Marcial, como Rajoy, también se bajó los pantalones

Que Rajoy también se ha bajado los pantalones, que te lo digo yo. / Foto J. Mayordomo.

En el debate presupuestario de 2008, Rodríguez Zapatero, a la sazón presidente del Gobierno, tuvo que escuchar de labios de Mariano Rajoy, cuando el socialista echó mano de los vascos para sacar las cuentas adelante, el siguiente aserto: “Aquí, a lo que hemos asistido para que se aprueben unos presupuestos que no valen, es a una descomunal bajada de pantalones. Eso es lo que ha pasao”. ¡Toma ya! Vaya, don Mariano, guasón y comedido como suele ser usted, se le notó en aquel arranque cierta rabia; una rabieta más bien… Y todo por un quítame de ahí esas pajas, o, lo que es lo mismo, por unos cuantos milloncejos que los vascuences le birlaron al Gobierno de entonces, por aquello del “cupo”, pero que bien podría calificarse esto del ídem de “insolidario”, digan lo que digan los fueros. ¿No lo cree usted así?

Claro, en política vale todo. O casi todo, verdad. Y donde dije digo, digo Diego. Fíjese, don Mariano, si vale todo (al menos para usted, deduzco), que su señoría sigue ahí, pertrechado en el Gobierno de España, como si lo la corrupción de su partido fuera cosa de extraterrestres. Y sin embargo, como algunos han escrito en libelos y periódicos, que de todo hay: “a este paso”, se lee por ahí, “el Partido Popular va a terminar trasladando su sede a la cárcel de Soto del Real”… “donde se agolpan a la puerta, para entrar, ex cargos populares o los que dejaron de serlo la víspera de irse a vivir allí”, añado yo.

Pero volvamos a lo de bajarse… lo que sea, y si se lo ha bajado usted o no. ¿Qué prenda ha dejado usted escurrírsele hacia abajo, don Mariano, para que, con tanto afecto mutuo y achuchones, nuestros queridos euskaldunes le hagan la ola? ¿Son solo los 1.400 millones de ese cupo-cupo, y los 3.000 millones más que han trincao para el scalextric, lo que les ha emocionado tanto, que renuncian a un país propio, al euskera, incluso a mirar hacia Francia para querer tener un tren que les acerque a Madrid? ¿Qué les ha dado usted, señor mío, para que vean solo horizontes despejados donde hay más nubarrones de corrupción y rateros que lombrices en un muladar?

Ve usted, don Mariano, no debería haber recurrido a lo de quitarse ropa… Aunque nos salga ahora con esas que solo lo hizo para hacerle una gracieta al dulce Zapatero. Porque, insistiré: ¿qué prenda se ha quitado usted para conseguir tan efusivos achuchones de esos vascuences? ¿Los calzoncillos? Porque ya nos contará a los españolitos de a pie con qué estómago tragamos ese montón de pasta que nos quita… ¡Con la falta que nos hace ese dinero para mejorar la escuela pública, la sanidad o la asistencia a las personas dependientes!

Y sus correligionarios, ¿qué piensan? Bueno, a ellos… con tal de que Rajoy gobierne, verdad… De todos modos, ¡menudo cuajo tienen! Porque este, creo yo, debería ser un agravio inaceptable para ellos, ¡patriotas como nadie!, a los que se les llena enseguida la boca con eso de “¡España es España!” o “¡el mapa ni se toca!” ¿Y ahora qué piensa contarles? ¿Cómo les explicará el chanchullo? Quizá… “Que los vascos son buena gente –de ello no dudamos–, muy ahorradores, y, como les va a sobrar la pasta… Ya veréis como nos la devuelven”. ¿Les dirá eso? ¡Ja, menudo chiste!

Si no fuera porque se me antoja poco fino y con tintes incorrectos (aunque sea de uso corriente en el vocabulario popular), le diría, don Mariano, que ¡se ha bajado usted hasta las bragas! ¡Hasta las bragas!, señor mío.

Mas, para que el relato vuelva al sitio, es decir, a la crítica política sin más, déjeme que le cuente, para terminar, el cuento del buhonero embaucador de corazones, Juan Blanqueras, padre de 18 hijos, enamorado de su profesión hasta las trancas, que, en la comarca de Vitigudino, recorría aquellos pueblos de Cipérez, Buenamadre, Pelayo, Escuernavacas, Pozos de Hinojo, Villares, Boada, El Cubo de don Sancho y otras villas y alquerías a donde llegaba con su mula de dos ruedas transportando tres maletas a rebosar de misterios y gozos mundanos. Todo con el único objetivivo de sembrar felicidad entre las mozas y mozos. Para ello se bastaba con sus chanzas. Bueno, y vendiéndoles prendas íntimas; prendas que él catalogaba de nueveras, por tenerlas calentitas, decía; recién llegadas de Barcelona. Y así servía calzoncillos, sujetadores, bragas o bragueras, camisones con encajes, ligas, medias de cristal y calcetines… o chubasqueros do pito, que nunca se supo bien si hablaba en serio o no, o si traía de verdad ambos productos; el segundo, los excitantes chubasqueros escondidos en los pliegues misteriosos que forraban por dentro las maletas.

Un día llegó a las inmediaciones del corro que se formaba siempre que el Blanquero desparramaba por el suelo el contenido de las maletas, Marcial, el Ovejas. Era este un mozo asilvestrado que vivía más en el campo, en el aprisco, que entre la gente normal, civilizada. Marcial se apostó cerca, recostándose contra el muro de la panera de Chago, y aguardó, cabizbajo, a que aquello se despejara; por lo bajo, protestaba. Esperó. Y cuando el encantador de mariposas empezó el ritual de recogerlo todo y a ordenar el revoltijo que le habían dejado las nifas, Marcial fue acercándose. Se plantado entonces delante del Blanquero, que enseguida dedujo que querer hablarle.

            –¿Qué te pasa, galán?

            –Qué me va a pasar, tío Juan, que me bajé los pantalones, me puse uno de esos calcetines que le compré ¿recuerda? para folgar con una oveja, a la que le tengo mucho aprecio, pensando que así la cosa iría mejor y más justa, y se vino el mastín ese para mí…, por detrás, y se me tiró pa-encima como un lobo. Por poco me desgracia. ¡Y eso que es mi perro y nos queremos! ¿No será que el calcetín tiene algún unto, algún ungüento que si lo huele el perro, enloquece?

            –No hijo, no, eso son los celos –le explicó el tío Juan Blanqueras, conocedor de mil pericias similares, gracias a sus andanzas por aquellas tierra de nadie–. A sucesos así los eclesiásticos, que saben mucho de esto –continuó explicándole– lo llaman arrebato del espíritu inocente e inconsciente que, con tal de no perder la presa, o sea, en este caso a ti, hijo, se agarran a lo que pillan y, por lo que dices, lo primero que pilló tu gran mastín fue tu culo, ¿no fue así galán?

            También a los políticos les pasa; no a todos, claro. Pero cierto es que más de uno tiene ofuscaciones de este tipo con frecuencia. Ellos piensan (los políticos, Marcial, los políticos) que todo vale y hacen y deshacen a su antojo; y a la menor, se bajan los pantalones. Con tal de seguir en el cargo… lo que sea. Claro, ahí les pillan luego. Porque, por muy amigo que seas de uno, Marcial –tú lo has visto– en cuanto te descuidas, te la clava. Pero tú no te preocupes, ¡hombre!, date esta pomada bien pa-dentro y frótate las nalgas con este ungüento-bálsamo que va estupendamente para los arañazos. Verás que bien te sienta. Y recuerda siempre, hijo, que los calcetines son para los pies, no para engordarse el pito.

Marcial, ya más calmado, se fue contento. Su mastín iba detrás.

2 comentarios Añade el tuyo
  1. Nada, nada,….. Mastines o calcetines. Todo vale para los votantes de estos respetabilisimos. Volverían a salir. El ladrón cree que todo el mundo es de su condición. Total han robado unas miajas de aquí y de allá y se preguntan: Tu no lo harías? En fin estamos en campaña y Hacienda somos todos…..menos sus votantes.
    Aurelio.

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