Iniciamos el retorno hacia el norte.
Aunque habíamos barajado la posibilidad de bajar a Villa O’Higgins, situada 151 kilómetro más al sur, al final desistimos. Además de que la carretera está en obras, con cortes importantes a diario, el tiempo no es chicle y no da para más. Decidimos, pues, emprender el regreso a Santiago, eso sí, pasando por Argentina, y completar un viaje que todavía será largo y emocionante. Estamos a 2.144 km de la capital chilena; en coche hemos hecho 1.800, más de la mitad por carretera de ripio. Ahora toca cerrar el círculo y disfrutar del camino de vuelta.
Cuando se inicia el retorno, en un viaje de estas características, es como cuando se llega a la cumbre de una montaña. Lo difícil parece estar hecho, pensamos. Pero nada más lejos de la verdad. Porque al igual que cuando se desciende de una cumbre, el camino de vuelta requiere más cuidado y atención. Eso sin contar con que el tiempo se mide de otra manera y la mirada es distinta. Todo se ve de otra forma. Saber que se avanza hacia el fin, si se es de ello consciente, cada kilómetro recorrido puede sentirse como el de mayor interés de la ruta. Además, dada la forma en como viajamos nosotros, con una organización mínima, siempre va a haber sorpresas.

Remontamos 190 km por la R7 para abandonarla en Aldana y tomar la CH 265 que nos lleva a Chile Chico, frontera con Argentina, por donde pasamos al país vecino para pernoctar en Los Antiguos. Son 116 km de recorrido por un terreno árido y solitario, siempre muy cerca de ese lago… Ese mar interior con dos nombres: el chileno General Carrera y el argentino lago Buenos Aires.

La región es sorprendentemente árida y está casi despoblada; los asentamientos de población escasean. Una vez que dejamos la R7 austral no volvemos a ver coches ni gente. Solo nos cruzamos con un par de pastores a lomos de sus mulas, con los que no intercambiamos ni gestos ni palabras, como si unos y otros fuéramos extraterrestres o fantasmas. Pero el horizonte siguen siendo grandioso e inabarcable. A nuestra izquierda, siempre, ese mar interior que comparten chilenos y porteños; ese mar azul, intenso y solitario rodeado por el este de escarpadas montañas coronadas nieves eternas y glaciares.
La carretera, en general, es transitable para estar hecha de ripio; seguramente porque estamos en verano y esto ayuda a que no haya barrizales ni charcos en los baches. Cosa muy distinta será en el invierno, cuando la nieve cubra la región. Salvo un tramo en el que tenemos que salvan un pequeño puerto, el estado del ripio nos permite circular a buen ritmo. A la hora del almuerzo llegamos a Chile Chico.
El pueblo nos recibe con lluvia y ráfagas fuertes de viento; se nos antoja algo inhóspito. No se ve un alma por las calles. Chile Chico fue fundado en 1959, cuenta con 4.865 habitantes según datos censales de 2017. Las actividades principales son la minería, el turismo y la agricultura, pues, ubicado junto al lago General Carrera y a espaldas de altas montañas, a 215 metros sobre el nivel del mar, goza de un microclima que permite el cultiv de frutales, por ejemplo.

Un paseo rápido por el muelle y algunas de sus calles principales nos permite colegir que a los chilechiquenses no les va mal. Tienen los jardines cuidados y aceras y parques limpios. Y esto llama la atención más si cabe, pues estamos en un paso de frontera.
Como tenemos previsto pernoctar en Los Antiguos (Argentina), y nunca se sabe que puede ocurrir en una frontera, decidimos pasarla lo antes posible. Echamos gasoil, pues en Chile es más barato, y nos vamos.

La carretera nos conduce por una llanura totalmente seca que no es otra que el estuario del río Los Antiguos que sirve de frontera entre ambos países. Nos detenemos en el paso chileno. Un funcionario nos pide el resguardo que nos dieron al entrar al país por el aeropuerto de Santiago, nos sella el pasaporte y asunto concluido. Seguimos. Varios kilómetros más adelante, sin que se vea el menor atisbo de vida en el entorno, salvo el omnipresente lago Buenos Aires al fondo (ya con la denominación argentina), llegamos a la aduana rioplatense. Presentamos la documentación de los coches y el funcionario comprueba que está todo correcto. Declaramos que no llevamos productos ilegales, ya sean vegetales o de cualquier otro tipo, y, salvo los instantes de duda que tiene el aduanero con el pasaporte provisional que el Inquieto le presenta, pasamos sin problema. Ni siquiera nos ponen un sello para acreditar que hemos entrado.
A primera vista, Los Antiguos es un pueblo con más vida que su equivalente chileno, Chile Chico. Al menos se ve en él más movimiento, más arbolado, más zonas verdes… Parece una ciudad con más vida. Alrededor del casco urbano descubrimos hileras de una especie de cipreses o abetos que, como si fueran muro vegetales, protegen las huertas de la virulencia de los vientos que azotan con frecuencia la región.
Quizá, por esa abundancia de vegetación que se observa, Los Antiguos parezca más grande que lo que en realidad es; porque la información estadística dice tiene el mismo número de habitantes, unos 5.000, que su vecino chileno. También está al lado del lago y, aún así, uno siente que el lugar está lejos de todo. Lejísimos, me atrevería a decir.
Los Antiguos debe su nombre, tan peculiar, ¿verdad?, a una antigua tradición de los pueblos originarios de la región, que utilizaban este valle como refugio, ya que era el lugar donde los ancianos y sabios («los antiguos») pasaban sus últimos días de vida debido al clima favorable que dicen que tiene.
Nos instalamos en la Hostería tierra de Los Antiguos por una sola noche, pues mañana tenemos previsto llegar a Esquel, por la ruta A40. Es decir, 594 km más al norte, atravesando un parte de la Patagonia argentina.
Un paseo tranquilo por el pueblo al atardece, antes de buscar un lugar para cenar, nos permite descubrir que a éste, en Argentina, se le conoce como La capital nacional de las cerezas. De hecho, no solo hay cerezos por todas partes, sino también monumentos, tiendas, artesanía e infinidad de recuerdos, así como productos gastronómicos a base de cerezas o en su honor.
También pudimos comprobar enseguida que el coste de la vida es igual o más caro que en Chile y que la globalización –y con ella el turismo de masas– posibilita que la industria del ocio iguale precios, lleguen a donde lleguen los viajeros. Cenamos en un asador, y cenamos bien. ¡Carnaza!, que se suele decir. Es decir, un asado argentino con el ritual que requiere el evento. Carne hasta hartarnos regada con vino del país o con cerveza, según cada comensal prefiere. Luego, un largo paseo por las calles para bajar esa cena… y a dormir. Por el camino podemos comprobar que, aunque es una hora relativamente temprana, ya no se ve un alma por la calle.
Después de tantos días sin pisar un hotel y habiendo sufrido y “disfrutado” (a nuestra manera) de los inconvenientes que siempre acarrea la falta de espacio en algunas de las cabañas en las que hemos pernoctado, cuando no puedes ni estirarte siquiera, atrapados en esos cubículos que parecían de juguete o tan endebles que al mínimo susto podrían irse al suelo, disponer, hoy, de una habitación amplia, con amplios ventanales asomados al lago, es un lujo. Estamos en primera línea frente a ese mar interior, rodeados de silencio y de verde. No parece que haya mucha clientela por aquí ya. Es martes, 24 de febrero, y el verano austral se encamina a su fin. Desde luego no hace nada de calor.

Como nuestras habitaciones están orientadas al este, ver salir el sol sobre las aguas del lago Buenos Aires es un espectáculo. Saltamos de la cama para hacer la mejor foto. Los rayos de un rojo de sangre emergen por el horizonte, resbalan sobre la superficie plateada, que poco a poco, con la luz, se torna de color azul. Bajamos a desayunar. Estamos impacientes por partir… Hoy es el día más largo del viaje; tenemos 600 kilómetros por delante y la incertidumbre de no saber cómo estará la A 40; la famosa ruta patagónica que recorre de norte a sur el país argentino al abrigo de los Andes, y que, desde hace algunos años, la Administración promociona como lo hiciera, ya hace tantos años, el gobierno de Estados Unidos con su mítica Ruta 66.

La etapa comienza bordeando la orilla del lago Buenos Aires por la A 43, la carretera regional que nos lleva a la A 40. Al alejarnos del lago los horizontes se ensanchan; mientras rodamos sobre un asfalto de estado aceptable, observo la planicie en la que abundan las especies herbáceas, matorrales y arbustos, y algún que otro árbol disperso. Al llegar a Perito Moreno, pueblo en el que se produce el encuentro de ambas carreteras, ponemos rumbo al norte, que es, metafóricamente hablando, el sello definitivo en nuestro viaje, que acredita que estamos camino del final.
A medida que descontamos kilómetros el paisaje se desnuda cada vez más; cuantos más kilómetros hacemos más descarnado. No hay vegetación. Fijo la vista, miro en derredor y hago mentalmente fotos; y todas me retraen al desierto del Sahara, en Marruecos, lugar por el que viajé con frecuencia. Durante decenas de kilómetros no vemos ni un pájaro, ni aves, ni huellas de fauna terrestre; luego, de pronto, cuando llevamos ya más de una hora de camino, nos encontramos con algunos guanacos y choiques. Muy esporádicamente, eso sí. También descubrimos algún que otro pastor apacentando su rebaño.

A veces, la carreta es una cinta infinita hasta donde muere el horizonte. De vez en cuando nos cruzamos con una autocaravana, un coche o un camión. Los pueblos, por aquí, se anuncian muy lejos unos de otros. Hasta llegar a Río Mayo hemos recorrido 127 km de desolación, un territorio habitado, prácticamente, por la nada. Pero en este villorrio fluye la vida; quizá porque es cruce de caminos y tiene agua. El pueblo se ubica en la depresión excavada por el río que le da nombre. Me recuerda a esos pueblos “de colonización” en España con sus calles rectilínea, plazas cuadradas, su pequeño parque infantil y un entorno polvoriento. Hoy hace mucho calor, pero en invierno el frio bate récords también, con –20° bajo cero.
Junto a la carretera descubrimos su gran cementerio y entramos a verlo; choca por lo grande que es; sobre todo, porque el pueblo apenas supera los 3.000 habitantes. Como en Puerto Tranquilo, las tumbas son como casitas familiares. Dos mujeres barriendo el umbral y un hombre subido a una escalera se afanan en limpiar, asear y restaurar los desperfectos de una de esas “viviendas” mortuorias; la casa familiar de los muertos en la que tarde o temprano terminarán viviendo los tres que ahora la adecentan.
Seguimos hacia el norte. ¡Ay!, la carretera se torna en una trampa. ¡Lo que nos temíamos! De lejos, el asfalto parece en buen estado, pero cuando menos te lo esperas, ¡zas!, se abre un boquete justo delante y la rueda cae en él y, a veces, revienta. Por ahora estamos teniendo suerte…
La alternativa es ir muy despacio, como por un campo de minas, o lanzarse por los caminos paralelos que conductores más audaces han trazado. Entonces se ralentiza la marcha y el tráfico se agolpa y amontona; todo bajo una nube de polvo irrespirable. Nos cruzamos con coches en hilera y pesados camiones, o alcanzamos a los que van delante, gestionando la preocupación como pueden, a paso de tortuga. La llanura y el asfalto sembrado de trampas se alargan durante decenas de kilómetros.
Hasta que, en medio de la desolación, emergen unas casas; entre ellas, una posada que también es restaurante, bar y café.

Acabamos de llegar a Los Tamariscos, un boliche singular argentino, de esos que en tiempos de descubrimientos y conquistas surgieron en los páramos, junto a los nuevos caminos, como es este de la Ruta 40, por donde transitaban individuos de todo pelaje, exploradores y viajeros. Al igual que las “ventas” en España, estas posadas están situadas estratégicamente para que aquellos pioneros descansen al final de la jornada y pasen la noche.
Empujas la puerta del bar-fonda, asomas la cabeza, y un sentir extraño te transporta al pasado. El tiempo se detiene, como si uno acabase de llegar junto a un barco encallado en la orilla de un mar seco. De frente, un mostrador de madera, en el que se exhiben unas tartas caseras que activan los jugos gástricos y el deseo, mientras la lengua se suelta y se relame como la del gato goloso. Detrás unas vitrinas y estantes que llegan hasta el techo. Todo está a rebosar de abalorios y cuentas. Bebidas, recuerdos, carteles, postales, recortes de periódicos viejos; decenas, montañas de objetos… Cajas antiguas con extraños nombre en las que se guardan misterios y sueños. Desde prendas de ropa pasada de moda hace medio siglo a frascos para el aseo personal; licores y perfumes; también herramientas que un día fueron útiles y que, hoy, el progreso ha arrinconado.

Y todo esto envuelto en un aroma dulce y especial, olor a viejo; adornado por los cuentos que Liliana Prieto, heredera y guardiana de esta reliquia, va contando a quien quiera escucharla. Al abarrote lo ha convertido en casa museo.
El local fue inaugurado por mi abuelo el 13 de junio de 1938 –el emigrante alemán Böhme–, cuenta Liliana, desinhibida y dicharachera. De talante jovial y sin perder la sonrisa, Liliana está orgullosa de ser la que cuida y conserva los restos y modos de vida de un pasado que no volverá.
Nos ubicamos, los doce, en un comedor amplio y pedimos un té (3.000 pesos) y, por supuesto, queremos degustar las tartas que Liliana elabora a diario, a razón de 1.500 pesos la ración. Mientras tanto, va y viene solícita desbordando amabilidad. Si le preguntamos, nos cuenta. Varias de las habitaciones, el propio bar, son ya parte un museo abigarrado de objetos y recuerdos, acumulados a lo largo de estos 87 años que tiene la casa.
Hay enseres que pertenecieron a los pueblos originarios de la región y otros que fueron de aquellos primeros colonos que se establecieron por aquí. Utensilios de cocina, envases de todas las formas imaginables o puntas de flecha. Y todo ello envuelto en un olor indescifrable que provoca extrañas sensaciones; chispazos de leyendas e inventos que hace ya tiempo que dejaron de existir.

Los Tamariscos dista más de 100 kilómetros de cualquier otro lugar habitado y eso hace del enclave algo muy especial. Si llegas aquí, puede que te entren ganas de quedarte, aunque solo sea un rato, un día tal vez, o puede que una noche para contemplar en soledad, desde la infinita planicie, las estrellas. Pero nosotros tenemos todavía por delante una jornada larga de viaje, más de 300 kilómetros aún. Así que nos fotografiamos con Liliana como prueba de amistad y recuerdo, firmamos en el libro de visitas, pagamos la cuenta y nos vamos tan felices. La A 40 nos aguarda para llevarnos al norte.

(Continuará)