Como en La montaña mágica, de Thomas Mann, la mayoría del grupo, tras la ducha y el cambio de ropa, nos tiramos al sol con intención terapéutica. Después de haber coronado el monte Gorbea (1.482 metros) en nuestro primer día de travesía por la Ruta Goranaitz, nos disponemos a gozar de la paz y del sol sobre la explanada de hierba que hay delante del refugio Ángel Sopeña. La tarde es espléndida. En el entorno, algunos caballos retozan y apuran las últimas briznas de hierba que aún conservan las praderas de estas montañas vascas, sequísimas después de un verano sin que haya caído una gota. También hay vacas y un rebaño de cabras. En el cielo, de un azul intenso, inmaculado de nubes, merodean los buitres al acecho de alguna presa agonizante, víctima de la sequía. El Inquieto, incapaz de sentarse un momento, como si tuviese a pico los glúteos, se acerca a las cabras y al barranco sobre el que sobrevuelan los buitres y les hace fotos.
Dolientes, después de esa primera marcha iniciada en Murúa (Vitoria) –más de 15 km y 1.200 metros de desnivel positivo en esta primera jornada– gozamos como lagartos del dulce letargo. Repantingados sobre las hamacas, el calorcito del sol nos abraza. El tiempo se ha detenido. Ya no hay prisa. Hemos cumplido el pronóstico con sobresaliente. La primera etapa ha concluido poco después de las tres de la tarde y ahora disfrutamos de la relajación y la charla mientras saboreamos unas cervezas y una botella de sidra descorchada por la Pistonuda. Una charla que deriva por intrincados caminos como los de la política o los amores, en la que van y viene las risas, los piques, las frases con doble sentido, las bromas y los intentos por sanar las heridas del alma (que todos tenemos, faltaría más) y los rasguños del cuerpo, que también los hay, pues algunos, tras la dureza del día y de… ¡cómo no! haber terminado la ruta “campo a través”, se ha enredado más de la cuenta entre los pinchos y aliagas. Pero ahora toca descanso y terapia.

Los dieciséis que en esta ocasión compartimos viaje habíamos salido a la par, juntos, de Murúa, sonrientes y celebrando una vez más la fortuna de poder hacer lo que hacemos. “Para vivir así mejor no morirse”, es uno de nuestros lemas. Siempre picando hacia arriba, atravesamos por bosques de robles y hayas y enseguida comprobamos que en esta ocasión no íbamos a embarrarnos como en otras travesías, aunque lo pretendiésemos, pues por ninguna parte se vislumbra gota de agua. Pronto el grupo se escinde. La Crupier, el Conseguidor y la Dulce (antaño la Riñona y hoy, desde que cultiva el oficio de abuela, una sonriente “taza de manteca”, que diría una tía mía) nos abandonan para buscar un atajo que los lleve al refugio Sopeña sin tener que pasar por la cumbre del Gorbea. El resto seguimos juntos y llegamos hasta la cueva de Mairulegorreta, un agujero notable en el sistema kárstico de esta montaña y hábitat de seres sobrenaturales y meigas a los que se le atribuyen sentencias, maldades, milagros y leyendas, además de honrárseles, cada año, con fiestas y bacanales.

Pero la unión de los trece solo llega hasta aquí, porque lo que para unos la cueva es una experiencia irrenunciable que ha de explorarse hasta sus más profundas entrañas, para otros no es más que un agujero con cierto encanto estético, eso sí, motivo de ensoñación, pero poco más. Así que se forman dos grupos. El primero parte haciendo camino por vericuetos de bosques y helechos hasta alcanzar la zona más rocosa donde desaparecen los árboles. El último tramo de subida al Gorbea por esta vertiente no es más que un costoso caminar sobre una panza inclinada cubierta de hierba agostada, casi amarilla; algo insólito en este país, que siempre fue verde.
Una vez coronamos, lo que procedía era dar cuenta del bocadillo. Y lo hacemos al abrigo de una cruz metálica de 17,23 metros de altura. Las cruces abundan por aquí más que las setas, que ya es decir. Las hay coronando los montes, en los pasos de un valle a otro, sobre las rocas más singulares asomadas a bellos paisajes, en los barrancos que luego han germinado en santuarios… ¡Vade retro Santanas!, parecen decirnos esta maraña de símbolos religiosos a los que no creemos. Hasta da un poco de miedo tanta crucifixión e imaginería.

Mientras nos recuperamos del ascenso y damos cuenta de un dulce yantar (el bocadillo de tortilla, ¡riquísimo!) llegan los exploradores de la cueva Mairulegorreta que, según cuentan, eufóricos, han tenido que pelear a brazo partido con poderosas fuerzas invisibles para poder escapar de titanes, gigantes de tres o un solo ojo, sátiros, y brujas embaucadoras que pretendían seducirles para celebrar una orgía o aquelarre. “No tenemos claro que pretendían”, aseguran. La imaginación que no pare… Que vuele…, les decimos mientras nos cuentan con pelos y señales que han asistido a una experiencia inolvidable. “¡Lo que os habéis perdido por no entrar!”, rematan para darnos envidia.
Pero nosotros sabemos que se lo inventan todo; nos da igual lo que cuenten porque en este grupo hagas lo que hagas, vayas por donde vayas cuando estás en el monte, la mejor travesía, la experiencia más bella, ¡la más audaz!, siempre es la que uno ha vivido y luego comenta.

El descenso del Gorbea hacia el refugio Ángel Pestaña tiene varios caminos, aunque hay un “track oficial”. Pero es costumbre de este anárquico club montañero hacer cada uno lo que le viene en ganar; una tentación que nos une y casi nunca podemos resistir. Así que unos tiran por la izquierda siguiendo las instrucciones del track, otros por la derecha y algunos salimos “campo a través”, por el centro, en dirección al refugio que se divisa a lo lejos, enfrente, en el horizonte. Confiamos en nuestra sapiencia para no meternos en un lío de esos que en la montaña tanto nos gusta desentrañar. Tenemos suerte porque bajamos muy fácil hollando una alfombra de hojas caídas… hasta que llegamos a una zona de aliagas tupidas, pero que podemos salvar gracias a las sendas que han abierto vacas y caballos. La llegada al refugio ya es cuestión de subir por un monte pelado y luego bajarlo.

El refugio está ubicado en una hondonada rodeado de praderas con el perfil de las cumbres al fondo. No hay cobertura de Internet ni teléfono. Si alguien quiere comunicarse más allá de los montes que nos circundan ha de subir hasta una pequeña colina, apenas a unos cien metros de distancia, donde, al lado de una ikurriña florece un repetidor sobre un poste. Pero aquí no, aquí, en el entorno del edificio, solo cabe el silencio, la conversación y el relax. El tiempo se alarga; también el abrazo del sol que nos quiere. Mientras nos recuperamos bebemos, conversamos. Se abre el arcón de los recuerdos y, como mariposas liberadas, revolotean las anécdotas. Los más veteranos cuentan y cuentan… Reímos. Toda una vida trincando por los montes de la madre Gaia celebrando el esplendor de la naturaleza. Da gusto estar aquí después de un día tan duro. Pero como tenemos ya cierta edad, quien más quien menos, tiene también su necesidad de cuidados, sus coqueras que atender. Aunque no hay que hacerles caso, que no cuenten demasiado; no hay que pensar en ellas, entre otras cosas porque mañana nos espera una segunda jornada con una ruta de más de 24 km.

Sentados en corro, como en la canción de Sabina, surge la palabra neurodivergente. “¿Quién es aquí neurodivergente?”, pregunta la Etérea, muy habituada a tratar con personas complejas, por su profesión de asistente social. “Qué es eso?”, inquiere más de uno, aunque todos intuimos qué es lo que puede significar el vocablo. Como no podemos recurrir a Internet por carecer de cobertura, divagamos. Y al divagar nos reímos y atribuimos a cada uno de nosotros un conflicto neuronal que nos hace creer que hay «algo» en cada miembro del grupo que podría catalogarnos dentro de ese apartado de la neurociencia. O sea, que el Conseguidor es neurodivergente, y el Coloradito, y el Estoico, y el Azogue, y el Emérito… Y nos buscamos rarezas unos a otros, algún extraño síntoma que pueda explicar, por ejemplo, ese comportamiento que hace que comencemos unidos la ruta y la terminemos, hoy, por ejemplo, repartidos en cinco grupos y, por supuesto, la mayoría pasando del track.
Sea como fuere, da la impresión de que lo que nos une es ser raros. O libres, más bien. No nos gusta que nos manden, nos encanta improvisar. Y en esa variedad que la neurodivergencia conforma (autismo, déficit de atención e hiperactividad, dislexia, síndrome de Asperger, etc.) puede que cada uno halle, si indaga, qué es lo que el genio que le gobierna le ha insuflado para que se considere diferente, original o, simplemente, “tocado” por un ladrillazo descomunal. Es lo que, al menos, parece desprenderse de esta tertulia que solo busca la risa y pasarlo bien, y en la que participan también la Gacela de la umbrela, la Mujer que habla mucho, Pipi Calzaslargas, la Discreta, la Pistonuda, el Explorador…

Como se trata de un juego, lo que digamos u opinemos no tiene mayor importancia. A la conversación se incorporan o salen de ella unos y otros sin que por ello el hilo de la risa se quiebre. Sólo se trata, repito, de pasarlo bien mientras sorbemos los últimos rayos de un sol otoñal antes de que nos prepare Joseba, responsable del refugio, la cena prevista para las ocho.
El ágape consiste en una crema de verduras y un guiso de carne que algunos atribuyen a la familia del pavo y otros a la de los caballos. En cualquier caso, rebañamos los platos. Este es un momento placentero que celebramos con vino mientras la velada discurre en absoluta armonía. Ahora ya sí, el tiempo vuela; una vez que se ha hecho de noche, a más de uno le acucia el deseo de descanso y el abrazo de Morfeo. Los habituales jugadores de cartas, sin embargo, no pueden resistirse a la tentación de jugar; aún tienen ganas de enredarse en una de esas partidas interminables de Continental – de las que ya he escrito bastante en crónicas precedentes–, y en las que se lían y discuten hasta convertir cada juego en un jeroglífico, en una torre de Babel. Me deleito observando como mis compañeros jugadores disfrutan, que de eso se trata. Y sin saltarse esos mínimos de lealtad que exige el protocolo del juego entre caballeros y damas y, por supuesto, manteniendo el absoluto respeto requerido por la amistad que les une, estos tahúres se hacen trampas; sí, se hacen trampas. Son unos fulleros. ¿O no? Quién lo sabe.
El resto del grupo, los que no juegan, gasta ese último sorbo del día según le conviene a cada uno: leen, conversan, piensan, toma notas, estudian los mapas… o se van a dormir. Dormir. Ay, dormir. A estas alturas del viaje de la vida se duerme menos; y pasar una noche en un refugio de montaña para estos veteranos montañeros tiene algo de celebración; también sus problemas. Son tantos los inconvenientes… Y es ya tan frágil el cuerpo. Pero bueno, como no solemos practicar esta experiencia con tanta frecuencia como cuando éramos jóvenes, hoy se revela cada instante de la pernoctación en un alojamiento de montaña como un ritual religioso: místico, si se me permite la expresión.

Tumbarse en una litera en la que apenas se cabe… Que si es la de abajo has de retorcerte como un cuasimodo para no abollarte la cabeza con las maderas o hierros que sostiene la litera de arriba; pero que, si es en la de arriba en la que te toca dormir, aún es peor: subir hasta ella te cuesta la misma vida pues a tus setenta y varios años ni brazos ni piernas tienen ya esas alas que te hacían volar. Meterse en el saco-sábana es como ponerse a escarbar retorciéndose en la arena de la playa para encontrar el mechero que perdiste cuando fumabas; ir al wáter o a la ducha a las dos, a las tres, o a las cuatro de la mañana… requiere agudeza de oído, algo de lo que careces ahora, porque lo más probable es que lo encuentres ocupado. Y, efectivamente, cuando llegas aturullado por la urgencia, una voz de ultratumba te riñe y maldice –“¡Ocupado!”– mientras tu empujas la puerta con desesperación. En fin, pasar la noche en un refugio de montaña para un septuagenario es un carrusel de emociones revueltas en un torbellino, en el que se mezclan los dulces y libidinosos recuerdos de amores prohibidos con la realidad más prosaica y cruel de sentirte perdido en la impotencia y soledad, atrapado en el insomnio y el dolor de huesos por la dura caminata que acabas de dar ese día.
El Amboto, el sueño de conquistar la pirámide
Hay quien se levanta de noche para ver salir el sol entre los riscos que coronan las montañas al este. El Inquieto es uno de ellos, cómo no. Pero todos los que salen con él vuelven al refugio frustrados porque la niebla que sube del valle cubre de nubes el paisaje; eso significa que será un día despejado y de mucho calor. El desayuno está listo. Son las 7:30 de la mañana y Joseba se multiplica preparando café, las tostadas, los bocadillos que tomaremos en el almuerzo. Por delante tenemos una larga jornada de 24 km y de más de 600 metros de subida, aunque el track sobre el mapa nos muestra, al menos al principio, un sendero en constante descenso.

Cuando salimos del refugio para calzarnos las botas y ponernos en marcha descubrimos a dos ciclistas trotamundos que han dormido al raso delante de la puerta, sobre el enlosado. “No hemos pasado frío; tenemos un saco potente”, nos dicen. Pero la hierba esta húmeda y el rocío forma una capa de gotas perladas al contacto con los primeros rayos de sol. De estos ciclistas, ¿qué decir? Pues lo mismo que dijo Rafael, El Gallo, el torero, cuando le presentaron al filósofo José Ortega y Gasset. “¡Ozú, hay gente pa to¡” Porque ya me diréis… Si ya cuesta subir encrespadas montañas a pie, qué no costará llegar a esas cumbres con una bicicleta, porque, aunque la bici hoy tiene motor, hay sendas por las que ni para atrás ni para adelante se avanza con ella, a no ser que te la eches al hombro. Pero, para gustos, colores. Así que los vemos partir como dos cirineos, a trompicones y haciendo equilibrios para no rodar por el suelo. Estamos hollando un camino en el que es una proeza mantenerse en pie.
Efectivamente, la ruta nos conduce por intrincados carriles, crestas, barrancas y valles hasta el humedal de Saldropo (ahora muy escaso de agua), por el hayedo Otzarreta y al aeródromo Dima, un lugar con aspecto de campamento militar o presidio, que me hace pensar, no sé por qué, en esas películas del oeste con sus fuertes en medio de la nada o en la de El puente sobre el río Kuai. El lugar ahora es una ruina. Lo dejamos a un lado y nos detenemos en una pradera, con mesas y bancos, a comer el bocadillo y luego nos echamos la siesta; el sol que se filtra entre nubes, va y viene, nos adormece. La siesta es de obligado cumplimiento, no se hable más.

A estas alturas, el día empieza a hacerse muy largo y parte del grupo lo acorta pidiendo el auxilio de un taxi. El resto tiramos de cuerpo y mochila hasta llegar al destino; antes el track nos “regala” una subida final al monte Saibi, a las puertas del santuario de Urquiola, una construcción mazacote de piedra, extraña y difícil de catalogar. Al llegar a la entrada de la iglesia caemos rendidos de cansancio; algunos se emocionan e, incluso, antes de acercarse al hotel curiosean en el recinto sagrado para darle las gracias a los santos Antonios, Abad y de Pádua, por haberles “protegido” en una jornada estupenda de marcha y objetivos cumplidos.
El hotel en el que pasaremos la noche es un edificio de nueva construcción con dependencias y servicios magníficos; solo desentona el joven que nos atiende que parece estar poseído por un crónico resentimiento hacia todo lo que viene de fuera. Su actitud beligerante (si puede llamarse así) con todo lo que no tenga que ver con su patria vasca, nos choca. Ni se lo tenemos en cuenta ni le hacemos caso, pero uno piensa… qué manera más tonta de gastar energías. Sí, el sujeto no es nada empático… o ¿acaso resulta que no comprendemos la forma que tiene de hablarnos? Por lo demás, todo es perfecto: las habitaciones, la cena, el desayuno.

Reemprendemos la marcha a las ocho de la mañana para cubrir la etapa más temida, la tres, en la que tenemos previsto subir al mítico Amboto (1.331 m), una pirámide de piedra caliza en la que el último tramo hasta la cumbre no admite descuidos ni concesiones al vértigo. La bajada sabemos que es delicada también.
Además de las disidentes ya habituales (la Crupier y la Dulce) se une a ellas el Emérito, que se resiente de ciertos mecanismos motores. Los tres buscarán un camino alternativo que les lleve al final del trayecto sin tener que trepar al Amboto.
Dejamos el santuario de Urquiola y sus santos Antonios ensimismados, mientras hablan con Dios para que lleguen las lluvias de una vez. Porque el santuario (¡qué curioso!) está situado justo en el vértice geodésico que divide la vertiente atlántica de la mediterránea. Es decir, el agua que cae a la izquierda del caballete del tejado del templo irá a parar al Cantábrico y la que cae a la derecha, al Mediterráneo. De esta forma la milagrería se alimenta, al tiempo que acucia a los santos en su rivalidad para ver quien consigue llevar más litros de agua a su tejado, nunca mejor dicho.
Nada más salir del hotel el sendero se alarga hacia arriba para, en una subida constante, llegar a la cumbre del monte Urkiolagirre, un cerro pelado que para abrir boca no está mal pues nos lleva casi una hora alcanzar su cima, después de superar cerca de 300 metros de desnivel. Es sábado y el rosario de parejas montañeras, grupos de amigos y clubs de montaña es constante. Por lo que se ve, las vacaciones de verano que acaban de concluir, han dejado a la gente con hambre de monte.
También algún ganadero de la zona se mezcla en esa primera subida del día con nosotros; vienen a inspeccionar y a traerles comida a sus vacas y caballos que aún permanecen en los valles más altos desafiando la sequía. Aparece un señor con su coche todo terreno gateando por la ladera, frena, detiene el motor y se pone a llamar a sus vacas en un lenguaje gutural, aparentemente sin sentido, incomprensible, al que, sin embargo, las reses responden moviendo cabeza y cencerros al tiempo que descienden veloces a donde él está pues han comprendido la lengua que les habla, que no es otra que la que les da de comer.
Desde lo alto de Urkiolagirre, el Amboto se muestra imponente por su verticalidad. A mí se me antoja imposible de subir y pienso que no lo conseguiré. He venido a esta travesía escaso de preparación, después de muchos meses sin haber hecho montaña. Las dos jornadas precedentes me han dejado maltrecho; tengo sobrecarga muscular y me duelen las piernas; una de las rodillas ha empezado a quejarse; tres uñas están doloridas y no sé si no acabarán siendo negras. Pero en la montaña la voluntad es la clave; puede con todo. Quienes andamos por los riscos sabemos que lo que llamamos “paso de montañero” puede llevarte, con paciencia, a donde te propones.

Tras descender del Urkiolagirre iniciamos la temida subida. Los que van y vienen (algunos regresan ya de la cumbre) son tantos que el sendero y su entorno cobran aires de romería. La subida escalonada, entre hayas, es asequible, fácil, y nada peligrosa. Se trata de trepar a tu ritmo por la senda, como si subiese por una escalera. Todo el mundo me adelanta. ¡Ay, juventud, divino tesoro! Jóvenes de ambos sexos vuelan como colibrís, casi sin asentar los pies, sin que me dé tiempo, siquiera, a contemplar sus figuras ni la belleza de las ninfas que cual mariposas pintadas de colores saltan de piedra en piedra, sobre las irregulares calizas, como si subiesen volando. Cuando levanto la vista, tras el esfuerzo que hago para avanzar unas decenas de metros, ya solo veo sombras refulgentes que se pierden en la vertical que se toca con el cielo en el azulado horizonte.
Avanzo despacio; me tomo mi tiempo. Vuelvo la vista hacia el valle y respiro profundo. Contemplo esa infinitud de montañas, pueblos y ciudades envueltas en una bruma tenue, diseminadas más allá de donde alcanza la vista. Soy un privilegiado, me digo. Poder hacer esto, estar aquí; tengo salud; estoy sano. A estas alturas de la subida ya no siento dolor; la adrenalina ha vencido el miedo al fracaso. Sólo echo de menos no haber venido mejor preparado; soy consciente de que hoy recupero más rápido, no como el primer día que creía morir cuando se me negaban las piernas a seguir avanzando. Respiro. Me detengo un par de minutos y sigo. Avanzo otra treintena de metros. Cuando llego al collado desde el que se ataca el cono que conforma la cumbre, me parece imposible que pueda subir hasta allí; me parece demasiado vertical la pared de roca pelada. Pero la voluntad no acepta imposibles. Gateo, no miro al abismo que me rodea y sigo avanzando; solo me fijo en los salientes de la roca sobre los que he de asirme.

Nada más comenzar a subir este último tramo, dos chicas jóvenes, de esas que me han adelantado volando, están dando cuenta de sus respectivos bocadillos sentadas en una especie de banco esculpido en la roca por la erosión. Se les ve relajadas, sonríen y observan al lejano horizonte. “Qué, bien”, les digo, “que ya habéis alcanzado la cumbre. Estaréis satisfechas, supongo.” “No, no. No hemos subido”, señalan con la vista hacia donde está el punto geodésico que corona el Amboto. “Nos ha dado miedo trepar hasta allí”. Y entonces me permito decirles que son unas sabias y que tendrán, si piensan así, una larga vida montañera, porque la prudencia en el monte, además de virtud, es un seguro de vida. No hace tantos días que salió en la prensa que una joven se había despeñado en este lugar.

Mi llegada a la cumbre es jaleada por los compañeros que llevan allí ya un buen rato esperando a que todo el grupo corone para hacerse la foto de rigor. No soy el último de los nuestros; todavía viene alguno por detrás.
Descansamos, nos hidratamos, reponemos fuerzas con fruta y barritas energéticas e iniciamos el descenso por la cara este, un pedregal, casi vertical, que impone. Pero bajar para mí no es problema ni complicado. Mis rodillas responden y me siento seguro. De modo que al lado de lo que me ha costado subir es como comenzar a bailar en una fiesta.

La ruta continua entre bosques espectaculares de hayas sin darnos respiro. Subimos más montes, recorremos senderos umbríos y frondas espectaculares y al final, cuando nos encontramos con los tres “disidentes”, decidimos trasladarnos todos en taxi al hotel; de esta forma acortamos la ruta una decena de kilómetros, prácticamente llanos, que no nos aportan gran cosa. Renunciamos a esas calcetinadas que, a los que nos gusta trepar por las cumbres, nos desagradan bastante.
El hotel Sukha (cuatro estrellas), en Eskoriatza, es un edificio moderno en un polígono industrial. Puro confort. Nos sentimos extraños con tanta comodidad después de haber pernoctado en el refugio Sopeña, por ejemplo. Agradecemos a Javi, el organizador de esta travesía por la ruta Goranaitz, que nos haya traído hasta aquí a pernoctar, justo en el punto de inflexión de los seis días de los que consta la travesía por las montañas vascas.
En las tertulias que improvisamos antes y después de la cena, gorjeamos como pájaros roncos; hablamos diez y doce a la vez como es ya costumbre, y nos reímos de aquellos hechos insólitos que nos han sucedido hasta ahora. Evocamos, por ejemplo, el incidente del Azogue, que salió en tren de Sevilla camino de Vitoria Gasteitz y resulta que estuvo a punto de irse para Francia después de recorrer media España. Al fin consiguió llegar al filo de la media noche al hotel Arts Gasteiz, punto de encuentro acordado para el comienzo de la ruta. Venía tan desorientado por la cantidad de trasbordos, retrasos y horarios confundidos a los que le había sometido la Renfe, que al llegar nos hablaba en euskera de corrido, intercalando palabras en inglés y francés. Son cosas que pasan pero que no nos impiden disfrutar de lo que más nos importa: caminar por el monte. Lo demás carece de importancia.

Abrasados por el sol, camino de Oñate
La cuarta etapa se presenta como una de las más llevaderas. También se supone que será más sencilla porque los cuerpos están ya “maduros” y mejor adaptados para seguir caminando. El primer tercio de la ruta es un ascenso suave, continuo, hasta llegar a las inmediaciones de la cima Kurutzeberri (1.113 m). Pero, justo aquí, se inicia una bajada muy, muy vertical, de 700 metros de desnivel, por una pradera inclinada en extremo que, eso sí, ofrece unas vistas panorámicas espectaculares. Así hasta llegar al “hoyo” en el que el agua se remansa el embalse de Urkulo.
Cuando llegamos a las inmediaciones de la cima del Kurutzeberri nos sorprende el gentío que hay por allí. Nos cuentan que están celebrando la romería anual en honor de la cruz que plantaron, allá por 1928, y de la roca que la sostiene. La celebración se repite cada segundo domingo de septiembre.
La fiesta es una reunión gastronómica. Los vecinos y montañeros de la zona que ascienden, organizan, desde primera hora de la mañana, reparto de caldo en la pradera aledaña a la cruz y un posterior almuerzo popular para reponer fuerzas a base de chorizo regado con cava. Y la misa que no falte.

Nosotros no llegamos a tiempo a la “juerga”; una pena. Les hubiésemos felicitado por la ocurrencia de subir a lo alto del monte chorizo y champán. Y… “algo” nos hubiese tocado, digo yo. Pero, cuando pasamos junto a ellos, ya están recogiendo; por lo que, en tal circunstancia, la solidaridad montañera no ha lugar. En ese momento, muchos de los romeros están iniciando el descenso.
Al pantano llegamos hartitos de bajar y bajar; ahora toca dar cuenta del bocadillo de rigor. Es domingo y hace un calor sofocante. Más de uno empieza a pensar que ya está bien por hoy de andar. Así que empieza el runrún de que la etapa concluya aquí, aunque aún nos falten 12 km hasta llegar a Oñate, lugar de destino. Los que conspiran para acortar el trayecto se confabulan y forman dos grupos de cuatro y llaman por teléfono a sendos taxis. El resto, los seis más inconscientes o aguerridos –vete tú a saber–, el Impasible, el Estoico, la Gacela de la umbrella, la Mujer que manda mucho, el Azogue, el Explorador y un servidor, decidimos, no sé por qué, la verdad, completar los 27 km de la etapa.

Maldita la hora en la que se nos ocurre la idea. Porque si alguien se hubiese propuesto torturarnos dando una vuelta de cuatro kilómetros alrededor del pantano, no hubiese obtenido mejor resultado. No, no caminamos, como pensábamos, por un sendero alfombrado a la sombra de la fronda que rodea las aguas remansadas, contemplando la flora y la fauna del lugar, escuchando el trino de las aves y el croar de las ranas, no, no, caminamos por una carretera asfaltada, abrasada por el sol e inhóspita, que en ningún momento se acerca a la orilla con lo que ni siquiera tenemos ese placer momentáneo que se siente al ver o al tocar el agua. ¡Qué calor! Son las dos de la tarde y el sol cae de plano. La Gacela –sabia ella– se protege adecuadamente con su umbrella. Pero el resto apenas podemos desplegar los sombreros para que nos protejan la cara y no achicharrarnos. Después de la hermosa montaña que acabamos de recorrer, del descenso por esa pradera insuperable… tener que marchar sobre el asfalto que arde… ¡no tiene gracia! Pero a lo hecho, pecho. Hay que seguir.

Superamos el tramo de asfalto con nota, sin perder el humor, y nos adentramos en un bosque viejo que, sin tener nada especial, al menos nos alivia del sol. La verdad es que ahora sí merece la pena caminar por aquí. Pero el placer dura poco y otra vez los kilómetros últimos los hacemos por una cinta asfaltada que serpentea en espiral, salvando un barranco, hasta llegar al pueblo.
Nuestra entrada en Oñate es triunfal. Quiero decir que lo hacemos con una sonrisa y superándonos. Llegamos a esa hora tan taurina de las cinco de la tarde, sin que por ninguna parte se vea un alma. Pasamos por delante del cementerio y tengo la sensación de que hay algún nicho esperándome en él. Vengo hasta el gorro del pantano y de caminar por asfalto. Al cruzar por un puentecillo que salva el río Olarán, la Mujer que manda mucho le da un corte de mangas al pudor y a los querubines del Cielo que la vigilan y, cual diosa Eleuteria, se sumerge libre en las aguas fecundas y frías del riachuelo (pues así es de escaso su caudal), bajo la protección de la umbría que le propician los chopos y fresnos que crecen a ambas orillas. Chapotea feliz un buen rato, desnuda y desinhibida como un reptil amazónico, y vuelve al camino más fresca y animosa que un mago en una feria. El resto apenas llegamos al hotel Ongi de Oñate contactamos con el grupo, que nos informa, con cierto cabreo, que han estado más de una hora intentando hacer el autocheck-in.

El autocheck-in es ese penúltimo invento del negocio hotelero que le fastidia la vida al viajero y le deja más rédito al dueño del hotel. Es deprimente llegar, intentar registrarse apretando unas teclas –responder a innumerables preguntas, más de una innecesaria pues la reserva está confirmada– y, por fin, acceder al desolado vestíbulo para no encontrar a nadie. Una vez dentro, buscar con la vista ese rostro habitual que sonríe detrás del mostrador de recepción, ese ser humano que te da la bienvenida, se interesa por tu salud y tu ánimo, te entrega la llave de tu habitación como si fueras de casa y se ofrece a ayudarte para lo que necesites. ¡Y no encontrarlo!
Ahora todo son botones, claves, soledad y silencio. Uno penetra en las entrañas del monstruo como si fuera un ladrón que se cuela para profanar lo prohibido, dispuesto a averiguar que contiene en sus tripas y aprovecharse del silencio sepulcral que habita en pasillos, habitaciones y escaleras. El silencio es total, absoluto. En este tipo de hoteles uno no suele encontrarse con nadie. Si acaso con alguien que anda tan perdido como tú. El azar puede hacer que coincidas con ese otro viajero apretando botones en busca de claves, bastante desesperado también, y dispuesto a emprenderla, como tú, a martillazos con cerraduras y claves a fin de superar las barreras que surgen.

Sí, puede que esté exagerando, ¿verdad?, pero nuestra experiencia con el hotel Ongi de Oñate puede resumirla muy bien Pipi Calzaslargas que, enferma ese día, se adelantó al grupo a primera hora de la mañana con la intención de activar la reserva que tenía hecha y acostarse. Pero lo cierto es que no pudo acceder a su habitación hasta después del mediodía, y solo gracias a un alma caritativa que apareció por allí y le ayudó. Al fin pudo recogerse en el hotel después de mil vicisitudes.
No, no creo que este invento del autocheck-in sea lo más genial de estos nuevos tiempos en los que parece que lo único que importa es recaudar, aunque para ello haya que tratar al viajero como si fuera un objeto con patas.
Al final, después darle más datos a la máquina de los que te solicitan en un hospital para poder operarte, logramos, los dieciséis, registrarnos, instalarnos y salir a visitar a la caída de la tarde este rincón vasco, cargado de historia, nobleza y raigambre, donde se creó la primera universidad vasca en 1543.

Es domingo por la tarde y en la plaza del ayuntamiento no cabe la gente celebrando la vida. En las terrazas de los bares no hay una mesa libre. Pero lo que más llama la atención es la cantidad de niños que corretean y juegan en armonioso barullo, como si formaran parte de esos enjambres que se forman colgando de la rama de un árbol. Sus chillidos y gorjeos guturales, y el zumbido de sus voces lo colonizan todo, absorben por completo el silencio. Se ve que hay mucha vida. Y futuro: infancia, juventud, familias jóvenes… Todo esto me choca y me lleva a pensar en mi tierra; y me invade ese extraño sentimiento de abandono y una sensación de tristeza cuando evoco a ese páramo de la España interior, Castilla, a esos pueblos y ciudades vacíos de vida infantil, en los que solo hay personas mayores, solitarias o en corro, tomando el sol en sus plazas.
Aprovechando un par de mesas que quedan vacías en una terraza nos reunimos, prácticamente el grupo al completo, para rememorar las andanzas del día y tomar una cerveza. Luego cenaremos en la calle, en una mesa corrida que el bar Txokito, contiguo al hotel, ha preparado para la ocasión. La temperatura es muy agradable a pesar de que son ya las nueve de la noche y la velada se alarga, aunque no demasiado pues nos espera otra dura jornada.

De santuario en santuario, montañeros peregrinos
La quinta etapa comienza en el centro del pueblo. Nuestro destino es el hotel Sindika, justo al otro lado de los montes que tenemos enfrente. Si la segunda etapa concluyó con la pernocta junto al santuario de Urquiola, en la quinta lo haremos pegaditos al monasterio de Aránzazu.
Para algunos, una parte de esta etapa nos es ya conocida; hace dos años, durante La travesía del queso Idiazabal, hicimos parte de este recorrido; en concreto el último tramo que vamos a hacer hoy. En Aránzazu nos aguarda un hotel de grato recuerdo, al menos para mí. Cervezas fresquitas en una terraza tranquila y sombreada, en plena naturaleza, y una cena abundante con un buen ambiente. Es mi recuerdo.

Pero antes de llegar al hotel, final de la etapa, tenemos que remontar más de mil metros y luego descender. Y, visto desde aquí, desde el centro de Oñate, mientras caminamos por la calle Zaharra hasta la plaza mayor y observamos el perfil de las crestas, uno piensa en cómo es posible que, solo caminando, paso a paso, pueda llegarse tan lejos. Pues llegamos. La subida no es complicada; siempre en zigzag, con una inclinación sostenida, resulta agradable caminar al abrigo de la fronda del bosque hasta alcanzar ese último tramo descarnado, que lo hacemos por un sendero de pierdas sueltas, entre mogotes de caliza.
Al llegar al collado que da a la pradera, desde la que iniciamos el descenso, aflora el recuerdo de hace dos años, cuando estuvimos, en estas mismas fechas, por aquí. Entonces en el valle y laderas pacían decenas de vacas, caballos, ovejas. Hoy, ni un animal a la vista. Los riachuelos tenían algo de agua, había aún pequeñas lagunas, humedales… Mucho barro. Hoy, al pisar sale polvo; no hay pasto. Todo lo cubre una pátina parda o amarilla.
El descenso al monasterio de Aránzazu ya lo conocemos. No es difícil. La llegada, como entonces, impresiona. Entre las copas de los árboles destaca una torre rectangular, con aspecto de sucia, construida a base de cartones de huevos. No, no, no son hueveras, son piedras calizas talladas en punta de diamante, simbolizando espinas, colocadas así, ex profeso, para darle realce a la obra arquitectónica.

Como puede suponerse, la historia de la Virgen de Aránzazu no difiere mucho de la de otras decenas de vírgenes que dan nombre a otros tantos monasterios. Esta virgen la encontró un joven pastor, allá por 1468, entre unos espinos. Emocionado el zagal, le faltó tiempo para bajar al pueblo corriendo y contar lo sucedido. Y como había sequía (como ahora), el cura invitó al vecindario a subir en procesión al lugar del “milagro”. Y al Cielo le faltó tiempo para comenzar a jarrear agua. Y así empezaron los “hechos sobrenaturales” y, poco a poco, se fraguó la leyenda.
Y aunque la aparición de la estatuilla resultara sospechosa, el poder local se encargó (¡cómo no!) de promocionar el hallazgo. Luego vinieron extraños milagros y, finalmente, el asunto se consolidó. Así, con sapiencia y el interés interesado, si se me permite la redundancia, de los nobles de Oñate y los frailes franciscanos comenzó a prosperar el negocio. Y hasta hoy. La virgen de Aránzazu es la patrona de Guipúzcoa. Pero, como suele ocurrir, allá donde fueron los frailes, allí arraigó su culto. Hoy se la venera en lugares tan lejanos como México a Argentina, pasando por Filipinas y otros innumerables rincones del mundo a los que los franciscanos arribaron llevando su fe.

El sendero nos conduce hasta la misma basílica, donde nos topamos, como he comentado, con una torre levantada a base de piedras puntiagudas que, a mi entender, no encaja la sorprendente construcción en la armonía que configura el paisaje, siempre verde. Pero doctores tienen la Iglesia y sabios arquitectos a su servicio. Y aunque seamos legión los que destaquemos su “fealdad”, la basílica de Aránzazu tiene prestigio entre el mundo académico de la arquitectura. La diseñó Sáenz de Oiza, arquitecto de contrastada trayectoria y valía. Y en su fachada y decoración han intervenido escultores y pintores de la talla de Oteiza, Chillida o Luís Muñoz.
Llegamos al hotel Sindika a la hora del almuerzo. En su terraza nos vamos reuniendo los miembros del grupo a medida que concluye cada uno el recorrido que ha elegido que, como he reiterado tantas veces, nunca es el mismo para todos pues tenemos tendencia al caos y a la improvisación.

Pedimos unas cervezas, damos cuenta de los bocadillos y nos contamos las nuevas. Por supuesto que cada uno de nosotros defiende el track que ha seguido como el más bello camino que podía hacerse. Hay tiempo para todo. Para la discusión y las risas. Algunos suben a la habitación para gozar de la siesta. Las féminas, más diligentes, realistas y activas, bajan a la piscina en la que en ese momento no hay nadie, solo ellas, y disfrutan del baño entre conversaciones pausadas, lecturas y risas. La tarde avanza tranquila. El Inquieto, tan activo o más que el Azogue, tampoco puede resistir la tentación de mojarse en el charco. Cuando me asomo para hacer una fotografía panorámica él es el único que acompaña a las damas.
Como el atardecer va alargándose, algunos bajamos a dar una vuelta por la iglesia y su entorno. Es lunes no hay casi nadie por aquí. Recuerdo que hace dos años llegamos un sábado y había un “ambientazo”. Hoy no, estamos solo nosotros y cuatro turistas con aspecto despistado, como si se hubiesen perdido.
A punto de esconderse el sol por poniente se anuncia la noche. Y el ritual se repite como todos los días: una tertulia, juego de cartas, lectura, hablar por teléfono con la madre, los hijos o con el amor que te aguarda. Ya solo queda la última etapa para concluir esta travesía por el corazón de las montañas más emblemáticas vascas. Estamos satisfechos.

En un momento dado, antes de la cena, coincido en la terraza con el Explorado y charlamos. Me sorprende, le digo, lo contento que lo veo últimamente, lo activo, lo animoso. Había desaparecido del grupo y ha vuelto con ganas y fuerza. Hablamos. Nos contamos cosas que pocas veces se cuentan y concluimos que en la vida nada da tanta fuerza para seguir adelante como tomar decisiones, independientemente del resultado que luego se obtenga. Sí, echamos un buen rato antes de que nos llamen al ágape.
La tarde se apaga. La cena es a las ocho y, como siempre, la reunión de los dieciséis comensales deriva por momentos en una torre de Babel a diez voces, a doce… Hay una pareja en una mesa contigua que nos mira de reojo; de ellos apenas nos llegan suspiros. Nosotros somos una tormenta que ruge y se expande más allá del comedor del hotel. Afortunadamente, nuestro rugir es alegre, celebramos la vida. Puré de verduras, patatas a la riojana, pollo asado, bacalao rebozado… Los manjares nos calman.

La sexta y última etapa la conozco en dos tercios de su recorrido. La distancia, si se hace completa, es de 20 km y 1.300 metros de desnivel positivo. Pero nosotros evitaremos subir a ese tercer pico significativo de la ruta Goranaitz, el Aitzgorri (1.523 metros), con el fin de llegar a Araia lo antes posible pues unos tenemos previsto regresar esa misma tarde a Sevilla y otros a Bilbao o a Asturias.
El recorrido se inicia a la misma puerta del hotel en dirección a las praderas de Urbía, atravesando un hayedo en el que constatamos, una vez más, la sequedad del terreno. También al llegar a las praderas más altas sorprende la ausencia, casi absoluta, de ganado en la zona. Los 400 m de desnivel que debemos salvar resultan muy fáciles pues el sendero remonta curveando y tendido. Además, caminamos, prácticamente, todo el tiempo a la sombra con lo cual la fatiga es menor. Así será el resto del camino hasta llegar al pueblo de Araia, punto final de esta experiencia montañera, que nos ha hecho y nos hace felices, aunque, lógicamente, nos cueste.
En esta última etapa, corolario del viaje, representamos muy bien lo que somos: un grupo impenitente de compañeros de montaña con espíritu libre y anárquico.

Como si hubiese sido pensado, esta última etapa de la travesía Goranaitz la hacemos, casi, casi, cada uno a su aire, es decir, repartidos en media docena de grupos. Veamos. Cinco (la Gacela de la umbrella, el Azogue, el Inquieto, la Pistonuda y un servidor) arrancamos con fuerza y, sin darle tregua al descanso, caminamos deprisa con el fin de emprender el regreso a Andalucía lo antes posible. Cuatro tenemos pensado regresar al sur enseguida y la Pistonuda se queda guardando los equipajes del resto hasta que vayan llegando. Javier, el organizador, que se ha ocupado de trasladar nuestros bártulos de hotel en hotel y responsable de solventar cualquier problema que nos fuera surgiendo, nos traslada a Vitoria Gasteiz, donde tenemos el coche aparcado. Como en esas carreras ciclistas que rompen el crono y adelantan la llegada sobre el horario previsto, nosotros también llegamos al final de la ruta –120 km recorridos en seis días por el corazón de las montañas vascas– bastante antes de lo previsto, alrededor del mediodía.
Por detrás sabemos que vienen el Estoico y Pipi Calzaslargas; ella muy disminuida por el resfriado que arrastra desde hace varios días. Y ya de camino a Sevilla hemos sabido que ambos se han quedado sin batería en sus móviles y eso les ha generado un pequeño despiste y salirse del track para irse hacia el túnel de san Adrián, paso simbólico y muy importante durante siglos en estas montañas. Pero su intuición y ese olfato de avezados montañeros que, como veteranos que son, les asiste, les ha avisado enseguida del error y se han dado a tiempo la vuelta. Es decir, han desandado algunos cientos de metros y, efectivamente, se han encontrado en seguida con un tercer grupo (de los nuestros) que estos, sí, caminan pasuado mientras celebran maravilloso día que hace.

No sé cuántos vienen en este tercer grupo. Porque aún queda un cuarto, una especie de coche escoba, si se me permite la expresión, en el que se han integrado los más disfrutones, aquellas y aquellos que se relajan tanto que al saborear cada paso parece que engordan. Cada pequeño esfuerzo que hacen, cada rincón umbrío al que escrutan, cada luminaria que enciende el sol al penetrar el ramaje aviva la belleza del bosque y ellos y ellas la beben. Y lo celebran como si estuviesen en su particular Paraíso, con un gozo añadido además, en este último día, que es esa sensación agradable que siempre invade a uno cuando está a punto de alcanzar el objetivo propuesto.
En fin, aquí concluye la crónica de una aventura que, a nosotros, instalados ya en ese horizonte del viaje vital, nos da tanto gozo y satisfacción. Tanto que es recurrente decirnos al ponemos en marcha, supongo que para quitarle importancia al posible fracaso, “Todo lo que ocurra a partir de ahora es parte del viaje”. De esta forma asumimos cualquier experiencia que tengamos, por negativa que sea, con absoluta naturalidad. Porque de lo que se trata es de seguir caminando que, en nuestro caso, si es cuesta arriba, por los riscos, por los bosques o en cualquier lugar en el que reine la naturaleza, mejor que mejor.










Eres mi ídolo Joaquin, por aguerrido montañero y animoso!! Sigue disfrutando y haciéndonos partícipes de esos fantásticos recorridos !!