Exposición en Tánger

La mirada del Viajero*

Con La mirada del viajero –título bajo el que agrupo estas fotografías– propongo un encuentro entre dos mundos que se abrazan en un espacio próximo, y con el mismo mar. Abrazo entre “el mundo de ayer”, que diría Stefan Zweig, es decir, aquél que mira desde el norte, siempre con prisas, y el mundo de aquí, el de este lado del Estrecho, que conserva todavía la mirada serena, la naturalidad y el gozo que esta produce cuando se muestra, negándose a medir el tiempo.

Para los que no somos de aquí, viajar al país magrebí supone tener la certeza de que uno va a deleitar los sentidos; y sobre todo, los ojos. Y así, el viajero, nada más poner un pie en estas tierras se sorprende de tanto cómo hay para ver.

Casi sin darse cuenta resbala hacia la infancia, donde las emociones son limpias y uno se siente, generalmente, tan bien; e instalado en esa inconsciencia infantil disfruta del color y los olores, de la luz que embelesa, del espacio infinito de los desiertos, del sosiego en sus playas, de la soledad en sus montañas, de la hospitalidad en las aldeas y de la generosidad de sus gentes que, a veces, en su afán de estar cerca de ti, de ayudarte, provocan desconcierto.

Disfrutar… Esa sería la palabra. Y para disfrutar ¿qué cosa mejor que dejarse llevar mientras se mira? Gozar del tiempo pausado mirando… Y haciendo fotografías. Porque una foto es el instante en el que la realidad se congela para la eternidad; instante, también, por el que se abre una ventana a los sueños. Pues, a diferencia de una película, que siempre tiene un final más o menos cerrado, una fotografía es, sin embargo, el inicio de una aventura o, si se quiere, de una historia que nunca concluye, que siempre, al mirarla, uno podrá imaginar qué ocurrió allí –cuando se hizo la foto– y qué habrá seguido ocurriendo después.

Viajar a Marruecos y hacer fotografías es disfrutar del hervidero de sus calles, del abigarramiento pasivo de sus cafés, del fragor de sus mercados; es sentirse atrapado entre mil aromas indescifrables que se mezclan y conviven en la promiscuidad de las especias que llenan los viejos colmados y las tiendas más modernas.

Pero lo que de verdad arrebata en Marruecos es la luz. Y ahí sí, el viajero-fotógrafo, desconcertado y deseoso de retratarlo todo para después no olvidarlo, se entrega. Y ya no hará más… Le bastará con dejarse llevar y seguir el recorrido del sol para descubrir que hay muchos Marruecos, todos distintos: el del norte y el sur, el de las medinas y los zocos; el Marruecos de las cumbres agrestes y el de la arena que arde en el páramo. Hay un Marruecos atlántico y otro mediterráneo. Y luego está el del interior, casi infinito. ¡Pero todos son igual de cálidos!

En definitiva, Marruecos es para el fotógrafo un calidoscopio en el que aquilata su obsesión por mirar. Mirar. Mirar mientras viaja.  ¡Que es la fortuna del viajero! Y si le gusta hacer fotografías, mejor.

(*) Esta exposición, celebrada del 7 al 31 de abril de 2016, fue colectiva. En ella también participaron los marroquíes Ayu El Bradi y Anas Kaouachi. Aquí, lógicamente, sólo adjunto mis fotos.

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