Amanece. Y con la llegada del día el principio del fin del viaje. Ahora sí, esto se acaba. En la distancia que nos separa del aeropuerto de Temuco, unos 80 km, donde entregaremos los coches antes de mediodía, descubrimos un paisaje de cultivos cuidados y praderas con ganado tras las cercas. Se suceden las granjas y los núcleos urbanos. Nada que ver con ese Chile de fiordos, cumbres elevadas, glaciares, nieves perpetuas, soledades y regiones deshabitadas que hemos surcado en nuestro recorrido por el sur patagónico.

Al dejar Magma Lodge y cruzar Villarrica en nuestro camino a Temuco, miramos atrás con nostalgia. El día ha amanecido despejado y en el horizonte, bajo un cielo reluciente como hacía días no veíamos, aparece el volcán Villarrica, uno de los objetivos de este viaje que no pudo cumplirse. Es decir, el volcán al que al menos hubiéramos intentado acercarnos en algún momento en los dos días que hemos estado en Magma Lodge, pero que el temporal nos lo ha impedido. Ahora miramos hacia atrás con el gesto de la decepción, como esos niños a los que les prometieron un regalo y al final se quedaron sin él. Pero hacemos fotos de lejos para consolarnos mientras aceptamos riendo el destino e imaginamos aquella aventura que no pudo ser.
Así somos nosotros, soñamos con tal o cual encuentro en la naturaleza sabiendo que el tiempo nos lo puede negar. En este viaje hemos claudicado más de una vez ante los caprichos extremos del clima. Ha sido un verano especialmente lluvioso e inestable, según los autóctonos, bastante más de lo que suele ser habitual. Sabíamos que podría ocurrir. Sabíamos que siendo el final del verano y viajando, además, por la región patagónica, podría suceder cualquier cosa. No pudimos subir a Cerro Castillo, otro de los hitos marcados en rojo en el plan del viaje, ni ahora al volcán Villarrica. Tampoco… vimos, ni siquiera vislumbramos, el volcán Lanin al pasar de Argentina a Chile, lugar donde habíamos imaginado un ritual, rodeados de chamanes, para darle las gracias a los dioses, antes de despedirnos de la grandiosidad de los Andes por lo bien que hemos sido tratados.
Ahora, detenidos junto al lago, en la Avenida Costanera de Villarrica, añoramos con nostalgia la cumbre de ese cono cubierto de nieve que reluce con sus mejores galas bajo el sol; tanto como ET añoró, en la película de Spielberg, su casa. Pero la vida sigue y “según va viniendo vamos viendo” nos decimos, o lo que es lo mismo: sabemos que viajar no es otra cosa que aceptar lo que el tren de la vida te muestra cada día. Y al mismo tiempo integrar ese río que es el tiempo, tiempo que avanza segundo a segundo, porque «todo lo que nos ocurre forma parte del viaje», nos repetimos.

Tras la entrega de los coches sin mayores problemas, ni pago de recargos por haber hecho de ellos mal uso, volamos a Santiago. Una hora de vuelo bajo ese cielo azul reluciente, cielo que durante tantos días se nos había negado.
Bajo las alas del avión de la LATAM, un manto extenso de pliegues, repliegues y crestas nevadas, glaciares y neveros se suceden casi sin fin, aunque estamos al final del verano. El ocre de los barrancos y los cerros pelados, más abajo, se comunican por un laberinto de sendas y caminos apenas perceptibles. La montaña andina se alarga en un hilo norte-sur interminable.

Como el avión se adelanta unos minutos sobre el horario previsto, el comandante del vuelo nos regala un paseo por encima de Santiago, mostrándonos sus alrededores. A la tierra se la ve como muerta, reseca, sedienta. Estamos a primeros de marzo y el verano agoniza en esta región. Los ríos apenas llevan agua o están completamente secos. El aire está tan sucio y la capa de humo es tan negra, que a la ciudad se le ve encerrada en un globo de mierda.
Aterrizamos al fin. A la salida del aeropuerto internacional Arturo Merino Benítez nos recoge la furgoneta que hemos contrato previamente por Internet y nos traslada al mismo apartamento en el que estuvimos al comienzo del viaje, cuando nos quedamos un par de días en Santiago, en la calle Catedral, nº 1233. Como ya conocemos el camino y el lugar, todo nos resulta muy fácil. Se cierra otro círculo.
Repetimos la distribución de habitaciones que hicimos al llegar de Madrid sin que nadie objete nada. Pero se nota que estamos cansados. Un poco irritables. Discutimos sobre fútbol (no recuerdo en concreto de qué ni por qué), pero más de uno sube el tono y entra en una especie de bucle. Y Mamma-Guagua “habla muy alto también”, tengo escrito en mis notas del viaje. Son las horas previas al día de regreso a España y el momento de discutir casi todo y por casi todo. Hacemos cuentas; en esto somos estrictos y rigurosos; y sumamente diligentes.

Tenemos todavía día y medio por delante en la capital chilena; el vuelo a Madrid no sale hasta las 11 de la noche de mañana. Pero se ve que hay pocas ganas de callejear. Nos tomamos la tarde con calma, nos quedamos en casa, cultivando el asueto y la relajación. Montamos una tertulia en el salón, leemos y algunos juegan a las cartas… Solo el Hombre Tranquilo y el Inquieto se echan enseguida a la calle, cada uno por su cuenta, dispuestos a seguir explorando la ciudad. Ciudad que es insoportablemente ruidosa, en mi opinión. Venimos de la naturaleza más virgen, donde solo hablan el viento y la lluvia, y nos encontramos un Santiago chapoteando en la contaminación más espesa, atrapado en una nube densa de decibelios insufribles.
La mañana del último día el Inquieto tiene ya in mente y, por supuesto, bajo control, hacer una ruta de 20 kilómetros por la ciudad de Santiago. Solo nos ofrecemos a acompañarle el Wiki, Mamma Guagua y yo. No hay demasiadas ganas en el grupo de callejear otra vez, y menos con el calor que se anuncia para hoy. Además, la mayoría hemos estado en la capital chilena varias veces.

El circuito que nos propone incluye la subida al cerro San Cristóbal. Nos ponemos en camino temprano; y, casi sin querer, caminamos buscando la sombra. El rugido (literal) de los coches, debido a la mucha chatarra que acumulan algunos, nos aturde. Callejeando pasamos por el mercado central donde se observa la actividad inusitada diaria, propia de esas horas; puestos enormes, a rebosar, de frutas y verduras; el área de mariscos y pescados; las carnicerías… Cruzamos por el Parque Forestal, llegamos al Mapocho River, lo atravesamos y hacemos lo mismo con la autopista Costanera Norte para adentrarnos en el barrio Bellavista… que, de repente, descubrimos en él un remanso de paz.
Bellavista es una pequeña colonia recoleta de casitas de una o dos plantas máximo, situada al abrigo del cerro San Cristóbal. Las calles, todas iguales, se cruzan en perpendicular, disponen de amplias aceras y un arbolado reviejo que las protege del sol. Muchas de las fachadas están decoradas con murales que causan asombro por su belleza, colorido y calidad artística.
A esta hora de la mañana el barrio se ve muy tranquilo, aunque, no se por qué, lo imagino bullanguero por la noche. Como es hora temprana, bares y restaurantes no han abierto todavía; sólo algún café, pensando en los turistas, y esas panaderías-pastelerías que trastornan por el olor que desprende el obrador donde se exhibe el pan recién hecho y una amplia variedad de empanadas y bollería.

Nos tomamos un café en una de estas tiendas, al pie de la estación del funicular, donde aguarda una veintena de turistas esperando a que abran las taquillas a las diez. La verdad es que, aunque hay senderos y escaleras para ascender a la cumbre, la calorina en nada invita a subir caminando; ni siquiera lo intentamos. Mejor subir en tren y bajar paseando, si se tercia. Nos precede en la cola un chico de Barcelona que viaja solo, nos dice, recorriendo los lugares más emblemáticos de Chile; incluso ha estado a la Isla de Pascua, nos comenta.
El funicular es casi un tren vertical que, si se sufre de vértigo, mejor cerrar los ojos. A medida que remonta, la ciudad se va abriendo y ampliando horizontes como un abanico. Miles, millones de edificios ocupan todo el valle hasta donde alcanza la vista en un abigarrado puzle de colmenas superpuestas. La vista es espectacular desde arriba. Pero el monte coronado es una telaraña de cemento e instalaciones, propiedad de la Iglesia Católica Apostólica Romana. ¡Santo cielo! Ni un rincón para ejercer de turista casual o agnóstico o, simplemente, para gozar de la naturaleza y la paz de la montaña sin que, mires donde mires, te atrape una cruz o te embobe el hilo musical religioso.
Y hablando de contaminación y pureza, ahí tienen en lo más alto la Virgen (pura, dicen) Inmaculada Concepción, para más señas, mirando al infinito, en tamaño gigante –más grande que una talla XX triple L–; y al papa Juan Pablo II, al borde de un precipicio como si fuera a echarse a volar; y hay un santuario, y un Vía Crucis, y un kiosco para comprar recuerdos religiosos, y un panel en el que los fieles creyentes y los más supersticiosos (por si acaso) colocan peticiones, deseos, sueños, exvotos y disparates. Ah, y todo el cerro coronado está encantado (o sea, encanado de encantamiento) por una música ambiental religiosa que te embelesa y transporta hasta el punto de querer subirte ya, ya, al Cielo. Porque, en el cerro San Cristobal no se está ni un segundo, mires donde mires, sin que algo cristiano aparezca por medio.
En fin, si un día fue un monte libre el cerro San Cristobal, al que uno podía subir para celebrar la vida y la naturaleza, hoy es un parque de atracciones temático-religioso de lo más castizo.
Paseamos durante un buen rato haciéndonos fotos y rogando a Dios, y luego decidimos bajar andando por una carretera que, cuando queremos darnos cuenta, nos está llevando al quinto pino. Así que, como montañeros que somos, buscamos y encontramos un atajo; un sendero que nos permite acortar la distancia. Aun así, caminamos bastantes de kilómetros y a cambio tenemos ocasión de ver de cerca palacetes y mansiones protegidas por altas alambradas y bloques de edificios en los que seguramente no entra ni una mosca si no tiene el permiso de la media docena de guardianes que hay en cada acceso.

Regresamos hacia el Parque Forestal pisando césped, viendo fuentes y fotografiando estatuas hasta llegar al Museo de Bellas Artes donde hacemos una parada obligada para admirar algunas de sus más de 5.000 piezas entre las que destacan las colecciones de pintura española, italiana y flamenca, colecciones de grabados, y una biblioteca especializada con más de 100.000 volúmenes.

Dejamos el museo para reunirnos con el grupo a almorzar en “Donde Blanca”, uno de los restaurantes ubicados en el mercado central. Es, seguramente, la última reunión gastronómica, por algún tiempo, del grupo. De modo que hay que celebrarlo. El almuerzo, en general, ha estado bien. El consomé con el que nos obsequian al principio es una delicia que asienta el estómago y prepara para el resto de manjares. Los pescados y mariscos son muy frescos y abundantes. El ambiente, agradable. Celebramos el almuerzo con el mismo humor de siempre; agradecidos de estar a punto de concluir esta aventura sanos y salvos, como se suele decir. Sobre todo, porque después de un mes de tumbos y avatares, y de haber hecho casi 5.000 kilómetros, nadie ha enfermado ni sufrido percances insuperables. Nos congratulamos de la opípara comida y regresamos al apartamento para cerrar, ya, las maletas sin perder el buen humor; el humor que nunca falte. Porque a partir de este momento comienzan, ahora sí, el epílogo y la vuelta.
En el aeropuerto de Santiago, ninguna novedad. Y del vuelo de regreso, solo un par de anécdotas: la primera, que a Mamma-Guagua se empeñan en servirle un menú hindú que ella no siquiera había imaginado, y menos pedido. Pero la azafata intenta convencerla de que solo ella pudo haber hecho esa elección al comprar el billete. Mamma-Guagua se ríe y le dice que, precisamente, la comida hindú no está entre sus favoritas; así que difícilmente pudo pedirla. No queda más remedio que echarle la culpa a la tecnología. Pero como la azafata insiste e insiste, su compañero de asiento, el Azogue, se ofrece a comerse lo que sea… Él, precisamente, que tiene el estómago hecho un infierno. ¡Uf, de lo que es capaz el amor solidario!
La segunda anécdota es que un servidor hace el viaje de vuelta en Turista Premium. No me pregunten por qué. Tampoco es gran cosa; solo que el asiento es más amplio y se dispone de un poco más de espacio para estirar las piernas. No entiendo por qué Iberia me hace este regalo. Tal vez porque le han llegado noticias, por esos circuitos ocultos que ahora nos espían, de mis críticas al viaje de ida y así pretenda congratularse. Sea por azar o por cualquier otra razón, agradezco el regalo. Mi viaje de vuelta es mucho más cómodo que el de la ida. Pero mantengo que con los asientos para la clase turista, las compañías aéreas, se están pasando; al menos en los vuelos trasatlánticos. No se puede empaquetar, literalmente, a una persona en un viaje que dura ocho, diez o doce horas.

Madrid nos recibe con esos chubascos que anuncian la primavera. Mientras esperamos en Atocha el AVE que nos devuelva a Sevilla, el Conseguidor y un servidor no podemos resistir la tentación de ir a comprar un bocadillo de calamares al restaurante El Brillante. Armados de paraguas, allá que nos vamos. Solo es un forma, como otra cualquiera, de ponerle un broche al viaje. Un viaje en el que todo salió bien.
¡Sí, todo ha salido bien! Porque lo malo, o lo que fue menos agradable, lo inesperado o lo que habíamos proyectado y no pudo ser… ya no cuenta. Cuenta hoy, el presente y, en todo caso, la evocación de los recuerdos, ya sea narrándolos como he intentado hacer en esta crónica o imaginándolos en sueños. Cuenta lo mucho vivido, desde luego. Lo demás, verdad, que los vientos australes se lo lleven al mundo de los olvidos.
Y se acabó. Si habéis llegado hasta aquí, lo celebro. Solo añadir que en el próximo viaje os espero.

F I N