseguida comenzamos a trepar monte arriba siguiendo la valla de un coto de caza. Las aulagas florecidas, que de lejos se antojaban mimosas, cuando te metías entre ellas te mordían como pirañas mientras te hacían el paseíllo. El sendero no existía; avanzábamos entre jaras, retamas y algún que otro roble y acebuches. La maleza se apoderó muy pronto de nosotros hasta que nos dejó sin camino. Nadie conocía el terreno; íbamos de exploradores… Dos condiciones que a este club de montañeros le estimula más que cualquier otra cosa. Durante la parada de rigor para tomar un poco de fruta barajamos posibles soluciones, reflexionando sobre qué estrategia seguir.

Ruinas de un cortijo próximas al cerro de la Arena./ Foto J.M.

En estas estábamos cuando alguien reinició la marcha, que es la forma más eficaz de indicarle a los más indolentes o despistados que el asueto se acaba. Pronto empezaron las dudas y el grupo se detuvo. El avance en aquella barranca resultaba complicado. Hasta que descubrimos un nuevo sendero después de que Fran y Juan Carlos “huyesen” de nosotros imitando a esos exploradores que atraviesan la jungla a golpe de machete. Ellos decidieron descender barranco abajo hasta la pista que se adivinaba a medio kilómetro.
Tras reagruparnos otra vez atravesamos el arroyo de la Armada, rodeamos el cerro de la Arena y… comenzaron las disensiones. Para algunos correkas ya era bastante lo recorrido hasta entonces, pero para otros, como suele ocurrir, casi no había empezado la aventura… Al final nos quedamos siete en cabeza para subir al cerro del Cincho, donde disfrutamos del almuerzo sobre un manto verde, tirados al sol como los lagartos, y rodeados de un horizonte lejano de picachos y campos de trigo. Por el norte la Campiña nos mostraba sus llanuras de cereales y tierras ocres, mientras, al sur, la línea del cielo la dibujaba la sierra de Grazalema, destacando sobre ella el pico del Torreón con sus 1.648 metros. Por el oeste, en cambio, la cercanía de sierra Vaquera nos impedía ir más allá, mientras que al oeste uno podía adivinar el sueño de Sevilla, a 90 kilómetros tan sólo de donde nos encontrábamos.

Descenso del cerro...
Descenso del cerro del Cincho./ Foto J.M.

Tras la siesta de rigor, Fran, un correka enamorado, decidió volver sobre sus pasos en busca del amor que había abandonado en el valle. El resto nos lanzamos monte abajo por un cortafuego que imponía cierto respeto por su verticalidad. Mas no hubo problemas y salimos indemnes del lío en el que nos habíamos metido, llegando una hora después al camino que, según rezaba en un cartel que encontramos, siguiéndolo siempre hacia el sur nos hubiera llevado a Algodonales y, hacia el norte, a dónde habíamos dejado los coches, a unos tres kilómetros. En total recorrimos 11 kilómetros en un día tranquilo, con temperatura primaveral.

Robles centenarios./ Foto J.M.
Robles centenarios./ Foto J.M.

El reencuentro con el grupo supuso una fiesta pues allí estaba, en el punto de partida, un viejo amigo de los korrecas con su caravana, que había venido a pasar el día a la Toleta. Los que regresaron antes comieron, bebieron y, supongo, intentaron arreglar el mundo. A los que volvimos más tarde nos ofrecieron cerveza.
Todavía quedaba un buen rato de sol que aprovechamos para contarnos las cuitas, mientras acotábamos el circuíto recorrido con la intención de repetirlo, imaginando ya nuevas proezas. Satisfechos como siempre, retornamos a Sevilla mientras el sol se escurría lentamente por el Aljarafe. Algunos decidieron tomar un café en Puerto Serrano, nosotros, los que volvíamos en mi coche, salimos huyendo del pueblo como gato escaldado que del agua fría huye… El encuentro a la entrada, de frente, con un entierro y el recuerdo de los alacranes… hizo que pusiéramos pies en polvorosa.

 

2 comentarios Añade el tuyo
  1. Muy buena percha, Joaquín, la que te has buscado para hacer el relato de la excursión del sábado. Tan ameno como siempre. Gracias. Un abrazo.

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