Y Benitu, aquel hijo bastardo

En uno de mis primeros viajes a Asturias, durante una de esas reuniones que a veces se celebran entre amigos en una sidrería, alguien contó una anécdota que me hizo mucha gracia y no he olvidado. “Es una historia real”, dijo el narrador, que aseguró haberla vivido. Ahora, con motivo del óbito de Sebastián Palomo Linares y la ausencia en la esquela mortuoria de su pareja, Concha Azuara, revive aquel relato en mi memoria.

Lo que los hijos del finado le han hecho a la compañera del torero es lo mismo que le hicieron a Benitu. Aquí va el cuento.

Mas, si os parece, antes de darle forma al recuerdo, hagámosle un breve homenaje al yantar y a la sidra de aquellas tierras que, por otra parte, tanto tuvieron que ver aquel día en la configuración de la fábula para que, ahora, regrese nítida a mi mente y con profusión de detalles. Luego, cuando la lengua se desate, ya veremos por dónde rompen las aguas de la imaginación en el río de palabras. Creo recordar que aquel día gozamos de aperitivos y entradas suculentas; entre ellas, de un amplio surtido de croquetas y bollos preñaos; de una sustanciosa fabada después; de un guiso de pitu y, para terminar arroz con leche y casadielles a elegir; o ambas, según lo golosa que cada uno tuviera la lengua. Se bebió cuanto se quiso, y a la enésima botella (¡oigo las voces!) empezamos a quitarnos la palabra, a manotear con desorden y a querer escanciar, todos a un tiempo, cuanto creíamos que era líquido, ya fuera sidra, los chupitos que vinieron después o el café. La mente, confundida, ayudaba. La sidra espurreaba por el suelo como una cascada de lluvia; la que atinábamos a echar en el vaso apenas permanecía unos segundos en él; huía por la gola atizando, cada vez más, el fuego.

Pero volvamos al relato; que lo que importa es Benitu y qué le ocurrió.

Resulta que Faustino Castañón del Amo, alias Gochín, harto de cuidar vacas y gochus desde que le salieran los dientes, decidió un día irse lejos, lo más lejos posible; nada menos que a México. Castañón hizo el petate, buscó un barco y, en cuanto pudo, allá se plantó, en el Nuevo Mundo, ¡tan contento!, en pos de la fortuna.

Siendo ya rico, le faltó tiempo a Faustino para querer volver a su pueblo; tenía que mostrarle a la gente su éxito; explicarle a los vecinos y conocidos qué personaje era ahora y cómo se había hecho respetar de todo el mundo. Mas, con tanto ir y venir, acabó por gustarle otra vez el terruño y se convirtió en un habitual del veraneo. En la aldea paraba poco, necesitaba alicientes; de modo que, para no aburrirse, corría de pueblo en pueblo, de fiesta en fiesta… Tuvo escarceos amorosos y apareamiento más serios con rabilas y suaves, amores clandestinos, todas las juergas que quiso. Y en una de estas, tanto fue el cántaro a la fuente que engendró a Benitu. El Gran Benitu desde el famoso día de marras; el hijo bastardo de don Faustino al que jamás reconoció, vete tú a saber por qué.

Un día dejó de venir el indiano; aunque pocos le olvidaron. Eran más los que añoraban su alegría y esplendidez; sus ganas de vivir y sus relatos. En el tiempo que siguió, fue El Oriente Verde el que se encargó de recordarle a todo el mundo su existencia con retóricas gacetillas. De tanto en tanto el periódico daba noticias de él, de sus negocios, de su vida. “El llanisco don Faustino ha contraído matrimonio con la belleza refulgente doña Soledad de los Milagros y Vidrieras”. Más adelante, otro día, este pomposo titular: “Doña Soledad y don Faustino, padres de un precioso niño”. Y se añadía en bastardilla, en un subtítulo: “Al primogénito le han puesto el nombre de Cesarito”. Luego, en el texto, el gacetilla escribía: “Nos llegan noticias de que el pasado 23 de abril, en la clínica Santa Luisa de los Ángeles, en el exclusivo barrio de Polanco, en México DF, la encantadora esposa de don Faustino Castañón del Amo, doña Sole, ha dado a luz un bebé, su primer hijo, un primoroso querubín rubio, con ojos como soles, que al nacer pesaba…” Y blablablá.

Así, durante años. Cada vez que don Faustino (Gochín para los íntimos) engendraba un nuevo vástago (seis llegó a tener con su esposa, la esclarecida y delicada Soledad) o inauguraba otro chigre-bar de alterne y puterío, una nueva pañería o un local más de retales, allí estaba El Oriente Verde para hacerse eco del éxito. Fueron al menos dos décadas de avisos puntuales acerca de la vida y triunfos de este insigne indiano, que, aunque dejó de venir por su tierra, mandó levantar una casa en un soleado prau; una mansión de ensueño siempre asomada al Cantábrico. “Por si algún día se me ocurre ir por ahí con la familia”, contaban sus sobrinas que había escrito en una felicitación navideña que les envió, cuando la casa estaba ya, prácticamente, terminada.

Hasta que dejó de saberse de él; ya no eran vox pópuli sus andanzas ni su vida. El Oriente Verde no volvió a tener noticias suyas ni a inventarse gacetillas para honrar a su benefactor. Quizá porque dejó de procrear o porque no inauguró más chigres-clubs ni tiendas de retales. Quizá porque encontró un nuevo amor y empezó una nueva vida. Quizá perdiera la salud, murió, quién sabe.

          –La vida es un misterio… Se nos va en un pispás –decían sus seguidores más fieles, resignados, pensando que jamás volverían a verle.

          –Los hombres van y vienen. Mira este… Tan pronto no salía del pueblo, como no ha vuelto a dar señales de vida. ¡Con qué facilidad se olvida todo, incluso lo que se quiere! –aseguraban poetas y nostálgicos.

 Tal vez pasara una década… Quizá más. Hasta que empezó el runrún de su vuelta. Y el rumor fue agrandándose como la sopa de letras que acaba conformando la habladuría en noticia: ¡Don Faustino regresa! ¡Regresa!, se confirmó enseguida.

Sí, volvía; volvía al pueblo para gozar de aquella casa que años atrás levantara, cuando aún tenía familia, y que jamás había estrenado. Un edificio de dos pisos con buhardillas al borde del mar y de espaldas a la sierra del Cuera.

            –Debe de estar muy viejo el gochín; muy viejo –repetían en todas partes con incredulidad y un cierto retintín.

            –Mira que venirse ahora, el hombre. ¡Y viene solo!

            –Bueno… Solo, solo… Creo que trae tres criadas; tres, han dicho –se especulaba en la consulta del médico, al mostrador de los bares, en las tiendas…

            –Sí, sí, viene a morir a su tierra. ¡Pobre hombre!

Y llegó Faustino. El indiano Castañón del Amo regresó a su terruño mostrándose atento y sonriente con todo el mundo, como no podía ser de otro modo dado su carácter jovial. Echado para adelante, eso sí; y más ahora que volvía cojeando y con la espalda hecha mixtos. Caminaba apoyándose en un bastón de haya con mango rojo, muy elegante, y, aunque al verle de lejos parecía moribundo, a medida que se acercaba se descubría en el indiano el empuje que siempre tuvo; al Faustino parlanchín de toda la vida.

El regreso le insufló nueva energía; no paraba. Se levantaba con el sol y no dejaba de ir de acá para allá hasta que oscurecía. Todo quería verlo, reconocerlo, tocarlo. Y con la gente era igual; los que se cruzaban con él no se libraban de un rato de charla mientras les interrogaba.

Tenía tres sobrinas. “Unas pécoras de cuidado”, se quejaba, en los momentos más lúcidos, a las criadas. Las tres eran mozas viejas, solteras de armas tomar. Desde el día de su regreso no habían vuelto a salir de su casa; ni a la hora de dormir abandonaban la mansión. Le sonrían melosas, le calentaban el oído y le lamían la oreja, arrullándole… o le regalaban lisonjas, palabras dulces y pastillas para doblegar su voluntad. Le adulaban como al perro que a la menor puede morder pero que en cuanto ve una teta se amansa. Se insinuaban y se dejaban manosear; le aplaudían los amores –de los que hablaba sin parar– y los errores como si hubieran sido aciertos. Le ofrecían sus encantos a todas horas.

Mientras, el tío iba perdiendo terreno.  En medio de tanta fiesta, Faustino se agostaba y ellas ataban cabos, revisaban papeles, miraban por el ventanal que daba hacia el mar, y soñaban con un viaje a México, donde gozarían de la fortuna que algún día heredarían. Igual que tres buitres posados en lo alto de una peña, las hermanas aguardaban a que el indiano cayese.

Resistió cinco años. Hasta que un día su cuerpo dijo ¡basta! y se dobló como un junco.  Por el contrario, su cabeza se fundió como una bombilla. ¡Plaf! Tío Faustino se apagó! Era un 21 de marzo y una nueva primavera nacía; en el concejo de Llanes, las campanas tocaron a muerto.

Mientras las mucamas lloraban, los familiares de la aldea zumbaban como moscas alrededor del ataúd. Aceleraban el vuelo como un enjambre de abejas y, nerviosos, hacían planes. Les faltó tiempo a las sobrinas para acercarse a la imprenta y encargar aquella esquela que les haría famosas. Allí estaban, delante de Moisés, con un sobre en la mano y metiendo prisas…

Al principio, Moisés, El de la imprenta, no daba crédito, tal era la retahíla de absurdos, además de algún disparate, que contenía el memorándum. Y así se lo hizo saber.

            –¡Santo cielo, todo esto queréis que ponga! ¡Si no cabe! ¡Esto no es una esquela, muchachas, es un testamento! Hay que ser concisos, hijas, concisos. Hay unas reglas… Si valiese cualquier cosa… no se diría “una esquela”, sino “un misal” o algo parecido.

Pero ellas insistían. Es más, se ofuscaron y exigieron. ¡Para eso le pagaban!, dijeron. Protestaron. Si te pagamos… tendremos derecho a poner lo que queramos, ¿no?

          –¡Pues anda, que nos ha costado poco escribir esto! ¡Toda la noche, Moisés, toda la noche! Desde ayer al mediodía que murió, no hemos hecho otra cosa que darle vueltas al asunto. Pensando y escribiendo, tachando y empezando otra vez… ¡Para que tú vengas ahora y nos digas que no vale! ¡No, Moisés, no! Queremos que salga lo que hemos escrito. El tío se lo merece. Y hay que honrarlo. Todos. Tanto los buenos como los malos; todos los que de una u otra forma compartieron la vida con él. ¿No te parece? También los mejicanos, claro; ellos, los primeros. Así nunca podrán decir que les hemos hecho de menos; no señor.

            –Como queráis, hijas, como queráis. Pero yo esto no lo imprimo. Puedo imprimir un folleto, pero no una esquela. Menudo relicario… Os saldrá por un pico, además. Se me ocurre que podrías publicarlo en El Oriente Verde.

            –Tú haz la esquela; que de dinero ya hablaremos –insistían las hermanas.

         –La esquela os la hago, si queréis, pero como marca el reglamento, no con la empanada que me habéis traído.

          –¡Pues hazla como quieras! ¡Pero por lo menos léelo antes, demonio! Con el trabajo y la ilusión que la hemos escrito… –claudicaron las sobrinas.

          –Puedo tomar de ahí los nombres; resumir.

          –¡Pues toma y resume lo que quieras! Pero lee.

Y Moisés leyó con calma, despacio, casi sin oírsele:

Aunque estén lejos tus hijos, tío Faustino, te ponemos aquí sus nombres…”

            –¿Veis? Los nombres sí me sirven –se interrumpió en la lectura Moisés, tratando de aclarárselo. Podría saltármelos ahora.

           –¡No! ¡Lee, y léelo todo! Y luego ya veremos –insistían, contumaces.

Aunque estén lejos tus hijos, tío Faustino, ponemos aquí sus nombres; que no queremos ser causantes de más mal del que ya tienes, ni añadirte sufrimientos innecesarios. Qué ya sufriste bastante con la vida perra y turbia que llevaste. Así que nos unimos a tus hijos Cesarito, Gumersindo, Alejandra, Pablo, Víctor y Rebeca y al dolor de tu ex esposa Soledad, a la que, creemos, quisiste mucho, mucho, hasta que te volviste loco, nos has contado, y perdiste la cabeza por una pelandusca –pensamos nosotras–, una tal Ruth…, “mi amante”, repetías continuamente; que, fíjate… ¡cómo sería la susodicha de vampira!, que no parabas de hablar de ella ni siquiera mientras dormías. Nos unimos también, tiíto, al dolor de tu otra esposa, Patricia, que debió pasar lo suyo con tus calaveradas. Aunque de esta, la verdad, ni fu ni fa, deducimos; que de ella no contabas ni dos frases seguidas. Ahora que estás muerto, tío, vamos a decírtelo: pensamos que te casaste con ella para tener una coartada en tus correrías.

Nos unimos a tus nietos y bisnietos –estén donde estén, que este es otro tema– que, creemos, son bastantes los que tienes por ahí desperdigados, ¿verdad, tío? ¡Si es que fuiste un calavera, tío Faustino! Porque eso fuiste: ¡un calavera, sinvergüenza, mal cristiano! Mas no te enfades, tiíto, no te enfades, que hoy es día de celebración (¡por fin descansas!) y de llanto por habernos dejado, y no queremos ser nostras, tampoco, las que te molesten ni incomodarte demasiado… ¡Pero es que nos entra una rabia! Porque solo en hijos… ¡Seguro que tienes una docena! ¡Con lo que has corrido por ahí!

También nos unimos, ¡como no!, a tus amigos, ¡a todos, todos!, a los que dejaste en América, y a los de aquí, que son una legión, como sabes. Aunque más de uno lo fuera solo por interés. ¿Qué le vamos a hacer? Así es la vida.

¡De tus amigos sí que hablabas! De todos; nunca te cansabas de hablar de ellos, la verdad.

Todos rezamos por ti, tío; también los que no hemos salido del pueblo: tus dos hermanas, nuestra madre Magdalena y la tía Laura, y tus sobrinas, o sea, nosotras tres: Feli, Puri y Anastasia; los otros dos sobrinos que tenías… ¿Te acuerdas?  Pues ya están murtos. Se fueron en un accidente de coche… Pues también rezan por ti, estén donde estén. Y todos con los que golfeaste… ¡Muchos han llamado ya para dar el pésame! Y mucha gente más de la comarca que también te quiere bien y te recuerda.

Que todos queremos que sepas, tío Faustino, que te echaremos de menos a la vez de que te estamos muy, muy agradecidos por lo que nos has dado en estos años y nos dejas. También nos alegra mucho que hayas muerto aquí y te quedes en el pueblo para siempre con nosotros. De verdad.

De todo corazón te deseamos que descanses en paz. Y ya sabes: ¡Tu familia no te olvida!”

Acabó Moisés de leer el relato y se santiguó dos veces.

            –¡Virgen santa! Criaturas, ¿cómo creéis vosotras que todo esto puede ir en una esquela? ¿De verdad lo creéis así?

            –Nosotras ni creemos ni dejamos de creer. Ya te hemos dicho que pongas lo que quieras. Pero ¿a qué ha quedado guapo?

           –Guapo, guapo… Más bien yo diría que Faustino, si viviera, os correría a gorrazos; si publicáis esto, hasta puede que resucite.

         –¡Ay, no digas eso, Moisés, que nos da un patatús! Venga, venga, haz la esquela y calla –concluyeron asustadas las tres mozas, al tiempo que se levantaban para irse.

Moisés cerró la puerta y se sentó a la linotipia. Se mesó nervioso el pelo, se quedó unos minutos pensando, y empezó a componer la esquela a partir del memorándum que acababa de leer.

Así quedó el relato:

El SEÑOR
DON FAUSTINO CASTAÑON DEL AMO
FALLECIÓ EN EL CONCEJO DE LLANES EL DÍA 21 DE MARZO DE 1976
a los 96 años de edad
después de recibir los Santos Sacramentos
y la Bendición de Su Santidad
D.E.P.

Su ex esposa Soledad; esposa: Patricia; hijos: Cesarito, Gumersindo, Alejandra, Pablo, Víctor y Rebeca; hijas políticas: Albertina, Candela, Ángeles María y Dulce; hermanas: Magdalena y Laura; sobrinas: Feli, Puri y Anastasia; hermanos políticos, nietos, bisnietos, otros sobrinos, primos, amigos, su amante Ruth y familiares del viejo y nuevo mundo…

Ruegan una oración por su alma.

Funeral: Hoy, martes, día 23, a las 10 de la mañana.
 Iglesia Parroquial: Basílica Santa María del Conceyu
                            Conducción del cadáver: Acto seguido, al Cementerio de Complengo.
                 Capilla ardiente: El finado será velado en su casa, La Ruthina

Imprimió luego la esquela al tamaño convencional (alrededor de unas quinientas) y avisó a las hermanas Villegas para que las recogiesen; las pegaron por todas partes: en los árboles, en los escaparates de las tiendas, en las plazas y soportales, en semáforos y farolas, en los cruces de caminos y en los de las carreteras.

En una de estas pasó Benitu y vio varios recordatorios sembrados en distintos lugares de la plaza; se detuvo y se puso a leer con ansia una de las esquelas, pegada a una columna. A medida que avanzaba en la lectura le iba invadiendo la rabia. “¡Que desvergüenzas! Las tías guarras esas”, mascullaba. “Citan, las muy putas, hasta los muertos y a mí ¡qué soy su hijo!, ni me nombran. ¡Ni siquiera una alusión! ¡Qué hijas de su madre…!”, repetía echando espuma por la boca.

Ofuscado, tomó el camino de casa; le dominaba la ira. A su cerebro le exigía pensar en un plan. ¡Un plan de venganza! “¡Necesito plan!” No veía…

Al pasar junto a la papelería Los Mil Lápices se le iluminó la cara; tuvo una idea. Entró y compró una caja de rotuladores negros del máximo calibre. Luego siguió su camino dándole vueltas a la idea… Como el zorro que aguarda a la presa, así esperaría él que llegase la noche.

            –¡Hostias, Benitu!, ¿pero dónde cojones vas con tanta prisa? ¡Vaya cara de muerto que llevas! ¡Joder, casi chocamos! No será que estás apenado por tu padre. El muy cabrón… Por cierto, ¿estarás más que contento? Por fin la palma el viejo y algo te tocará heredar, supongo. Seguro que te ha dejado algo. Con la pasta que tenía… –le soltó como un chorro de agua su amigo Pedro, nada más esquivar el tropezón, y antes de reaccionar y ver cómo Benitu se alejaba calle abajo, sin volverse, cual sombra que ha visto el diablo.

Benitu llegó a casa y se encerró en ella. Una vez se hizo de noche, tomó una linterna, subió a su motocicleta y empezó el recorrido para ejecutar su plan.

Buscó como un sabueso las esquela y, una vez las encontraba, allí donde Moisés había escrito con letras de imprenta aquella retahíla de nombres, que acababa: “…y familiares del viejo y nuevo mundo… Ruegan una oración por su alma”, Benitu insertó después de mundo, con letras grandes, luminosas, bien visibles: ¡Y Benitu!

¡Y Benitu!, ¡Y Benitu!, ¡Y Benitu!, fue escribiendo y escribiendo y escribiendo; una prueba contundente contra el ominoso olvido.

Así hasta que amaneció.

5 comentarios Añade el tuyo
  1. Joaquín, ¡eres un fenómeno! Sigues en tu buena línea. Espero que continúes deleitandonos mucho tiempo con tus ocurrencias, sapiencia e ingenio. Todo ello, por supuesto, bien aderezado de una ágil escritura.
    Manolo Quílez

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