Los ‘Doce del Mojón’

Hubo ciertos momentos en la aventura montañera del sábado (abrir una vía nueva para llegar el Mojón Alto) que pensé que estábamos interpretando, con apasionado realismo, Los desnudos y los muertos, novela cumbre de Norman Mailer, de la que también se hizo una película. La leí hace mucho tiempo, pero con frecuencia me vienen a la memoria episodios de aquel retrato psicológico de un grupo de soldados con sus mandos que, entre brumas y bajo una humedad asfixiante, deambulan hasta morir (algunos) en la selva de una isla remota del Pacífico mientras no saben qué buscan ni por qué luchan, en tanto que, asustados, el miedo les atrapa al imaginarse una emboscada de los invisibles japoneses. Se dice que es una de las mejores obras de ficción sobre la Segunda Guerra Mundial.
El pasado sábado –vuelvo ahora al presente– tuve esa misma sensación de aventura en algún momento del día. Fue emocionante, para los que nos gusta la montaña, perseguir ese deseo de conquistar una cumbre por una vía nueva. La sentí cuando campo a través explorábamos opciones para seguir avanzando, gateando al principio, cresteando después, abriendo trochas siempre entre roquedales de calizas que cortaban como cuchillos, salvando abismos por los que si alguien se caía aparecería al otro lado del mundo… La sentí cuando sorteando piornos, espinos y carrascas descendíamos a vaguadas en las que la umbría y el musgo prometían descanso, paz; sueños de inconfesables placeres con hadas y abrazos amistosos con duendes…

Por los Llanos de Zurraque y, al fondo, en el centro el "cucurucho" del Mojón Alto./ Foto: Joaquín Mayordomo
Por los Llanos de Zurraque; al fondo, en el centro, el picacho del Mojón Alto./ Foto: Joaquín Mayordomo

Al final, aquel camino nos condujo al cielo, a ese Mojón Alto de 1.295 metros, que, ya llegando, se veía en el horizonte como un gran cucurucho de helado, con un puñado de encinas suspendidas por su cara norte dándole aire.
Éramos 22. Veintidós convencidos de que la gloria final, si la había, sería solo para unos pocos. Es lo que tiene este club de montañeros, que desde el principio sabe que cada uno depende de sí mismo, y que, para sobrevivir en la aventura, el inexperto ha de pegarse al trasero de aquel al que pueda seguir hasta su regreso al punto de partida.
Y así ocurrió el sábado. El primero en quedarse rezagado fue nuestro genio de la lámpara, Antonio Albert; una persona admirable, con voluntad de hierro y espíritu a prueba de imprevistos, que, con 76 cumplidos, siempre se encarga de recordárnoslo: “A estas alturas ya sé muy bien donde están mis límites”.

El primero de la cuerda, Miguel; el resto, detrás./ Foto J.M.
El primero de la cuerda, Miguel; el resto, detrás./ Foto J.M.

Los 21 restantes compartimos todavía tiempo y varios kilómetros de marcha por los llanos de Zurraque hasta alcanzar una pista abierta en la roca recientemente, que nos dejó al pie del pico Cabrizal (1.224 metros). Aquí alguien dijo que ya era suficiente lo de ir llaneando y las mujeres, siempre más prudentes y más sabias que los hombres, decidieron hacer “una marcha circular” más tranquila, sin imponerse más metas ni conquistas que las que le concede al espíritu el hecho de pasar un día fantástico en la montaña con buena compañía.  A ellas se unió Bernabé, que prefirió la paz del llano a guerrear para hacer cumbre.
Los 14 restantes atacamos la cara norte del Cabrizal entre carrasqueras, mucha broza y retamas; y aunque al principio todos podíamos con la pendiente, poco a poco el grupo fue disgregándose y así, cuando uno hace una pausa para respirar y mira hacia arriba, ya ve a tres arañas trepando cerca de la cumbre. ¡Santo cielo, aquellos vuelan! Allá iban Miguel, Pepe y Alfonso. Detrás: Antonio Barros, Nieto, Adolfo, Lucio y Alejandro (padre e hijo, amigos italianos de los correkas, de visita estos días en Sevilla), Antonio El Coleta… –Manolo cabalgaba por libre–  y, más lejos aún, Enrique. Fernando, en ese momento, estaba “desaparecido”.
Tratando de reunirnos a todos y siempre pendiente del grupo como el pastor de su rebaño, Fran, el profesor. Es decir, en menos de una hora “el comando de 14” se había atomizado en media docena de grupúsculos. Aquello podía acabar como el rosario de la aurora.

Como andando por la selva./ Foto J.M.
Como andando por la selva./ Foto J.M.

Atravesamos una zona de simas y espesa vegetación, dudando del camino a seguir… Hasta que Antonio B. –que se pasea por estos tierras como si fueran parte del salón de su casa– propuso “por aquí”, y enfiló hacia la izquierda, monte arriba, en busca de la cumbre de un picacho que “nos permitiría no perder altura”, aclaró “y descubrir dónde quedaba nuestra meta del Mojón Alto”. Allá nos fuimos el grupo de siete, los que Fran había logrado reunir.
Pero las muchas dudas sobre la vía adecuada, la hora y aquella planicie alfombrada de hierba, alumbrada por el sol –una especie de balcón desde el que se observaba gran parte de las crestas del Parque de Grazalema–, invitaron a que Lucio propusiese almorzar allí. “Es la hora”, dijo. “Son las dos y media”, corroboró Antonio B.
Nos detuvimos. Y entonces… como si se hubiese obrado un milagro, fueron apareciendo poco a poco los miembros desperdigados del grupo de “los 14”. ¡Eureka, estábamos todos juntos otra vez! Almorzamos, nos reímos, se bebió vino (algunos) y otros prefirieron dulces: turrón, chocolate, galletas napolitanas…
Sin tiempo ya para la siesta que con tanto devoción celebra el grupo normalmente –el Mojón Alto se veía, sí, pero tres crestas más lejos– reiniciamos la marcha tras despedirnos de Enrique y Fernando que decidieron emprender, buscando una vía alternativa, el camino de vuelta.

En busca de un camino, cresteando./ Foto J.M.
En busca de un camino, cresteando./ Foto J.M.

A estas alturas la aventura era inevitable. Nadie tenía claro cómo atacar la vía que nos llevase al deseado Mojón. Pasamos por estrechos corredores de rocas puntiagudas, afilados perfiles de una belleza increíble. Pepe –intuitivo– propuso bajar hacia la sima que había enfrente y buscar esas trochas que trazan los ganados para encontrar abrevaderos o los pastos más feraces. Acertó. Porque, de pronto, nos vimos avanzando por un camino de nomos, que nos llevaba en dirección a la meta… Eso sí, la ilusión duró bien poco; apenas unos minutos.
Y otra vez volvimos a explorar pistas, al tiempo que avanzábamos, retrocedíamos o saltábamos como cabras silvestres salvando precipicios. Pepe partió uno de sus bastones y dijo sentirse huérfano. Fran pidió que le hiciéramos un retrato exhibiendo la testuz de la vaca muerta que acababa de hallar en una grieta; Adolfo había volado unos minutos antes con mucha suerte y poco daño (afortunadamente) después de un inexplicable traspiés. Miguel se lastimó una rodilla y hablaba de distensión de ligamentos y Antonio, El Coleta, decía sufrir un neumotórax después un brutal costralón. Este cronista vio, también, a otros planchando pantalones con ahínco y apretando las cachas sobre las desnudas calizas. En fin, éramos 12 bailando el gran ballet del Mojón…

Retrato con cabeza de vaca./ Foto J.M.
Retrato con cabeza de vaca./ Foto J.M.

Nos encontramos una balsa labrada en la roca que recogía el agua fresca del manantial. ¿Quién podía haberse ido hasta allí, a esculpir aquel estanque en un lugar tan mágico y remoto? A alguien se le ocurrió que este era “el baño privado” de los pastores enamorados, sufrientes, donde venían a ahogar sus penas de amor o a celebrar sus gozos con alguna de las ninfas que habitan estos bosques.
Mientras tanto, bajamos y subimos otra vez para atacar finalmente, por la cara sur, los últimos 80 metros que faltaban para la cumbre. Un pinchazo en un muslo, tras un salto forzado, me avisó de que el cuerpo también me diría “basta”, negándose a ir más lejos aunque yo me empeñase en no hacerle caso. Así que lo escuché y acordamos beber agua, comer algo y subir más despacio los últimos 40 metros que faltaban.

El estanque de las ninfas./ Foto J.M.
El estanque de las ninfas./ Foto J.M.

Arriba fue llegar y celebrar la apoteosis.
El Mojon Alto se incrusta en una especie de sierra de varios kilómetros en la que el picacho principal es una roca desnuda sobre la que apenas caben diez alfileres. Nosotros éramos doce. Nos hicimos la foto de rigor. Descansamos, bromeamos y nos pusimos a debatir sobre cual sería la vía más fácil para descender hasta el valle, en los Llanos de Líbar. Allí, enfrente, teníamos la pradera acunada por los últimos rayos de sol que invitaban a echarse a volar para llegar antes hasta ella.
Caía la tarde y en menos de una hora se apoderaría de nosotros la noche. Descender por una pendiente, con algunos tramos casi en vertical, iba a ser un reto arduo; eran 300 metros de desnivel los que habría que salvar en muy poca distancia. Propuestas y opiniones, las hubo para todos los gustos; y al fin se acordó, no sin temor, bajar en línea recta, conscientes de que corríamos el riesgo de encontrarnos con una pared que nos obligase a remontar otra vez hasta encontrar una salida. El sol se escurría ya y urgía emprender el descenso. Así que allá nos fuimos, aventurándonos, y con la idea de que fuera como fuese, ocurriera lo que ocurriese, llegaríamos hasta el valle. ¿Cómo?  ¿No iba a haber ni una mísera grieta por la que colarnos?  Sí, sí que la había. Porque, efectivamente, logramos el propósito y cuando apenas quedaban 10 minutos de sol estábamos celebrando, sobre “tierra firme”, en la pradera, el final del descenso. Los que habían ido abriendo camino avisaban: “¡Por aquí!” “¡No, por allá!” Los que cerrábamos el grupo, Adolfo, Fran, yo… les seguíamos sabiendo que era posible el avance…

A punto de hacer cumbre./ Foto J.M.
A punto de hacer cumbre./ Foto J.M.

Lo conseguimos. Eso sí, habíamos reptado como ofidios, saltado como gamos, asido las rocas como lapas; también nos habíamos dejado alguna uña y algún jirón de piel en los salientes. Los distintos arañazos en brazos y manos, además de algún que otro siete en el pantalón (en mi caso, dos), formarían parte, asimismo, del capítulo de “pérdidas” para el informe de intendencia.

¡Estábamos en el valle! Pero teníamos por delante todavía hora y media de camino, unos 8 kilómetros hasta donde nos aguardaban los coches. La noche era apacible y luminosa; en el cielo empezaban a refulgir las estrellas. La luna se exhibía provocándonos… A los que encendimos la linterna se nos recriminó el sacrilegio “Aunque te caigas de narices, no mancilles la belleza que nos ofrece el firmamento”, me amonestaron cuando traté de alumbrar para ver los abismos (los pedruscos y los charcos) que se abrían ante mis pies.

En la cumbre del Mojón Alto./ Foto J.M.
Al fin… el Mojón Alto./ Foto J.M.

Los Doce del Mojón avanzábamos firmes, despacio, convencidos de que era un privilegio poder cabalgar a lomos de la noche después de haber tenido la fortuna de abrir una vía nueva en una montaña vieja. Habíamos estado solos todo el día, con nuestro mundo de sueños y aventura. Y ahora, ya en los coches, yendo a reunirnos con el resto del grupo en el Cortijo para tomar la sopa de picadillo y otros manjares, nos sentíamos como dioses.

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Foto de portada: Pepe González de Dios

 

 

 

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